Se disparan los suicidios en la policía francesa

La tasa de suicidios en la policía francesa se ha disparado. Políticos y mandos superiores aducen excusas que ya nadie cree. ¿La realidad? La falta de respaldo para el cumpliento de su deber y la pérdida de autoridad consiguiente ante los delincuentes.

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En cuanto el número de suicidios entre los policías franceses alcanzó niveles récord (el año pasado 66 agentes se suicidaron), los medios de comunicación y los políticos proporcionaron rápidamente varias explicaciones: estrés relacionado con el trabajo, una carga de trabajo demasiado grande, pocos psicólogos durante la formación policial y en las comisarías, problemas familiares, poco tiempo dedicado a la vida privada y similares.

Pero nosotros hemos registrado casi un centenar de incidentes en los que la policía fue atacada.

  • Dos policías de patrulla. Ven a alguien que levanta sus sospechas. Quieren detenerlo, pero cuando van a por él, el hombre saca una espada japonesa. Completa sorpresa. Consternación. Los oficiales le piden que se rinda, el hombre se niega y está a punto de atacarlos. Uno de los policías logra neutralizar al atacante con gases lacrimógenos, y por fin logran detenerle.
  • La policía está revisando a un motorista. Un procedimiento habitual. Sin embargo, de repente, los agentes se encuentran rodeados por una pandilla que les arroja piedras y botellas. El gas lacrimógeno y otros medios usuales de defensa no fueron suficientes; los atacantes continuaron el ataque hiriendo a los agentes, que salvaron su vida sólo por la rápida llegada de los refuerzos.
    Champigny-sur-Marne, 00:30 horas. Ataque ya habitual a la comisaría de policía por unos cincuenta individuos, con cócteles Molotov y automóviles incendiados. Se piden refuerzos. Se usa gas lacrimógeno. Tres personas son arrestadas.

Estos son sólo tres de más de cien casos similares, que ilustran la cantidad de presión bajo la la que policía francesa trabaja, así como la falta de respeto que ella y el estado francés y sus representantes imponen.

Los agentes de la ley no se sienten seguros ni siquiera dentro de las paredes de sus comisarías que ahora se ubican en muchos lugares del país en «territorio hostil». Los agentes tiene que desempeñar su trabajo a la desesperada entre lo que se permite para su defensa propia y lo que no, mientras se exponen a ataques brutales e inesperados todos los días. Por ello, se ven empujados al límite de su resistencia psicológica. Si se supera dicho límite, algunos de ellos deciden poner fin a sus vidas.

En Europa, en medio de la sarta de derechos humanos, los policías son el hazmerreír.

Se supone que deben manejar, controlar o, si es necesario, dominar a las personas que hacen alarde de una conducta antisocial, pero siempre sin sobrepasar el límite de lo que la ley les permite. Por ello, los policías exponen sus vidas y su salud, corriendo el riesgo de ser golpeados o incluso asesinados. Mientras se encuentran bajo amenaza continua, los agentes deben pensarlo dos veces antes de usar sus armas de fuego, ya que saben que si las usan, son blanco de las medidas coercitivas de sus superiores y de los tribunales.

La frustración se genera debido a la constante sensación de impotencia para cumplir con su deber. También surge de la sensación de tener a todo el sistema legal en su contra. Para los más débiles psicológicamente, la única salida es, muchas veces, poner fin a sus vidas. Todos lo sabemos de hecho o intuimos instintivamente. ¿Por qué los medios y los políticos, las propias autoridades policiales intentan cerrarnos los ojos a tal realidad? ¿Más psicólogos, más tiempo libre, menos estrés? Los policías, hace treinta o más años, no tenían todas esas comodidades y se desempeñaron perfectamente su cometido sin tener la tentación de suicidarse.

Además, ¿cómo puede un oficial de policía necesitar un psicólogo y al mismo tiempo sentirse con la capacidad de enfrentarse a los delincuentes? Los malhechores no consultan a los psicólogos nunca, ni tienen problema psicológico a la hora de atacar a los demás. Las élites francesas educadas en institutos tan prestigiosos como la École nationale d’administration no comprenden lo que está sucediendo a su alrededor. Envían a sus fuerzas de seguridad a Mali en un intento por restablecer la ley y el orden en un país mucho más grande que el suyo, mientras que las fuerzas de seguridad en su país pierden terreno. La decadencia francesa viene de hace tiempo y no hay ninguna posibilidad de que el presidente Macron y sus ministros tengan intención de adoptar medidas para revertir tal tendencia. A medida que los gendarmes franceses sigan perdiendo autoridad, el estado francés se irá disolviendo hasta poder quedar en la nada.

 

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