Sacerdotes ermitaños en la ciudad

Parece un contrasentido hablar de “sacerdote ermitaño en la ciudad”, o al menos poco entendible, y por supuesto, nada usual. Más bien raro.

Un sacerdote puede retirarse a vivir una vida eremítica, alejado del mundanal ruido, en oración, sacrificio y penitencia. Pero, en la ciudad, ¿qué sentido tendría “ermitaño en la ciudad?

Quizá un sacerdote por su particular situación personal desea estar alejado de la vida parroquial, y sin dejar su apostolado personal, busca vivir una vida retirada de oración y sacrificio, convencido que su vida retirada dará frutos en muchas almas; son los frutos que el Señor hará germinar a través de la oblación de su sacerdote. Pero lo más frecuente es que bastantes sacerdotes se ven “forzados” a esa soledad, ya sea por razones particulares las que fueren, ya sea, y es bastante común, por ser sacerdotes que aman la tradición y la misa tradicional, y quieren ser fieles a ella. Para ellos estas ideas.

El sacerdote que dentro del “mundanal ruido” se ofrece como oblación para el triunfo del reinado de Cristo y la salvación de las almas, hace de su vida una verdadera “hostia”, que cada día ofrece con la Hostia al Padre eterno.

Este sacerdote “ermitaño”, vive una vida de oración plena, día y noche. Ora por el día, y ora por la noche. La oración nocturna es un pequeño tesoro que permanece oculto para muchos sacerdotes. Es un pequeño diamante que no es fácil descubrir; solo un alma generosa y desprendida tiene la capacidad de llegar un día a descubrirlo, si Dios lo quiere para su sacerdote. Pues no es voluntad del sacerdote, es voluntad del Señor que dirige a quien está dispuesto a ser dirigido por Él.

El sacerdote “ermitaño” en la ciudad, vive retirado, aunque no aislado; no participa de la vida parroquial, pero tiene su personal apostolado. No es un solitario, aunque busca la soledad; no se aparta de los que le buscan, pero sí gusta más del anonimato.

A lo mejor puede ser un carisma. Quizá. No lo sé. Pero sí puede ser el camino para más de un sacerdote que ve su vida sacerdotal con cierta desesperanza y desazón; para esos sacerdotes que anteriormente he indicado.

Estos sacerdotes pueden encontrar en esta vida “ermitaña” un camino a su situación, y un camino muy fructífero, y lleno de satisfacciones intimas. La razón es que el Señor se cuida especialmente de ellos. Si. No los deja solos. Los recoge. A cada uno lo lleva por donde debe caminar su santidad sacerdotal.

Qué gran fruto da un sacerdote que se ofrece al Señor como “hostia”, como oblación, llevando una vida oculta, de oración y penitencia, y sobre todo con su misa, oculta y silenciosa cada día. Quizá, mejor, cada madrugada, porque no hay mejor momento para el santo sacrificio que la oscuridad y el silencio de esa madrugada donde todos duermen; en ese momento se alza una Hostia para la gloria del Padre y en favor de los pecadores, de los necesitados y las almas del Purgatorio.

El sacerdote “ermitaño” puede organizar su jornada como el Espíritu Santo le inspire, pero sí es verdad que su vida sacerdotal ha de apoyarse sobre cuatro pilares: la oración, la vida de ascesis, su particular apostolado y la intercesión, es decir, orar por las necesidades de las almas que se le encomienden, muy particularmente de los enfermos y moribundos. Y estos pilares se unen y sustentan en la piedra angular de la vida del sacerdote, su santa misa.

El sacerdote “ermitaño” en la ciudad puede sentirse plenamente feliz y comprobar que su vida sacerdotal tiene sentido y, además, frutos; porque que ha entregado Todo en “manos” del Señor, a quien ha ofrecido su vida, personal y sacerdotal, para que Él disponga según su divina voluntad.

Ave María Purísima.


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