Proyecto común de fraternidad universal
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Acaba de publicarse la Nota Un Camino de Esperanza. Sesenta años de diálogo y fraternidad religiosa a la luz de la Declaración conciliar Nostra aetate.
Nos fijamos en su punto 9:
“La Declaración Nostra aetate se inscribe en la antropología de la relación de Gaudium et spes, en la que el otro no es percibido como una amenaza, sino que se le reconoce como un interlocutor con el que construir, en un espíritu de reciprocidad, una sociedad más justa y fraterna”.
Este párrafo es mucho más importante de lo que podría parecer a primera vista. No estamos simplemente ante una invitación a respetar al no cristiano, o al no católico, ni ante una legítima llamada a colaborar en el bien común. Hay detrás un cambio radical de perspectiva respecto a la enseñanza tradicional sobre la relación de la Iglesia con quien no conoce a Cristo.
La Nota afirma que Nostra aetate se inscribe en una antropología de la relación, según la cual el otro no debe ser percibido como amenaza, sino reconocido como interlocutor con el que construir, en un espíritu de reciprocidad, una sociedad más justa y fraterna.
El lenguaje es ya de por sí significativo. La relación con el otro queda descrita fundamentalmente en términos antropológicos y sociales, no soteriológicos, no de salvación eterna. El otro aparece como interlocutor, compañero de diálogo y colaborador en un proyecto común. Pero ¿dónde queda entonces la misión propia de la Iglesia? ¿Dónde queda la Redención? ¿Dónde la necesidad de conversión para la salvación?
La Iglesia no fue enviada al mundo simplemente para reconocer interlocutores, promover relaciones recíprocas o colaborar en la construcción de una sociedad mejor. Fue enviada a anunciar a Jesucristo, llamar a los hombres al arrepentimiento y a la conversión, bautizarlos y conducirlos a la salvación.
Naturalmente, el cristiano, el católico, debe reconocer la dignidad del no cristiano, respetar su libertad, escucharlo y cooperar con él en todo aquello que pertenece al verdadero bien común. Pero la misión de la Iglesia no termina ahí. El hombre no necesita solamente justicia social, paz, diálogo y convivencia. Necesita ser redimido del pecado y reconciliado con Dios. Y precisamente eso desaparece del horizonte del párrafo.
Cuando el no cristiano es presentado principalmente como aquel “con el que construir” una sociedad más justa y fraterna, deja de aparecer con la misma claridad como aquel a quien debe ser anunciado Cristo. Se produce entonces un cambio de objetivo: el otro pasa de ser destinatario de la evangelización a convertirse principalmente en socio de un proyecto común.
Esta es la idea fundamental, porque es demoledora y afecta directamente al fin sobrenatural de la misión de la Iglesia católica; pues no es su misión organizar una convivencia religiosa universal, sino anunciar a Cristo a todos, judíos, musulmanes, budistas, a todos; llamarlos a la conversión, bautizarlos y conducirlos a la salvación eterna.
En la concepción misionera tradicional, el no cristiano es ciertamente un prójimo al que se ama y respeta, pero es también un hombre llamado a conocer a Cristo, recibir la fe, convertirse y entrar por el bautismo en la Iglesia. La finalidad última no es simplemente convivir con él, sino comunicarle el bien sobrenatural que la Iglesia ha recibido.
En el nuevo planteamiento, en cambio, se subraya sobre todo aquello que cristianos y no cristianos pueden construir juntos: diálogo, paz, justicia, convivencia, fraternidad. El otro deja de aparecer primordialmente como destinatario de una verdad que debe ser anunciada y pasa a ser compañero de camino dentro de una empresa común.
También la palabra “reciprocidad” resulta significativa. La reciprocidad puede ser perfectamente adecuada en el orden civil, como cuando decimos que ambos se escuchan, ambos se respetan, ambos colaboran. Pero no existe una reciprocidad cuando se trata de la evangelización, de la redención. La Iglesia ha recibido de Cristo una verdad que no necesita ser completada por otra religión. Puede reconocer en ellas elementos verdaderos y buenos, pero no puede situar la fe revelada dentro de un intercambio entre experiencias religiosas equivalentes.
Por eso el cambio es mucho más profundo de lo que parece. Para la tradición de la Iglesia el encuentro estaba ordenado a la evangelización; ahora, la evangelización corre se inserta dentro de un encuentro cuyo horizonte práctico es la fraternidad común.
Cristo puede continuar siendo confesado doctrinalmente; la redención puede seguir mencionándose en otros lugares; el mandato misionero puede permanecer formalmente intacto. Pero si la relación efectiva con el no cristiano se estructura primordialmente alrededor del diálogo, la reciprocidad y la construcción conjunta de una sociedad fraterna, entonces la misión sobrenatural de la Iglesia comienza a vaciarse y a convertirse en un proyecto humanista. Y esto falsea literalmente la misión de la Iglesia, porque sustituye su fin propio -anunciar a Cristo, llamar a la conversión y conducir a los hombres a la salvación- por un objetivo común que también podrían perseguir instituciones civiles, organismos internacionales o asociaciones humanitarias: la paz, la convivencia y la fraternidad universal.
El párrafo de la Nota constituye así una muestra muy significativa de un camino que conduce a una transformación radical de la conciencia misionera católica y a un abismo doctrinal de la misión de la Iglesia. Pues, pasaríamos de una Iglesia enviada a convertir a las naciones a una Iglesia que aprende a integrarse entre las religiones como colaboradora en la construcción de una fraternidad universal.
Y, llevada hasta sus últimas consecuencias, esta concepción no produciría simplemente un cambio de método pastoral. Terminaría configurando otra concepción de la Iglesia y de su misión, distinta de aquella Iglesia misionera fundada por Cristo sobre los Apóstoles, porque habría cambiado aquello para lo que fue enviada al mundo.
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Acaba de publicarse la Nota Un Camino de Esperanza. Sesenta años de diálogo y fraternidad religiosa a la luz de la Declaración conciliar Nostra aetate.
Nos fijamos en su punto 9:
“La Declaración Nostra aetate se inscribe en la antropología de la relación de Gaudium et spes, en la que el otro no es percibido como una amenaza, sino que se le reconoce como un interlocutor con el que construir, en un espíritu de reciprocidad, una sociedad más justa y fraterna”.
Este párrafo es mucho más importante de lo que podría parecer a primera vista. No estamos simplemente ante una invitación a respetar al no cristiano, o al no católico, ni ante una legítima llamada a colaborar en el bien común. Hay detrás un cambio radical de perspectiva respecto a la enseñanza tradicional sobre la relación de la Iglesia con quien no conoce a Cristo.
La Nota afirma que Nostra aetate se inscribe en una antropología de la relación, según la cual el otro no debe ser percibido como amenaza, sino reconocido como interlocutor con el que construir, en un espíritu de reciprocidad, una sociedad más justa y fraterna.
El lenguaje es ya de por sí significativo. La relación con el otro queda descrita fundamentalmente en términos antropológicos y sociales, no soteriológicos, no de salvación eterna. El otro aparece como interlocutor, compañero de diálogo y colaborador en un proyecto común. Pero ¿dónde queda entonces la misión propia de la Iglesia? ¿Dónde queda la Redención? ¿Dónde la necesidad de conversión para la salvación?
La Iglesia no fue enviada al mundo simplemente para reconocer interlocutores, promover relaciones recíprocas o colaborar en la construcción de una sociedad mejor. Fue enviada a anunciar a Jesucristo, llamar a los hombres al arrepentimiento y a la conversión, bautizarlos y conducirlos a la salvación.
Naturalmente, el cristiano, el católico, debe reconocer la dignidad del no cristiano, respetar su libertad, escucharlo y cooperar con él en todo aquello que pertenece al verdadero bien común. Pero la misión de la Iglesia no termina ahí. El hombre no necesita solamente justicia social, paz, diálogo y convivencia. Necesita ser redimido del pecado y reconciliado con Dios. Y precisamente eso desaparece del horizonte del párrafo.
Cuando el no cristiano es presentado principalmente como aquel “con el que construir” una sociedad más justa y fraterna, deja de aparecer con la misma claridad como aquel a quien debe ser anunciado Cristo. Se produce entonces un cambio de objetivo: el otro pasa de ser destinatario de la evangelización a convertirse principalmente en socio de un proyecto común.
Esta es la idea fundamental, porque es demoledora y afecta directamente al fin sobrenatural de la misión de la Iglesia católica; pues no es su misión organizar una convivencia religiosa universal, sino anunciar a Cristo a todos, judíos, musulmanes, budistas, a todos; llamarlos a la conversión, bautizarlos y conducirlos a la salvación eterna.
En la concepción misionera tradicional, el no cristiano es ciertamente un prójimo al que se ama y respeta, pero es también un hombre llamado a conocer a Cristo, recibir la fe, convertirse y entrar por el bautismo en la Iglesia. La finalidad última no es simplemente convivir con él, sino comunicarle el bien sobrenatural que la Iglesia ha recibido.
En el nuevo planteamiento, en cambio, se subraya sobre todo aquello que cristianos y no cristianos pueden construir juntos: diálogo, paz, justicia, convivencia, fraternidad. El otro deja de aparecer primordialmente como destinatario de una verdad que debe ser anunciada y pasa a ser compañero de camino dentro de una empresa común.
También la palabra “reciprocidad” resulta significativa. La reciprocidad puede ser perfectamente adecuada en el orden civil, como cuando decimos que ambos se escuchan, ambos se respetan, ambos colaboran. Pero no existe una reciprocidad cuando se trata de la evangelización, de la redención. La Iglesia ha recibido de Cristo una verdad que no necesita ser completada por otra religión. Puede reconocer en ellas elementos verdaderos y buenos, pero no puede situar la fe revelada dentro de un intercambio entre experiencias religiosas equivalentes.
Por eso el cambio es mucho más profundo de lo que parece. Para la tradición de la Iglesia el encuentro estaba ordenado a la evangelización; ahora, la evangelización corre se inserta dentro de un encuentro cuyo horizonte práctico es la fraternidad común.
Cristo puede continuar siendo confesado doctrinalmente; la redención puede seguir mencionándose en otros lugares; el mandato misionero puede permanecer formalmente intacto. Pero si la relación efectiva con el no cristiano se estructura primordialmente alrededor del diálogo, la reciprocidad y la construcción conjunta de una sociedad fraterna, entonces la misión sobrenatural de la Iglesia comienza a vaciarse y a convertirse en un proyecto humanista. Y esto falsea literalmente la misión de la Iglesia, porque sustituye su fin propio -anunciar a Cristo, llamar a la conversión y conducir a los hombres a la salvación- por un objetivo común que también podrían perseguir instituciones civiles, organismos internacionales o asociaciones humanitarias: la paz, la convivencia y la fraternidad universal.
El párrafo de la Nota constituye así una muestra muy significativa de un camino que conduce a una transformación radical de la conciencia misionera católica y a un abismo doctrinal de la misión de la Iglesia. Pues, pasaríamos de una Iglesia enviada a convertir a las naciones a una Iglesia que aprende a integrarse entre las religiones como colaboradora en la construcción de una fraternidad universal.
Y, llevada hasta sus últimas consecuencias, esta concepción no produciría simplemente un cambio de método pastoral. Terminaría configurando otra concepción de la Iglesia y de su misión, distinta de aquella Iglesia misionera fundada por Cristo sobre los Apóstoles, porque habría cambiado aquello para lo que fue enviada al mundo.
Acaba de publicarse la Nota Un Camino de Esperanza. Sesenta años de diálogo y fraternidad religiosa a la luz de la Declaración conciliar Nostra aetate.
Nos fijamos en su punto 9:
“La Declaración Nostra aetate se inscribe en la antropología de la relación de Gaudium et spes, en la que el otro no es percibido como una amenaza, sino que se le reconoce como un interlocutor con el que construir, en un espíritu de reciprocidad, una sociedad más justa y fraterna”.
Este párrafo es mucho más importante de lo que podría parecer a primera vista. No estamos simplemente ante una invitación a respetar al no cristiano, o al no católico, ni ante una legítima llamada a colaborar en el bien común. Hay detrás un cambio radical de perspectiva respecto a la enseñanza tradicional sobre la relación de la Iglesia con quien no conoce a Cristo.
La Nota afirma que Nostra aetate se inscribe en una antropología de la relación, según la cual el otro no debe ser percibido como amenaza, sino reconocido como interlocutor con el que construir, en un espíritu de reciprocidad, una sociedad más justa y fraterna.
El lenguaje es ya de por sí significativo. La relación con el otro queda descrita fundamentalmente en términos antropológicos y sociales, no soteriológicos, no de salvación eterna. El otro aparece como interlocutor, compañero de diálogo y colaborador en un proyecto común. Pero ¿dónde queda entonces la misión propia de la Iglesia? ¿Dónde queda la Redención? ¿Dónde la necesidad de conversión para la salvación?
La Iglesia no fue enviada al mundo simplemente para reconocer interlocutores, promover relaciones recíprocas o colaborar en la construcción de una sociedad mejor. Fue enviada a anunciar a Jesucristo, llamar a los hombres al arrepentimiento y a la conversión, bautizarlos y conducirlos a la salvación.
Naturalmente, el cristiano, el católico, debe reconocer la dignidad del no cristiano, respetar su libertad, escucharlo y cooperar con él en todo aquello que pertenece al verdadero bien común. Pero la misión de la Iglesia no termina ahí. El hombre no necesita solamente justicia social, paz, diálogo y convivencia. Necesita ser redimido del pecado y reconciliado con Dios. Y precisamente eso desaparece del horizonte del párrafo.
Cuando el no cristiano es presentado principalmente como aquel “con el que construir” una sociedad más justa y fraterna, deja de aparecer con la misma claridad como aquel a quien debe ser anunciado Cristo. Se produce entonces un cambio de objetivo: el otro pasa de ser destinatario de la evangelización a convertirse principalmente en socio de un proyecto común.
Esta es la idea fundamental, porque es demoledora y afecta directamente al fin sobrenatural de la misión de la Iglesia católica; pues no es su misión organizar una convivencia religiosa universal, sino anunciar a Cristo a todos, judíos, musulmanes, budistas, a todos; llamarlos a la conversión, bautizarlos y conducirlos a la salvación eterna.
En la concepción misionera tradicional, el no cristiano es ciertamente un prójimo al que se ama y respeta, pero es también un hombre llamado a conocer a Cristo, recibir la fe, convertirse y entrar por el bautismo en la Iglesia. La finalidad última no es simplemente convivir con él, sino comunicarle el bien sobrenatural que la Iglesia ha recibido.
En el nuevo planteamiento, en cambio, se subraya sobre todo aquello que cristianos y no cristianos pueden construir juntos: diálogo, paz, justicia, convivencia, fraternidad. El otro deja de aparecer primordialmente como destinatario de una verdad que debe ser anunciada y pasa a ser compañero de camino dentro de una empresa común.
También la palabra “reciprocidad” resulta significativa. La reciprocidad puede ser perfectamente adecuada en el orden civil, como cuando decimos que ambos se escuchan, ambos se respetan, ambos colaboran. Pero no existe una reciprocidad cuando se trata de la evangelización, de la redención. La Iglesia ha recibido de Cristo una verdad que no necesita ser completada por otra religión. Puede reconocer en ellas elementos verdaderos y buenos, pero no puede situar la fe revelada dentro de un intercambio entre experiencias religiosas equivalentes.
Por eso el cambio es mucho más profundo de lo que parece. Para la tradición de la Iglesia el encuentro estaba ordenado a la evangelización; ahora, la evangelización corre se inserta dentro de un encuentro cuyo horizonte práctico es la fraternidad común.

Cristo puede continuar siendo confesado doctrinalmente; la redención puede seguir mencionándose en otros lugares; el mandato misionero puede permanecer formalmente intacto. Pero si la relación efectiva con el no cristiano se estructura primordialmente alrededor del diálogo, la reciprocidad y la construcción conjunta de una sociedad fraterna, entonces la misión sobrenatural de la Iglesia comienza a vaciarse y a convertirse en un proyecto humanista. Y esto falsea literalmente la misión de la Iglesia, porque sustituye su fin propio -anunciar a Cristo, llamar a la conversión y conducir a los hombres a la salvación- por un objetivo común que también podrían perseguir instituciones civiles, organismos internacionales o asociaciones humanitarias: la paz, la convivencia y la fraternidad universal.
El párrafo de la Nota constituye así una muestra muy significativa de un camino que conduce a una transformación radical de la conciencia misionera católica y a un abismo doctrinal de la misión de la Iglesia. Pues, pasaríamos de una Iglesia enviada a convertir a las naciones a una Iglesia que aprende a integrarse entre las religiones como colaboradora en la construcción de una fraternidad universal.
Y, llevada hasta sus últimas consecuencias, esta concepción no produciría simplemente un cambio de método pastoral. Terminaría configurando otra concepción de la Iglesia y de su misión, distinta de aquella Iglesia misionera fundada por Cristo sobre los Apóstoles, porque habría cambiado aquello para lo que fue enviada al mundo.
La Declaración conciliar «Nostra aetate» demuestra que en el Vaticano existe una ingenuidad naíf acerca de la relación entre las religiones, concretamente entre el Cristianismo y el islam. Si la relación entre las ideologías políticas, como entre el capitalismo y el comunismo, siempre ha sido muy tensa la relación entre las religiones, que están basadas en creencias que van más allá del mundo terrenal, es absolutamente imposible.
El angelismo de muchos cristianos les lleva a creer que con esa actitud se pueden superar todas las diferencias que existen entre el Cristiansmo y el islam pero se equivocan porque los musulmanes no van a reconocer, nunca jamás, que su religión se pueda modificar ni lo más mínimo para converger con el Cristianismo o con cualquier otra religión.
¡Hombre!… «concretamente entre el Cristianismo y el islam». ¿Para quién trabajas, troll?. Se te ha olvidado el perverso y tóxico sionismo cristiano, y el sionismo perverso de la sinagoga de satanás, peor todavía que el Islam, porque es genocida y quiere un imperio nazi sionista llamado «gran israel», pura política, y como no creen en nada entonces se dedican a asesinar sin escrúpulos, como a los 100.000 civiles gazatíes asesinados, 30.000 de ellos niños. Ningún país musulmán se ha atrevido a hacer un genocidio así, que además sigue activo cada día. Les llaman animales humanos (dicho por el ministro de defensa de Israel) y miembros del gobierno de netanyahu dicen que es necesario matar gazatíes todos los días, de manera racista y genocida.
Pero esos a ti no te importan, porque las vidas de los asesinados valen muy poco para los que te pagan. Por cierto, te pagan una miseria. Tú no crees en nada, eres un puñetero troll, lárgate ya de aquí.
Aquí el único que utiliza insultos es Ud. Debería estar prohibido insultar a quienes escribimos comentarios en este periódico digital sin faltarle el respeto a nadie.
Estoy totalmente de acuerdo con usted en desterrar de este diigno diario digital los INSULTOS, NINGUNEOS y DESCALIFICACIONES que son una muestra de la falta de respeto hacia los comentaristas.
Lo pido a TODOS
Penoso, ridículo y muy triste
Llamar Troll a quien lo es no es ningún insulto, es un adjetivo. Se lo llamo siempre porque se les detecta rápido, y vienen a intoxicar con manipulaciones que tienen ese adjetivo: TROLL
Y es un troll que defiende que en Ceuta haya bases de la OTAN, que sólo critica al Islam, SOLO, y que claramente tiene un objetivo desinformador. Sí, muy patético y poco efectivo, pero tengo que llamarle por lo que es, un troll que no busca la verdad, como muchos de los que comentamos, sino manipular a sabiendas.
Los grupos terroristas Boko Haram y Estado Islámico igualmente comenten asesinatos masivos contra cristianos en África, especialmente en Nigeria, llegando a cifras similares a lo de Gaza. Sin embargo, yendo al fondo del asunto, encontraremos bastantes indicios de que estos grupos musulmanes son “fabricados” por “los mismos de siempre”, esos “mismos de siempre” que:
Actualmente están detrás del genocidio de Gaza.
Actualmente están detrás del “cambio climático” con fumigaciones visibles hasta para un ciego, con radiaciones no visibles pero que afectan tanto a la psique como al físico humano, de los incendios, de las riadas provocadas –por lo menos la de Valencia-, etc. etc.
Actualmente están detrás de la destrucción de la moral más elemental como es la Ley Natural.
Actualmente están arruinando a nivel economía y comercio todos los países de occidente, antaño cristianos, a favor de los sin valores cristianos. Redondeando el desastre con la creación de unas deudas públicas sin límite con objeto de quedarse con todo cuando se lo propongan en recuperar y lo más insultante es que a partir de “humo” -como perfectos alquimistas- transforman en activos como el patrimonio público y privado. Una estafa como nunca sucedió.
Actualmente (ya llevan unas cuantas décadas, solo que ahora es descarado e insultante) están detrás de todas las INVASIONES a estos países antaño cristianos.
Actualmente también están con la matraca de las vacunas (es cierto que esto ya afecta a más países que los de occidente, pero se lleva con mayor rigor en estos).
Actualmente, “los mismos de siempre”, están con el acelerador a fondo para meter a toda Europa en GUERRA.
Y por último como broche de oro a toda su histórica espera, están por la labor de entronizar a su mesías: https://www.youtube.com/watch?v=TzAjzn50s4w
Estos mismos de siempre, son los que se han apoderado del Vaticano. Precisamente esta declaración Nostra aetate fue aprobada por el DEGENERADO y CRIMINAL de Montini, “uno de los suyos”; es decir de los de la Sinagoga de Satanás.
Llamar a José Luis Fernández troll es un poco aventurado y, por tanto, desacertado, pero no es nada aventurado decir que muchas afirmaciones, de cualquier comentarista, tienen un sesgo que puedan ir más allá de una opinión.
Exceptuando este detalle de lo del “troll”, decir que Fernando Cavanillas acierta plenamente en sus observaciones.
Y es que ver la paja en uno y no ver la viga en otro ¡tiene tela!
Espero que nadie considere esto un insulto, por mucho que se dé por aludido. Es solo otra opinión.
Los artículos de Carlos María Jáuregui ¡chapó!
Sobre la Iglesia actual, o lo que queda de ella, que no es mucho, la verdad. yo particularmente he optado por:
* PASAR DE TODOS LOS CAMBIOS E INTERPRETACIONES que están haciendo, y que atentan claramente contra LA DOCTRINA TRADICIONAL DE LA IGLESIA, Y LOS EVANGELIOS.
* DEJAR DE APORTARLES DINERO, INCLUIDA LA DICHOSA X, pues creo no sirven a Dios ni a la verdadera Iglesia, sino a otros intereses ocultos, EL NOM, ETC.
* Es posible que pueda estar equivocado, pero creo que no. Y, de ser así, ¡QUE DIOS ME PERDONE!
Se trata de des divinizar todas las religiones para no creer en ninguna. Son los ateos de Disraeli Rothschild. El G.A.U. es un apaño para salir del paso, que no se creen ni ellos. Sus amos y adoctrinadores, los cabalistas de Baal, no piensan igual.
Si tu piensas X y yo pienso Y, y tu no estás dispuesto a pensar Y, ni yo a pensar X; pues tan amigos y a otra cosa. Salvo que pretendas cortarme el cuello( o similar ) si no pienso X como tu; en cuyo caso, procuraré evitarte, diálogo cero, y no por mi culpa; no te veré con agrado, sino con pena porque te han llenado de odio, y te has dejado.
El marrano ancestral es aquel al que denunció Moisés en el Deuteronomio; el del Talmud post Cristiano; el de la Cábala mágica activa sefardí. Los labradores arrendatarios asesinos de profetas y del Hijo del JEFE. Los que destruyeron la Antigua alianza con los de Abraham; el odre podrido; y destruyen la Nueva alianza; el odre nuevo. El marrano sembró el mundo de gnosticismos/ invenciones anticristianas/ anti humanas. Y el sarraceno es una de ellas; se hizo como se hace ahora la nueva religión pseudo cristiana/ masona; con retales de otras; engañabobos. Pero el marrano es más bobo que ninguno de sus lacayos, porque para creerse en lo que ellos creen y no darse cuenta de a quien sirven, es para serlo hasta el colmo de la bobería. La mayoría de los gnosticismo del marrano fueron tomados de las religiones orientales, y sus creencias trasladadas a las innumerables sectas ha han ido sembrando. Lo peor de cada casa.
Quien crea que con toda esta fantasmada marrana transhumanista va a llegar a alguna parte, se va a llevar un buen chasco. Es claramente el triunfo de Satanás en este mundo tamiz. Se va a quedar con lo peor de lo peor, que es justo lo que quiere y se merece.
La Iglesia camina hacia el abismo guiada por este Papa.