Santa Juana de Arco: mártir de los políticos

La serie de contiendas que enfrentaron a Inglaterra y Francia entre octubre de 1337 y el año 1452 o 1453, aunque duró 116 años, se ha dado en llamarla la Guerra de los Cien Años, convirtiéndose en el conflicto más largo de Europa. El irremplazable historiador Luis Suárez, pone de manifiesto la sorpresa de algunos historiadores por esta denominación, dado que los ingleses, desde el siglo XI, conquistaron y ocuparon parte de territorio francés y no perdieron la última de sus posesiones, (…)

Calais, hasta 1556, esto es, una guerra de quinientos años. Quizá la diferencia y lo que hace que la utilización del término Guerra de los Cien Años esté parcialmente justificado, es que jurídicamente durante esos 116 años nunca hubo un estado jurídico de paz, salvo la paz de Brettigny, en 1360, que apenas fue una tregua, como otras de menos importancia, sistemáticamente incumplidas. En todo caso, el final de esta interminable guerra o serie de contiendas finalizó, casi exclusivamente, por la acción de nuestra santa, Santa Juana de Arco.

Juana nació en 1412 o 1413, en Domrémy-la-Pucelle y como campesina, comenzó a trabajar en el campo siendo casi una niña. Aprendió, además de las duras labores rurales, a hilar y tejer, pero no a leer ni a escribir; era analfabeta como el resto de las niñas y mujeres de su pueblo. Con doce años notó una fuerte moción interior para que mejorara en su bondad y generosidad. Pero, ya con diecisiete o dieciocho años esa moción se transformó en voz que le pedía, algo tan imposible y desproporcionado como que ella salvara a Francia. Sin embargo, Juana, contra toda lógica, decidió obedecer y hacer lo que creía que le pedía el Cielo. Reconquistar el reino de Francia no parecía entonces que tuviera ninguna posibilidad de realizarse. La lucha entre Francia e Inglaterra duraba ya casi un siglo con continuas derrotas de los franceses. De hecho, en los últimos cinco años, los dos últimos ejércitos al servicio del Delfín (el futuro Carlos VII, no había podido, todavía, siquiera coronarse como rey), habían sido aniquilados. Ninguna intervención humana hacía posible la victoria.

Roberto de Baudricourt

Juana, obediente a su voz interior, se atrevió a hacer algo que jamás se le hubiera, ni siquiera pasado por su cabeza: pidió a un vecino suyo que le escribiera una carta dirigida al rey, aunque aún no era rey ni parecía que tuviera ninguna oportunidad de serlo. Juana tuvo la inesperada e imprevisible oportunidad de hablar con un militar de prestigio: el capitán Roberto de Baudricourt. El capitán empezó riéndose de aquella pobre campesina, hasta que descubrió, con asombro, que Juana demostraba en su conversación un saber de estrategia militar que igualaba o superaba a la suya y que una campesina analfabeta –que debía tener sólo unos conocimientos básicos de doctrina cristiana– no tenía que envidiar a los de los sacerdotes y teólogos con los que él había tratado.

El capitán Roberto de Baudricourt decidió que aquella carta llegara a toda costa a su destino y una vez conseguido, escoltó a Juana (el pueblo de Juana estaba rodeado de otros pueblos partidarios de los ingleses) a Chinon, localidad donde se había refugiado el Delfín. Carlos para comprobar que Juana poseía las inexplicables dotes y cualidades que el capitán afirmaba se mezcló y disimuló, como uno más, entre sus cortesanos. Pero Juana se dirigió directamente a él, le pidió que fueran a un lugar reservado y allí le descubrió al Delfín, uno o varios secretos que sólo él conocía; por lo que tras ser examinada, en Poitiers, por una comisión de sacerdotes y doctores, Juana se puso al frente de casi 15.000 soldados y el 8 de mayo de 1429 consiguió lo que parecía imposible: liberar Orleans del cerco inglés (desde entonces se conoce a Juana como la Doncella de Orleans) y entrar en la ciudad con unas tropas acostumbradas hasta entonces, a continuas derrotas. Juana siguió reconquistando ciudades y territorios hasta que finalmente el Delfín, el 17 de julio de 1429, fue coronado, en la basílica de Reims, como Carlos VII, rey de Francia.

Carlos VII

Su misión había terminado, cuando contaba apenas 18 años. Sin embargo, aquí debió tomar la decisión de su vida. Juana quería volver a su pueblo y continuar con su vida de campesina, ayudando a su familia en las duras tareas del campo. Además la misión que le había encomendado Dios, se había cumplido y lo suyo era volver a su vida ordinaria. Pero el rey, Carlos VII, quiso que reconquistara el resto del territorio francés y le pidió, le rogó, que continuara. ¿Se equivocó la futura santa al obedecer la petición de su rey? Su biógrafo, José Luis Repetto, contesta: “Algunos autores piensan que si hasta entonces Dios la había querido para heroína ahora la quería para Santa”.

En efecto, Juana cayó en una emboscada de los borgoñones que, olvidándose de sus raíces, aspiraban a ser independientes de Francia. Los borgoñones la vendieron a los ingleses, que hicieron la farsa de un juicio, porque ya habían decidido condenarla. No obstante, era tal el candor, el amor y ternura que derramaba Juana, también hacia los ingleses, que el pueblo empezó a cogerle una gran simpatía, casi cariño. Por ejemplo, ante la pregunta tramposa: ¿Dios odia a los ingleses? De ningún modo. Los ama tanto como a cualquier otro pueblo, pero en su tierra, de acuerdo con la justicia, y no cuando atentan contra las libertades de los demás. Juana no combatía tanto a los ingleses cuanto a la injusticia. Pero además en sus contestaciones a otras preguntas insidiosas demostraba con hechos que: Ninguna heroína en el campo de batalla se mostró nunca tan tierna y fraternal con sus propios enemigos. (Santiago Leyra Curiá, sobre cita del historiador Daniel Rops, en omnesmag.com). Por ello decidieron seguir el juicio a puerta cerrada en la prisión. Declarada hereje, fue quemada en una hoguera, en Ruan, todavía bajo dominio inglés, el 30 de mayo de 1431, cuando, quizás, había cumplido 19 años.

Pocos años después, en 1456, el papa Calixto III, autorizó a un tribunal inquisitorial la revisión del juicio de Juana, que la declaró inocente y sin ningún fundamento todos los cargos en su contra, por lo que fue considerada mártir; y en 1803 Napoleón Bonaparte la declaró símbolo nacional de Francia. Una vez canonizada, es uno los santos patronos de Francia.

Termino con las acertadas razones sobre la motivación profunda de Juana, del ya citado José Luis Repetto: “El motivo de su canonización no fue su labor militar ni sus objetivos políticos, ni subió a los altares como heroína de Francia, sino como heroína de la fe. Fue canonizada por sus virtudes; por su intensa fe, por su religiosidad plena, por su entrega a la voluntad de Dios y por su cristiana aceptación de una muerte injusta, en la que demostró su paciencia y fortaleza”. (José Luis Repetto, Nuevo Año Crisiano-director: José A. Martínez Puche- Edibesa, 2001 p.538). En consecuencia, su lucha militar en la guerra queda justificada por el convencimiento, universalmente aceptado, de la guerra justa: se puede lícitamente repeler por la fuerza a quien por la fuerza y contra derecho ataca a una persona o a un pueblo.

Para La Crítica


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