Sal sosa, quién la salará

Desde antes ya, pero sobre todo, desde el Vaticano II, es evidente que la sal se ha vuelto sosa. El clero –sólo hay uno, el católico, pues única es la religión verdadera, la católica,…

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Desde antes ya, pero sobre todo desde el Vaticano II, es evidente que la sal se ha vuelto sosa. El clero –sólo hay uno, el católico, pues única es la religión verdadera, la católica, y una sola es Iglesia, la católica– en su inmensa mayoría, salvando honrosas excepciones –más honrosas por su escasez– en el mejor de los casos desvaría, cuando no apostata y/o ha caído en la herejía. Así también en España, que para eso somos o tierra de santos y héroes o de criminales, según la época o… según quien nos gobierne o desgobierne.

 

Buena parte del clero dormita aburguesado, indolente, rutinario, pasivo, aburrido, patético, sin ilusión ni ganas de tenerla, cual funcionarios a punto de jubilarse. Han perdido la Fe, porque quien así procede, en realidad, ha perdido la fe. Porque tener fe es tener ilusión por convertir almas, por modificar conductas erróneas, por predicar el Evangelio, por llevar la palabra de Dios a todos los rincones espirituales y materiales donde el ser humano, alejado de Dios, perece. Son la sal sosa que día a día nos aburre y aborrega con pastorales, los obispos, y homilías, ellos y resto de sacerdotes, infumables, vacías, penosas y muchas veces heréticas. Se les nota en todo, hasta en esa actitud y esos comportamientos blandengues, sentimentaloides, casi afeminados, muy lejos de la virilidad, de la hombría, de la fuerza que emana siempre de la vida de Nuestro Señor.

 

Han troceado el Evangelio quitando de él todo aquello que «pueda herir la sensibilidad del oyente», es decir, del pecador. Retuercen la palabra de Dios hasta dejarla en un estúpido discurso de cualquiera de los estúpidos políticos  –y todos lo son–  que día a día nos toca sufrir. Abandonan el Evangelio, sin duda el mejor e insuperable proyecto, incluso político, que existe, para sumergirse en el lodazal del mundo convirtiéndose así en uno más, diluyéndose entre la caterva de mindundis que pululan por esos páramos. Cansados y cansinos, aburren hasta a las ovejas, las pocas que quedan después de años convirtiéndolas en borregos.

 

¿Quién los salará?

 

Nosotros, los católicos que no nos podemos resignar a tan penosa situación, los que oramos incesantemente porque quien reza se salva, porque la oración es la base del sostenimiento de la Fe; porque si Nuestro Señor, Hijo de Dios, Dios y hombre verdadero, se retiraba día sí y noche también a orar, cuánto más debemos hacerlo nosotros.

 

Nosotros, los que no nos conformamos con que la palabra de Dios se pierda en el desierto de esta época vacía y estúpida que nos ha tocado contemplar.

 

Nosotros, lo que sí creemos en el Evangelio, en todo él y, sin miedo, aceptamos lo mucho, todo lo que tiene de aviso a navegantes.

 

Nosotros, los que sabemos que catolicismo es salvación siempre y cuando se asuma en toda su integridad, es decir, en todo su sufrimiento, en su cruz, en la cuesta empinada, en la puerta estrecha, varonilmente, virilmente, con hombría; y lo anterior vale para todos… y todas.

 

Nosotros, los que cuando vemos a un sacerdote decir o hacer barbaridades o estupideces, primero por caridad, luego por indignación y después por narices, nos vamos a él y se lo recriminamos; y nos da igual que en el noventa por ciento de los casos nos mande a paseo con cara destemplada.

 

Nosotros, los que nos sentimos privilegiados por ser católicos a machamartillo, católicos hasta la muerte… aunque sea muerte de cruz.

 

Nosotros, los que a pesar de nuestras deficiencias y pecados, que no dejamos de ser humanos, perseveramos tenaces en ajustarnos cada día un poco más a los mandamientos, para ser, aún si es posible, más católicos todavía, sin tapujos, sin medias tintas, sin tibieza.

 

Nosotros, los que no estamos dispuestos a dejarnos llevar al hoyo por ese clericalismo hoy de moda, ceguera que sigue a curas ciegos, tibios, mediocres, afeminados, dubitativos, que contemplan con indiferencia la perdición de las almas que se les han encomendado y por las que tendrán que rendir cuentas.

 

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