¿Progresismo es Progreso? (2/2)

Como se ve, en un intento de recrear la Humanidad sin Dios, sin imagen creada a semejanza del Creador, sin finalidad trascendente, sin convivencia social ordenada también por Dios y lo peor: un propósito de rehacer en cada hombre el programa diabólico: “seréis como dioses”.

De ahí el repudio por lo abstracto, la idolatría de la libertad como producto de consumo, a la dignidad humana sin actos dignos y de los derechos sin deberes, sólo hay un paso.

Consiguientemente, este humanismo ateo gravita en el antropocentrismo, no en Dios, ni en Cristo, ni en la Revelación, ni siquiera en la razón, facultad nobilísima de la humana especie.

Se borran así los lindes entre dominación heterogénica, con sus formas tiránicas, en que el pueblo se siente como un menor, y la verdadera y legítima autoridad, que sólo puede venir de Dios, como nos dice San Pablo (Rom. 13).

Y ya no son los liberales, los masones o protestantes los enemigos, sino los católicos que creen y defienden los derechos de Cristo y de su salvífica Iglesia, a quienes se les tacha de clericalismo, por no convivir con el error y el llamado pluralismo religioso; por no arrinconar en el baúl de los recuerdos las ciencias especulativas como son la metafísica y la teología, que enseñan al hombre a existir para unos fines dignos,

Ni se acaba reflexionando como San Agustín: “amor a las personas y aborrecimiento de los vicios”. Por el contrario, se dulcifica y amortigua el vicio, el pecado y el error contra la fe.

El clásico lema “mientras más haces, más eres”, se ha suplantado vergonzosamente por el anticristiano “mientras más gozas, más vives”, relegando así la vida humana a estéril e individualista hedonismo que atomiza la existencia en la pérdida de confianza, unidad, amor al verdadero progreso y miopía espiritual denigrante y degradante.

“Vivir es mucho más que arrastrarse por la vida” –decía nuestro sabio Séneca-. Y es que el sentido de cohesión comunitaria-eclesial que desemboca en la trascendencia eterna se nos desdibuja hasta perderse, cuando sólo se ponen los ojos en la pequeñez ridiculizante de lo terreno. ¿Qué de extrañar tiene, así, la frase “a vivir que son tres días”, “vive la vida”, etc.?

“Progresismo” no es pro-greso: es regreso empobrecedor de miras, de principios, de ideales enriquecedores en su cuádruple dimensión intelectiva, sensitiva, volitiva y sobrenatural. Vergüenza de nuestro siglo que, al fin, demuestra con toda su verborrea pseudocientífica por atea y anticristiana regresar a las cavernas de la barbarie y a los nuevos sacrificios humanos del terrorismo, ya que ni siquiera a los falsos dioses por ignorancia, sino al egoísmo irracional de la autoidolatría, por soberbia satánica. El panorama ha cambiado, pero… para peor. La historia se repite, pero… cada vez lo hace peor.

En nombre del “progresismo” regresamos a la barbarie del individualismo atomizante y divisor. En nombre del racionalismo de la Ilustración dieciochesca regresamos al irracionalismo materializante y empobrecedor. Y en nombre de la libertad revolucionaria acabamos en el libertinaje degradante e inhumano.

El único camino para el progreso verdadero es el de la única cultura, la cristiana, la irrefutable y eterna filosofía Escolástica, la de la Revelación divina, la de la Iglesia única de Cristo.

Saliéndonos de ahí, sólo coleccionaremos caricaturas terminológicas en la nada de su oquedad por aquello de que… cada uno presume de lo que carece.

Aquí la primera parte


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