Reflexiones sobre los escándalos actuales de los abusos sexuales del clero

No hay nada tan vil como usar una posición o situación de influencia para oprimir o abusar de una persona más débil. Esto es particularmente cierto en el caso del abuso sexual. Aún peores son los actos que no solo violan las leyes de la justicia y la caridad, sino las de la naturaleza. Esto es especialmente horrible cuando el oficio o las situaciones de influencia son de naturaleza religiosa.

Abusos que nos llenan de indignación y merecen un total desprecio.

Por lo tanto, ninguna palabra puede expresar adecuadamente nuestro rechazo de los escándalos de abuso sexual por parte de los miembros del clero católico. Han traicionado sus votos sagrados y deshonrado el sacramento recibido en sus ordenaciones sacerdotales. Sobre todo, han ultrajado gravemente al Padre y sido causa de la muerte de su Divino Hijo, y ofendido a su Iglesia  y su propia ruina espiritual por sus actos. Muchos, al tratar de este asunto, no consideran que estos actos constituyen una ofensa suprema.

Los repetidos informes de abuso sexual por parte de eclesiásticos provocan con razón una indignación legítima y saludable. Sin embargo, esta indignación debe expresarse con prudencia y sensatez. Debemos tener cuidado de no usar la ocasión para denigrar el sacramento del orden sagrado, los votos sagrados o la estructura jerárquica de la Iglesia. Esto es precisamente lo que está haciendo los medios seculares y sus homólogos los católicos liberales, culpando a la estructura jerárquica de la Iglesia por los abusos sexuales del clero, proponiendo cambiarla y así, al terminar con la desigualdad, los abusos cesarían o no habrían existido.

No debemos olvidar que esta crisis es sólo un aspecto de una crisis mayor y más terrible que, por permiso divino, está sufriendo la Iglesia por los ataques continuos tanto de sus enemigos internos como externos.

Papa León XIII

Debemos tener en cuenta la complejidad del problema. Como señaló el Papa León XIII, la Iglesia no teme la verdad, incluso cuando se trata de admitir debilidades y escándalos de su elemento humano. Sin embargo, Nuestro Señor nos dijo que fuéramos sencillos como las palomas, pero también tan prudentes como las serpientes.

Por lo tanto, debemos ser muy cautelosos al tratar del abuso clerical evitando dos simplificaciones. Una simplificación es negarse a admitir que tales abusos ocurren, lo que sería ingenuo. La otra es reaccionar de tal manera que favorecería a quienes usan tales escándalos para cambiar las estructuras y la doctrina de la Iglesia.

Como católicos practicantes, estamos llenos de compasión y oramos por aquellos que luchan contra la tentación violenta de pecar, ya sea por el pecado homosexual o de otra manera.

Somos conscientes de la enorme diferencia que existe entre los individuos que luchan con sus debilidades y se esfuerzan por superarlas, y otros que transforman sus pecados en una razón de orgullo, y tratan de imponer su estilo de vida a la sociedad como un todo, en flagrante oposición a la moral cristiana tradicional y la ley natural. Sin embargo, rezamos por ellos también.

Según la expresión atribuida a San Agustín, “odiemos el pecado pero amemos al pecador”. Y amar al pecador, como lo explica el mismo Doctor de la Iglesia, es desearle lo mejor que podamos desear para nosotros, a saber: “Para que él pueda amar a Dios con un afecto perfecto”.

San Agustín

Para evitar tanto la ingenuidad como la imprudencia, debemos considerar varios factores en la crisis.

Primero, podemos observar que casos tan infames ocurren también en muchas otras situaciones en un mundo que ha perdido su sentido de moralidad, justicia y caridad. Debemos preguntarnos por qué los medios informativos en general sólo crean un alboroto cuando estos abusos son perpetrados por miembros del clero católico.

En segundo lugar, debemos señalar la actitud contradictoria de los laicistas y de los católicos liberales en estos casos. Por lo general son tolerantes con la práctica del vicio homosexual, incluso celebran su “orgullo”, pero se vuelven intolerantes y exigen castigo cuando lamentablemente los hechos involucran al clero católico.

Otra observación importante es que en el griterío constante de los medios informativos sobre escándalos clericales, los laicistas y los católicos liberales en general culpan a la estructura jerárquica de la Iglesia como causa de estas abominaciones. Al hacerlo, afirman que es necesario cambiar esta estructura, y así terminar con la desigualdad, los abusos cesarían o no existirían jamás.

Obviamente esto no es cierto, ya que tales abusos también ocurren y en mayor número, en otras confesiones y sobretodo en las iglesias protestantes, que hace mucho tiempo abolieron la estructura eclesiástica jerárquica y establecieron la igualdad entre fieles y pastores.

Por esto podemos percibir cuán cuidadosos debemos ser. No podemos manifestar nuestra indignación legítima de una manera que favorezca una mentalidad igualitaria, que en el fondo busca destruir el orden eclesiástico establecido por Nuestro Señor Jesucristo.

Por lo tanto, no caigamos en la trampa, debemos estar atentos al riesgo de unirnos inadvertidamente a aquellos que se aprovechan de la decadencia moral de los miembros de la jerarquía y del clero para destruir las estructuras sagradas de la Santa Madre Iglesia.

No estoy proponiendo que se deje de informar sobre los hechos o, menos aún, que cesemos en  nuestra indignación por los escándalos. Sin embargo, debemos ser conscientes de que estamos en medio de una “guerra” religiosa, que forma parte de una Guerra Cultural. Como resultado, debemos adoptar una estrategia que no favorezca a los adversarios internos y externos de la Iglesia.

Parece que no hay una fórmula fácil para resolver la crisis. Sin embargo, practicar la virtud de la prudencia es la verdadera “fórmula fácil”, porque nos permite analizar la complejidad de la crisis actual y tratar los problemas con sabiduría.

De hecho, el hombre sabio siempre enfoca su atención en las maniobras e intenciones ocultas del adversario. Él sabe cómo evitar el riesgo de cooperar inadvertidamente con el enemigo. Actúa para evitar que el adversario ejecute sus planes y designios secretos.

Que nuestra indignación sea guiada por la prudencia. Entonces será verdaderamente virtuosa. Parte de la definición de prudencia es “recta ratio agibilium“, el criterio correcto para la realización de la acción. Al hacer esto, la prudencia nos guía en la práctica de las otras virtudes morales.

Debemos mantener la calma y confiar, recordando que aunque Nuestro Señor Jesucristo parece estar dormido en la Barca de Pedro sin preocuparse por la tormenta, que parece a punto de hundirla, Él está atento y a su debido tiempo ordenará que cesen los vientos y que el mar se calmen. (Mt. 8: 23-27).

Pidamos a la Santísima Virgen, Sede de la Sabiduría, que nos ayude a actuar correctamente en las circunstancias actuales con prudencia y sencillez.


2 respuestas a «Reflexiones sobre los escándalos actuales de los abusos sexuales del clero»

  1. Los sacerdotes católicos, pedófilos y/o «homos» nunca deberian haber sido sacerdotes. Al que pillen haciendo «marranadas» se le debe juzgar y meter en la cárcel y nunca más ser sacerdote.
    No están solos (aunque no es excusa), han pillado a «curas» de otras religiones y sobre todo a gente «no-religiosa». Por cierto, cuando (por ejemplo) pillan a un arquitecto no acusan a todos los arquitectos.

  2. Yo estudie en dos seminarios menores, llamados colegios diocesanos, en Barbastro (Huesca) y Huesca capital, dónde estuve interno varios años.
    Y debo decir, en honor a la verdad, QUE NUNCA VÍ NADA RARO.
    En otras palabras, creo que se exagera, y mucho, muchísimo, como una forma de atacar con la Iglesia (supongo), campaña de ataques a la que se ha sumado el Antipapa.
    Sí aprendí a ser trabajador, honrado, luchador, sacrificado, buen compañero y, sobre todo, católico, apostólico y romano.
    A amar a los Padres, a la familia, a los amigos y a la Iglesia Católica.

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