San Bartolomé Apóstol. 24-25 Agosto

ESCUCHAR NOTICIA: San Bartolomé, contado siempre como el sexto entre los doce Apóstoles, fue galileo y de humilde condición. Su oficio era el de pescador, pero sus costumbres fueron siempre puras. Fue hijo de Tolmai, como lo indica su nombre, pues ‘Bar’ significa se traduce como ‘hijo’. Algunos antiguos creyeron que era el mismo Natanael que san Felipe llevó ante Nuestro Señor, de quien Jesucristo dijo: «He aquí un verdadero israelita, en quien no hay dolo ni artificio». San Agustín, sin embargo, rechazó esta opinión, afirmando que el Señor quiso servirse para el apostolado de hombres sencillos, a fin de que resplandeciese en aquella obra la omnipotencia divina y no la sabiduría humana. Fue san Bartolomé uno de los Apóstoles más generosos y fervorosos. Apenas recibió la vocación, lo dejó todo y permaneció siempre junto a Jesucristo, siendo testigo de numerosos milagros: la curación del criado del centurión en Cafarnaúm, la resurrección del hijo de la viuda de Naím, la curación de un endemoniado, el milagro de Caná y la conversión de María Magdalena, entre otros. Cuando Nuestro Señor vio a las multitudes errantes «como ovejas sin pastor», se compadeció de ellas y dijo a sus Apóstoles: «La mies es grande, y no hay quien la recoja; rogad al Señor de la mies que envíe obreros a ella». Entonces les confió la misión de predicar, sanar enfermos y expulsar demonios, enviándolos de dos en dos. San Bartolomé fue compañero de san Felipe y se distinguió por su celo en la salvación de las almas. Durante la Pasión del Salvador quedó profundamente afligido y pasó aquellos tres días derramando lágrimas. Después de la Resurrección permaneció con los demás Apóstoles hasta la Ascensión y aguardó en el Cenáculo la venida del Espíritu Santo. Recibido el Espíritu Santo en Pentecostés y repartidas entre los Apóstoles las diversas regiones del mundo, correspondieron a san Bartolomé la Licaonia, Albania, las Indias orientales y Armenia. Predicó allí el Evangelio escrito por San Mateo y obtuvo innumerables conversiones. San Juan Crisóstomo refiere que los mismos gentiles se admiraban de la transformación de las costumbres y de las virtudes que florecían entre los nuevos cristianos. Llegado a Armenia, entró en una ciudad donde se daba culto al ídolo Astarot. Al entrar el Apóstol en su templo, el demonio que hablaba por boca del ídolo quedó mudo. Los sacerdotes, temerosos de perder su autoridad, buscaron a Bartolomé durante tres días, pero Dios lo ocultó de sus ojos. Finalmente, sus milagros lo dieron a conocer: expulsaba demonios y curaba enfermos desahuciados. El rey tenía una hija atormentada por un demonio. Apenas se presentó ante ella san Bartolomé, quedó libre del espíritu maligno. El rey quiso recompensarle con ricos presentes, pero el Santo los rechazó, declarando que había venido para procurar la salvación de las almas y anunciar al único Dios verdadero. Condujo entonces al rey y a su corte al templo de los ídolos. Al entrar san Bartolomé, el demonio confesó que no existía más que un solo Dios, Jesucristo, y, por mandato del Apóstol, todos los ídolos fueron reducidos a polvo. Ante aquel prodigio se convirtió la ciudad; recibieron el Bautismo el rey y toda su corte, y otras doce ciudades siguieron su ejemplo. San Bartolomé dejó en ellas obispos y predicadores para conservar la fe. Los sacerdotes de los ídolos buscaron entonces vengarse. Recurrieron a Astiages, hermano del rey Polemón, quien, idólatra y supersticioso, atrajo engañosamente al Apóstol a sus Estados. San Bartolomé acudió con alegría, deseoso de derramar su sangre por Jesucristo. El tirano mandó que lo desollasen vivo; y como el Santo continuase predicando en medio del tormento, ordenó finalmente que le cortasen la cabeza. Su martirio tuvo lugar el 25 de agosto y que el desollamiento ocurrió el día anterior. Por esta razón, algunas Iglesias celebran su fiesta el 25 y otras el 24. Después de su muerte, Astiages y los sacerdotes cómplices fueron castigados, siendo atormentados por el demonio durante treinta días, al cabo de los cuales murieron ahogados. Los cristianos recogieron el cuerpo de san Bartolomé y lo sepultaron en una caja de plomo. Más tarde, sus reliquias fueron arrojadas al mar y llegaron a Lipari; de allí pasaron a Benevento y, en el año 983, siendo emperador Otón II, fueron trasladadas a Roma, donde son veneradas con devoción. Se le representa con una espada en la mano y en la otra los sagrados textos, pues su modo de vida fue la lucha del Bien contra el mal. -El tiempo pasa, la Eternidad nos espera; pidamos por aquello que nos sirva para alcanzar la bienaventuranza eterna.   Pulse para escuchar el texto San Bartolomé, contado siempre como el sexto entre los doce Apóstoles, fue galileo y de humilde condición. Su oficio era el de pescador, pero sus costumbres fueron siempre puras. Fue hijo de Tolmai, como lo indica su nombre, pues ‘Bar’ significa se traduce como ‘hijo’. Algunos antiguos creyeron que era el mismo Natanael que san Felipe llevó ante Nuestro Señor, de quien Jesucristo dijo: «He aquí un verdadero israelita, en quien no hay dolo ni artificio». San Agustín, sin embargo, rechazó esta opinión, afirmando que el Señor quiso servirse para el apostolado de hombres sencillos, a fin de que resplandeciese en aquella obra la omnipotencia divina y no la sabiduría humana. Fue san Bartolomé uno de los Apóstoles más generosos y fervorosos. Apenas recibió la vocación, lo dejó todo y permaneció siempre junto a Jesucristo, siendo testigo de numerosos milagros: la curación del criado del centurión en Cafarnaúm, la resurrección del hijo de la viuda de Naím, la curación de un endemoniado, el milagro de Caná y la conversión de María Magdalena, entre otros. Cuando Nuestro Señor vio a las multitudes errantes «como ovejas sin pastor», se compadeció de ellas y dijo a sus Apóstoles: «La mies es grande, y no hay quien la recoja; rogad al Señor de la mies que envíe obreros a ella». Entonces les confió la misión de predicar, sanar enfermos y expulsar demonios, enviándolos de dos en dos. San Bartolomé fue compañero de san Felipe y se distinguió por su celo en la salvación de las almas. Durante la Pasión del Salvador quedó profundamente afligido y pasó aquellos tres días derramando lágrimas. Después de la Resurrección permaneció con los demás Apóstoles hasta la Ascensión y aguardó en el Cenáculo la venida del Espíritu Santo. Recibido el Espíritu Santo en Pentecostés y repartidas entre los Apóstoles las diversas regiones del mundo, correspondieron a san Bartolomé la Licaonia, Albania, las Indias orientales y Armenia. Predicó allí el Evangelio escrito por San Mateo y obtuvo innumerables conversiones. San Juan Crisóstomo refiere que los mismos gentiles se admiraban de la transformación de las costumbres y de las virtudes que florecían entre los nuevos cristianos. Llegado a Armenia, entró en una ciudad donde se daba culto al ídolo Astarot. Al entrar el Apóstol en su templo, el demonio que hablaba por boca del ídolo quedó mudo. Los sacerdotes, temerosos de perder su autoridad, buscaron a Bartolomé durante tres días, pero Dios lo ocultó de sus ojos. Finalmente, sus milagros lo dieron a conocer: expulsaba demonios y curaba enfermos desahuciados. El rey tenía una hija atormentada por un demonio. Apenas se presentó ante ella san Bartolomé, quedó libre del espíritu maligno. El rey quiso recompensarle con ricos presentes, pero el Santo los rechazó, declarando que había venido para procurar la salvación de las almas y anunciar al único Dios verdadero. Condujo entonces al rey y a su corte al templo de los ídolos. Al entrar san Bartolomé, el demonio confesó que no existía más que un solo Dios, Jesucristo, y, por mandato del Apóstol, todos los ídolos fueron reducidos a polvo. Ante aquel prodigio se convirtió la ciudad; recibieron el Bautismo el rey y toda su corte, y otras doce ciudades siguieron su ejemplo. San Bartolomé dejó en ellas obispos y predicadores para conservar la fe. Los sacerdotes de los ídolos buscaron entonces vengarse. Recurrieron a Astiages, hermano del rey Polemón, quien, idólatra y supersticioso, atrajo engañosamente al Apóstol a sus Estados. San Bartolomé acudió con alegría, deseoso de derramar su sangre por Jesucristo. El tirano mandó que lo desollasen vivo; y como el Santo continuase predicando en medio del tormento, ordenó finalmente que le cortasen la cabeza. Su martirio tuvo lugar el 25 de agosto y que el desollamiento ocurrió el día anterior. Por esta razón, algunas Iglesias celebran su fiesta el 25 y otras el 24. Después de su muerte, Astiages y los sacerdotes cómplices fueron castigados, siendo atormentados por el demonio durante treinta días, al cabo de los cuales murieron ahogados. Los cristianos recogieron el cuerpo de san Bartolomé y lo sepultaron en una caja de plomo. Más tarde, sus reliquias fueron arrojadas al mar y llegaron a Lipari; de allí pasaron a Benevento y, en el año 983, siendo emperador Otón II, fueron trasladadas a Roma, donde son veneradas con devoción. Se le representa con una espada en la mano y en la otra los sagrados textos, pues su modo de vida fue la lucha del Bien contra el mal. -El tiempo pasa, la Eternidad nos espera; pidamos por aquello que nos sirva para alcanzar la bienaventuranza eterna.

San Bartolomé, contado siempre como el sexto entre los doce Apóstoles, fue galileo y de humilde condición. Su oficio era el de pescador, pero sus costumbres fueron siempre puras. Fue hijo de Tolmai, como lo indica su nombre, pues ‘Bar’ significa se traduce como ‘hijo’.

Algunos antiguos creyeron que era el mismo Natanael que san Felipe llevó ante Nuestro Señor, de quien Jesucristo dijo: «He aquí un verdadero israelita, en quien no hay dolo ni artificio». San Agustín, sin embargo, rechazó esta opinión, afirmando que el Señor quiso servirse para el apostolado de hombres sencillos, a fin de que resplandeciese en aquella obra la omnipotencia divina y no la sabiduría humana.

Fue san Bartolomé uno de los Apóstoles más generosos y fervorosos. Apenas recibió la vocación, lo dejó todo y permaneció siempre junto a Jesucristo, siendo testigo de numerosos milagros: la curación del criado del centurión en Cafarnaúm, la resurrección del hijo de la viuda de Naím, la curación de un endemoniado, el milagro de Caná y la conversión de María Magdalena, entre otros.

Cuando Nuestro Señor vio a las multitudes errantes «como ovejas sin pastor», se compadeció de ellas y dijo a sus Apóstoles: «La mies es grande, y no hay quien la recoja; rogad al Señor de la mies que envíe obreros a ella». Entonces les confió la misión de predicar, sanar enfermos y expulsar demonios, enviándolos de dos en dos. San Bartolomé fue compañero de san Felipe y se distinguió por su celo en la salvación de las almas.

Durante la Pasión del Salvador quedó profundamente afligido y pasó aquellos tres días derramando lágrimas. Después de la Resurrección permaneció con los demás Apóstoles hasta la Ascensión y aguardó en el Cenáculo la venida del Espíritu Santo.

Recibido el Espíritu Santo en Pentecostés y repartidas entre los Apóstoles las diversas regiones del mundo, correspondieron a san Bartolomé la Licaonia, Albania, las Indias orientales y Armenia. Predicó allí el Evangelio escrito por San Mateo y obtuvo innumerables conversiones. San Juan Crisóstomo refiere que los mismos gentiles se admiraban de la transformación de las costumbres y de las virtudes que florecían entre los nuevos cristianos.

Llegado a Armenia, entró en una ciudad donde se daba culto al ídolo Astarot. Al entrar el Apóstol en su templo, el demonio que hablaba por boca del ídolo quedó mudo. Los sacerdotes, temerosos de perder su autoridad, buscaron a Bartolomé durante tres días, pero Dios lo ocultó de sus ojos. Finalmente, sus milagros lo dieron a conocer: expulsaba demonios y curaba enfermos desahuciados.

El rey tenía una hija atormentada por un demonio. Apenas se presentó ante ella san Bartolomé, quedó libre del espíritu maligno. El rey quiso recompensarle con ricos presentes, pero el Santo los rechazó, declarando que había venido para procurar la salvación de las almas y anunciar al único Dios verdadero.

Condujo entonces al rey y a su corte al templo de los ídolos. Al entrar san Bartolomé, el demonio confesó que no existía más que un solo Dios, Jesucristo, y, por mandato del Apóstol, todos los ídolos fueron reducidos a polvo. Ante aquel prodigio se convirtió la ciudad; recibieron el Bautismo el rey y toda su corte, y otras doce ciudades siguieron su ejemplo. San Bartolomé dejó en ellas obispos y predicadores para conservar la fe.

Los sacerdotes de los ídolos buscaron entonces vengarse. Recurrieron a Astiages, hermano del rey Polemón, quien, idólatra y supersticioso, atrajo engañosamente al Apóstol a sus Estados. San Bartolomé acudió con alegría, deseoso de derramar su sangre por Jesucristo. El tirano mandó que lo desollasen vivo; y como el Santo continuase predicando en medio del tormento, ordenó finalmente que le cortasen la cabeza.

Su martirio tuvo lugar el 25 de agosto y que el desollamiento ocurrió el día anterior. Por esta razón, algunas Iglesias celebran su fiesta el 25 y otras el 24.

Después de su muerte, Astiages y los sacerdotes cómplices fueron castigados, siendo atormentados por el demonio durante treinta días, al cabo de los cuales murieron ahogados. Los cristianos recogieron el cuerpo de san Bartolomé y lo sepultaron en una caja de plomo. Más tarde, sus reliquias fueron arrojadas al mar y llegaron a Lipari; de allí pasaron a Benevento y, en el año 983, siendo emperador Otón II, fueron trasladadas a Roma, donde son veneradas con devoción.

Se le representa con una espada en la mano y en la otra los sagrados textos, pues su modo de vida fue la lucha del Bien contra el mal.

-El tiempo pasa, la Eternidad nos espera; pidamos por aquello que nos sirva para alcanzar la bienaventuranza eterna.


Una respuesta a «San Bartolomé Apóstol. 24-25 Agosto»

  1. Podemos llegar a la conclusión
    Los Católicos somos pacíficos, no pacifistas. Para ser pacifico hay que tener el poder, y nosotros tenemos el que Dios nos dio.

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