“Resurgimiento en medio de la crisis…”, Peter Kwasniewski

mm
Peter Kwasniewski

Al fin se ha publicado en español la importante obra de nuestro colaborador, Peter Kwasniewski, “Resurgimiento en medio de la crisis: Sagrada liturgia, Misa tradicional y renovación en la Iglesia”, con prólogo de S.E.R. Athanasius Schneider , que recomendamos y animamos a leer y difundir. Con autorización del autor y la editorial les ofrecemos a continuación en exclusiva un capítulo de dicho libro. Puede adquirirse en Amazon pulsando ESTE ENLACE

DESDE EL CONCILIO VATICANO II, la Iglesia católica ha venido experimentando una crisis de identidad sin precedentes, simbolizada y favorecida por la corrupción del mayor tesoro de su Tradición, la sagrada liturgia. El resultado de esto ha sido confusión, desaliento y devastación. Para sorpresa de algunos, sin embargo, el mismo período de cincuenta años ha sido testigo de un creciente contra-movimiento de católicos que encuentran en la liturgia tradicional de la Iglesia un perenne testimonio de ortodoxia de la fe, una sólida base para la vida interior, una fuente de la que fluye sin cesar la caridad misionera, y una encarnación viviente del auténtico espíritu católico.

En este libro, Peter Kwasniewski presenta, sin temores, una crítica del camino de las novedades litúrgicas y una detenida apología de la tradición litúrgica y su belleza, riqueza y profundidad, abordando temas como la solemnidad, la sacralidad, el lenguaje de los símbolos, la contemplación, la participación, la simbiosis de lex orandi y lex credendi, el silencio, la música, el culto en latín y el canto gregoriano. Ataca, asimismo, el humanismo, el racionalismo, el utilitarismo y el modernismo que tanto han predominado en la reforma litúrgica, y evalúa las perspectivas y limitaciones de una “reforma de la reforma”, al tiempo que reflexiona sobre el gran don que constituye el motu proprio Summorum Pontificum. En resumen, Kwasniewski argumenta en pro de un nuevo compromiso, lleno de celo, con la tradición católica en su plenitud, comenzando con el culto divino y siguiendo con todo el ámbito de la fe y de la moral, incluida la doctrina social de la Iglesia en su integridad.

Igualmente, queremos reseñar que la misma editorial, Angelus Press, ha publicado en español “In Sinu Jesu: Cuando el Corazón Habla al Corazón—El Diario de un Sacerdote en Oración“, otra obra de imprescindible lectura, que pueden adquirir en ESTE ENLACE

***

Resurgimiento en medio de la crisis: Sagrada liturgia, Misa tradicional y renovación en la Iglesia

Capítulo 5
La liturgia forma a Cristo en nosotros: “Él debe crecer, y yo disminuir”

Tal como la Virgen lleva a Cristo en su seno y nos lo da, así también la liturgia lleva a Cristo y nos lo entrega. Nosotros vamos a Él a través de Ella –ad Jesum per Mariam–, y Él viene a nosotros a través de la Iglesia y su culto, como a través de una madre. Sabemos cuán omnipresente es la conexión de María, la Iglesia y los sacramentos en los Padres de la Iglesia.[i] La Virgen María es la Medianera de todas las gracias, y también la liturgia, en su propio ámbito de eficacia, es medianera. La Sagrada Euca­ristía es el punto focal, el centro irradiante de la gracia que pasa a través del real Corazón de la Virgen María para ser, desde ahí, derramado sobre el mundo. Ella es la Medianera porque llevó a Cristo en su seno y en su alma, y sigue portándolo para el mundo por su inigualable amor por la humanidad. En este sentido, la Virgen prepara para nosotros ese Cuerpo que se convierte en el corazón de la Misa. Del mismo modo se puede ver la “mediane­ría”, por decirlo así, de la liturgia, su necesidad de ser transparen­te, de ser un vehículo que se oculta en la presencia del misterio del Verbo hecho carne. Esta es también la vocación de María, lo más bello de su personalidad: una receptividad transparente y una abertura que hace posible que la gloria de Cristo, la gloria de su amor misericordioso, brille en todo el mundo.

Decir, pues, como dicen muchos católicos, que la forma de la liturgia no importa mucho (“porque, después de todo, Cristo está verdaderamente presente cuando la consagración es válida, así es que ¿cuál es la diferencia? Hacerse tanto problema compa­rando la Misa tridentina con el Novus Ordo, cuando uno debiera simplemente estar agradecido de que el Señor esté presente…”), decir eso es como decir que no importa qué clase de madre tiene Jesús, o qué clase de mujer es ella o qué carácter tiene –si virgi­nal, sin pecado, llena de gracia y amable o sus contrarios– porque tales cosas serían accidentales, accesorias, no la esencia del Cristo que nos llega a través de ella. La evidente falsedad de estas ideas se hace más aparente a medida que se ve la profunda conexión entre, por una parte, la impecabilidad de María y la gloria del Redentor y, por otra, María nuestra Madre celestial y nuestra Ma­dre sacramental, la Misa. No pasó mucho tiempo antes de que el protestantismo primitivo, habiendo cortado la conexión entre el creyente y la Iglesia visible, cortara también la profunda conexión que, tanto la definición dogmática de Éfeso como la piedad popu­lar, habían visto siempre que existía entre el Salvador y su Madre. Esto condujo, finalmente, al impertérrito revisionismo practicado por el protestantismo liberal: María fue una niña judía igual que cualquier otra, que tuvo varios hijos mediante relaciones marita­les normales, y que no supo que su Hijo era divino o que tuvie­ra una misión que habría de cambiar el mundo; la historia de la Anunciación es una parábola mítica de la imaginación hiperactiva “de Lucas”, etcétera. Como escribió San Cipriano y la Iglesia ha enseñado siempre, “[n]adie puede tener a Dios como Padre si no tiene a la Iglesia como madre”,[ii] esa Iglesia que, en virtud de la gracia y de modo amoroso, recibe en su seno la divina Palabra de la revelación y la tiene como verdadera. Y hay que añadir: “No puede tener a Jesús como hermano quien no tiene a María como madre”. La analogía podría completarse así: nadie puede alcanzar la plena medida de la perfección si no adora a Dios en espíritu y en verdad, según el modo que Dios se ha dignado revelar y desa­rrollar a lo largo de nuestra historia de nación sacerdotal.

Cautividades de Babilonia

La liturgia tiene dos propósitos: adorar a Dios con la reveren­cia y el amor debidos, y alimentar, nutrir, formar y perfeccionar a los fieles. Dios no cambia ni se altera para peor con nuestras malas liturgias: somos nosotros, el pueblo cristiano, quienes nos deformamos por el Novus Ordo Missae tal como se lo celebra en la mayoría de nuestras iglesias. Dios no sufre si nos abstenemos de asistir a una ceremonia superficial, que linda con la burla de su Hijo y que hace violencia al culto católico como se lo ha conocido siempre. Es verdad que, en ciertas ocasiones, es necesario asistir incluso a la liturgia peor celebrada a fin de cumplir nuestra obliga­ción con el Señor, y a ella se debiera ir con el propósito explícito de padecer por los propios pecados. También es cierto que pode­mos y debemos encontrar consuelo en la maravillosa presencia del Señor Jesucristo en el Santísimo Sacramento, una presencia que rebasa todo lo que podemos merecer, cualquiera sea la belleza y reverencia con que cantemos los cánticos de Sion. Con todo, en la sustancia del cultus hay mucho más que la procura de un mo­mento de adoración en medio de un océano de banalidad y ruido: la liturgia, considerada en general y en cada una de sus partes, no se supone que es, por sí misma, una mortificación, una causa de dolor, sino un consuelo, una reserva de paz y de gozo para construir el hombre interior. El propósito de la liturgia es formar nuestras almas en la belleza de la santidad, y si, por el contrario, los elementos humanos de la liturgia deforman nuestro espíritu, no debemos permitir que ello ocurra habitualmente, a menos que, como decía, no tengamos alternativa en una determinada situa­ción.[iii] El “espíritu de la liturgia”, correctamente entendido, no puede cambiar, y ésa es la razón de por qué la nueva liturgia, en la medida en que es una liturgia experimental y no-tradicional, debe ser, con firmeza, o bien configurada nuevamente con la Tradición, o bien suprimida absolutamente. Ambas alternativas son, en cierto sentido, equivalentes, porque devolver el Novus Ordo a sus raíces, en la medida de lo necesario, significa abolirlo en su forma actual, del mismo modo que quien tiene que volver a aprender algo desde cero debe des-aprender primero lo que antes aprendió equivoca­damente. Enfrentados con una situación límite, no es la Tradición sino el desvío de la Tradición lo que tiene que desaparecer.

Asistir a una liturgia defectuosa es implícitamente aceptarla, o sea, decirle: “Fórmame, forma mi alma, forma mi espíritu. Haz­me igual a ti”. Pero esto es lo que no se debe permitir a la litur­gia experimental, horizontal, anti-sacral: sus hábitos, por decirlo así, no deben transformarse en mis hábitos. Lamentablemente, los católicos que todavía asisten a Misa, incluidos los obispos y sacerdotes, se han habituado en su mayoría precisamente a los defectos, y tanto más cuanto que ya no es posible para la gente darse cuenta de ellos –y no se diga nada de cualquier esfuer­zo para convencerla de cuál es el remedio–. Esta es una de las muchas razones por las que la Iglesia, para todos quienes tienen ojos para ver en qué estado están las cosas, ha entrado en una segunda y más peligrosa “cautividad de Babilonia”, de la cual no puede liberarse en tanto que no se derrumbe, bajo su propio peso muerto, el imperio del liturgismo racionalista y de la teolo­gía neo-modernista. El cautiverio de los judíos duró unos setenta años (más o menos entre 586 y 516 a.C.); la cautividad de Aviñón duró casi el mismo lapso (1309-1378 d.C.). ¿Nos veremos libres de la desgracia hacia 2040? Es muy pronto para decirlo, e inclu­so para imaginarlo. Lo cierto es que no estamos más excusados por desesperar que los judíos ni que nuestros hermanos de hace seis siglos y medio. No se ha acortado la mano de Señor, por mucho que sus miembros terrenales parezcan tullidos. Estamos en un compás de espera en que la humildad y la paciencia, los largos padecimientos y la oración, son lecciones que nos vemos forzados a aprender si queremos permanecer fieles al Señor. El triunfalismo no es una mala palabra, pero ocurre que es, por el momento, arcaica. Quizá llegue el día, incluso durante nuestra vida, cuando la liturgia de nuestros padres renacerá, se fortalece­rá y abrazará a incontables almas en su seno maternal. Entonces los hijos de la Santa Madre Iglesia se regocijarán con un triunfo tan dulce como inesperado. Por ahora no tenemos sino un cami­no de privaciones, duro y polvoriento, que se extiende a través del descampado, y necesitamos –necesitamos pedirla– la gracia de perseverar en esta vía hasta alcanzar el punto de destino que Dios, en su misericordia, tenga previsto. No estamos solos en este camino, porque es el camino de la Cruz que ya recorrió Je­sucristo en su Pasión: es el camino, en breve, del santo sacrificio. Y así participamos en el espíritu de la Misa incluso en el período más oscuro de la anarquía y pobreza litúrgicas.

Humildad frente al misterio

Reflexiónese sobre el ethos de humildad inculcado por la forma tradicional de la Misa. En la liturgia clásica, todo el “peso” descansa sobre el sacerdote y los ministros sagrados. Esto está perfectamente bien, aunque resulte difícil para la naturaleza caí­da. Está bien porque hace posible a los laicos apoyarse en el sa­cerdote e ir con él hacia el altar: la liturgia no les es arrojada, repentinamente, en sus brazos. De forma paradojal, gracias a la centralidad del clérigo, los fieles pueden, “bajo sus alas” penetrar más profundamente en el sacrificio, como esos anónimos fieles que se aglomeran bajo el amplio manto de la Santísima Virgen en las pinturas medievales. La razón de esto es que el lugar objetivo del culto es el presbiterio con sus ministros sagrados, pero sub­jetivamente cualquiera puede ubicarse en dicho lugar y adherir, en su interior, a la ofrenda hecha por el sacerdote, sin que esto signifique poner erróneamente el acento en el “corazón del fiel individual”, como en el culto protestante. El foco sigue siendo Jesucristo, Cabeza del Cuerpo Místico, porque dicho foco está en su ícono sacerdotal, el celebrante, que es la imagen auto-inmola­da del único Sumo Sacerdote.

A esto podría objetarse (como objetaron muchos en los años 1950 y 1960) lo siguiente: ¿no pone acaso esto demasiada carga sobre el sacerdote, una carga psicológica excesiva? La respuesta es obvia: el sacerdocio es la vocación más sublime, más ardua y más exigente de todas. Y así es como debe ser. De hecho, no puede ser de otro modo, como nos enseñan autores tan diversos como San Juan Crisóstomo, San Juan Fisher, San Juan María Vianney y el papa Pío XI. Cuando Cristo está presente en medio de nosotros, lo correcto es adorarlo a Él, no realizar otra acción, cualquiera que sea. El sacerdote “desaparece” en el Santo Sacri­ficio cuando se vuelve ad orientem y ofrece el sacrificio sin que el pueblo vea su rostro. Sólo Jesús es el centro, el único Sol que ilumina a todos los fieles, incluido el sacerdote. En este sentido, la antigua liturgia pone todo el énfasis en el sacerdote y, al mis­mo tiempo, le quita todo énfasis: él es lo más visible y lo más invisible, lo más central y, al mismo tiempo, lo más periférico. Es central en cuanto ícono de Cristo, y periférico en cuanto es Jones o Smith. Se ha dicho que en la nueva liturgia las cosas se vuelven al revés: Jones o Smith, “este hombre”, es lo central, y lo que se ha vuelto periférico es el único Mediador entre Dios y los hombres. Como explica Santo Tomás de Aquino:

La acción realizada por el ángel enviado por Dios procede de Dios como de su primer principio, con cuyo asentimiento y por cuya autoridad obra el ángel, y es conducida a Dios como su último fin. Ahora bien, esto es lo que significa un ministro, porque un ministro es un instrumento inteligente, en tanto que un instrumento es movido por otro, y su acción es orde­nada por otro. De ahí que las acciones del ángel se llaman “ministerios”, y por esta razón se dice que son enviados “como ministros”.[iv]

Los ángeles son verdaderos modelos de los ministros sagra­dos del altar: en cuanto sirvientes de Jesucristo, los ministros del altar deben hacerse invisibles, y en cuanto instrumentos, deben hacerse inteligentes. Cuando James Likoudis contaba de aquel predicador de un retiro que decía que Cristo fue un laico, apun­taba a algo más que a una mera herejía tópica o regional, debido a que esto es precisamente lo que se puede llamar el mal por ex­celencia de la “mentalidad de la Nueva Misa”: la laicización de Cristo y de su sacerdocio, y la clericalización del laicado.[v] Juan Pablo II y Benedicto XVI denunciaron durante muchos años es­tas tendencias, es verdad; pero mientras las formas litúrgicas ya contagiadas sigan configurando la mente y los corazones, es difí­cil que podamos ver el término de la desacralización actualmente en marcha. Está por verse si el actual Santo Padre y sus sucesores van a tener la sabiduría suficiente para reconocer cuán desespe­radamente la Iglesia necesita abandonar su fallido experimento y tener, al mismo tiempo, el coraje de conducir al rebaño de Cristo hacia los abundantes pastos de la vida Eucarística.

Uno de mis amigos advirtió cierta vez que la forma antigua retiene la importante acción del sacerdote que reza con el pueblo al final de la Misa rezada, momento en que todos se arrodillan delante del tabernáculo para recitar las Avemarías y demás pre­ces leoninas. Me sorprendió mucho, hace unos días, el hecho que en la Misa Novus Ordo no es posible que el sacerdote esté sino vuelto hacia el pueblo, es decir, enfrentado a él –lo cual, por una irónica voltereta, aumenta la distancia hierática de un modo arti­ficial y hace que el sacerdocio se asemeje a un cargo político más que a una carga sagrada–. En el contexto de la liturgia clásica, queda muy claro que todos están involucrados en un solo y mis­mo acto de adoración: el sacerdote, por obrar in persona Chris­ti y, el pueblo, por su participación bautismal en el sacerdocio de Cristo.[vi] Aunque los papeles son claramente diferentes, se ve cómo ellos confluyen y se armonizan porque todos juntos miran ad orientem, y al final de la Misa todos rezan juntos, pidiendo la protección de la Madre de Dios. El anonimato del sacerdocio en el rito tradicional aumenta su visibilidad como ministro de los sagrados misterios y simultáneamente lo ocultadisminuyendo su presencia, en cuanto que ésta es la de este hombre individual: “Él debe crecer, y yo disminuir”. Esto es lo que la antigua liturgia hace en todos los aspectos: pone por delante a Cristo el Señor y suprime el ego caído que quiere afirmarse a sí mismo.

Los Papas de los dos últimos siglos han formulado, una y otra vez, la advertencia de que el hombre moderno estaba hundiéndose en un camino de egoísmo que lo arrasa todo delante de sí: los de­rechos de Dios y de la Iglesia; los legítimos derechos de los indi­viduos, familias y naciones; la moral, ganada con tanto esfuerzo, de los Mandamientos y las Bienaventuranzas; los sublimes secre­tos de la deidad proclamados en el Credo; los tesoros del culto y de la cultura laboriosamente construidos y refinados a lo largo de los siglos. Sus advertencias han probado ser acertadas en nuestros días, en que continúa, a paso acelerado, el proceso suicida de se­cularización. ¿Quién hubiera creído, qué Papa podría haber osado imaginarse que la Misa –estrella fija en el majestuoso firmamento de la vida católica– sería ella también atrapada y barrida por esta tempestad de cambios insensatos, en esta incesante dialéctica de deshumanización que sigue, inevitablemente, al rechazo de la di­vinización en Cristo? Este ego es el peor enemigo de sí mismo, un sarmiento “independiente” que, ensoberbecido por su vitali­dad, se autosepara de la vid para exultar durante el instante de su caída libre, antes de llegar al suelo y podrirse. Puede que este ego no se ame a sí mismo, lo cual es obvio; pero no ha desapareci­do para él toda esperanza, ni su enfermedad es incurable, porque hay Alguien que nos ama todavía –y por siempre–, porque ese Alguien es el Amor sin término que nos llama a volver al recto camino, en el que encontraremos no sólo aquel sufrimiento al que no podemos escapar en esta vida, sino también el consuelo y la vida eterna que ninguna creatura puede darse a sí misma; porque ese Alguien conserva en su infalible y perenne Espíritu todo el bien que hemos abandonado, y está dispuesto a dárnoslo de nuevo a través de sus fieles servidores en la Iglesia. Hablo de Aquel a quien nuestros hermanos en Cristo, los católicos griegos –herede­ros y custodios de una ininterrumpida tradición litúrgica– invocan tan bella y humildemente en su Divina Liturgia:

Oh, Señor nuestro Dios, acepta esta ferviente súplica de Tus siervos, ten misericordia de nosotros según la multitud de Tus misericordias, y envíanos a nosotros y a todo Tu pueblo Tu compasión, que esperamos de la gran misericordia que viene de Ti. Porque Tú eres un Dios lleno de gracia que amas la humanidad, y a Ti te damos gloria, Padre, Hijo, y Espíritu Santo, ahora y siempre, por los siglos de los siglos.


[i] Véase Rahner, H., Our Lady and the Church (Bethesda, MD, Zac­cheus Press, 2005). Para muchos hermosos textos sobre la relación entre la Virgen Madre, la Santa Madre Iglesia y el nacimiento de los cristianos a la vida divina de Cristo, el Hijo, véase Gambero, L., Mary and the Fathers of the Church: The Blessed Virgin in Patristic Thought (trad. de Thomas Buffer, San Francisco, Ignatius Press, 1999).

[ii] Véase Cartago, S., On the Unity of the Catholic Church, núm. 6.

[iii] Lo que quiero decir es que si una familia llegara a encontrarse en una situación tal que, por una parte, la única Misa disponible fuera celebra­da tan mal que contribuyera a fomentar malos hábitos religiosos y, por otra, las posibilidades de esa familia de contribuir positivamente a un cambio importante fueran escasas y fuera también improbable una mejoría de la situación, sería un deber para dicha familia mudarse a otra diócesis o, al menos, a otra ciudad, donde hubiera mejores opciones.

[iv] ST I, q. 112, a. 1.

[v] Pongo la frase entre comillas porque no cuestiono la validez del No­vus Ordo Missae ni la posibilidad de que se lo celebre de un modo digno de la tradición litúrgica romana (véase lo que tiene lugar entre los Oratorianos en las mejores ocasiones), sino que sólo señalo que hay características de su estructura misma –su verbosidad lineal, su minimalismo teológico, su plétora de opciones, su desaprensión ceremonial– y, más aún, hay hábitos en su celebración que se ha tolerado por mucho tiempo, que inflaman y ali­mentan serias desviaciones en las creencias y práctica de la Iglesia católica.

[vi] Véase ST III, q. 63 acerca del carácter sacramental, en que el Doctor Angélico explica que todos los cristianos participan en el único sacerdocio de Cristo mediante el carácter que se les imprime en el alma por el bautis­mo. Este carácter es el poder de recibir de Dios las realidades divinas por medio de los ministros de la Iglesia. El carácter sacerdotal, en cambio, es el poder de dar al pueblo las realidades divinas, no por una autoridad propia, sino por participación en la única autoridad de Cristo.

Compartir

Deja un comentario

Su dirección de correo nunca será publicada. Si la indica, podremos contestarle en privado en caso de considerarlo oportuno.*