Sánchez y el Plan Marshall o el rebuzno de un indigente mental

Está claro que el nivel intelectual de nuestra casta política de todos los niveles y partidos sigue en barrena y sin posibilidades de evitar la catástrofe. Está claro que los burros han conseguido levantar el vuelo y se han hecho con el Parlamento, las asambleas autonómicas y los consistorios. Está claro que los rebuznos nos ensordecen. Pero a pesar de lo dicho, de vez en cuando aún se oye alguno que se lleva la palma… de momento. En esta ocasión traemos a colación el de… ¡cómo no! Pedro Sánchez, ese «doctor» indecente, cuyas carencias intelectuales apuntan a que padece, además de evidentes y graves trastornos de personalidad, alguna gravísima patología mental.

El pasado 29 de Julio este «insigne» personaje intervino en las Cortes para informar de los Consejos Europeos Extraordinarios; materia de la que no tiene ni puñetera idea, como de cualquier otra cosa. Y sea por él mismo, lo que dudamos, sea por mano de su «negro», soltó por esa boca de asno a que nos tiene acostumbrada un rebuzno monumental digno del más salvaje de los onagros: «En primer lugar desde esta tribuna, he hecho alusión durante los últimos meses a una situación muy semejante a la Segunda Guerra Mundial. Fue la devastación que esta dejó, la que hizo que los estados europeos trabajaran unidos por un futuro común, por la paz. Y en este contexto nació lo que conocimos como el Plan Marshall, al que otras veces también me he referido, y que desgraciadamente España no pudo acogerse a él como  consecuencia de la afinidad de la dictadura franquista con el régimen nazi.» (sic).

Pues bien, aparte de que el Plan Marshall fue idea netamente norteamericana para paliar los desastres de la guerra a fin de evitar el gravísimo error que supuso la imposición del nefasto, humillante e injusto Tratado de Versalles a Alemania tras la I Guerra Mundial, motor en buena medida de la llegada al poder de Hitler y de la Segunda Guerra, los motivos por los que España quedó apeada tan injustamente de dicho plan fueron muy distintos a los aducidos por este borrico, no teniendo nada en absoluto que ver con esa «afinidad» de la que habla, por otra parte manifiesta y demostradamente falsa.

El 12 de Abril de 1945 moría Roosevelt, siendo sustituido por su vicepresidente, Harry Truman, reconocido masón y fanático baptista.

Retrato oficial de Truman como Gran Maestro masónico

Truman había ingresado en la Masonería en 1909 en la logia de Belton de Missouri, estado en el que en 1911 había cofundado la Logia de Grandview, de la que fue su primer Maestro Venerable. En 1940 había sido elegido 97º Gran Maestre de los Masones de Missouri. En 1945 fue designado Grado 33 y Soberano y Gran Inspector General y miembro honorario del Supremo Consejo Masónico de Washington. En 1959 sería galardonado con el premio a medio siglo de permanencia en la Masonería, único presidente estadounidense, de los muchos masones que ha sido, en lograr tal “mérito”.

Pero no sólo por su pertenencia activísima a la Masonería, sino más aún por su fanatismo protestante (baptista), desde el primer instante Truman puso su máximo empeño en injerirse en los asuntos internos españoles; de los que, por otra parte, padecía un profundo desconocimiento, dominado por los peores estereotipos del momento, muchos de ellos debidos ¡cómo no! a los frentepopulistas exiliados que ya por entonces pululaban por algunos departamentos gubernamentales norteamericanos, aunque siempre trabajando en secreto para Moscú.

Dos fueron los constantes deseos de Truman en relación con España: que se aboliera el Tribunal para la Represión de la Masonería y el Comunismo (creado en 1940) y que se otorgara libertad absoluta de culto a los protestantes; conste que con mucho mayor ahínco lo segundo que lo primero.

Sobre el asunto de la Masonería molestaba a Truman no sólo el hecho de que estuviera prohibida y de que se encarcelara a los que habían pertenecido o pertenecían a ella –lo que se hacía únicamente sobre la base de su pertenencia y juramento de obediencia a una organización (secta) internacional y por ello con fines contrarios a los intereses de España–, sino casi más que se colocara a la Masonería en el mismo saco que al comunismo El problema es que mucha gente considera aquí (en los EE. UU.) a España en este asunto de la Masonería, más papista que el Papa, (…) Su fobia (la de la Masonería) hacia la España católica es congénita (…). Pero en todo país de libertad religiosa como éste hay cierto grado de convivencia y mutua tolerancia entre católicos y masones. Por ello, la mayoría de los católicos americanos se quedan algo asombrados y perplejos de los ataques españoles a la Masonería…» (Nota confidencial de 1 de Abril de 1950 enviada por Manuel Casares, corresponsal de la agencia EFE en Washington).

Para 1951, cuando España salga de su aislamiento internacional y se den los primeros pasos para la firma de los acuerdos bilaterales entre Madrid y Washington, el Gobierno español demostraría con datos fehacientes que prácticamente todos los que habían sido condenados por su condición de masones habían sido ya puestos en libertad, no quedando ninguno en prisión, habiéndose incorporado a la sociedad sin que nadie les molestara, limitándose la Policía a impedir la reconstrucción o creación de nuevas logias masónicas; en 1952 se desmantelarían en Barcelona los embriones de cuatro de ellas, la mayor de las cuales, denominada “Luis Companys”, en realidad servía de tapadera para incipientes actividades separatistas. También para entonces, dada la virulencia que adquiría ya la “guerra fría”, este tema quedaría en seguida aparcado por parte de Truman.

Firma del Concordato entre España y la Santa Sede (1953)

El verdadero caballo de batalla del presidente norteamericano contra España y Franco fue siempre la cuestión de la libertad religiosa de los protestantes, asunto que una y otra vez Franco defendió con maestría sobre la base de cuatro razones incontestables: a) el art. 6 del Fuero de los Españoles, ley fundamental en esos momentos en España, promulgado en 1938, reconocía expresamente la libertad religiosa de todos los españoles, b) España era de siempre una nación unánimemente católica, donde además, los protestantes, en los años cuarenta del siglo XX, no llegaban ni al uno por mil de sus habitantes, c) en 1948, el Gobierno cursaba instrucciones a todos los gobernadores civiles impulsándoles a que ayudasen en lo posible a los protestantes, así como un escrito de la Oficina de Información Diplomática del Ministerio de Asuntos Exteriores abogaba por que se permitiera a los protestantes la libre y pública práctica de su confesión y d) tal vez lo más determinante, que lo único que hacía el Gobierno español era cumplir con lo que figuraba en los acuerdos con la Santa Sede que recogían, a instancias del Vaticano, que los españoles no católicos sólo tenían derecho a ejercer su culto en privado, nunca en público, pues, según la doctrina de la Iglesia «…es imposible tener fe en la Iglesia sin desear como ideal para toda la nación y para todo el Estado la unidad católica…». Algunos, muy pocos, y leves altercados provocados por exaltados aislados contra algún templo protestante (apedreamiento), refrendaba la ecuánime actitud de Franco sobre el asunto, por un lado, porque tales hechos, por leves y puntuales, no tenían importancia alguna y además la Policía se encargaba de perseguirlos, por otro, daban fe de que si se habían producido era porque existían esos templos (normalmente pequeños locales privados), es decir, porque había libertad de culto.

Portrait

No obstante tan contundentes razones y evidencias, Truman no perdió ocasión en Marzo de 1948 para imponer su voluntad y satisfacer su inquina y visceral sectarismo y, en contra de la mayoritaria decisión de la Cámara de Representantes estadounidense, que aprobó por 149 votos a favor contra 52 una enmienda del senador por Wisconsin, Alvin E. O´Konski, para que España fuera incluida en las ayudas y beneficios económicos del «Plan Marshall» –Pedro Sánchez ¿estás ahí?–, el presidente norteamericano hizo valer su derecho de veto dejando a España fuera de tan importantes ayudas.

Así pues, frente a la decisión mayoritaria y democrática de los senadores norteamericanos, y también en contra de la opinión del siempre poderoso Pentágono y del propio Gral. Marshall que deseaban fervientemente la inclusión de España en dicho plan pues sin ella tan insigne militar sabía que la defensa de Europa quedaba más que coja, fue sólo y únicamente el fanatismo y la intolerancia religiosa del “tolerante” Truman la causa de que España sufriera semejante injusticia, agravio y perjuicio. En absoluto, lo fue ni la permanencia del Caudillo al frente de España, ni el régimen que cada día se consolidaba más conforme sus éxitos se hacían incuestionables. Es decir, nada que ver con lo que Sánchez rebuznó en las Cortes… una  vez más, demostrando así su sectarismo, inquina ideológica e indigencia intelectual, además de su ignorancia supina.

Eisenhower repararía el mal hecho por Truman tanto a España como a los propios EE. UU.

La actitud de Truman resultó todavía más chocante si tenemos en cuenta que era presidente de un país en el que, por entonces y hasta finales de la década de los sesenta, la discriminación e intolerancia xenófoba era mayoritaria e incluso se recogía expresamente en numerosas leyes racistas contra los afroamericanos, abolidas sólo tras cruenta y dura lucha por los derechos civiles, los cuales en España estaban más que reconocidos y ejercitados; y en una época en que en los países musulmanes se perseguía duramente a los cristianos, para qué decir de Stalin en la URSS, al que Truman no se atrevía ni a toser. Para el fanático baptista Truman, el problema para que España no se aprovechara del Plan Marshall no era Franco ni su régimen, sino el uno por mil de protestantes que había en España, a los cuales, además, y como se ha demostrado, Franco protegía hasta donde le era posible, haciendo alarde de su talla de gran estadista, procurando un delicado equilibrio entre las más acendradas creencias religiosas e históricas españolas y las exigencias del influyente Vaticano.


Una respuesta a «Sánchez y el Plan Marshall o el rebuzno de un indigente mental»

  1. Lamentablemente, vivimos en una España atestada de «doctores» y semianalfabetos, que cuentan -además- con los principales medios de comunicación desvergonzadamente a su servicio. No será nada sencillo reparar tales daños en el pésimo nivel cultural de la sociedad española de nuestros días. Sin embargo, me parece bien que se insista (machaconamente, si es necesario) en proclamar la verdad de los hechos a los cuatro vientos.

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