Ser católicos coherentes hasta el extremo

De la homilía del reverendo Dom Jean Pateau, abad de Nuestra Señora de Fontgombault

Las fórmulas del Credo, tomadas de los concilios de Nicea y Constantinopla, son claras. En lo que se refiere al Hijo de Dios, a la Palabra del Padre, a la Palabra de Dios, creemos que Él es Dios, al igual que el Padre es Dios, luz como el Padre es luz, Dios verdadero como el Padre es Dios verdadero. Esto se expresa con la palabra consubstancial con el Padre. (…) La única oposición que permanece entre el Padre y el Hijo es entre el hecho de engendrar, propio del Padre, y el hecho de ser engendrado, propio del Hijo. Son un único Dios.

En cuanto a la Encarnación, la Iglesia profesa que, por nosotros los hombres y por nuestra salvación, el Hijo de Dios descendió de los cielos y se encarnó y se hizo hombre. La Palabra de Dios, Dios verdadero desde toda la eternidad, asume en el tiempo apropiado la naturaleza humana, se vuelve encarnado.

Si la fe católica fue puesta en duda durante los primeros siglos de la Iglesia, hoy es cierto lo mismo. Y, si no se pone en duda la fe, es peor porque simplemente se la ignora. A los cristianos les gusta describirse como hombres buenos, misericordiosos, caritativos. Lejos de nosotros afirmar que un cristiano no debería tener estas cualidades. Sin embargo, tenemos que recordar que no son específicamente cristianas. Todos los hombres están llamados a hacer el bien y evitar el mal.

Un cristiano es un discípulo de Cristo. Cree que Jesús es Cristo, el Hijo encarnado de Dios, Dios Él mismo, que murió y resucitó para nuestra salvación. La fe en Cristo: esa es nuestra marca distintiva. Un fiel es el que tiene fe. Compartimos esta fe con los primeros cristianos. Esta fe no ha cambiado, no puede cambiar. En el culmen de las persecuciones, nuestros hermanos en la fe escribían antes de morir, en la arena de los circos o en los muros de sus prisiones, la palabra ichtus, formada con las iniciales de las palabras que en griego significan “Jesucristo, Hijo de Dios, Salvador”, o también un pez estilizado, pues ichtus en griego significa “pez”. Nosotros podríamos escribir lo mismo.

Tantos de nuestros contemporáneos se ven desplazados de un hecho presente a otro, que instantáneamente deja de ser presente, se desgastan en noticias tras noticias que se desvanecen. El hecho de verdad, la noticia verdadera es esta generación del Verbo en el seno de la Trinidad, un regalo infinito, totalmente entregado y perfectamente recibido. El hecho de verdad, la noticia verdadera es el amor de Dios por su criatura. ¿No debería confortarnos oír que “después de haber hablado a nuestros padres por los profetas, Dios nos ha hablado por medio de su Hijo”?

Sin embargo, la afirmación del evangelio, “vino a los suyos y los suyos no le recibieron”, lo hace más trágico. El amor no es amado. Ciertamente, la tierra y la creación son suyas. Y, si son también nuestras, es porque son, primero y ante todo, suyas. Es ilusorio intentar un diálogo con el medio ambiente si ignoramos a Dios. ¿No es Dios el que, en su amor y sabiduría, ha establecido las reglas para las relaciones entre los variados seres de la creación? ¿Cómo podemos desdeñar estas reglas?

Verbum caro factum est. El Verbo se hizo carne: amor supremo por su creación y por el cuerpo de su criatura, supremo vaciarse, suprema humildad, para hacer al hombre partícipe de su divinidad. Dios se pone nuestra carne, se hace a sí mismo Emmanuel, Dios con nosotros.

El hombre es ajeno a Dios y, como para ocupar un lugar que parece vacío, se pone a sí mismo como Dios. Suprema soberbia, supremo desprecio por el amor y la sabiduría de su hacedor, revisa la creación y reclama darle forma a su antojo. La dictadura de los falsos dioses se hace más opresiva cada día. La justicia entre los hombres y el respeto por la libertad de todos reclaman de reconozcamos la verdad de lo que es el hombre y aceptar el plan divino.

¿Qué podemos hacer, con lo difícil que resulta nuestra peregrinación?

Hoy Jesús se hace también peregrino. Dios está con nosotros. Caminemos a su lado. Para levantarnos ante una sociedad que está preocupada exclusivamente con la violencia o con lo que afecta a sus intereses económicos, es urgente que los cristianos se unan y adquieran formación. Tienen que conocer y aceptar los dogmas de su fe. No permitamos que Cristo y su mensaje sean caricaturizados.

¿Es el Niño del pesebre una simple figurita de escayola que sacamos cada año de su caja o es el que ha marcado mi vida entera, hasta el punto de que ahora extiende su luz y su mensaje? ¿Merece Cristo ser conocido y proclamado? Es nuestro deber proclamar al que la mayoría de los medios siguen ignorando y lo haremos estando presentes en varios foros de expresión, al ayudar a los medios cristianos.

Nos enfrentamos a un vacío abismal.

Lo que les falta a demasiados cristianos hoy es precisamente lo que le faltaba al joven rico: la llama de la fe, que nos permite vivir el día entero con Cristo. El regalo radical de Dios reclama el regalo radical del hombre: ¡”Dios o nada”!

Si el mundo se vuelve más violento día tras día, si se multiplican las situaciones de odio, es porque el mundo ha decidido que no hay nada más allá de sí mismo. Lo único que le falta es aceptar el amor y la paz de su Dios, que hoy toma los rasgos de un niño. Mientras la noche es oscura, el cristiano es un vigía, cuya misión es abrir el sendero de la esperanza a sus hermanos.

Para Adelantelafe


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