Sincretismo

Cuando en mayo del ‘68 miles de jóvenes quemaban las calles de Paris, incurrían en el eterno error de la juventud idealista. La juventud del ‘68, sin saberlo, se convirtió en el principio del mundo que hoy vivimos, en el arma arrojadiza necesaria para implantar un proyecto ideológico promovido por las élites mundialistas y fraguado en las escuelas de pensamiento de Frankfurt y Chicago. Esas escuelas proponían un mundo nuevo capaz de sincretizar dos ideologías teóricamente enfrentadas, el marxismo cultural y el internacionalismo capitalista.

Esa juventud engañada se convirtió en el detonante que las élites necesitaban para avanzar en sus conquistas. Los jóvenes revolucionarios fueron responsables involuntarios de la instauración de una nueva forma de pensamiento que eran una enmienda a la totalidad de los principios que habían regido al hombre hasta entonces. La juventud pasó a ser educada en contra de las ideas tradicionales que habían regido a las generaciones anteriores y se convirtió en el tubo de ensayo del proyecto de ingeniera social que el marxismo cultural forjó para las generaciones venideras.

Esos jóvenes del ‘68 fueron, en realidad, los niños mimados del sistema jugando a ser rebeldes, hermanos mayores de los jóvenes de hoy en día que mimetizan los movimientos del sistema al que quieren derrocar; los jóvenes revolucionarios que han interiorizado, después de años de ingeniería social, las ideas que la élite consideraba oportunas para facilitar sus conquistas, los memes y eslóganes de pensamiento que se cacarean incesantemente en los medios de expresión dominados por las élites en forma de televisiones, películas, series, escuelas y universidades.

Las élites globalistas han conseguido crear una tela de araña que alcanza a todos los ámbitos sociales. El globalismo ha forjado una estructura piramidal con las élites globalistas como sus dioses supremos, con políticos adláteres que legislan a su favor y con intelectuales subvencionados que promuevan el marxismo cultural entre las masas que, en su proverbial ignorancia, hacen suyo todo lo que la élite ha convenido mejor para dominarles, en forma de feminismo radical intolerante, de antirracismo supremacista, de la defensa del planeta en boca de adolescentes o de la protección de animales antepuesta a la vida de otros seres humanos.

Todos esos dogmas ideológicos espoleados desde la intelectualidad oficial del sistema han confluido en el autobautizado movimiento antifascista, fuerza de choque que la élite utiliza para deshacerse de los disidentes, para derrocar a quienes no ha podido derrotar, por medio del descrédito y el escarnio público. Los antifascistas son el último eslabón de desestabilización previa a la guerra civil en los países que no cumplen los dictados de las élites, los jóvenes abducidos y subvencionados que las élites instrumentalizan como elemento de confrontación hacia quienes se niegan a aceptar la Nueva Normalidad del marxismo cultural y la globalización.

Greta Thunberg

Por ello, verán cómo los antifascistas aparecen donde le ordenen sus jefes en cada momento. Los verán disfrazados de antirracistas con el BlackLivesmatter, de feministas con el hermana yo si te creo, de defensores de los derechos homosexuales o de luchadores por el ecologismo con Greta Thunberg a la cabeza. Ellos son el augurio de la imposición total de esa Nueva Normalidad. Los jóvenes revolucionarios serán, de nuevo, como en mayo del ‘68, los jóvenes engañados que la élite necesita para imponer el nuevo orden mundial que les afiance como propietarios totales del mundo, como dueños de un nuevo ser humano, que acepte vivir en un Matrix de globalismo totalitario, que despoje al hombre de sus lazos naturales.

Los dogmas espoleados por el marxismo cultural son la base ideológica que se necesitaba para deshumanizar al individuo. Una deshumanización incentivada mediante la condena de la familia como órgano de convivencia del ser humano, la destrucción de todo lo que suene a cristianismo y cultura occidental, y la desaparición de las identidades como nexo conector de las comunidades nacionales. El marxismo cultural encuentra en todos los elementos de disgregación social un aliado con el que imponerse, por ello es la doctrina de la que la élite se sirve para que seres humanos cada vez más desarraigados acepten, bajo la égida de un supuesto progreso, una Nueva Normalidad que convierte a las élites mundialistas en los dueños absolutos del mundo y, al resto, a todos nosotros, en más esclavos y, por ende, en menos humanos, en mucho menos humanos.


6 respuestas a «Sincretismo»

  1. Tan solo falta añadirle una ese, con un significado complementario, a la última frase: «en mucho(s) menos humanos».

    Viene a cuento porque, a las tales élites citadas en el artículo, parece ‘sobrarles’ el noventa por ciento de los habitantes… HUMANOS de este planeta.

    (Véanse las Piedras Guía de Georgia que un misterioso «filántropo», supongo, mandó construir en Estados Unidos para aviso de caminantes; hace 41 años)

  2. Artículo muy lúcido al que, efectivamente, le sobran las dos eses.
    Élite Globalista. Así, en singular.
    Porque la razón de ese sincretismo que analiza tan acertadamente José Manuel Montes estriba en que tanto el capitalismo como el marxismo son creación de la misma élite globalista (en singular)
    Y cuando ambos sistemas se estaban agotando -ante la evidencia de que no eran antagónicos, sino “el mismo perro con distintos collares” le ha sido preciso a la élite globalista crear esos nuevos caballos culturales e ideológicos -tan acertadamente expuestos- para que sigan tirando del soñado “carro triunfal” con el que la “Élite Globalista” sueña alcanzar su soñado designio milenario.
    Pero como a todo vampiro o criatura diabólica se la combate con dos elementos: La Luz, que disipa las tinieblas donde progresa.
    Y la Santa Cruz.
    Esperanza del nuevo “in hoc signo Vinces” porque “las puertas del infierno no prevalecerán contra ella”

  3. Un par de puntualizaciones.
    Primera: el mayo del 68 no fue un éxito, mal que les pese a quienes se empeñan en decir lo contrario. Daniel Con Bendit, su líder más reconocido, acabo en el Parlamento europeo, ese
    Cementerio de elefantes porque de algo hay que vivir. El movimiento en sí duro lo que tardó en recuperarse del susto Ch. De Gaulle. Lo barrio del mapa francés, cuna de aquel.
    Segunda: creo que el problema radica en que se ha impuesto la impostura. Quienes pretenden -de boquilla, ojo!- acabar con el sistema son los primeros que viven de el. Sin el morirían de inanición. Así de fácil. Mientras no se desenmascaren a estos impostores no habrá nada que hacer. Frente a una realidad impostada nada se puede hacer sin
    previamente denunciar su impostura.

  4. Los que vivieron la juventud y adolescencia y algo de su madurez temprana en esos ´68, como puede ser una Angela Merkel (65 años) o Putin (67 años) en ese 1968. Macron y Sánchez algo tardíos, pero dentro del marco de que sus padres fueran los veinteañeros de esa época, están ahora en el poder de Europa. Casualidad?
    Gente a la que ahora se le otorga ese poder socialista (el nombre suave del comunismo) que acaba por manipular a todos los jóvenes con las ideas de un único lema: Salvar el mundo de la injusticia del ser humano!
    Sin reconocer que todo lo que está pasando es gracias a su ansia de dinero y poder. El 5G, las farmacéuticas, los satélites orbitando en el espacio, la idea absurda de llegar a Marte (para qué?), la inmigración……….

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