Rafael Nieto denuncia el genocidio de los niños con síndrome de Down en España

Rafael Nieto

Rafael Nieto es Doctor en Periodismo por la Universidad San Pablo CEU de Madrid. Tiene más de 20 años de experiencia profesional, sobre todo en radio. Autor de varios libros, el último de ellos «Autopsia al periodismo». En esta ocasión analiza con motivo del Día Mundial de las personas con Síndrome de Down, celebrado recientemente, las razones por las que son muchas veces rechazados en esta sociedad hedonista, tanto es así que se les priva de nacer en la mayoría de los casos.

Recientemente se celebraba el Día Mundial de las personas con Síndrome de Down, un día que suele pasar muy desapercibido. ¿Por qué no hay apenas gente que defienda sus derechos y celebre este día?

En primer lugar, porque la sociedad actual es tremendamente egoísta, al contrario de lo que pregonan sus aduladores profesionales. Lo que no le toca directamente, no le interesa. Es un problema “de otros», no suyo. En segundo lugar, porque al faltar la presencia de Dios en la vida pública, falta también la conciencia de la dignidad del otro. Y si no son capaces de ver la dignidad de nadie, mucho menos la van a ver en una persona discapacitada. Cuando el hombre pierde de vista a Dios, al siguiente que pierde de vista es al prójimo.

Quizá el doctor Jérôme Lejeune fue uno de los mayores defensores que han tenido estas personas…

Jérôme Lejeune

Sin duda. Lejeune es un gigante de la medicina, pero sobre todo de la humanidad. De saber entender la ciencia a la luz de Dios, lo que conduce a poner en práctica de verdad el juramento hipocrático, no como una simple declaración de intenciones teórica, sino como una vivencia práctica. Gracias a Dios, cada día tenemos a Lejeune más cerca de los altares.

Usted afirmaba en un reciente artículo que en España más del 85% de los niños con Síndrome de Down no llegan a nacer porque son abortados…¿Hasta que punto es grave este genocidio silencioso?

Pues es grave en la medida en que refleja ese egoísmo del que hablaba en mi artículo de NTV España. Cuando se asesina a un niño no nacido, la culpa es la misma que si hubiese nacido ya. Es una persona. Eliminar esa vida, aparte de cruel y terrible, es profundamente cobarde porque para que tú puedas vivir mejor (más cómodo y tranquilo) has tenido que matar a otro. Sé que estas palabras son duras, y que pueden provocar reacciones en contra, pero si callase esta verdad evidente, yo también estaría contribuyendo a perpetuar este problema.

Quizá una de la razones principales sea que al avanzar mucho las técnicas del diagnóstico prenatal, ya se puede ver con antelación y claridad si vienen con el Síndrome de Down. Y desgraciadamente la mayoría de la gente prefiere no tenerlos.

Sí, pero un adelanto técnico como ese no implica la toma de una decisión tan disparatada y criminal. La prueba es bueno que exista, porque significa conocer, saber. Lo que debe acompañar luego a ese conocimiento es una toma de decisión responsable, madura y humana. Una respuesta firme a favor de la vida de otro individuo que tiene el mismo derecho a nacer y a vivir que tú, sean cuales sean sus defectos.

¿Por qué esta sociedad hedonista es tan reacia a tener un niño con una incapacidad o minusvalía?

El hedonismo es la cara b del agnosticismo. No creer en la Providencia, ni en la Vida Eterna, implica agarrarse con desesperación a esta vida terrena (esta “mala noche en mala posada», como decía Santa Teresa), intentando acumular placeres y buenos ratos. Prohibido sufrir, prohibido darse malos ratos a uno mismo, ni siquiera si te los das por amor al otro. En esa “lógica hedonista” no cabe aceptar que tu hijo o hija va a tener una discapacidad de por vida (como el Síndrome de Down), la vas a tener que querer, ayudar y proteger más que a un hijo no discapacitado. Es demasiado para ellos porque no creen que vayan a poder recuperar nunca la “felicidad perdida».

Sin embargo usted en su artículo habla de la inocencia y la bondad que suelen tener los niños con Síndrome de Down. ¿Cómo refleja esta inocencia la bondad de Dios?

La nobleza de corazón tiene su origen en Dios, sin ninguna duda. Estos niños, incluso ya de adultos, carecen de maldad, son seres puros y auténticos, sin dobleces ni hipocresías. ¿De qué persona no discapacitada, en el mundo actual, se puede decir lo mismo? Seguramente, de muy pocas. La santidad consiste en eso, en ser como era Jesús incluso sin conocerlo, sin tener noticia de Él. Pero tratando a los demás con ese amor que sólo es posible en estas personas maravillosas, hoy tristemente excluidas de la sociedad, porque simplemente no se las deja nacer.

Incluso es muy curioso el caso de personas con Síndrome de Down que se llegan a superar hasta el punto de acabar carreras universitarias y tienen trabajos cualificados…

Por supuesto que sí. Algunos de ellos pueden alcanzar un grado de autonomía muy grande, y ofrecer grandes servicios a los demás. Pero ni siquiera esa perspectiva, totalmente real, supone para el colectivo una salvaguarda o protección. Sólo aquellos padres que tienen la valentía y la altura moral de querer tenerlos, pueden luego comprobar de lo que son capaces sus hijos.

¿Por qué es necesario que las familias tengan coherencia y coraje para tener un hijo con síndrome de Down?
En cierto modo, podemos decir que de ello depende la supervivencia de nuestra especie. La lógica materialista o utilitarista (o sea, las vidas que merecen nacer y existir son sólo las “útiles», social, laboral o económicamente) es una lógica perversa, antihumana, y que conduce al suicidio colectivo. Todas las vidas son útiles porque son dignas, y son dignas porque son obra de Dios. Esa es la realidad que debemos defender los católicos. Si aceptamos ese principio diabólico de enfoque utilitarista, cada vez se exigirá a los humanos más “perfección” para poder tener derecho a nacer, lo cual es una aberración intolerable.


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