Si tú no estás, yo tampoco

Voy a rezar a la Santísima Virgen María, Madre de Dios; y a hablar de Ella.

Padre, esto es un encuentro interreligioso y ecuménico y venimos a rezar a Dios.

¡Claro! Si venimos a rezar a Dios, también a Su Santísima Madre. No hay más Dios que el Hijo de la Virgen María.

Usted Padre, parece que no lo entiende. Cada uno tenemos nuestras creencias, y usted ha de respetarlas.

¿No las respeto cuando digo la verdad del único Dios?

Esa es su verdad, Padre. Nosotros tenemos la nuestra y ha de respetarnos.

Sólo hay una verdad, como sólo hay un solo Dios. Porque si hubieran más dioses, ¿cuál sería el Dios Omnipotente creador del mundo? Porque si existe, es único.

Creemos que hay un solo Dios.

¿Creen en Su Santísima Madre?

¿Por qué insiste en provocarnos?

Les vuelvo a repetir, ¿en qué les provoco? Soy sacerdote católico, ¿cómo voy a rezar a Dios y no a Su Madre?

Este encuentro tiene unas normas establecidas por sus autoridades eclesiásticas.

¿“Mis autoridades eclesiásticas” me dicen que no he de rezar a la Madre de Dios? No lo creo. Extrañas autoridades serían.

Cada uno debemos expresar libremente nuestras creencias sin que nadie nos coaccione.

¿Acaso se sienten coaccionados porque quiero rezar a la Madre de Dios, la concebida sin pecado original, siempre Virgen y asunta al Cielo en cuerpo y alma? La Reina de Cielos y tierra.

Usted ha de ser prudente con lo que dice y no crear conflictos, debe aportar su colaboración a la paz y convivencia de todos.

Disculpen, pero ahora sí que no les entiendo. ¿Proclamar que la Santísima Virgen María es la Madre de Dios, del Dios de Jesucristo, del único Dios? Y que, “donde está Dios está Ella”, ¿es provocar conflictos?  ¡Sí mi Madre es la Reina de la Paz!

Padre, usted no colabora al buen entendimiento entre las diferentes religiones y creencias.

Bueno, lo único que me interesa es proclamar la verdad, que la Santísima Virgen María es la Madre de Dios. Y así lo hago aquí, y en cualquier lugar y ante cuales quiera personas y creencias.

Pues sólo encontrará problemas. No entiende los cambios de los tiempos y de su Iglesia.

Sólo sé y vivo la fe católica que he recibido, que no cambia ni varía con los tiempos y las personas. La fe que me exige mi sacerdocio.

¿Da usted lecciones a sus demás hermanos de religión?

¡No! Dios y Su Santísima Madre me libren de ello. Sólo manifiesto la verdad de mi fe católica. Nada más.

Es evidente que ha usted no ha llegado la renovación propiciada por el Concilio Vaticano II; que no sabe que su Iglesia ha cambiado.

Mis queridos amigos en Cristo y en Su Santísima Madre, la Iglesia católica no cambia. Sólo han cambiado los hombres. La Verdad permanece.

No se puede seguir hablando con usted. Su intransigencia es un peligro para la pacífica convivencia de las distintas religiones y creencias.

Piensen lo que quieran. Pero la verdad no se vende ni compra. La Santísima Virgen es la Madre de Dios, del único Dios, de Nuestro Señor Jesucristo. Si esta verdad les molesta y creen que puede alterar la convivencia, serán ustedes quienes la alteren; este viejo sacerdote que les habla nunca callará, sean cuales fueren las “consecuencias”, como ustedes dicen, que tangan sobre mí.

Usted es un desobediente y altera el espíritu de fraternidad que nos ha congregado. Debería irse.

Si no puedo rezar y hablar de la Madre de Dios, entonces, me voy, nada tengo que hacer aquí. No creo en esa fraternidad de la que hablan, que no es más que una obstinación a no querer escuchar  la verdad de Dios, del único Dios de Jesucristo y de Su Santísima Madre, la Virgen María.

He manifestado lo que tenía que manifestar, a tiempo y destiempo.  Si no me quieren oír me iré por donde he venido. 

El bueno de don Pablo se marchó a casa; por un lado, triste por no poder haber hablado de Su Madre del Cielo, pero, por otro, aliviado de no haber estado en esa reunión a la que asistió por primera vez, aun cuando ya hace años que tiene conocimientos de ella.

Al llegar a su casa, entra en su pequeño oratorio, se arrodilla en su reclinatorio ante la bonita imagen del Corazón Inmaculado de María, y mirándola le dice como todas las noches: ¡Qué hermosa eres Madre mía! ¡Y que estas pobres almas no quieran saber de Ti! ¿Qué saben si no saben de Ti? Nada, absolutamente nada.

¿Sabes lo que te digo?: SI TÚ NO ESTÁS, YO TAMPOCO.

Ave María Purísima.


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