Razón de Estado

Uno de los mejores elogios que Vladímir Putin ha recibido es obra del preclaro ingenio de Gabriel Rufián, esa lumbrera de la izquierda radicalmente burguesa: “Putin es un ultraderechista, es un ultranacionalista, no es la URSS, es un Romanov, es un zar”. Después de escuchar semejantes epítetos de tal personaje, después de ver la antipatía que suscita entre toda la casta “española”, unánime en su aborrecimiento, desde los abertzales hasta los blasdelezos… ¡Un zar, un Románov!... ¿Cómo no simpatizar con el dirigente ruso? ¿Cómo no creer que su causa es justa, nashe delo právoe? Hay algo de verdad en lo que afirma este heroico separatista catalán, que cada mes cobra estoico e impávido una buena morterada de euros del “Estado” antes conocido como España. Pero Putin no es un ultraderechista ni un ultranacionalista si lo calibramos desde la óptica rusa; cualquiera que lea la prensa de allí o siga canales como Tsargrad, sabe que el presidente ruso es bastante moderado. Y si alguien se toma la molestia de escuchar al pueblo llano, se dará cuenta de que la posición del ruso medio (comunistas incluidos) es mucho más dura que la de su gobernante. Ciertamente, Putin “no es la URSS” en el sentido rufianesco del término, es decir, en el leninista y trotskista. Vladímir Vladímirovich  hizo responsable a Lenin (un señorito occidentalizado: el marxismo es la consecuencia radical de Les Lumières) de la destrucción de mil años de Estado ruso por su política de invención de nacionalidades entre 1918 y 1922, concebida con el único fin de debilitar a un país que aquel perpetuo exiliado apenas conocía y que, sin embargo, odiaba. Otro cráneo privilegiado del vulvo-comunismo prêt a porter, el ministro consorte de Igualdad, escribió el 22 de febrero de 2022, es decir, dos días antes del inicio de la Operación Militar Especial, que Putin, en su discurso sobre la responsabilidad de Lenin y de la Unión Soviética en la  creación de Ucrania, “mandó ayer al infierno cualquier mínimo reconocimiento a la política internacional soviética y adoptó sin complejos un discurso nacional-imperialista de estilo zarista. Y ciertamente eso da miedo a cualquiera”. A cualquiera, no. A unos cuantos reaccionarios rojipardos nos agrada que los buenos burgueses, como Pablo Iglesias, Errejón y Rufián, sientan miedo; cuanto más, mejor. Es lógico su canguelo: Putin representa la soberanía y la razón de Estado, un principio unificador, una autoridad, una tradición, la voluntad histórica de una comunidad popular. Rufián e Iglesias son la encarnación de todo lo contrario, del espíritu disolvente angloyanqui, del nihilismo erotómano de la gauche caviar, del caciquismo del cantón aldeano, de la irracionalidad de la chusma indiferenciada y del narcisismo de la burguesía europea en su estado crepuscular. Lumpenintelligentsia.

Ya en 2016, cuando el presidente ruso criticó con dureza a Lenin, jefazos del Partido Comunista, el principal de la oposición a Putin, como Sergei Óbujov, dijeron que la historia nunca perdonaría al presidente ruso su visión del pasado soviético. La crítica de Lenin fue muy dura, pero eso no significaba una negación de todo el período de la URSS, y muchísimo menos viniendo de alguien que se crio bajo la mística espartana del bloqueo de Leningrado. ¿Puede un dirigente ruso deplorar la conquista del espacio, la victoria en la Segunda Guerra Mundial y los logros de los años sesenta y setenta, que proporcionaron un modesto bienestar a un pueblo que había sufrido tres décadas de calamidades? ¿Cancelar a Shostakóvich, a Gagarin, a Galina Ulyánova, a Vera Mújina? ¿Dejar de ver las películas de Eisenstein, las comedias de Yuri Nikulin, la belleza épica de Elina Bistrytskaya, la soberbia interpretación de Nikolai Cherkásov como Iván el Terrible? ¿Dejar de escuchar toda la estupenda música popular de aquel tiempo o las soberbias suites de Prokófiev para El teniente Kizhé y Aleksandr Nevskii? ¿Borrar los mosaicos de Deineka del metro de Moscú, desguazar el Sputnik, derribar las Siete Hermanas del skyline moscovita? Por fortuna, Rusia no es una colonia yanqui castrada e histérica, como Europa. En el imaginario del ciudadano ruso están grabados los días tranquilos de Brézhnev y Podgorni, cuando el clan ucraniano de Dniepropetrovsk regía un imperio desarrollista a la par que esclerótico: científicos, técnicos, obreros cualificados… la URSS de aquella época se parecía bastante a la España de los sesenta, una era que todavía se recrea en fin de año, cuando las televisiones emiten películas como Ironía del destino, que tanto aire de familia tiene con las producciones españolas de aquel mismo tiempo. Recordemos también que millones de ciudadanos soviéticos creían de buena fe en la santidad de su causa, que se vio confirmada por la agresión alemana y la victoria sobre la poderosa Wehrmacht, cuyo abyecto y criminal vástago degenerado es la OTAN. La URSS se convirtió en una potencia nuclear y estuvo a la cabeza de la ciencia y la técnica durante treinta años; sólo la falsa mitología del marxismo-leninismo y la herrumbre burocrática de la Nomenklatura dirigente llevaron al desastre a un imperio que plantó cara a las plutocracias liberales (perdón por la redundancia). Sobre todo, la URSS de los sesenta no sufrió el proceso degeneración moral que se originó con el Mayo francés, el narod ruso permaneció el mismo de siempre, con sus abundantes virtudes y sus no menos numerosos defectos, mientras Occidente iniciaba un proceso de bastardeo, autodestrucción y envilecimiento que ahora llega a su siniestro cénit.  El comunismo, desprestigiado durante el nefasto desgobierno del muy antipático Gorbachov, modelo de apparatchik repugnante para los rusos y poco menos que un Papá Noel laico en Europa, volvió a recuperar su fuerza gracias a las reformas-saqueos de Yeltsin —el ejemplo de estadista que Occidente quiere para Rusia— e hizo falta toda una intervención de los servicios americanos para impedir que el comunista Ziugánov ganara las elecciones presidenciales de 1996. Se pueden decir muchas cosas malas de Yeltsin, pero tuvo dos méritos: el de darse cuenta en 1999 (el llamado Giro de Primakov) de que Occidente seguía siendo el enemigo mortal de Rusia, aunque ya no fuera comunista, y el de nombrar como sucesor a Vladímir Putin.

La verdad es que para ser un inepto, un enfermo terminal, un vesánico y un incompetente, la obra de Putin es impresionante: ¿Recuerda el lector cuando los chupatintas de Bruselas afirmaban que con las sanciones se pondría a Rusia de rodillas? No sólo sigue en pie, sino que ha iniciado, junto con China, la India y los llamados BRICS, un proceso de desdolarización de la economía mundial que va a costarle muy caro a Estados Unidos.

Quien se ha quedado sin energía barata, con la industria en precario y puesta de hinojos ante Washington es la Unión mal llamada “Europea”. Gracias a Putin, el lupanar tercermundista de Occidente con el que soñaban Clinton, Thatcher y Kohl se transformó en una potencia eurasiática que recuperó buena parte de la influencia y del poder perdidos entre 1980 y 2000. El mayor apoyo social del presidente ruso reside en la población que vivió aquellos veinte años de humillaciones, violencia, pobreza y desesperanza. Por algo será. Entre los motivos para esa adhesión mayoritaria está el que, tras ocho años de guerra civil y tras dejarse engañar una y otra vez por Occidente, Putin decidió intervenir en el Donbass después de una semana (17 a 24 de febrero de 2022) en la que 150.000 vándalos con uniforme concentrados en ese área por la dictadura ucraniana dispararon 5.318 proyectiles de artillería sobre el óblast de Lugansk, a una razón de más de 700 diarios que tuvieron que soportar los civiles rusos. Buena parte de esos obuses eran guiados por los observadores de la OSCE, que estaban allí para “observar” el alto el fuego, no para dirigir el tiro de las hordas del Maidán. Zelenski anunció una inminente ofensiva y se encontró con que se le venía encima otra. Lo mismo habrían hecho los pedros, las catalinas y los alejandros. Y también los camaradas del Politburó. Sin duda. Rusia no se niega a sí misma ni abandona a los suyos.

¿Es Putin un zar, como afirma el Rufián eslavista? Lo es en el sentido en que lo fueron Pedro el Grande, Alejandro III o Stalin. Putin encarna al Estado, la esencia y el fin de toda la historia de Rusia. Y, por supuesto, también es el símbolo de su continuidad, el enlace con un pasado que Lenin negó y proscribió, pero que se fue restaurando desde 1937, dada la necesidad de supervivencia de un régimen que hasta entonces se había perpetuado en dos décadas de dominación extranjera para el elemento mayoritario de la población: los campesinos. Pese a esto, un Lenin “mitologizado”, completamente ajeno al tirano sangriento que devastó Rusia, forma parte del imaginario popular y lo venera aproximadamente el veinte por ciento de la nación. Lo quiera Putin o no, es un objeto más del legado sentimental, otro icono de otra iglesia. Y como tal lo respeta en político sincretismo, no lo suprime ni lo cancela, como se hace en tantos sitios. Además, la imagen de Lenin, atacada por los sicarios de Zelenski, se ha convertido en el símbolo de la resistencia del Donbass, que fue la región más intensamente soviética de la URSS. Fascinante Rusia, que combina la estrella roja y el águila bicéfala, el lazo de San Andrés y la hoz y el martillo.

Pero bajo el patrocinio de Putin se han restaurado iglesias, monasterios y también el recuerdo de los zares.

En ningún país se levantan tantas iglesias y ninguna autoridad espiritual se ha enfrentado al Occidente postcristiano con la rotundidad del Patriarca de Moscú. La iconoclastia del wokismo europeo no tiene cabida en Rusia, ni siquiera con los vestigios de la era marxista. Especialmente simbólica fue la recreación del monumento ecuestre que hiciera el escultor Paolo Trubetskói de Alejandro III (1881-1894), inaugurado por el propio Putin en San Petersburgo, delante del Palacio de Mármol que Catalina construyó para Grigorii Orlov; aquel zar fue el único gobernante de la historia rusa que no se vio envuelto en ninguna guerra. También se ha honrado con la creación de una condecoración estatal  y numerosas estatuas a la memoria de Piotr Stolypin, el gran ministro que hubiera podido salvar a la monarquía y evitar la Revolución. El culto de Nicolás II, de su familia y de los Nuevos Mártires está extendido por toda Rusia y la peregrinación a Ekaterimburgo, a la catedral de la Sangre, es la segunda que más devotos reúne.

El «comunista» Putin no tuvo pelos en la lengua para condenar el salvaje martirio de la Familia Imperial, suponemos que para gran escándalo de los echeniques, los errejones y  los rufianes, admiradores natos de este tipo de hazañas. La continuidad y la unidad del Estado se afirman pese a las divergencias ideológicas, justo todo lo contrario de Occidente, donde hay una historia “buena” y otra “mala” (con el inconveniente de que la “mala” abarca la casi totalidad de nuestra civilización). En Rusia sólo hay historia, ni buena ni mala, y todo aquello que ha contribuido a la grandeza del país se ensalza, lo hayan hecho Pedro, Catalina o Stalin. Y Putin, como ellos, es un pragmático que obedece a la sagrada razón de Estado: mantener a Rusia íntegra y segura, haciendo saber al eterno enemigo de Poniente cuál puede ser el coste de su menosprecio hereditario.

Para El Manifiesto


3 respuestas a «Razón de Estado»

  1. Da lo mismo, el 80% de los españoles piensan (es un decir) lo que les dice la tele
    Todos, muchos por omisión, somos culpables de ello.
    Y lo pagaremos

  2. «El jefazo ruso no es de fiar ni un ápice. En cuanto puede, te la clava.»

    ¿Hay algún politico que por una causa o por otra no haga eso mismo? Sí, posiblemente uno que sea santo al mismo tiempo.

    La pretendida moral personal de cada político queda en el guardarropa en cuanto aparecen los «intereses de partido», lo que pide el electorado, la «razón de Estado», los «intereses nacionales», los de los aliados, lo que se dice y hace en las «altas esferas», lo que marcan los tratados y las declaraciones internacionales.

    Dicho de otro modo, quien aspire a convertirse en un político de probada integridad personal, lo mejor que puede hacer es, o dedicarse a otra actividad, o entrar en politica sabiendo que su paso será breve. Es cierto eso que se dice de que los políticos son todos iguales. Pero lo es no porque personalmente lo sean como individuos, sino porque la política los equipara a todos, los uniformiza.

    Luego, eso sí, los hay que procuran cumplir con una tarea lo mejor que pueden o les dejan, y se van. Y otros que convierten la política en una especie de empleo que procuran eternizar, se ve en que hasta cotizan y tienen derecho a la jubilación.

    Y esto es pura corrupción de la política como teórico servicio a una determinada comunidad. Aunque Max Weber ya advirtió en su ensayo «El político y el científico» sobre esta situación posible, la verdad es que el problema es muy antiguo y casi imposible de erradicar.

    Sí se sigue la trayectoria de Putin se ve que ha sido un hombre ambicioso, pero también es posible ver que calcula perfectamente sus tiempos y movimientos, no parece dejar nada a la improvisación, o al estado de ánimo. Es un buen ejemplo de «El Príncipe» de Maquiavelo, prescindiendo de las connotaciones peyorativas. Desde este enfoque, da cierta tranquilidad porque no parece que vaya a apretar ningún botón especial.

    El ejemplo opuesto lo tenemos en Biden, que es un inmoral, que ha hecho una carrera de la política, con intereses personales en otros campos (ejemplo son los negocios de su hijo), y todo ello dentro de una sociedad -la americana-, tremendamente competitiva en la que el modelo sociológico es el «white collar» o capitanes de algo, en lo que sea, y que conduce inevitablemente a un querer superarse más y más, y cuyo exponente más claro se ve en Wall Street. Es un tipo de sociedad en la que ha desaparecido todo lo que no sean «intereses», y eso conlleva muchos riesgos porque no se admiten las pérdidas y se hace lo que sea con tal de ganar.

    Tengo la convicción de entre el dedo de Biden y el botón fatal hay mucha menos distancia que la que media entre el de Putin y su otro botón.

    Y, por fin, el caso de Rufián, que es un «don nadie» que ha tenido suerte, le ha salido redonda la jugadita del politiqueo aldeano, y chupa del bote público. Y lo hará mientras pueda o le dejen. Cara a su galería simples que le votan, monta sus pequeños números para hacerse notar. Y cómo él hay unos cuantos más, aunque lo importante de verdad de semejante y esperpéntica situación es lo siguiente, ¿acaso saben Putin o Biden, así como otros pesos pesados de la política mundial, quién es Rufián, o los otros «rufianes» de este suelo hispánico?

    Mucho más preocupante es que haya Estados como el español, que están haciendo la guerra sin haberla declarado, guerra que por activa y por pasiva, les viene grande, muy grande. Nos han metido en un conflicto que no podemos controlar. Por ahora es limitado, pero qué pasaría si se extendiese. Ningún país mínimamente sensato puede entrar en conflictos que no puede ni controlar, ni ganar.

    Pero aquí, entre un grupo de politicastros nefastos que en modo alguno buscan el interés de la nación, una Prensa domesticada (la mayoría) a base de subvenciones, y un sector de población aficionada a las guerritas de los videojuegos, tenemos un panorama más bien sombrío.

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