Puerto Rico 1898. El suicidio de Puig (1/2)

Prologo y Antecedentes

Francisco Puig Manuel de Villena cuando era capitán

La invasión de Puerto Rico por el Army norteamericano estuvo preñada de confusos episodios, a consecuencia de los cuales el Ejército, que poseía unas fuerzas comparables al cuerpo expedicionario yanqui del general Miles, no opuso resistencia a sus progresos, permitiéndole avanzar sin obstáculos hasta que se conoció la capitulación del Gobierno Español. Quienes más defendieron la soberanía española fueron, precisamente, los puertorriqueños, y los más pusilánimes fueron, precisamente, los oficiales peninsulares. Luego, al concluir la contienda, los peninsulares extendieron la especie de que fue la defección de los voluntarios borinqueños lo que inclinó la balanza, lo que permitió dejar el honor del Ejército a salvo. A las autoridades norteamericanas les interesó esta argumentación, pues les colocaba como liberadores y justificaba su intervención al presentarla como una anexión voluntaria del  pueblo  puertorriqueño.  Esta falsedad sobrevive hasta nuestros días.

Severo Gómez Núñez, artillero director del Diario del Ejército de La Habana: «…nuestra labor de narración de esta guerra ha tropezado más de una vez con serios obstáculos, especialmente a lo que á las operaciones por tierra de Puerto Rico se refiere;… tratándose de la pequeña Antilla, la
obscuridad y el retraimiento cerraron el paso…» (La guerra hispano-americana – Puerto Rico, Pag. 88)

No se debe obviar el hecho de que la masonería, omnipresente y todopoderosa en 1898 en todo el mundo, jugó un papel determinante en que el Ejército Español efectuara una defensa harto tibia. En la Isla de Puerto Rico las logias locales –la principal era los «Hijos del Borinquen» (Ferrer Benimelli, 1998)–, eran teóricamente partidarias de España. Las logias peninsulares, por el contrario, tenían diversa obediencia: unas dependían directa o indirectamente de logias supranacionales, lo que les situaba en una posición comprometida, mientras otros talleres no estaban tan subordinados a logias externas y como tales defendían la soberanía española.

Trazamos este somero extracto de la situación política de 1898, porque ello nos permitirá entender el caldo de cultivo en el que se cocieron los oscuros episodios del verano de 1898. Y uno de los más confusos, que no el único, fue el suicidio del teniente coronel Francisco Puig Manuel de Villena. Recordemos que el entonces jefe del Batallón Cazadores de la Patria nº 25, se suicidó la noche del 1 de agosto, tras ser acusado por el jefe de Estado Mayor, coronel Juan Camó y Soler, de huir frente al adversario. El Capitán General, teniente general Manuel Macías y Casado, informó al ministro por cable que se había suicidado después de haberse retirado ante el rival.

El comienzo del “Desastre” fue el masónico magnicidio de Cánovas (8-VIII-1897). El principal instigador, el médico puertorriqueño Betances, el del Grito de Lares, era “Agente Diplomático de la República de Cuba en Armas” en París y dependía de la Junta Cubana en Nueva York.

En 1899 un Consejo de Guerra en España concluyó que Puig, veterano de la última Guerra Carlista y de las de Cuba y Filipinas, no había huido frente al enemigo, lavando por tanto su honor. A pesar de ello, el segundo jefe de Estado Mayor de Puerto Rico, teniente coronel Francisco Larrea y Lisso, escribió dos libros en los le siguió acusando de debilidad frente al adversario (Larrea, 1901).

El propósito de este trabajo es demostrar que Puig no sólo no se retiró frente al adversario sin haber recibido órdenes en ese sentido, sino que fue el jefe de mayor graduación en combatir la invasión y que aquellos que le acusaron fueron precisamente quienes se mostraron más pusilánimes, por decir una palabra edulcorada y seguramente no exacta.

El Ejército de Puerto Rico

Conviene recordar que, desde el punto de vista de la comunicación, había cable telégrafo con Madrid, sin interrupciones ni censuras, supuestamente, al ir por la vía: Martinica, Venezuela, Brasil, Cabo Verde y Lisboa. Existía una extensa red telegráfica interna, que unía todos y cada uno de los pequeños pueblos de la isla. En San Juan ya se disponía del teléfono, que enlazaba todos los castillos del dispositivo defensivo, entre ellos y con el Palacio de Santa Catalina, residencia del capitán general. En la isla existía una incompleta vía de ferrocarril circular, más o menos paralela a la costa.

Desde el punto de vista de las fortificaciones, San Juan estaba defendido por dos formidables castillos: El Morro, en la boca de la bahía, y San Cristóbal, que con su forma alargada se extendía entre la ciudad y el mar. La ciudad, ubicada en un islote, estaba completamente murada y sus accesos a tierra protegidos por baluartes.

Desde el fracaso inglés en 1797, los militares españoles más ortodoxos consideraron que la mejor defensa de la provincia era repeler los ataques desde los gruesos muros de San Juan.

Su entierro

El 11- I -1898 llegó a San Juan el teniente general Andrés González Muñoz, nacido en Santiago de Cuba, (a) El Cubano, brillante guerrero nada dado a veleidades separatistas, como ya lo había demostrado entre 1892-95. Murió repentinamente en el banquete de bienvenida, supuestamente por infarto. Fue, quizás, la primera de las múltiples muertes singulares del 98.

Su entierro

Los castillos en torno a San Juan disponían de 43 cañones de diversos calibres, 20 de ellos eran artillería moderna (Ordóñez de 15 cm). El parque también incluía dos baterías de campaña y tracción hipomóvil con cuatro piezas cada una (Plasencia de 80 mm y Krupp de 90). En los propios talleres de la comandancia se recargaban los proyectiles, lo que garantizaba el municionamiento.

El 15 de febrero «estalló espontáneamente» el Maine en La Habana. El 19 de abril EE.UU. pidió insultantemente la independencia de Cuba y el 25 declaró la guerra. El 1 de mayo la escuadra de Montojo fue destruida en Cavite, tras unas poco claras disposiciones del mando de Filipinas (no artillar Subic ni defender la boca de la bahía, impedir el apoyo artillero de Manila, etc).

El Ejército de Puerto Rico lo componían 7.600 hombres. A parte de estas tropas regulares, en la provincia había 5.900 voluntarios armados (14 batallones), aumentados en 3.000 más, posteriormente, y 600 guerrilleros montados. Los voluntarios se reclutaban entre la población civil, no cobraban y servían para colaborar en la defensa de su ciudad, por lo que estas unidades no estuvieron nunca diseñadas para operar lejos de su domicilio. Otra cosa eran las milicias montadas, llamadas guerrillas, unidades de puertorriqueños que trabajaban profesionalmente –y muy eficazmente– para el Ejército. Esto hace un total de casi 17.000 defensores, entre 8.200 soldados regulares y guerrillas, y los voluntarios, aunque estos tuvieran una operatividad restringida.

Al declararse la guerra con los Estados Unidos, la Estación Naval de San Juan contaba con una pequeña escuadrilla integrada por el pequeño crucero «Isabel II» y dos pequeñas cañoneras, a las órdenes del capitán de navío Eugenio Vallarino.

El capitán general y gobernador general de la provincia, era el teniente general Manuel Macías y Casado, un militar con un currículo guerrero ya que había participado en las guerras carlistas, en la de Santo Domingo, en la de Cuba y en la de Marruecos. Era relativamente joven, pues sólo tenía 53 años. Pero el ministro de Ultramar le había encarecido que se concentrara en su función política y que como en la

Batería Fuerte de San Juan

Pequeña Antilla reinaba la paz, delegara las cuestiones militares en su Estado Mayor. En efecto, desde su llegada dirigió con acierto la transición al nuevo régimen autonómico: el 27 de marzo se celebraron elecciones libres y se constituyó el parlamento y un gobierno autónomo.

Como muestra de su actuación militar, recordemos el caso del teniente de artillería yanqui Henry Howard Whitney, quien el 15 de mayo de 1898 desembarcó en Ponce para hacer un reconocimiento secreto de la isla, haciéndose pasar por vendedor ambulante o pescador/periodista inglés; en dos semanas y media recorrió los municipios de Ponce, Arroyo, Salinas, Yauco y Guánica tomando notas, haciendo  croquis  y  recogiendo información de varios independentistas, y aunque Macías conoció su personalidad y misión por del cónsul español en Santo Tomás (Islas Vírgenes, Dinamarca), y la guardia civil lo localizó y apresó en Arroyo, no hizo nada, supuestamente por miedo al cónsul inglés, a pesar de estar ya en guerra con EE.UU. desde el 24 de abril, dejándolo salir el 2 de junio con toda la información, lo que permitió al general Miles decidirse por desembarcar en Guánica en lugar de Fajardo (http://home.coqui.net y otras).

El «Segundo Cabo» de Puerto Rico, como se llamaba entonces al 2º Jefe, era el general Ricardo Ortega y Díez, de 60 años, que desempeñaba además el cargo de Gobernador Militar de San Juan. Ortega había hecho carrera gracias a sus méritos en la guerra de Marruecos y en la última guerra carlista. Había llegado a Puerto Rico en 1896 y desde entonces su única acción de guerra había consistido en comandar la defensa artillera frente al bombardeo de la Navy del 12 de mayo de 1898, acción que fue considerada una victoria para las armas españolas. Desde el primer momento Macías y Ortega no tuvieron buena relación. El que Ortega y Vallarino organizaran el frustrado ataque del Terror al Saint Paul les acarreó las críticas del Capitán General, quien tachó de imprudente a Vallarino y le desautorizó para futuras operaciones, empeorando las relaciones entre el Capitán General y el Segundo Cabo.

El 22 de junio el Jefe de estado mayor de Cuba, Luís Pando, marchó a Florida para negociar (ver ARES nº 30 2013). El Capitán General Blanco, «Hermano Barcelona», masón grado 33, había sido nombrado por Sagasta, «Hermano Paz», ex-Gran Maestre del Gran Oriente. Pando tenía todos los visos de pertenecer también a la masonería.

Dos meses de bloqueo y la capitulación de Santiago enfriaron los ánimos. No faltaba nada de las necesidades básicas, pero la relativa incomunicación con el exterior había generado un clima de tensión entre dos facciones del Ejército. Por un lado los oficiales del Estado Mayor, que entonces eran un cuerpo militar aparte, y por otro los de las Armas. Esta enemistad venía de lejos y Macías no sólo no hizo nada por aliviar este clima, sino que su agria polémica con Ortega generalizó la percepción de que allí nadie se hablaba con nadie; además, tenía delegadas las cuestiones militares en el jefe de Estado Mayor, Camó, lo que suponía un claro entendimiento con él.

El coronel Juan Camó tenía 58 años y llevaba en el Estado Mayor de Puerto Rico casi 30, salvo un par de pequeñas interrupciones para salvar el límite máximo autorizado de permanencia en ultramar. Tremendamente estricto, nunca salía de su despacho en el cuartel general de la Fortaleza, desde donde dirigía con mano férrea su departamento y toda la Capitanía. Según el cronista Ángel Rivero, Camó tenía una camarilla, sus subordinados directos, que no perdonaban una tarde para juntarse a jugar al «tute». He aquí la grafica descripción que hizo Rivero del mismo y de la tarde en que se produjeron los desembarcos norteamericanos:

«… de no vulgar ilustración, pequeño de cuerpo, pero grande de voluntad y carácter; hosco, reservado, despótico en grado sumo, no admitía réplicas ni observaciones de persona alguna. Jamás enmendó su criterio. Fue siempre señor y dueño de las fuerzas militares que guarnecían la Isla, y hacía y deshacía a su antojo, procurando, en todos los casos, contrariar a sus subordinados, y aun a los de su misma o superior categoría (…) A la misma hora en que los soldados de España y los de la Unión Americana engañaban el hambre con galletas de munición y frutas sin madurar, Camó y su camarilla tomaban té, fumaban exquisitos vegueros de las riberas del Plata entre las puestas y codillos de su agradable partida (…) hubo principios de conspiración; se habló de «embarcar a la fuerza al coronel Camó y hasta alguno más (…) obligándole a salir Morro afuera, con rumbo a España». (Rivero, 1922).

El «Terror» en San Juan. El 3 de julio la escuadra de Cervera fue hundida tras dejarse embotellar, salir de día, en una sola dirección, en fila y sin la cobertura de los destructores; Joaquín Bustamante, jefe del Estado Mayor embarcado, contrario a aquel suicidio, encabezó y murió en el contrataque en las Lomas de San Juan. Santiago capituló el 17.

Asiduo a la partida era el teniente coronel Francisco Larrea, 2º jefe de Estado Mayor, de 42 años, que había hecho una brillante carrera en ese cuerpo durante las guerras carlistas, pero los últimos diez años los había pasado en Puerto Rico (tres destinos en total), salvo un paso fugaz por Cuba. Desde mayo empezó a unirse a la partida de «tute» el teniente coronel Ernesto Rodrigo, de 49 años, a pesar de ser el Comandante Militar de Arecibo (era amigo personal de Larrea, por ser paisanos de Pamplona, y llevaba en la isla un par de años).

Camó tenía un triple plan de acción caso de invasión (Larrea, 1901, 95): si el desembarco era cerca de la capital, por Fajardo, replegarse a San Juan. Si por el Sur, la defensa se efectuaría en los altos de la Cordillera Central; en cualquier caso meros escarceos con la fuerza adversaria, pues la victoria nunca se barajó como una de las posibilidades. Si por algún azar el desembarco fuera por la costa Norte, por Arecibo, perfectamente comunicado por tren con San Juan, entonces sí se contemplaba la posibilidad de hacer frente al enemigo en la playa. Previendo la eventualidad del desembarco por Arecibo, a principios de mayo, Camó nombró comandante militar a su amigo el teniente coronel Rodrigo, quien hasta entonces era el jefe del Batallón Patria con base en Ponce. Esta designación hizo saltar la chispa entre el Estado Mayor y los cuadros de guarnición. Las variantes tácticas previstas por Camó implicaban el abandono de las ciudades del litoral, lo que equivalía a prescindir de los Voluntarios, por lo que cabía esperar que las guarniciones lo rechazaran. Por tanto, lo mejor era ocultarles  dichos  planes.  La única función de las guarniciones sería; «…el que no faltase siquiera la ruidosa protesta de la armas al acto de  violación del  territorio español»,  como  años  más tarde reconoció Larrea («El desastre nacional…», 1901, 98).

Capitán General Manuel Macías. No tenemos constancia de su afiliación a la masonería. Sí lo era Julio Cervera Ba-viera, inventor de la radio y su ayudante en Melilla, Canarias, Valladolid y Puerto Rico, quien ya había fundado varias logias. Eran amigos y defendió a Macías tras la guerra.

El Instituto d Voluntarios era un tema de desencuentro entre el Estado Mayor y los jefes periféricos, que opinaban que ya que era absurdo esperar grandes ayudas de la metrópoli por el bloqueo naval, la única manera de aumentar sus fuerzas era recurrir a los puertorriqueños, máxime ahora que estaban involucrados en el autogobierno de la isla. El propio concepto del Instituto los acercaba a los criterios de los jefes de guarnición y los alejaba de los del Estado Mayor. Como hemos dicho, los Gobernadores consiguieron movilizar 9.000 voluntarios, lo que fue interpretado por Camó como un ataque a su autoridad, dado que contemplaba únicamente defenderse en San Juan. La incomprensible respuesta fue negar los fusiles a las recién creadas unidades de voluntarios.

Entre estas dos posiciones contrapuestas se encontraba el Capitán General Macías, quien aparentemente estaba por encima de lo divino y lo humano. Hombre muy familiar, no había algo que detestara más que la costumbre de su Estado Mayor de pasarse las tardes jugando a los naipes. Ignoramos si Macías y Camó conocían la negociación de Pando en Tampa, pero, a la luz de los citados acontecimientos y la manera con que condujeron la campaña, nuestra opinión es que sí.

El resultado era que, a punto de dar comienzo las operaciones, los jefes de guarnición no tenían instrucciones, ni sabían de la existencia de plan alguno, y menos aún, que se les condenaba a ser meros elementos «ruidosos». Estas tropas eran dos batallones del Regimiento Alfonso XIII en Mayagüez, al mando del teniente coronel Osés, y otro en Ponce, del Regimiento Patria, a las órdenes del teniente coronel Puig. Como única unidad estratégica se habían destacado dos mil hombres, denominados batallones provisionales, a Caguas, al Sur de San Juan y en lo alto de la cordillera. En este planteamiento defensivo cicatero, sorprende la presencia de dos batallones completos en Mayagüez.

Nada más declararse la guerra Camó había trasladado a Arecibo el Batallón Patria, pues Ponce no iba a ser defendida, pero dejando media compañía en Ponce, quizás «para hacer ruido» al mando del teniente coronel Puig, un madrileño que hasta ese momento era el Comandante Militar de Aguadilla, al norte de Mayagüez. Puig habló directamente con el Capitán General para advertirle que era un error que en Ponce quedara sólo media compañía, ya que el Patria era el único batallón en el Sur de la isla y sin él no podría emprender operaciones en caso de desembarco. El Gobernador  de  Ponce,  coronel  San Martín, medió a favor de la tesis de Puig y Macías ordenó que todo el Patria quedara en Ponce. De nada sirvieron  las  protestas  de  Camó, alegando los batallones de Caguas  para  reforzarles  si  fuera necesario. Puig se quedó en Ponce con el batallón al completo, mientras que Rodrigo se quedó en Arecibo sin mando en tropa, tomándoselo como una afrenta personal.

Peor se lo tomó Camó para quien era una intromisión intolerable que Puig le hubiera puenteado directamente con Macías. Esta situación explica, en alguna medida, los acontecimientos posteriores.

Segunda parte

Publicado originalmente en la revista ARES


4 respuestas a «Puerto Rico 1898. El suicidio de Puig (1/2)»

  1. No este episodio, sino casi cualquiera de nuestra decadencia se explica desde la traición interior de los lacayos masones de izdas. y dchas.Y no es de ayer ni de antes de ayer, es de hoy desde la muerte de Franco y un poco antes que estamos en las mismas gracias/por culpa de… los mismos. Todos magníficos actores/mentirosos.
    La diferencia es que antaño las logias infiltraban cargos e instituciones nacionales. Hoy va acompañado de una infinidad de corporaciones internacionales integradas en sus direcciones por masones y en las cabezas de las mismas por anglo sionistas respaldados por sus familias financistas. Hoy se coacciona a países enteros, ademas de individualmente como siempre. El que no se vende o se aparte, se muere de un mal toser.
    Aunque la cosa venía de bastante antes, Felipe II alertó a su hijo, y este se dejo seducir por el corruptor oro marrano portugués. Quevedo pagó con cárcel sus advertencias al rey por el mismo motivo. Inquisidores y jesuitas pagaron por lo mismo. No hemos salido nunca de la misma conspiración con el paréntesis que se ganaron con su sangre nuestros padres en el 36.
    Leer el libro del heredero de Peral es un «poema», con el Soros de turno moviéndose a su antojo por los despachos y documentos clasificados. Quienes nos han venido gobernando no lo han hecho tan mal por que sean estúpidos, que también, ha sido porque son vendidos traidores, marionetas de sus amos; que también lo son nuestros por su culpa.
    Cañones que no disparan, decisiones absurdas en masa, mentiras que ya ni se molestan en disfrazar, basta el silencio y el nuevo exabrupto, el exabrupto semanal hará olvidar al anterior. Así hemos sido desde Felipe III sin parar más que una vez como dije.
    Fueron corrompiendo a los Austrias hasta hacerlos languidecer, aprovecharon ese vacío para imponernos una dinastía ajena que venía corrupta de fabrica. La María Antonieta diciendo que los masones eran inofensivos y festeros, los mismos que la cortaron la cabeza. Y el Felipe igualdad otro tanto, masón y guillotinado. Porque ellos son los primeros engañados.
    Y siempre son los mismos, los labradores arrendatarios asesinos de turno (que dicen representar al pueblo elegido, que sin embargo es su primera y mayor victima, como dijo el Mesías, su parapeto mimético. Ellos y sus numerosas excrecencias, todos con las mismas obsesiones racistas nazis hereditarias patológicas… animales. Rabiosamente anti cristianos.
    Me alucina, pero lo comprendo, que nadie menciona la masonería en ningún momento, cuando debería ser en todo momento, dado el mal colosal que hacen. Lo comprendo porque se personalmente de su poder de coacción, barroco pero eficaz contra hermanos y profanos. Pueden hacer casi lo que quieran y nadie, salvo la víctima, se percatará de nada. No sirve denunciarlo, pues en todas partes hay hermanos dispuestos a ayudar al verdugo. Así doblegaron por ejemplo al bueno de Henry Ford, autor del Judío Internacional. No trascendió pero le debieron hacer la vida realmente imposible.
    Con la toma de la masonería ganaron el arma conspirativa perfecta. Esta, los protestantismos plagados de masones y el islam son sus mejores armas junto a la escoria revolucionaria Disraeli Rothschild más útil antes que las bombas (la roja y la de colores).

    1. Autor: Absolutamente de acuerdo con usted, D. Jesús.
      Y le felicito por su claro y certero análisis, especialmente a las principales armas (islam, masonería, protestantismo y hoy capital-comunismo-LGTBQ.
      También le agradezco el apunte de que Felipe II advirtió a su hijo (cuestión que desconozco y agradecería detalles).
      Todo ello me impulsa a ampliar algo la figura del Comandante Cervera en cuanto a su perfil masónico, como ilustración de que en el 98 todos los capitanes generales y sus estados mayores eran profundamente masónicos:
      Julio Cervera fue iniciado en el año 1879 a los 25 años en la logia “Alvarfáñez” (Gran Oriente de España GODE; nombre simbólico: VOLTA) de Guadalajara, donde estaba la Academia de Ingenieros (siendo tardío cadete, pues antes había pertenecido al Arma de Caballería y viajado luego por África).
      Cervera fue un republicano liberal-progresista, amigo personal de Manuel Ruiz Zorrilla. En 1881 fue candidato republicano por el distrito de Segorbe a las Cortes, pero sufrió un arresto que le impidió su participación efectiva. Cofundaría una logia militar en Segorbe durante los años 1888-1889 denominada “La Verdadera Luz”. El 7 de abril de 1890 se convertiría en Gran Maestro de la logia. Cervera promovió el trabajo ritual del Rito Escocés Antiguo y Aceptado en su corporación masónica-militar. En 1890 fundó, con el apoyo de Felipe de Borbón y Braganza (su Alteza Real Felipe Luis de Borbón y de Braganza, Príncipe de las Dos Sicilias), una logia en Marruecos (Gran Logia en Marruecos, que llegó a agrupar a 12 logias de perfil eminentemente militar; Julio Cervera fue elegido Gran Maestre y Gran Comendador del Supremo Consejo del grado 33), como Gran Maestre y Gran Comendador del Supremo Consejo, y poco después se adhirió al Gran Oriente Español en 1891, un proyecto fallido que tenía el objetivo de unificar la masonería española. Por último fue nombrado en 1891miembro honorario de la logia “El Progreso» nº 88 de Madrid donde trabajó y promovió diversos talleres dependientes del G.O.E. (http://www2.uned.es/dpto-hdi/museovirtualhistoriamasoneria/17ciencias_y_masoneria/juliocervera.htm).

  2. No he tenido tiempo de leer este artículo hasta ahora. La verdad que me quito el sombrero por su contenido, pero qué asco de corrupción, qué basura de mandos militares. Hemos vuelto hoy a aquella época.

    Vale que hubiera traidores, pero lo que no vale es que no hubiera nadie que antes de pegarse un tiro él no se lo pegara a los traidores. Vale que hubiera traidores de forma generalizada, pero lo que no es de recibo es que luego en España no se abriera un proceso para dar garrote a los traidores. Si no se hizo es que desde El Rey para abajo todos incumplieron los deberes de su cargo. Como ha pasado siempre, esa es la realidad, a la hora de la verdad los que ocupan los puestos y poderes del Estado si por algo se caracterizan es o por no perseguir a los culpables o directamente por formar parte del complot de la traición, lo cual evidencia que antes esta situación generalizada de corrupción y de traición correspondía a los subordinados haber hecho Justicia.
    Enhorabuena al autor, y a la página por publicarlo.

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