Salvar España de la canalla y la miseria

España vuelve a encontrarse al borde de la desaparición, previa su inmersión en la anarquía. Nada se respeta, todo se tolera, se ve y se hace lo que nadie, ni el más loco permite. No se ponen límites, no hay mínimos. Hay que reaccionar o no lo contaremos… y nuestros hijos menos.

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Tras cuatro décadas de supuesta democracia –aquí se le llama democracia sólo a votar cada cuatro años–, España se encuentra sumida en una brutal partitocracia o dictadura de partidos que la ha colocado de nuevo en una delicada y peligrosísima encrucijada con grave y evidente riesgo de desaparecer en una explosión monumental en la cual todos, hasta los que andan prendiendo la mecha, aunque no se lo crean, podemos perderlo todo. Lo que pudo ser, como le ocurrió a la II República, ya no es por lo mismo que no dejaron que fuera aquella. La Constitución del 78 tiene, en mucha medida, la culpa, no en balde se redactó para lo que hoy vemos. El que no lo quiera creer allá él.

En España volvemos a padecer la desgracia de una izquierda canalla, demencial, que no ha aprendido ni renegado en lo más mínimo de su criminal y fracasado pasado. Una izquierda que nació enferma y nunca ha sabido ni querido curarse. Una izquierda que sigue rezumando utopía, bolchevismo, anticlericalismo, anarquía, chulería, totalitarismo, degeneración y… que está moral y materialmente corrupta.

En España volvemos a padecer la desgracia de una derecha cobarde, egoísta, cicatera, traidora, estúpida, incrédula, que tampoco ha aprendido nada de su bochornoso pasado y… que está moral y materialmente corrupta.

En España volvemos a padecer la desgracia de unas ansias secesionistas regionales analfabetas, irracionales, fanáticas, mentirosas y… corruptas moral y materialmente.

En España, por desgracia, el pueblo ha vuelto a dejarse caer en la trampa de los demagogos, en la credulidad más absurda, en la ingenua estupidez, en usar la bilis más que la cabeza, ha vuelto a tolerarlo todo del propio por ser el propio, y rechazarlo todo del otro por ser el otro.

A la izquierda española le ha faltado siempre, desde su nacimiento, españolidad, sentimiento y sentido nacional y respeto por la ley y las normas; le beneficien o no. Hubo sectores del PSOE que sí lo fueron, hablo de Besteiro, pero entonces, como ahora –es difícil ponerle un único y destacado nombre ahora–, fueron y son arrinconados cual apestados. De los comunistas, en su día el PCE y hoy Podemos, ni hablar, porque esos no tienen remedio, ni antes, ni ahora, ni nunca.

A la derecha española le ha sobrado siempre patrioterismo, y le ha faltado convicción, altura de miras, valor. Ha habido sectores que lo tuvieron y tienen, pero también son arrinconados y escupidos.

El secesionismo español ha sido siempre una lacra, un cáncer maldito incurable por razón de la izquierda y derecha que sufrimos; porque si no, ni existiría, como no se da por ahí fuera.

Caída la monarquía en 1931 por el empuje canalla de la izquierda y la traición y cobardía de la derecha, la II República fue acogida por todos, con mejor o peor cara, pero al final por todos, como posible solución. Fue la izquierda la que la derribó al no conformarse con ella y querer convertirla en república socialista revolucionaria; la derecha tampoco supo movilizarse como debía para impedirlo, por eso vino lo que tuvo que venir: Franco, el Alzamiento y una cruenta guerra, todo ello justo y necesario –también como expiación de pecados de todos–, como la misma Historia se ha encargado de certificar, mal que les pese ahora a izquierda y derecha, lo malo es que ni la una ni la otra aprendieron ¡qué lástima!

Hoy, España se encuentra en una situación idéntica a la de 1936… o aún peor, porque si echan un vistazo atrás, por menos, por muchos menos de lo que viene pasando en España desde hace unos treinta años, se hizo el Alzamiento. Hoy España se encuentra de nuevo en una difícil, delicada y peligrosísima encrucijada con su existencia como nación, como ser, y la de los españoles como pueblo en en patente peligro. No hay parangón en la Historia. No hay precedente de una nación y un pueblo secular que por segunda vez en menos de una generación se haya vuelto a colocar por sí mismo al borde del abismo.

La actual clase política está material y moralmente corrupta hasta límites que no podemos ni imaginar, hasta la más absoluta degeneración, hasta ser irrecuperable; que nadie se engañe. Por eso, tiene que ser el pueblo el que reaccione y tome cartas en el asunto, que es el de su propia supervivencia y salvación, y se alce, como tuvo que hacer en 1808 ante la misma degeneración de las élites, como hizo en 1936 ante la misma situación que hoy. El pueblo, al que hoy mala y eufemísticamente se le denomina «sociedad civil», tiene que tomar las riendas de sí mismo urgentemente.

¿Cómo? No, que nadie busque en las anteriores palabras justificación de algaradas o pronunciamientos, no, ya no son posibles y, en realidad, nunca deberían ser necesarios.

Lo que tenemos que hacer es que cada cual, según su orientación política, purgue a los suyos, pero hasta que no quede infección alguna, incluso, si fuera el caso, cortando algún miembro.

Que los izquierdosos expulsen de su izquierda –nos referimos al PSOE, porque los comunistas, repetimos, no tienen remedio– a los bolcheviques, a los utópicos, a los que siguen anclados en los años treinta del siglo pasado, a los que ven en Dios y en España a sus enemigos, a los que son incapaces de mirar al otro lado de los Pirineos, y más allá, y ver que se puede ser de izquierdas, pero eso no significa, ni mucho menos, que se tenga que odiar a la propia nación, a sus símbolos seculares, a sus instituciones más esenciales y querer destruirlo todo para construir… ¿el qué?

Que los derechosos expulsen de su derecha a los corruptos, a los incrédulos, traidores, renegados y cantamañanas.

Que ambos expulsen a los secesionistas de todo pelaje.

Si cada cual, españoles de izquierdas y de derechas, aunamos esfuerzos, cordura, generosidad y fuerza, que nadie dude que esto se endereza, ni que se pueda seguir siendo de izquierdas y de derechas sin que signifique tener que partirnos la cara. Las elecciones, sean las que sean y vengan cuando vengan, están para eso, para votar a los propios, pero sólo si se lo merecen y si no, no se les vota, aunque gane el otro; están para votar con la cabeza, no con la bilis; están para, viendo qué han hecho y cómo se han comportado desde la anterior cita electoral, actuar en consecuencia sin perdonar ni olvidar sus desmanes; están para alzar o purgar sin miedo a los propios, que lo peor es, como vemos, lo que viene pasando y a lo que hemos llegado.

No permitamos, cada cual a los suyos, el politiqueo y la politiquilla de nuestros respectivos dirigentes –el que los tenga–, su demagogia y falsedades, su corrupción, tampoco que nos enfrenten y… duro con ellos, que nos va la vida y España en el empeño. Si no lo hacemos así, cada cual en lo que le compete, no nos quejemos de repetir una y mil veces lo más agrio de nuestra historia.

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