¿Pueden los españoles libres dejarse despreciar aún más por los psicópatas?

Al morir Franco, España era un país rico y libre, idealmente preparado para una perfecta democracia. Ahora, por el contrario, es un país rendido a un régimen frentepopulista que ha venido cociendo su golpe de estado durante cuarenta años con mayor o menor descaro y con injustificada impunidad. Sería curioso analizar cómo una nación libre puede entregarse a una tiranía, si no supiéramos que en cierto sentido ha sido la propia sociedad la que, dejándose emascular con el señuelo hedonista, ha creado su propia prisión.

Al extraordinario confort que disfrutan cuatro amiguetes de la casta y sus esbirros, los frentepopulistas y sus colaboradores de izquierdas y derechas lo han llamado estado del bienestar. Mientras tanto, el vulgo inerte, que a los tiranuelos ineptos y codiciosos paga sus desahogos, sus mansiones y sus lujos, permanece imperturbable, dejando que lo estrujen y ordeñen en nombre de la democracia y de la libertad.

Todos los días nos desayunamos con demenciales noticias que, desde el intolerable limbo de lo inulto, parecen competir entre sí para sobresalir como la más terrible: prostitución pública de menores, violaciones masivas, competencias penitenciarias servidas a la carta separatista, fraudes electorales, contubernios con narcofinanciadores políticos, maletas sin dueño en los aeropuertos, expedientes Rayuela, cadáveres de trabajadores sin desenterrar abandonados en vertederos contaminantes, enredos judiciales, parodias congresistas, farsas autonómicas, absoluto entreguismo en política emigratoria y exterior, legislación totalitaria, anatema y odio contra el discrepante, profanaciones de tumbas ilustres, incesantes humillaciones a la patria y a su idioma, un Gibraltar putrefacto y vergonzante…

Y como, mientras tanto, la plebe -con su Rey al frente- continúa en Babia, resulta imperativo reiterar que estos actos delirantes con que se viene provocando a los españoles libres son causados o permitidos por la megalomanía y la malsana ambición de un puñado de psicópatas doctrinarios, por el frenético sadismo de unos miles de paranoicos, por la obediencia servil de un cuantioso grupo de sectarios y por la cobarde sumisión de una multitud de borregos, caterva toda ella que se desenvuelve sin un justo castigo.

Pueblos que actualmente han caído bajo las garras del populismo o del socialcomunismo más degradante carecían, tal vez, de un Jefe de Estado con la autoridad internacional que teóricamente se supone a nuestra primera Institución. En esta autoridad radica el remedio para acabar con el oprobio de quienes en sus gobernanzas no dejan de cometer actos inmorales y anticonstitucionales. Otra cosa es que dicha autoridad esté dispuesta a ejercer su jerarquía y, si es necesario, a sacrificarse en aras del bien común, llevando hasta las últimas consecuencias su juramento.

¿Quién puede dudar de que un Jefe de Estado de renombre internacional es un hombre poderoso? Sin embargo, si no posee un alma dispuesta para el sacrificio y el bien, ni halla nada con qué saciar su pusilánime ambición, puede considerársele como un pobre de solemnidad, y aun como un vil siervo si, por añadidura, está dominado por los yerros propios y ajenos, amén de por la canalla que trata de desprestigiar y disolver el país del que es la mayor autoridad.

Más aún que las malas personas, lo que amenaza al mundo son aquellos que permiten la maldad teniendo posibilidades de evitarla.

Por otra parte, que llegue a su casa sola y borracha es todo lo que el ínclito feminismo del siglo XXI ofrece a la mujer. Y tal oferta la consagra con insolente jactancia, ignorante de su índole insana y perversa. Que el paranoico sea el último en percatarse de su morbilidad suele ser usual; lo que no debiera serlo es que todavía existan mujeres -y hombres- de apariencia corriente que aún se dejen engañar por estas desahuciadas físicas y morales y, lo que es más grave, justifiquen su ofuscada malevolencia.

Como tampoco es de recibo que la mayoría ciudadana, con humillante sumisión, insista en subvencionar con sus impuestos a lóbis parasitarios y depravados. La muchedumbre, harta de entregar sus ahorros a tantas feminazis, a tantas sectas falsarias, a tantas oenegés como nos explotan y trampean, debiera echarse a la calle mañana mismo, pidiendo imperativamente el desmantelamiento de estos nidos de larvas infecciosas.

Gracias a las izquierdas y a sus múltiples cómplices, España es un estercolero, aunque, eso sí, con un lustroso Rey en portada. Pero a pesar de sus empeños, los nazigolpistas y sus colaboradores no van a romper una de las naciones más antiguas de la tierra mediante Gobiernos centrales y autonómicos traidores y leyes totalitarias tipo Memoria Histórica o LGTBI, y mucho menos a costa del erario público, como ha venido haciéndose hasta ahora.

Para impedirlo es apremiante una reforma constitucional regenerativa, actualmente de la mano de VOX, que como primera medida envíe a la cárcel a la antiespaña, suprima las leyes totalitarias, ilegalice a los partidos independentistas, libere a la Educación y a la Justicia y exija el cumplimiento de nuestro derecho a expresarnos y a educarnos en español en toda España. A continuación habrá que elegir entre autonomías e impuestos abusivos, por un lado, o pensiones y sanidad, por otro, porque España no necesita 17 parlamentos, ni 17 tribunales supremos, ni 17 gobiernos, con sus correspondientes enchufados; y, así mismo, habrá que controlar rigurosamente la inmigración y eliminar sus subvenciones, exigiendo a todo foráneo legal que se adapte a nuestros valores y a nuestra cultura.

No hay mejor financiación, mejor ahorro ni mayor inversión que una gestión austera. Algo que no entienden las izquierdas manirrotas, que todo lo arreglan disparando con pólvora del rey, y justificando luego su despilfarro con la demagógica excusa de que lo hacen en nombre del pueblo. Ese pueblo al que siempre arruinan en sus libertades y dineros y que más adelante ha de pagar tales dispendios multiplicados por cien.

Una parte del pueblo español aún conserva sentido del patriotismo, y quiere proteger a sus compatriotas, a sus familias y a sus amigos. Por eso se mantiene en la lucha frente a la deleznable autocomplacencia de la casta política, denunciando y tratando de controlar y remediar día tras día la locura socialcomunista.

Defendiendo, sobre todo, nuestros derechos para no perder la dignidad, porque sabe que la dignidad no se negocia, que sin dignidad es imposible luchar contra la injusticia, y que sólo la dignidad puede perturbar y desestabilizar a los explotadores y a los malvados. Pero sabe también que otra parte importante de este pueblo nuestro carece de ella. Y se siente a gusto gobernada por los pervertidos y los dementes. Contra toda esta pestilencia, contra toda esta miseria ejecutora y cómplice, hay que combatir sin descanso, pues la disyuntiva es simple: o ellos o nosotros.


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