Si soy Padre, dónde está mi honra

Creo lo que pienso y hago lo que creo.

Un obispo anglicano refiriéndose al Protestantismo dijo que consiste en creer todo lo que se quiere y hacer todo lo que se cree. El Protestantismo acepta esta afirmación sin sobresalto, porque es la realidad de su doctrina. No sabe indicar lo que es necesario para  ser cristiano, es más, sostiene que es inútil  saberlo. No tiene símbolo de fe, ni culto litúrgico fijo. Han variado y varían constantemente la fe entre ellos, y, por tanto, también su culto es una variación constante.

La fe en el Protestantismo se reduce a opiniones personales, individuales, y por más opuestas que puedan ser, y lo son entre las distintas comunidades protestantes, su culto es la expresión común de esas opiniones.

A lo sumo, el Protestantismo, dirá   que la verdad está contenida en la Sagrada Escritura, pero sin saber qué verdad es ser cristiano, pues la interpretan a su propia conveniencia. Qué acertadas las palabras de San Agustín cuando dice: Evangelio non crederem ni si me Catholicæ Ecclesiæ movert auctoritas. Yo no podría creer la divinidad del Evangelio si la autoridad de la Iglesia Católica no dijere que  es auténtico y divino.

La religión católica está sometida a la interpretación de la tradición.

Una religión revelada como la católica no puede profesarse sin someterse a un cualificado y autorizado intérprete, y éste es la tradición. El Protestantismo al romper drásticamente y dramáticamente con la tradición católica y la autoridad que representa, y con la autoridad del sucesor de Pedro, se encontró sin más intérprete autorizado que el propio individuo.

Queridos hermanos, vivimos momentos de sorpresa, desconcierto y sobresalto en la Iglesia. Todavía  no hemos salido del asombro de lo que nos han dicho una serie de Pastores refiriéndose a los dones de la homosexualidad, a los aspectos positivos de las uniones civiles…, encontrándonos ahora que nos dicen que no hay que evangelizar a quienes profesan otras creencias y  pertenecen a otras religiones. Dicen que  hay que respetarles y dejar que sea el Espíritu Santo quien actúe.  ¡Pero no dicen cómo actuará si quien tiene que hablar calla! Si el Espíritu Santo es el Espíritu de Verdad y Amor, ¿querrá que quien está en el error permanezca en él? ¿No es el  mismo Espíritu Santo quien nos impulsa a hablar, a evangelizar?

Dicen, también, que la Verdad tiene su propia fuerza de irradiación, pero no dicen cómo se expande la Verdad si no tiene quien lo haga. ¿Cómo se ha expandido la Verdad de la fe católica durante siglos  sino ha sido por la predicación? ¿Y ahora hemos de callar? ¿Es esta la Nueva Evangelización?

Qué extraño todo y preocupante. ¿Por qué oímos esto en la Iglesia? ¿Por qué se nos dice lo que dicen respecto al sacramento del matrimonio y la moral católica, con respecto a la evangelización? Sólo encuentro una respuesta aceptable: alejados de la tradición de la Iglesia, creen lo que quieren y hacen lo que creen.

¿Dónde está la autoridad de la tradición  que interpreta y sanciona lo que se ha de creer? No está.

Si soy Padre, dónde está mi honra.

Estoy frente al altar de Dios, y bajo Su atenta mirada, oigo que me dice a través del profeta Malaquías (1,6): Si pater ego sum, ubi est honor meus? Lleno de temor de Dios respondo con profunda reverencia: ¡Tu honra Padre Eterno! Está sobre el altar, es el Cordero Divino que se ofrece en Santo Sacrifico, es Tu Hijo Jesucristo, Salvador y Reparador de Tu Gloria.

Padre Eterno eres glorificado por el Santo Sacrificio de Tu Santísimo Hijo, dándote todo honor y toda gloria. Secundum nomen tuum, sic et laus tua (Sal. 47, 11). Como   tu nombre, ¡oh Dios!, así tu alabanza.

Vuelvo a oír la misma petición: Si soy Padre, dónde está mi honra. Y es ahora cuando pienso en mi ofrenda personal. Si el Cordero Divino es todo honor y toda gloria para Dios Padre Todopoderoso, ¿qué representa mi pobre ofrenda? Rápidamente trato de “ver” mi vida sacerdotal y qué de manchadas están mis manos por mis pecados. ¿Añadiré más pecados a los que ya tengo alejándome de la fe tradicional de la Iglesia aceptando  relaciones pecaminosas que siempre lo serán o callando la Verdad de Dios antes quienes la rechazan?

De mí va a depender  oír lo siguiente: Munus non suscipiam de manu vestra (Mal. 1, 10). No me son gratas las ofrendas de vuestras manos. ¡Qué jamás tenga que oír tales palabras Dios Padre Todopoderoso! ¡Proclamaré tu Nombre y Tu Gloria por toda la tierra, a todos los hombres, a tiempo y a destiempo, oportunamente e inoportunamente, con desprecio absoluto a mi vida, honra y fama! No callaré.

Honro a mi Padre.

Nos dice San Juan Ego honorifico Patrem (Jn. 8, 49). Tenemos un gran nombre dignamente venerado entre las naciones, desde la salida del sol hasta su ocaso, una Víctima sin mancha que se ofrece a la Gloria de Su Nombre: porque desde el orto del sol hasta el ocaso es grande mi nombre entre las gentes y en todo lugar a de ofrecerse a mi nombre un sacrificio humeante y una oblación pura pues grande es mi nombre entre la gente (Mal. 1, 11).

Querido hermano sacerdote, ¿hay mayor ocupación en nuestro sacerdocio que dar honra a Dios? ¡No puede haberla, pues esta es nuestra mayor preocupación! Es Jesucristo en el altar quien dice de Sí mismo: ego autem sum vernis et non homo (Sal. 21, 7). Pero yo soy un gusano, no un hombre. ¿Cómo le corresponderé?  ¿Y tú? ¿No hemos de presentarnos con lágrimas en los ojos  ante el altar?

Jesucristo, después de haber cumplido perfectamente los designios del  Padre, de haber resucitado y estar a Su derecha en el Cielo, parece, ahora, que se despoja de su estado glorioso, el cual alcanzó tras su Resurrección, y se oculta bajo las viles especies haciéndose presente para renovar su muerte en el Calvario. Este Cordero Divino se deja, aún, inmolar místicamente por la virtud de las palabras de la consagración.

Ante esta realidad que cada día se hace presente en el altar, ¿cómo me presentaré? Una cosa sé: con absoluta fidelidad a la tradición, al Magisterio que la tradición de la Iglesia me enseña. Esta es la Verdad que cada día está presente en el altar del Santo Sacrificio de la Misa.

Si soy Padre, dónde está mi honra: en la fidelidad a la tradición de la Iglesia católica.

Ave María Purísima.


2 respuestas a «Si soy Padre, dónde está mi honra»

  1. Permítanme quejarme y decir, ya que sale el tema de la iglesia protestante, y decir que muchos de sus miembros como los miembros de la iglesia evangélica (con César Vidal a la cabeza) tienen como su acérrimo enemigo más que al propio maligno a la Iglesia Católica en su conjunto.
    Me resulta penoso ver como nos enfrentamos entre los que profesamos la fe cristiana y el maligno enemigo, qué feliz estará viendo como nos dividimos ya desde el gran hereje Lutero.
    Les recomiendo esta magistral conferencia del profesor Don Alberto Bárcena sobre Lutero.

    https://youtu.be/4TM6ULU4hjg?feature=shared

    1. TENEMOS QUE EMPEZAR A ENTERARNOS QUE LOS PROTESTANTES NO SON CRISTIANOS Y POR TANTO DECIR QUE LOS CRISTIANOS ESTÁN DIVIDIDOS ES UN ERROR. SOLO EXISTE EL CRISTIANISMO DE LA TRADICIÓN DE LOS APÓSTOLES.

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