Sacrificios humanos mexicas

Muchos, a lo largo del tiempo, en su afán por desprestigiar nuestro descubrimiento, conquista, colonización y evangelización de América, obra colosal donde las haya habido, han procurado, entre otras cosas, tachar de falsas las crónicas que aquellos españoles escribieron sobre lo que vieron. Hoy, la ciencia da la razón plenamente a nuestros compatriotas.

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De siempre se conocieron crónicas de conquistadores españoles describiendo la existencia de lo que denominaron tzompantli, situado cerca del Templo Mayor de Tecnochtitlan –hoy Méjico capital–; dicho templo era una gran pirámide con dos templos en su parte superior, uno de ellos dedicado al dios de la guerra, Huitzilopochtli, y el otro al dios de la lluvia, Tlaloc.

Dicho tzompantli se describía por los españoles como elemento anejo al templo, constituyendo una especie de gran andamiaje en el cual decían que habría expuestos unos 130.000 cráneos humanos; más otros cuantos miles en las dos torres adjuntas que lo flanqueaban. Pero los historiadores y los arqueólogos consideraron siempre tal posibilidad como producto de la exageración de aquellos conquistadores, debido en parte al deseo de aumentar el valor de sus hazañas, y en parte para justificar la destrucción de la “cultura” azteca; el rechazo de tales crónicas despedía por ello un fuerte tufo antiespañol como parte de esa leyenda negra tan injusta como falsa que no cesa.

Sin embargo, con el paso del tiempo y de ciertos hallazgos puntuales, no pocos arqueólogos comenzaron a preguntarse si aquello realmente podía ser verdad; lo que equivalía a penetrar en un terreno resbaladizo, no exento de su componente política y religiosa, porque de haber existido tal tzompantli supondría una monstruosidad que muy probablemente desacreditaría a la “cultura” azteca ante los ojos de cualquier ser civilizado y daría la razón, aún más, a los conquistadores españoles en su proceder de aquellos momentos, hoy tan denostado por casi todos.

Pues bien, los últimos hallazgos llevados a cabo por arqueólogos del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) mejicano acreditan que el tzompantli y sus torres existieron realmente.

En 2015 ya descubrieron los restos de una de las dos torres del tzompantli debajo de una casa de la época colonial sita en la calle que se encuentra justo detrás de la catedral de Méjico capital; que como se sabe está construida donde se ubicaba el Templo Mayor. Descubierta la primera, y comprobada la veracidad al menos en tal punto de una de la dos torres, les fue fácil suponer con indudable certeza que la segunda torre, es decir, sus restos, deben encontrase justo debajo del patio trasero de la catedral. Y por las dimensiones calculadas del tzompantli, a raíz de los restos de la torre hallada, dan por seguro que debieron albergar miles de calaveras, ya que se han encontrado muchas de ellas enteras, así como múltiples trozos de otras, testimonio de una industria de sacrificio humano como ninguna otra en el mundo.

Constatado lo anterior, ahora los arqueólogos se dedican al estudio de los cráneos encontrados con la esperanza de aprender más sobre los rituales mexicas y el tratamiento postmortem de los cuerpos de los sacrificados. Asimismo, los investigadores esperan que los cráneos clarifiquen el papel del sacrificio humano a gran escala en la religión y la cultura mexica, y si, como sospechan los estudiosos, jugó un papel clave en la construcción de su imperio.

Tras determinar la existencia de las torres, al descubrir los restos de una de ellas, el descubrimiento del tzompantli llegó de la misma manera que lo han hecho la mayoría de los hallazgos, es decir, como fruto del denominado Programa de Arqueología Urbana de la capital mejicana, consistente en que cada vez que alguien quiere construir en un área de siete manzanas alrededor de la catedral, es decir, de donde se encontraba el Templo Mayor, el equipo de la INAH debe excavar primero, rescatando lo que quede de la antigua ciudad colonial y especialmente del Méjico azteca. Los hallazgos suelen ser a menudo significativos y sorprendentemente bien conservados. De hecho, los restos del Templo Mayor salieron a la luz en la década de 1970 cuando se llamó a los arqueólogos del INAH después de que trabajadores de la electricidad de la ciudad tropezaran con una imponente estatua circular de la diosa Coyolxauhqui, que la mitología azteca aseguraba que fue asesinada y descuartizada por su hermano Huitzilopochtli.

Sobre el Templo Mayor se pudo determinar que los mexicas lo construyeron en siete fases entre 1325 y 1521, cada una correspondiente al reinado de un rey. Cada fase se construyó sobre y alrededor de las anteriores. Aunque los españoles destruyeron la fase final del templo, lo que hicieron con los templos más pequeños de los reinados anteriores fue pavimentarlos y construir sobre ellos, quedando así relativamente intactos; gracia a ello muchas estructuras de las que rodeaban las ruinas del Templo Mayor quedaron sepultadas y ocultas debajo de la densa ciudad colonial española y después por la megalópolis moderna mejicana, pero en buen estado de conservación.

Así, cuando los expertos de la INAH recibieron la orden de excavar al final de la calle Guatemala, donde se sabe que terminaban los callejones que rodeaban el complejo del Templo Mayor, sabían que muy posiblemente podría lograr dar con algún gran descubrimiento.

A partir de Febrero de 2015, un equipo cavó cerca de 20 pozos de prueba, desenterrando restos modernos, porcelana colonial y, finalmente, las losas de basalto de un piso de época mexica. Luego “cientos de fragmentos de cráneo comenzaron a aparecer”; en las últimas dos décadas de excavaciones en el centro de Ciudad de Méjico, nunca se había visto nada así.

El INAH sabía por los mapas coloniales de Tenochtitlan que los tzompantli, si existían, podrían haber estado cerca de donde estaban excavando. Así que cuando comenzaron a afluir infinidad de restos de cráneos, los científicos pudieron asegurar que estaban sobre los restos del tzompantli del Templo Mayor. Los postes de madera de tal estructura, lógicamente, se habían descompuesto hacía mucho tiempo y no quedaba nada de ellos, y los cráneos que alguna vez se exhibieron en él se habían hecho añicos, o habían sido aplastados deliberadamente por los conquistadores, pero no había duda de que por fin se había encontrado el tzompantli.

Recreación de lo que encontraron los españoles

Por los restos encontrados, así como por su disposición, se ha determinado que el tzompantli: era una estructura rectangular imponente, de no menos de 35 metros de largo por de 12 a 14 metros de ancho, o sea, algo más grande que una cancha de baloncesto, y probablemente de 4 a 5 metros de alto, estimando su construcción entre 1486 y 1502; bien que se sabe que los sacrificios humanos se habían practicado en Tenochtitlan desde su fundación en 1325.

Cerca de allí, los investigadores también encontraron cráneos aparentemente pegados con remanentes de mortero de una de las torres que flanqueaban el tzompantli, que era donde la mayoría de los cráneos que una vez se exhibieron en él terminaron su viaje post mortem. En posteriores campañas entre 2016 y 2017 se excavó los restos de la torre encontrada determinándose que cada una de ellas, eran dos, debía tener unos 5 metros de diámetro y al menos 1,7 de altura.

Se sabe de siempre que otras culturas mesoamericanas también practicaron sacrificios humanos y construyeron tzompantlis. Pero “los mexicas llevaron tal práctica esta al extremo”, dicen los arqueólogos mejicanos. En la ciudad maya de Chichén Itzá, fundada unos 700 años antes de Tenochtitlan y a más de 1.000 kilómetros de distancia, se encontraron en su día seis calaveras con agujeros en los costados de las que se sospecha que alguna vez fueron exhibidas en los postes de un tzompantli. Sin embargo, los agujeros en cada cráneo eran menos regulares y uniformes que los de los cráneos de Tenochtitlan, lo que hace suponer que todavía no era una práctica estandarizada. Por ello, con lo ahora descubierto se puede afirmar que los mexicas de Tenochtitlan fueron la máxima expresión del uso de los tzompantli.

El sacrificio humano ocupó un lugar particularmente importante en Mesoamérica. Muchas de las culturas de la región, incluidos los mayas y los mexicas, creían que los sacrificios humanos alimentaban a los dioses. Sin ellos, el Sol dejaría de elevarse y el mundo terminaría. Pero también muchos investigadores argumentan para la práctica de los sacrificios humanos razones más prosaicas como el evidente hecho de que matar ritual y públicamente prisioneros o esclavos reforzaría la autoridad del cacique de turno sobre sus vasallos. Muchos investigadores consideran que el concepto del poder político, tanto como de las creencias religiosas de los mexicas, son la clave para entender la inmensa escala de la práctica de los sacrificios humanos en tal “cultura”. El suyo era un imperio relativamente joven; durante su dominio de unos 200 años conquistaron un inmenso territorio en todo el centro y sur de Méjico, a veces teniendo que vencer una tremenda resistencia de parte de los pueblos circundantes para someterlos; motivo por el que algunos de ellos se aliarían más tarde con los españoles contra el imperio azteca.

Las crónicas españolas describen a las víctimas sacrificiales de Tenochtitlan como cautivos de guerras, como por ejemplo los capturados a sus archienemigos de Tlaxcala. Asimismo, los pueblos sujetos al imperio azteca también se vieron obligados en numerosas ocasiones a enviar individuos como tributo para sacrificar, de forma que la muerte de cautivos, incluso en un contexto ritual, suponía una fuerte declaración política, una forma de demostrar el poder, y no menos de controlar por el terror a su propia población.

Durante dos temporadas de excavaciones, los arqueólogos del INAH recogieron 180 cráneos de los restos de la torre encontrada, en su mayoría completos, así como miles de fragmentos de otros. Las marcas de corte en los cráneos no dejan lugar a dudas de que la técnica de decapitación era limpia y uniforme.

Aproximadamente el 75% de los cráneos examinados hasta ahora pertenecían a hombres, la mayoría entre los 20 y 35 años de edad, o sea, en edad de combatir; el 20% eran mujeres y el 5% pertenecían a niños. La mayoría de las víctimas parecían gozar de buena salud antes de ser sacrificados. La mezcla de edades y sexos también respalda otras crónicas españolas, según las cuales muchas víctimas eran esclavos vendidos en los mercados de la ciudad expresamente para ser sacrificados.

Por los estudios científicos realizados a los restos se puede concluir también que las víctimas procedían de diferentes partes de Mesoamérica, y que a menudo pasaron un tiempo significativo en Tenochtitlan antes de ser sacrificados, lo que avalaría nuevas crónicas españolas según las cuales muchos de los cautivos vivían con las familias de sus captores durante meses o años antes de ser sacrificados.

¿Y en qué consistían los sacrificios? Se extendía a la víctima sobre la piedra sacrificial en la cúspide de la pirámide, que los aztecas denominaban “cu”. El sacerdote cortaba con rapidez el torso del cautivo y le quitaba el corazón que aún latía. Luego, los sacerdotes llevaban el cuerpo a otro espacio ritual, donde lo ponían boca arriba. Armados con años de práctica, conocimientos anatómicos detallados y cuchillas de obsidiana más afiladas que el acero quirúrgico actual, hacían una incisión entre dos vértebras del cuello, decapitando el cuerpo con gran precisión. Usando sus cuchillas afiladas, los sacerdotes cortaban hábilmente la piel y los músculos de la cara, reduciéndola a una calavera. Luego realizaban grandes agujeros en ambos lados del cráneo para poder introducir por ellos un poste de madera que contenía otros cráneos preparados de la misma manera, digamos que a modo de pincho moruno. Tales postes eran los que colocaban en el tzompantli de Tenochtitlan a la vista de todos. Finalmente, después de meses o años bajo el sol y la lluvia, los cráneos comenzaban a romperse, momento en que los sacerdotes aprovechaban para convertirlos en grotescas máscaras que colocaban como ofrenda, o bien, con mortero, las agregaban a las dos torres que flanqueaban el tzompantli.

A la vista de las dimensiones que hemos citado que tenía el tzompantli, es fácil suponer la cantidad de cráneos insertados en los postes que pudieron exhibirse en él, que si no eran 130.000 como decían las crónicas españolas, bien podía acercarse a tal cifra la suma, puede que aquí esté la clave de tal número, del cálculo que en su momento hicieron los españoles de los cráneos que a lo largo de los años anteriores a su llegada pudieron llegar a estar expuestos en el tzompantli.

Por todo lo anterior, la ciencia actual ha determinado que las crónicas españolas no mentían, que los que las escribieron decían lo que habían visto, no sólo en lo relativo a los sacrificios, sino también al tzompantli y sus torres, por lo que también es lógico concluir que aquellos que vieron tales barbaridades, e incluso contemplaron cómo no pocos de sus compañeros sufrían tan terrible final, no se anduvieran con contemplaciones y en parte no dejaran títere con cabeza de aquella “cultura”, por mucho que ahora algunos se muestren indignados con tal proceder. ¿Qué hubieran hecho ellos de estar en su vez?

 

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6 thoughts on “Sacrificios humanos mexicas”

    1. Estimado seguidor: eso es lo que a nuestros compatriotas les horroizó, y no era fácil que les ocurriera. Pero es que lo que encontraron era realmente diabólico como usted muy bien apunta. Saludos cordiales

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