¿Soberanía del pueblo?

¿El pueblo es soberano? Si eres católico, lo negarás. No lo puedes  aceptar. Por más que la realidad sea la que es, un católico consciente de su fe nunca puede aceptar en conciencia una forma de gobierno donde la soberanía esté en el “pueblo”. Por la simple razón de que la soberanía reside únicamente de Dios. Él es el único que es soberano. Él es la suprema autoridad. Él ostenta el supremo poder.

De Dios proviene toda autoridad y todo poder. Esta reivindicación no puede faltar en un católico responsable de su fe. La democracia ha de fundamentarse en los inmutables principios de la ley natural y de la ley divina, o verdades reveladas[1]. Es decir, la ley humana ha de subordinarse a la ley divina, natural y positiva. Estos son principios políticos inseparables de nuestra fe católica.

La soberanía reside en nuestro señor Jesucristo, no en el  hombre, ni en el “pueblo”, por la razón de que el hombre es criatura de Dios por naturaleza e hijo de Dios de por la gracia. Lo que conocemos como el “pueblo”  no depende más que de Dios, y  está subordinado a Dios. Esta es creencia tradicional y constante de la Iglesia.

No hay mayores beneficios para la sociedad, para el pueblo, que el reconocimiento de la autoridad divina, ni mayores perjuicios y ruina que el librarse del suave yugo de la ley de Dios. Cuando la ley humana de supedita a la divina, la ley humana será fuente de justicia, paz, tranquilidad, respeto de la dignidad humana, garantía del bien común y ausencia de conflicto y revueltas[2].

Es consecuencia del liberalismo, fruto de la Revolución francesa, la doctrina de la democracia entendida como la soberanía del pueblo, y con una libertad absolutizada, y diría que casi “divinizada”, sin la más mínima referencia a Dios, a quien se le ha apartado, con violencia,  de toda relación con la sociedad, con el “pueblo”. No en vano la Revolución francesa fue una revolución contra Dios, contra la presencia de Dios en el Estado, en la forma de gobierno, en las leyes, en la sociedad, en la vida del pueblo. Fue una rebelión contra la presencia de Dios en la sociedad. Una rebelión contra Dios. Dios ya no podía articular la vida de la nación, del pueblo; debía ser proscrito de forma radical y definitiva. Dios fue “jugado, sentenciado y ejecutado” por los impíos revolucionarios, que buscaban un resurgir nacional sin la existencia de Dios.

La autoridad de Dios fue sustituida por la del “pueblo”. La soberanía de Dios, que ostenta por derecho propio, se sustituyó por una nueva soberanía no conocida que radica en el “pueblo”. La diferencia es sustancial. Mientras el pueblo y gobernantes se han de someter a la soberanía divina, con la soberanía del “pueblo”, éste se somete a los gobernantes, quedando ese “pueblo” a merced de ellos; el hombre a merced del hombre; el hombre poniendo su vida en manos del hombre. Los intereses del “pueblo” en manos de quienes buscan los suyos propios. Pues sólo quien es temeroso de Dios actúa justamente y rectamente, y gobierna según justicia; y quien confía en un temeroso de Dios no queda defraudado.

El verdadero fundamento de la sociedad política es la naturaleza humana en cuanto es creada por Dios. El hombre, por naturaleza, se  agrupa en sociedad; se constituye en verdadera sociedad política cuando reconoce el derecho de Dios sobre tal sociedad constituida.

La doctrina política católica tradicional nos enseña que la autoridad es jerárquica, viene de Dios, y todo queda sometido a su divina voluntad. Razón por la cual, la Iglesia nunca dejó de defender la concepción cristiana del Estado, así como la necesidad las relaciones Iglesia-Estado. El régimen cristiano de gobierno es el que como católicos nunca hemos de olvidar, y reivindicar, por más que la realidad se oponga a esta reivindicación.

Una democracia que desprecia la familia según el orden natural, y, por tanto, querida por Dios, y que se promociona una variedad amplísima de distintas de formas de “familias”, es una sociedad que se sustenta en una “masa” y no en un pueblo. Es la tiranía del enemigo de la ley de Dios la que impera, imponiendo al hombre actuar contra su propia naturaleza.

La dignidad del hombre es la dignidad de la imagen de Dios; la dignidad del Estado es la dignidad de la comunidad moral querida por Dios; la dignidad de la autoridad política es la dignidad de su participación en la autoridad de Dios[3].

Ave María Purisima.

[1] Discurso de Navidad de 1944, 28. Pío XII.
[2] Carta Encíclica Quas Primas, 17. Pío XI.
[3] Discurso de Navidad de 1944, 22. Pío XII.

5 respuestas a «¿Soberanía del pueblo?»

  1. Dios ……..se ha ido ,ya no está ,ha abandonado ha renunciado a salvar a la humanidad ,estamos solos ,asi nos va ,los creyentes son utópicos desbordados de fé con poca esperanza de que vuelva …..

    ?¿?serán los dioses la causa de nuestros males?¿? ,el de aquí ,el de allá ,los de antes ,los de ahora ?¿?..reniego de ellos ….hay demasiados gallos ,perdón dioses …cuantas matanzas a lo largo de la vil existencia humana se han cometido todo tipo de salvajadas,mismo este días ……..perdón le dejo con el suyo ,y hágase bueno .yo creo en mi que creáselo nos es poco.

  2. DIOS no se ha ido, es la sociedad en general que se ha apartado de Él.
    Todo tipo de salvajadas las ha cometido el hombre. DIOS de hacer algo parecido a lo que algunos consideran una salvajada será cuando aplique su JUSTICIA DIVINA a aquellos “salvajes” que maltrataron y dieron la espalda a DIOS y al prójimo, a los que dará indescriptible castigo eterno (el calificativo de salvajada, no es que se quedará corto, sino que será anecdótico).

  3. Con respecto «al prójimo» es muy clarificadora la Parábola del buen Samaritano»… no todos son nuestros prójimos ni mucho menos ni todos son hijos de Dios ni mucho menos.

  4. Dijo Jesús (el Padre): a Dios lo que es de Dios, y al cesar (de turno) lo que es del cesar… Y le dijo a Pilatos: todo cuanto eres te ha sido dado (por Dios/el Padre). En consecuencia y, es una perogrullada, todo es de quien lo creó y mantiene. Por eso, el que niegue al Hijo (por contentar al cesar o a quien sea); niega al Padre. Es decir, todo lo que va contra el Reino (la doctrina del Evangelio/las palabras del propio Creador), no cabe en un cristiano de verdad. Y que es ser cristiano, pues para empezar, leerse el Evangelio, preferiblemente el de Mateo; y en especial el sermón de la montaña. Y ponerlo en práctica.
    Cómo la cosa se va a poner muy muy agria y peligrosa (lo avisó el Hijo y tiene toda la pinta de que va llegando el momento), vamos a tener bastantes oportunidades de ponerlo en práctica. Los que perseveren se salvarán… pero no aquí.

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