Sobre el Cielo

¿Qué es el cielo? El cielo es el lugar en donde los ángeles y santos gozan de felicidad perfecta y eterna, viendo y poseyendo a Dios.

¿Cómo se llama también el cielo? Se llama también paraíso al reino de los cielos, ciudad santa, Jerusalén celestial, patria bienaventurada, mansión de la gloria, vida eterna, etc.

¿Cómo se prueba la existencia  del cielo? Se prueba: 1º Por la Sagrada Escritura, que a cada paso habla de la bienaventuranza celestial, del reino de los cielos, de la vida eterna; 2° Por la enseñanza da la Iglesia, que la afirma en todos sus Símbolos y en su liturgia; 3° Por la razón, que demuestra la necesidad de otra vida en donde la virtud sea plenamente recompensada; 4° Por la creencia unánime de los pueblos en una vida futura en la que los buenos gozarán de perfecta felicidad.

¿En qué consiste la dicha perfecta para la criatura racional? Consiste: 1° en la exención de todo mal; 2° en la posesión eterna de todo bien.

¿Existe el mal en el cielo? En el cielo no hay ni mal físico ni mal moral. No hay mal físico.  “Ved aquí el tabernáculo de Dios entre los hombres, y el Señor morará con ellos. Y ellos serán su pueblo, y el mismo Dios, habitando en medio de ellos, será su Dios. Y Dios enjugará de sus ojos todas las lágrimas; ni habrá ya muerte, ni llanto, ni alarido, ni habrá más dolor por que las cosas de antes son pasadas” (Apoc., XXI, 3, 4). No hay mal moral.  “No se oirá ya hablar más de iniquidad en tu tierra, es decir, la tierra de los vivos, el cielo” (Isaías LX, 18).

¿Son impecables los bienaventurados? Sí: 1º porque viendo a Dios cara a cara, en su infinita hermosura, le aman de tal modo que no pueden ya separarse de Él; 2° porque el pecado, mal soberano, es incompatible con la perfecta bienaventuranza.

¿Cómo es en el cielo la posesión de todo bien? Porque los bienaventurados poseen a Dios, que es el bien supremo.

¿Por qué poseen a Dios los bienaventurados? Porque lo ven, y viéndolo, lo aman. De esté modo hay unión perfecta entre ellos y Dios. Ellos aman a Dios con amor soberano, y Dios les ama con amor infinito. Dios se da todo a ellos, como ellos se dan todo a Dios; Él es su posesión, su herencia por toda la eternidad. “¡Oh Dios de mi corazón, Dios que eres la herencia mía por toda la eternidad!” (Salmo LXXII, 26).

¿Cómo ven a Dios los bienaventurados? Lo ven intuitivamente, es decir, directamente, tal como es, del modo que Él se ve a sí mismo; y no ya como en este mundo, a través del velo de las criaturas y de las obscuridades de la fe. “Al presente no vemos a Dios sino como en un espejo, y bajo imágenes obscuras; pero entonces lo veremos cara a cara (I Cor., XIII, 12). Sabemos, sí, que cuando se manifestará claramente Jesucristo, seremos semejantes a Él en la gloria, porque le veremos como Él es” (I Juan III, 2).

¿Cómo se manifiesta Dios a los bienaventurados? Iluminando sus inteligencias con luz sobrenatural que llama­mos luz de la gloria, la cual es un don especial de Dios. “En tu luz veremos la luz” (Salmo XXXV, 10).

¿Participan los bienaventurados de la ciencia infinita de Dios? Sí: gracias a la visión intuitiva, participan de dicha ciencia en grado finito, es verdad, y proporcionado a los méritos de cada uno, pero en una medida superior a cuanto podemos concebir.

¿Qué efecto produce en los bienaventurados la visión intuitiva y la posesión de Dios? Los bienaventurados, viendo y poseyendo a Dios, que es la verdad, hermosura y bondad infinitas, gozan de Él con gozo inefable. “Quedarán embriagados con la abundancia de tu casa y les harás beber en el torrente de tus delicias” (Salmo XXXV, 9).

¿A qué virtudes corresponden la visión, posesión y goce de Dios? Corresponden a la fe, esperanza y caridad, de las que son recompensa. La visión sucede a la fe y hace desaparecer de ella las obscuridades; la posesión sigue a la esperanza y pone fin a su expectación; el goce da a la caridad su última perfección.

¿Podemos concebir en este mundo la dicha del cielo? No: porque esa dicha sobrepuja a nuestros conocimientos, y no podemos comparar los bienes de la tierra con los del cielo. “Ni ojo alguno vio, ni oído oyó, ni pasó a hombre por pensamiento cuáles cosas tiene Dios preparadas para aquellos que le aman” (I Cor., II, 9).

Además de la felicidad esencial que procura a los bienaventurados la visión beatifica, ¿no hay para ellos una felicidad accidental? Sí: hay una felicidad accidental, y gozos que provienen de la contemplación de la sacratísima humanidad de Nuestro Señor Jesucristo, de la vista de la Santísima Virgen, de las relaciones incesantes que tienen entre sí y con los ángeles. Se conocen, se aman, viven en las mismas dulces relaciones de fraternidad. Cada uno participa de la dicha de todos y todos de la de cada uno. Reinan con Cristo sobre toda la creación visible.

¿Se reconocerán los bienaventurados en el cielo? Es creencia de los doctores y santos que los afectos legítimos de la tierra reviven en el cielo, y que los que se han conocido y amado en esta vida, tienen la dicha de reconocerse y amarse en la otra.

¿Padecen los elegidos por verse separados de los que les estuvieron unidos en la tierra por los lazos de la sangre o de la amistad? No pueden experimentar dolor, porque la felicidad perfecta de que gozan no se concilia con ningún dolor.

¿La felicidad del cielo es la misma para todos los elegidos? Es la misma en su objeto, tocante a la felicidad esencial: todos ven, poseen y gustan del mismo Dios; pero no todos gozan de estos bienes en el mismo grado, sino más o menos, según la diversidad de sus méritos. También hay diferencia en la felicidad accidental: así los vírgenes tendrán una alegría especial que no gustarán los santos que no han conservado la virginidad, ni aun los más elevados en la gloria. Cada uno recibirá su propio salario a medida de su trabajo” (Cor., III, 8) – “En la casa de mi Padre hay muchas moradas” (Juan XIV, 2). Esa diferencia en la recompensa, ¿ perjudica a la felicidad de los que tienen menos gloria? No, porque están exentos de envidia y llenos de amor a la justicia. Viéndose tan dichosos como son capaces de serio, no desean ser nada más que lo que son.

¿Consiste la felicidad y reposo eterno de los santos en la inmovilidad o la inercia? No: en el cielo, la actividad de la criatura racional llega a su mayor grado; sus facultades se ejercitan allí en toda su plenitud, desembarazadas de las trabas de las imperfecciones y necesidades materiales de la vida presente. La acción y el reposo, el deseo y la posesión, que son incompatibles en la vida temporal, serán una sola y misma cosa en la vida futura. (S. Ireneo).

¿Quiénes van al cielo? Los que están en estado de gracia, limpios de todo pecado aun venial, y han satisfecho a la justicia divina por la pena temporal debida al pecado.

¿Qué debemos hacer para ir al cielo? Debemos: 1º Pensar en él a menudo y desearlo con todo el ardor de nuestra alma. “¡Oh cuán amables son tus moradas, Señor de los ejércitos! Mi alma suspira, y padece deliquios, ansiando estar en los atrios del Señor. Transpórtanse de gozo mi corazón y cuerpo, contemplando al Dios vivo” (Salmo LXXXIII I, 2). 2º Vivir con la mayor pureza. “Bienaventurados los que tienen puro su corazón; porque ello, verán a Dios” (Mat., V, 8). 3º Reprimir nuestras pasiones, practicando generosamente las virtudes cristianas. El reino de los cielos se alcanza a viva fuerza, y los que se la hacen a si mismos son los que lo arrebatan” (Mat., XI, 12). 4º No poner nuestra dicha en las criaturas, ni usar de ellas sino según los designios de Dios. “Los que gozan del mundo vivan como si no gozasen de él; porque la escena o apariencia de este mundo pasa en un momento” (I Cor., VII, 31). 5º Sufrir con paciencia todas las tribulaciones. “Es preciso pasar por muchas tribulaciones para entrar en el reino de Dios” (Hech., XIV, 21). 6º Ser fieles en las cosas más pequeñas. Ya que has sido fiel en lo poco, yo te confiaré lo mucho…. ven a tomar parte en el gozo de tu señor” (Mat., XXV, 21). 7º Ser fieles hasta la muerte. “Sé fiel hasta la muerte, y te daré la corona de la vida eterna” (Apoc., II, 10).


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