Santiago de Cuba. Sobre el llegar a merecer y reconocer las honras. (y 2) Dudosas condecoraciones en Santiago de Cuba

Algo tendrá el agua cuando la bendicen

Hasta aquí las previas disposiciones, principalmente achacables al Capitán General Ramón Blanco y al Contralmirante Cervera. Veamos ahora las de directa responsabilidad del Teniente General Arsenio Linares durante el desarrollo de los combates.

Los Generales Blanco y Parrado en Filipinas. Teniente General Linares

Producidos los primeros desembarcos, Blanco mandó a su Jefe de Estado Mayor, el Teniente General Pando, a Usa, ¿a negociar?

Los desembarcos, además de en la boca de la estratégica bahía de Guantánamo, se produjeron en Daiquiri (el escalón de asalto, fundamentalmente mambises) y Siboney (el grueso, aprovechando el no volado embarcadero de mineral; recordemos lo que Auñón relata de la negativa de Linares a volar los muelles, así como del temprano aviso del desembarco por la célula de espionaje española en Canadá). Tales operaciones anfibias lo fueron prácticamente sin oposición y sin haber destruido las infraestructuras que facilitaron la llegada a tierra de hombres y, sobre todo, material; y todo ello en medio de un caos organizativo yanqui que hubiera permitido echarles al mar con facilidad. Al respecto, citaré solo los comentarios de dos participantes en la mesa redonda que el Instituto de Historia y Cultura Naval realizó recientemente con ocasión del 125 Aniversario del Desastre (Cavite y Santiago): el Capitán de Navío Blanco Núñez (retirado) dijo que fueron unos “desembarcos administrativos” (sin ninguna oposición) y que Linares fue el culpable de ello, por desconocimiento culpable o por no estar bien asesorado (a pesar de contar con Cervera), mientras que D. Guillermo Calleja Leal, Vocal de la Comisión Española de Historia Militar, dijo que fueron los más caóticos que conoce de toda la historia. Se repetía aqui lo sucedido en Cavite, donde el Capitán de Navío Sostoa rindió el arsenal y, además, la plaza fuerte, permitiendo que 250 exiguos ‘marines’ ocuparan esa cabeza de puente de desembarco con toda paz frente a 2.500 soldados españoles fortificados, armados y fogeados (Sostoa llegaría a Vicealmirante).

En Cuba luego se les dejó avanzar con poca oposición hasta San Juan y El Caney. Recordemos nuevamente que, en 1741 y en ese trayecto, el Almirante Vernon, tras su derrota en Cartagena de Indias y contando aún con un importante ejército anglo-norteamericano, fue frenado por las escasas milicias, el clima y las enfermedades tropicales, teniendo que reembarcar con el rabo entre las piernas.

Desembarco yanqui.

Incluso el muy correcto políticamente, y nada revisionista, Coronel Fernando Puell de la Villa escribió en su biografía de Linares que: “la decisión (del Jefe del IV C.E.) de replegar las guarniciones costeras y abandonar las ventajosas posiciones que impedían penetrar hacia el interior … (y) concentrar en Santiago las tropas de la llamada zona minera, permitió que Shafter estableciera su campamento al Oeste de Sevilla, a menos de diez kilómetros de la ciudad (de Santiago)”.

Responsabilidad directa de Linares fue no asegurar la eficaz intervención de la División de Guantánamo en su zona de acción, impidiendo y rechazando el desembarco y, además, su refuerzo de Santiago. Por supuesto, también la de Santiago, pues relegó al General de División José María Toral y Velázquez, su jefe, a mero comandante del campo atrincherado perimetral, ejerciendo él directamente el mando de las operaciones. Generalmente se ha venido aceptando que Linares era un general de coraje, pero escasamente táctico, pero mi opinión es justamente al revés, que era un militar bastante “palaciego” que procedía estratégicamente, obediente a los planes de Madrid, quizá por lo cual fue propuesto para Cruz Laureada.

El 1 de julio, el Cuerpo Expedicionario useño llegó a 6 km de Santiago, en las proximidades de Las Lomas de San Juan y el poblado llamado El Caney. El General Linares había colocado más fuerzas en la defensa de Santiago frente a los mambises (al Norte y al Oeste) y en la bocana del puerto (incluso con artillería de campaña de 150 mm, cosa que no tenían nuestros enemigos), repartiendo los “trozos de desembarco” navales, armados con ametralladoras y cañones de acompañamiento (pocos o muchos), en ese despliegue. A los infantes norteamericanos les opuso una defensa meramente estática con tres posiciones: 350 hombres en Las Lomas (paso obligado a Santiago), 550 en El Caney -al Norte-, y 400 en la orilla del Río Aguadores -al Sur-; nótese que en el previsible esfuerzo principal americano es donde había menos fuerzas, que además se habían reunido recientemente, eran procedentes de distintas unidades y estaban mandadas por el Coronel Baquero, quien estaba destinado en la División de Guantánamo. Dispuso una débil posición 800 m a retaguardia de Las Lomas (un batallón, incluidas todas las reservas), con vértice en el Fuerte Canosa, donde Linares estableció su puesto de mando (relegando, repito, al General Toral, jefe de la División de Santiago), con dos escuadrones de caballería algo retrasados. No había pues previsto ningún contraataque de conjunto ni fuerzas organizadas que pudiera haber sido empleadas en él.

Ametralladoras y cañones de desembarco

Los apenas 1.000 hombres de Las Lomas-Caney en aguantaron durante 12 horas el ataque de un enemigo casi 20 veces superior, con un 50% de muertos, y sin que se quebrara totalmente la línea.

Pero, se habían producido unos acontecimientos llamativos. Tras la caída de Las Lomas, el General Linares fue herido en el antebrazo izquierdo en La Canosa al final de la jornada y resignó el mando en el General Toral, el Jefe de la División de Santiago. Entonces fue cuando el Capitán de Navío Bustamante, con la pequeña parte de marinería que estaba directamente a sus órdenes (unos 40 hombres según el “Artillero Benítez”, precisamente del Mercedes y algún cazatorpedero, de los que solo quedaron 10 ilesos), tomó la iniciativa de hacer el contraataque ‘suicida’ en el que resultaría mortalmente herido, pero que fijaría definitivamente al enemigo.

Shafter pidió permiso a su Presidente para retirarse ante tal resistencia, sus bajas de combate y los muy numerosos enfermos que ya había en sus filas (no le fue concedido; múltiples oficiales lo pedirían luego por escrito, mediante la famosa Round Robin Letter, en un estado de casi insubordinación) [1] . Por el contrario, inexplicablemente, el Capitán General ordenó terminantemente salir la Escuadra del puerto, embarcando los “trozos de desembarco” con su armamento. Consecuencia de la buscadamente suicida salida de los barcos (de día, con grandes intervalos entre barcos, los destructores los últimos, etc), la Escuadra prácticamente se autohundió [2], embarrancando y rindiéndose “para salvar las tripulaciones”, ofreciendo los barcos encallados un blanco inmejorable a la artillería enemiga.

La “oportuna” herida de Linares, grave según el parte médico inicial, fue curada en el hospital e inmediatamente convaleció en su casa. Prueba de que no debió ser tan ‘grave’ es que le permitió, sin reclamar para sí el mando, opinar e influir en Toral, llegando a escribir el famoso telegrama al Capitán General Blanco en el que decía que “Santiago no es Gerona”, y solicitaba autorización para la capitulación, terminándolo textualmente así: “si es necesario que se llegue al sacrificio, que vayamos a donde yo desconozco, o hace falta que alguien asuma la responsabilidad del desenlace previsto y anunciado por mí (¿les suena el planteamiento?) en distintos telegramas, yo me ofrezco lealmente en aras de la Patria, a lo uno y a lo otro, y me encargaré del mando para el acto de suscribir la rendición (cosa que no hizo, por supuesto)”. Todo ello dibuja una estampa de Linares muy distinta de la que ha llegado hasta nosotros. Es más, su herida fue calificada por el cronista cubano Emilio Bacardí Moreau, oriundo de Santiago, como “menos grave” (Crónicas de Santiago de Cuba, Tomo X, página 17, 1908: “acerca de ella circularon rumores, nada favorables para él, que nosotros no hemos podido comprobar), insinuando quizá la autolesión.

El Puerto de Santiago y el bloqueo.

Pero Blanco no solo no reparó en las circunstancias de la herida y la impertinencia de su telegrama, ni aceptó o impuso tomar el mando, sino que retransmitió el mensaje al Ministro de la Guerra, General Correa. El telegrama trascendió hasta las trincheras españolas, desmoralizándolas, y también, sin duda, al enemigo, vía la censura inglesa del cable submarino que pasaba por Jamaica. Y, como remate, Blanco, ese mismo día 12 de julio, ordenó a Toral, quien no quería rendirse y había ordenado al General Félix Pareja Mesa que le socorriese con sus fuerzas (cosa que no hizo escusándose en el enemigo mambí), iniciar el preceptivo juicio contradictorio para la concesión a Linares de la Cruz Laureada de San Fernando, a quien el Gobierno le concedió el día 20 una segunda Gran Cruz de María Cristina por la desastrosa defensa de Santiago. Mientras, el 13 de julio, el Capitán General autorizó a Toral a firmar la capitulación de su división.

Toral fue objeto en la Península de las iras de un pueblo convenientemente desinformado por la prensa del Gobierno, el cual había suspendido las Cortes y declarado estados de sitio y de guerra en diversos lugares; y fue acusado de la rendición de Santiago, sin que ni Blanco ni Linares movieran un dedo en su favor. Absuelto el 9 de agosto de 1899, con 67 años, pidió y se le concedieron dos meses de licencia en Murcia. Algo no explicado debió pasar luego, pues en 1904 murió en el Hospital Militar Gómez Ulla de Madrid, donde había sido internado como loco.

El capitán del Colón dijo a la prensa yanqui que no quiso escapar.
Toral murió en un manicomio el 10-VII-1904, mientras Linares, el que dijo “Santiago no es Gerona”, era Ministro de la Guerra por 3ª vez.. Dice el periódico: “Todo estaba pactado con el Gobierno yanqui … horrenda comedia”

A Linares finalmente no se le concedió la “Cruz Laureada”, sino la “Sencilla de San Fernando”, pues en 1901 los fiscales del Consejo Supremo de Guerra y Marina no observaron conducta heroica en su comportamiento en Santiago; hubiera sido muy descarado lo contrario. Pero hizo una carrera impresionante: Teniente General del Ejército, Ministro de la Guerra en cuatro ocasiones (1900, 1902, 1903-1904 y 1907-1909; con Silvela y Maura), Consejero de Estado y Senador Vitalicio. Luque y Coca, el que negó la pensión a los tenientes de Baler, también fue Teniente General, cinco veces Ministro del Ejército con los progresistas (1905, 1906 y 1909 con el incombustible Moret, 1911 con Canalejas y en 1912 con Romanones), siendo también senador vitalicio. Esa última distinción también la disfrutaron, llamativamente, los significados Ramón Blanco, Pascual Cervera, Víctor María Concas y Palau, y Emilio Díaz Moreu. Desde luego la Monarquía y el Régimen tuvieron muy claro a quien premiar … y castigar.

¿Aprenderemos alguna vez de La Historia o seguiremos dejándonos arrastrar por los aprendices de mago de La Revolución, o de sus ambiciones y negligencias?

En julio de 2024 se cumplirán 126 años de aquellas vergonzosas tragedias. Recemos por los que pagaron con su vida las mismas y porque no se repitan en nuestros días, como es muy posible que suceda. Trabajemos para que no se cumpla en el futuro la sentencia del Eclesiastés: Lo que pasó, eso pasará; lo que sucedió, eso sucederá: nada hay nuevo bajo el Sol (Ec 1:9).

Parte 1

Basado en un trabajo publicado en la revista ARES-BÉLICA nº 95 y luego parcialmente como anexo en “Luz sobre la Guerra”


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