Sentido cristiano del Estado

El Estado es una consecuencia de la propia naturaleza humana, es, además, una sociedad necesaria para la propia vida humana para regular la unidad y el orden entre los hombres. La familia, que es la fuente de vida, y el Estado, como garante del derecho son los dos pilares de la sociedad[1], y que permiten su desarrollo y expansión en busca de la vida virtuosa al a que Dios nos ha llamado

El Estado tiene su origen en el orden de Dios Creador[2], que así lo ha establecido, por lo cual, forma parte del derecho natural; y su fin no es otro que el de servir a la persona humana, y a su desarrollo según los planes de Dios.

Como el Estado, por tanto el poder político, viene de Dios, porque así lo ha establecido el Creador, tiene la obligación de conseguir el bienestar físico, intelectual y moral de la persona humana, así como, también, conseguir que alcance su fin sobrenatural. El Estado, pues, es un medio y no un fin en sí mismo. El Estado es para el hombre y no el hombre para el Estado.

El Estado no puede absorber ni suplantar a la sociedad ni a la persona. El modo como ordinariamente contribuya a los fines de la persona es a través de la comunidad, sirviendo al bien común. Puede decirse que el fin del Estado es, a la vez, la persona individual y la colectiva. Su autoridad debe ponerse a un tiempo al servicio de la sociedad y al del individuo. La función del Estado consiste en favorecer, ayudar, promover la cooperación activa de sus miembros en orden al bien de la comunidad[3]. Toda su actividad está presidida por este designio: la realización permanente del bien común en la sociedad, mirando siempre a la persona.

El bien común es el sistema de aquellas condiciones externas necesarias al conjunto de los ciudadanos para el desarrollo de su vida, tanto económica, profesional, intelectual y religiosa, en tanto en cuanto no basten o no alcancen a conseguirlas las energías de la familia y los esfuerzos de otras sociedades a las que corresponde una precedencia “natural” sobre el Estado y en cuanto no correspondan a la Iglesia, sociedad universal que por la voluntad de Dios está al servicio de la persona humana, y singularmente de sus fines religiosos.

El Estado, por tanto, no puede tener una omnipresencia autoritaria en aquellos ámbitos de la comunidad que requieran su legítima autonomía[4]. Su misión está en coordinar u orientar los esfuerzos de todos al fin común superior.

En resumen, la misión del Estado, el bien común de orden temporal, consiste en una paz y seguridad de las cuales puedan disfrutar las familias y los individuos en el libre ejercicio de sus derechos; y en la mayor abundancia de bienes espirituales y temporales que sea posible. La función de autoridad política del Estado es garantizar y promover, pero nunca absorber a la familia y al individuo o suplantarlos.

Podemos comprobar como lo anterior es lo opuesto a la acción política del Estado actual, que ha suplantado a la familia y al individuo. Ha ido contra la misma ley natural destruyendo la familia y el propio sentido de ser humano como hombre y mujer. Y la Iglesia, sometida al poder del Estado, colabora, sin efectiva oposición, a la desnaturalización de la familia y corrupción del ser humano.

Es incompatible con este concepto cristiano de la misión del Estado cualquier suerte de totalitarismo o estatolatría  que diviniza la Estado considerándole un fin en sí mismo, al que hay que subordinarlo todo y como suprema norma, fuente y origen de todos los derechos[5].

No hay que decir que se desvía igualmente del pensamiento católico la tesis comunista, según la cual el Estado y su poder ni son sino el medio, el instrumento eficaz y más universal para conseguir el objetivo comunista de la subversión social.

[1]“ […] las dos columnas principales del armazón de la sociedad humana, tal como ha sido concebida por Dios: la familia y el Estado…, la familia como fuente y escuela de vida; el Estado, como tutor del derecho.” La Elevatezza. La supranacionalidad de la Iglesia y la restauración del mundo [17]. Alocución consistorial de 20 de febrero de 1946. Pío XII.
[2] “[…] es necesario que el Estado, por el mero hecho de ser sociedad, reconozca a Dios como Padre y autor y reverencie y adore su poder y su dominio.” Libertas Praestantissimum [16]. León XIII.
“[…] el Estado tiene su origen en el Creador.” Divini Redemptoris [32]. Pío XI.
[3]“ […] después de Dios, el bien común es la primera y última ley de la sociedad humana.” Au milieu Des Sollitudes [23]. León XIII.
[…] el bien común de la sociedad es superior a cualquier otro interés, porque es el principio creador, es el elemento conservador de la sociedad humana.” Notre Consolation [11]. León XIII.
[4] […] su misión [del Estado] no es, en principio, la de asumir directamente las funciones económicas, culturales y sociales que pertenecen a otra competencia. Su misión es más bien la de asegurar la verdadera independencia de su autoridad, de forma que pueda otorgar a todo cuanto en el país  represente un poder efectivo y valioso una justa parte de responsabilidad, sin peligro para su propiai misión de coordinar y de orientar todos los esfuerzos hacia un fin común superior.” Crisis de poder y crisis de civismo. Carta dirigida al presidente de las Semanas Sociales de los católicos franceses. 14 de julio de 1954. [15]. Pio XII.
[5] Doctrina errónea del Estado:
 ”[…]separar el poder político de toda relación con Dios”. Summi Pontificatus [39]. Pío XII.
 “El Estado, por ser fuente y origen de todos los derechos goza de un derecho totalmente ilimitado”. Syllabus [39]. Pío IX.

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