Ser o no ser católico de verdad y no unos hipócritas y fariseos.

Muchos son los problemas, los defectos y los retos que afectan a los católicos de hoy en día. Pero entre ellos hay uno que nos llama la atención poderosamente: la incoherencia…

Compartir
mm

Muchos son los problemas, los defectos y los retos que afectan a los católicos de hoy en día. Pero entre ellos hay uno que nos llama la atención poderosamente: la incoherencia. Y esa falta nos está destruyendo.

 

El católico de hoy en día, dejándose llevar por el mundo que le rodea, especialmente por el materialismo y el relativismo imperantes que todo lo anegan, ha fabricado un catolicismo tan ligero, tan suave, tan afeminado, tan pasivo, que ha llegado a ser esquizofrénico. El católico de hoy en día dice creer, dice serlo, acude a Misa los Domingos y fiestas de guardar –en el mejor de los casos–, pero no vive las veinticuatro horas del día como católico. Se conforma con lo antes dicho y con ello cree que cumple, que es católico. Pues bien, en absoluto; todo lo contrario, porque un catolicismo blandengue, débil, pusilánime, en una palabra, tibio, es todo lo contrario de ser católico, es lo opuesto a lo que predicó con la palabra y el ejemplo Nuestro Señor, es antagónico con lo practicado por santos y más aún por los mártires de todas las épocas.

 

Que en ello tiene mucho que ver la mayoría del clero que sufrimos, sin duda, pero eso no es ni excusa ni razón que justifique la poca, casi nula, catolicidad del católico de hoy en día. Aún mejor, precisamente por ese clero en buena medida mediocre, perezoso, mundanizado e incoherente que cual flagelo de nuestras almas tenemos que contemplar día sí y día también, es por lo que los fieles debemos sacudirnos la costra de aburguesamiento que nos paraliza y lanzarnos adelante para reconducir la penosa situación actual de nuestras almas y de nuestra Fe. El católico de hoy en día debe despertar de su letargo, que además le lleva a la perdición, que nadie se engañe, y ponerse en movimiento. Debe convertirse en el «cliente» exigente de ese clero que está a su servicio y al que debe vigilar y requerir, por las buenas o por las malas, que cambie de tónica, que mude de vida, que predique el Evangelio, TODO el Evangelio, o que se vuelva por donde vino. De otra forma seremos cómplices de lo que ocurre y de lo que sin duda, de acuerdo a lo que dice el Evangelio, ocurrirá, es decir, el llanto y el rechinar de dientes.

 

Lo primero que tiene que hacer el católico es impulsar en sí mismo una vida de oración intensa; señoras y señores, no basta con el mínimo del mínimo, son momentos recios, no basta con la «misita» del Domingo oída como el que oye llover o perdida entre el chirriar de las guitarritas y los tambores. No es suficiente con confensarse una vez cada… ni se acuerdan la mayoría ¿verdad? No basta, no. No se engañen a ustedes mismos.

 

El Santo Sacrificio de la Misa es la raíz, el motor, la base de la espiritualidad del católico. Hay que asistir a ella DIARIAMENTE; sí, lo repetimos: DIARIAMENTE. Déjense de excusas, de cansancios, de ocupaciones; no las hay siquiera mínimas para no asistir todos los días a la Santa Misa. Pero eso sí, hay que asistir a ella en condiciones: hay que llegar al menos quince minutos antes de que comience para poder prepararnos, «entrar en situación» y ofrecerla como adoración, en acción de gracias, por el perdón de nuestros pecados y penas acumuladas por ellos y en ruego de las necesidades espirituales y materiales que más y mejor consideremos; hay que conocer lo que son –no lo que significan, pues SON–  cada una de sus partes, las cuales hay que seguir con fruinción; nada nos puede distraer. Y hay que estar en gracia de Dios, sin pecado mortal, y comulgar; nada más penoso que estar en pecado mortal y nada peor que, estando, no salir de él confesándonos y así poder comulgar. La Santa Misa es, queridos amigos, la solución de todos nuestros males, es la medicina que nos hará enfrentarnos a la bonanza y a la adversidad con fe, esperanza, entereza, firmeza y valentía. El Santo Sacrificio de la Misa –nada de «asamblea», ni «mesa», ni «banquete»— es el tesoro más valioso que Nuestro Señor nos dejó para caminar por este valle de lágrimas.

 

Hay que rezar el Santo Rosario DIARIAMENTE –sólo o en familia o en grupo–, sí, sí y sí, DIARIAMENTE; sin él es imposible sostener una vida espiritual eficaz y consistente. El Santo Rosario es el arma definitiva que Dios nos ha dado, por intercesión de Nuestra Santísima Madre, para luchar contra todo tipo de tentaciones, contra la desesperanza, el cansancio, la cobardía y la adversidad. Rezar el Santo Rosario, se sea mujer u hombre; fuera ya esos complejos. El Santo Rosario rezado con hombría, sin complejos, especialmente en familia, en el matrimonio, con los hijos pequeños o ya mayores. El Santo Rosario es un canto a Nuestra Madre que nos devuelve en miles de gracias cada Ave María que le ofrecemos.

 

Y, por último, hay que adorar al Santísimo MENSUALMENTE, pero mucho mejor SEMANALMENTE y, a ser posible por la noche, durante el silencio nocturno, superando el sueño, como tantas veces nos enseña el Evangelio que hizo Nuestro Señor, Él, que era Dios, siendo también hombre adoraba al Padre por la noche, en el silencio y la soledad, que es donde está Dios.

 

Por supuesto, hay que rezar al levantarnos, el Ángelus al mediodía y al acostarnos, y hay que encomendar todo lo que hagamos cada minuto de nuestra vida terrenal a la Divina Providencia.

 

¿Mucho? Pues si piensan que sí, aún les decimos que NO, que nunca es suficiente si queremos no terminar arrastrados por este maremoto de iniquidad que nos envuelve.

 

Conforme lo anterior vaya haciendo sus efectos, iremos siendo capaces, ayudados por lecturas de vidas de santos y libros espirituales FIABLES, ojo al parche, de imprimir coherencia en nuestras vidas, de vivir como creemos, de librarnos de la esquizofrenía de pensar una cosa y hacer la contraria, de no dar un paso que no sea conforme a nuestra Fe; así, llegaremos a romper el respeto humano, el miedo, la cobardía, el qué dirán, y seremos capaces de dar testimonio con nuestro ejemplo y con nuestras palabras en nuestra familia, en nuestro trabajo, en la calle y en cualquier circunstancia de nuestra existencia. Así, y no de otra forma, seremos capaces de transformar, con la ayuda de Dios, esta sociedad decadente, corrupta y corruptora, degenerada, de la que tanto nos quejamos, pero a la que nuestra incoherencia católica de hoy en día nos impide darle la vuelta. Sólo así, lograremos impregnarla de catolicismo, lograremos expulsar de nuestra patria a los sin-Dios, y hacer de ella ese pequeño paraiso terrenal que tanto deseamos. Primero en nuestro interior para, a continuación, sin sucesión de continuidad, exportarlo al exterior, a todo lo que nos rodea. Volver a Dios o definitivamente perdernos, no hay otras alternativas.

 

Por eso, sólo así, siendo católicos a machamartillo, radicales, sí, radicales, como radical es el Evangelio «O conmigo o contra Mí», como los de hace décadas, si se quiere integristas, por qué no, rígidos, pues claro, porque el que cede un poco al final lo cede todo, como nunca debimos dejar de serlo, como debemos serlo mañana también, porque sólo así, repetimos, no sólo obtendremos los beneficios que nos están prometidos –de otra forma nunca los alcanzaremos–, sino que además lograremos mejorar este perro mundo que nos rodea.

 

Nada de medias tintas, nada de tibiezas, nada de cobardías, ni un paso atrás, siempre adelante, en tensión, primero no pecando jamás, jamás, jamás, mucho menos mortalmente, luego la oración: Misa y Rosario diario y Adoración semanal; a continuación valentía, hombría –también las mujeres, eh– y coherencia, hay que acabar con este liberalismo, con ese «peperismo» repugnante, vidrioso, afeminado, cínico, hipócrita, traidor, que declarándose católico, vive cual los paganos; e incluso peor que ellos, porque al menos éstos no mienten.

 

Seamos coherentes: hagamos, actuemos, vivamos de acuerdo a lo que creemos, a nuestra Fe que es, además, la única verdadera; si no creemos realmente, si tenemos miedo a creer, al menos ni mintamos ni nos mintamos y dejemos de hacer el paripé, no seamos hipócritas ni fariseos.

 

Compartir

One thought on “Ser o no ser católico de verdad y no unos hipócritas y fariseos.”

Deja un comentario

Su dirección de correo nunca será publicada. Si la indica, podremos contestarle en privado en caso de considerarlo oportuno.*