¿Sexualización? NO, es perversión de la sociedad.

Vaya por delante que la palabrita ahora tan en boga «sexualización» no nos gusta en absoluto. Según el diccionario significa «Conferir carácter o significado sexual a algo»…

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Portada de ABC del 20.11.2017. Obsérvese el anuncio insertado en ella.

Vaya por delante que la palabrita ahora tan en boga «sexualización» no nos gusta en absoluto. Según el diccionario significa «Conferir carácter o significado sexual a algo». Y no nos gusta porque dulcifica, rebaja, esconde, hace aceptable al oído la terrible carga de profundidad que lleva dentro. La palabra justa y exacta, por desgracia, es perversión, que significa «Viciar con malas doctrinas o ejemplos las costumbres, la fe, el gusto, etc.», es decir, degenerar, depravar.

 

Vivimos dentro de ese tiránico y terrible orden mundial que poco a poco se nos va imponiendo, una de cuyas herramientas más peligrosas, eficaces y destructivas consiste no en sexualizar nuestra vida, como algunos dicen blandamente, sino en pervertir, depravar y degenerar a la sociedad haciéndola esclava de sus más bajos y animales instintos que son los de la carne incontrolados.

 

No vamos aquí a recordar lo que sobre tal aspecto de la vida de los seres humanos dice desde siempre la doctrina de la Iglesia, pues es de sobra conocido por creyentes y no creyentes; sólo recoger el detalle de que Nuestra Madre Santísima mostró a los pastorcillos de Fátima la cruda realidad de que la mayor parte de las almas condenadas para siempre en el infierno lo son por los pecados de la carne, es decir, del mal uso de la sexualidad.

 

Dicho lo anterior, de lo cual podríamos dar mil pruebas impresionantes, pero más que conocidas  –la foto que ilustra este artículo es más que llamativa por tratarse del ABC, periódico que tradicionalmente se las da de conservador, el mismo que distribuye Alfa y Omega, la revista oficial de la diócesis de Madrid–, nos centraremos en el grave problema que se plantea especialmente a los padres para combatir esa marea, ese maremoto, ese huracán, ese terrible monstruo destructor que nos invade, nos bombardea, nos rodea, nos envuelve y nos sitia prácticamente cada segundo de nuestros días, mediante el cual quieren reducirnos a simples trozos de carne a la que hay que satisfacer por encima de cualquier clase de consideración; monstruo que no respeta ni edad, ni sexo, ni condición social.

 

Constantemente, especialmente a través de los medios de comunicación, de las artes y las ciencias, y más aún de la televisión –herramienta principal incluso en los programas calificados como «infantiles», para cuya derrota lo único y mejor es no verla–, se nos incita de forma directa –cada día más y más groseramente– o indirecta a la práctica desatada y bestial del sexo; y en esa ofensiva está también, por desgracia, una buena parte del clero mundial y español que pugna por rebajar, por quitar importancia, por perdonar sin más, por aplicar una especial «misericordia» y «discernimiento» a tales faltas.

 

Como en tantas otras cosas, el enemigo, que nunca es tonto, no sólo se aplica contra los adultos, sino que muy especialmente lo hace contra los inmaduros, contra los más indefensos que en este caso –como en otros–, es decir, contra los jóvenes, los adolescentes y no desperdicia oportunidad de hacerlo también con los niños desde su más tierna edad. Este monstruo voraz no respeta, ni va a respetar a nadie.

 

Para ello no sólo desarrolla, sino que impone, campañas que unas veces disfraza de «educación sexual» y otras de defensa de un pretendido «derecho a decidir» en materia sexual y no se sabe bien  en cuántas barbaridades, mentiras y eufemismos más. Por ejemplo con charlas, clases, conferencias, etc., sobre las masturbación, los métodos anticonceptivos, las más variopintas y degeneradas práctica sexuales, criticando el sentido del pudor, alentando a la sodomía y un largo etcétera que nos negamos a reflejar aquí; y qué decir de esa multitud de programas de televisión y de películas en las que no hay momento o fotograma que no incite a la imaginación o a la libido a traicionar a la razón para dejarse caer en brazos del desenfreno.

 

Pues bien, dado que la resistencia de la sociedad contra tales ataques viene siendo prácticamente cero, no queda otro remedio para lucha contra enemigo tan poderoso –dejando aparte la lucha individual que debe ser ante todo espiritual–, que, sobre todo los padres, den la cara directamente enfrentándose a directores de colegios, de institutos o de universidades, a asociaciones de vecinos, a alcaldías, a organizadores de eventos y a todo aquel que incluya en sus programas o actividades con derecho, que no es lo mismo que con razón, o sin derecho tales contenidos y expresiones.

 

Los padres deben defender con uñas y dientes su inviolable derecho a educar a sus hijos, parándole los pies a los Gobierno que tratan de suplantarles en tan vital asunto. Los padres deben exigir que se les informe sobre las actividades pedagógicas relacionadas con el sexo que se programan e imparten a sus hijos en las aulas o fuera de ellas. Los padres deben acudir al profesor y solicitar información detallada, sin dejarse engañar, o ir al director del centro, y preguntarles y exigirles ver el material didáctico que se piensa utilizar, saber quién dirigirá tal enseñanza y qué cualidades le avalan para ello, cuándo y qué tiempo se empleará, etc., llegando hasta el fondo, como por ejemplo saber si algunas charlas contarán con la presencia de sodomitas, personas con antecedentes policiales por abusos sexuales, etc.

 

En cualquiera de los casos los padres deberán hacer propuestas alternativas: exigir que dichas charlas las den personas cualificadas como sacerdotes, comadronas, consejeros matrimoniales adecuados, policías anti-vicio, ex-sodomitas, etc.; que se dé publicidad a los muchos programas alternativos que hoy también existen como por ejemplo Alive to the World, cuyo material está disponible en muchos idiomas.

 

Lo que no deben nunca hacer los padres, pero nunca porque estarán vulnerando sus más importantes responsabilidades para con sus hijos, es limitarse a aceptar, sin más, pasivamente, como algo imposible de evitar, todo lo que enseñe el centro. Siempre, los responsables de sus hijos son ellos, no el colegio.

 

Si, digamos que con lo anterior, es decir, por las buenas, no consiguen que les hagan caso, deben pasar a la acción, hacer ruido: organizar reuniones con otros padres para mostrarles lo que se pretende con sus hijos, hacer  públicos los contenidos en medios de comunicación o páginas web propias o de otros, organizar conferencias y también, sí, también, manifestaciones ante los organismos responsables y promotores sean gubernamentales, autonómicos o locales, las cuales, aunque no sean muy concurridas, siempre llamarán la atención de la escuela y de otros padres, incordiarán y molestarán a los impulsores de tales ataques contra el buen y normal desarrollo sexual de sus hijos, quienes poco a poco se lo irán pensando dos veces.

 

Eso sí, deben ser tenaces, constantes, perseverantes y tozudos, cabezotas, inasequibles al desaliento; son sus hijos y su futuro lo que está en juego. Es lo que se denomina resistencia cívica o pacífica. En otros países de nuestro entorno hay ya movimientos ciudadanos que no cejan en su empeño, tales como Manif pour tous en Francia o Demo für Alle en Alemania; en España también, que para eso somos europeos ¿verdad? como son HazteOir.org o CitizenGo.

 

Y, por desgracia, recuerden que en su lucha por sus hijos estarán, en muchas ocasiones más solos que la una, pues incluso del clero en general nada pueden esperar, aunque siempre les recibirán con buenas palabras y sus obispos de vez en cuando emitan algunas notitas públicas, en nada les ayudarán, tanto es así que en los colegios ligados o dependientes de la Iglesia muy poco o nada hacen ni harán para oponerse a tan insidioso enemigo, sino que siempre les dirán que tiene que ser ustedes, los padres, los que den la batalla porque ellos tienen… «las manos atadas»; nunca han amenazado con cerrar todos los colegios «católicos» ni cuando la educación para la ciudadanía, ni cuando han sido invadidos por este tipo de campañas de perversión, pues les es más importante «el concierto» y el llevarse bien con Méndez de Vigo, Cifuentes, Carmena, Puigdemont  –cuando ejercía– y todo ese atajo de… «políticos» que dar la cara por el Evangelio y por ustedes.

 

En todo caso: ánimo, valor, coraje y a por cualquiera que quiera sexualizar, o sea, pervertir y depravar, aún «legalmente» a sus hijos.

 

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One thought on “¿Sexualización? NO, es perversión de la sociedad.”

  1. ¡Muy bien!
    Un motivo más para no poner la X en la casillita de marras, esa que, tan graciosamente, sustituyó a la justa y obligada reparación, por parte del Estado, de las Desamortizaciones, Robos, Atropellos, Asesinatos, etc que propició en el pasado. Sustitución que propugnaron nuestros «pastores».
    Recordemos que muchos, muchísimos, colegios donde se imparte esas perversiones son «católicos»

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