Sobre las penas terribles y eternas (1/2)

Importancia de la fidelidad y fiabilidad del mensaje. 

Me ha hecho gracia el que usted abra la discusión reli­giosa atacando el dogma de la eternidad de las penas. No esperaba yo que acometiera usted tan pronto por este flanco, y vaya dicho entre los dos, esta anomalía me ha dado a enten­der que usted le ha cobrado al infierno un poquito de miedo. La cosa no es para menos, y el negocio es grave, urgente; de aquí a pocos años hemos de saber por experiencia propia lo que hay sobre este particular, y dice usted muy bien que, «para los que se engañan en esta materia, el chasco debe ser pesado en demasía».

No tengo dificultad en abordar por este lado las cuestio­nes religiosas; pero no puedo menos de observar que no es éste el mejor método para dejarlas aclaradas cual conviene.

Las doctrinas católicas forman un conjunto tan trabado y en que se nota tan recíproca dependencia, que no se puede des­echar una sin desecharlas todas, y, al contrario, admitidos ciertos puntos capitales es imposible resistirse a la admisión de los demás. Sucede muy a menudo que los impugnadores de esas doctrinas escogen por blanco una de ellas tomándola en completo aislamiento y amontonando las dificultades que de suyo presenta, atendida la flaqueza del entendimiento del hombre. «Esto es inconcebible, exclaman; la religión que lo enseña no puede ser verdadera»; como si los católicos dijése­mos que los misterios de nuestra religión están al alcance del hombre; como si no estuviéramos asegurando continuamente que son muchas las verdades a cuya altura no puede elevarse nuestra limitada comprensión. Al leer y oír la relación de un fenómeno o suceso cualquiera, nos informamos, ante todo de la inteligencia y veracidad del narrador, y en estando bien asegurados por este lado, por más extraña que la cosa contada nos parezca, no nos tomamos la libertad de desecharla. Antes que se hubiese dado la vuelta al mundo pocos eran los que comprendían cómo era posible que volviese por Oriente la nave que había dado la vela para Occidente; pero ¿bastaba esto para resistirse a dar crédito a la narración de Sebastián de Elcano cuando acababa de dar cima a la atrevida empresa del infortunado Magallanes? Si levantándose del sepulcro uno de nuestros mayores oyera contar las maravillas de la indus­tria en los países civilizados ¿debería por ventura andar mi­rando detalladamente la relación que se le hace de las funcio­nes de esta o aquella máquina, de los agentes que la impul­san, de los artefactos que produce y desechar enseguida lo que a él le pareciese incomprensible? Por cierto que no; y procediendo conforme a razón y a sana prudencia, lo que debiera hacer sería, asegurarse de la veracidad de los testi­gos, examinar si era posible que ellos hubiesen sido engaña­dos o si podrían tener algún interés en engañar, y cuando estuviese bien cierto de que no mediaba ninguna de estas cir­cunstancias, no podría, sin temeridad, rehusar al asenso a lo que se le refiriera, por más que a él le fuera inconcebible y le pareciese que pasaba los límites de la posibilidad.

De una manera semejante conviene proceder cuando se trata de materias religiosas; lo que se debe examinar es, si existe o no revelación, y si la Iglesia es o no depositaria de las verdades reveladas; en teniendo asentadas estas dos bases, ¿qué importa que este o aquel dogma se muestren más o me­nos plausibles, que la razón se halle más o menos humillada, por no llegar a comprenderlos? ¿Existe la revelación? ¿Esta verdad es revelada? ¿Hay algún juez competente para deci­dirlo? ¿Qué dice sobre el dogma en cuestión el indicado juez? He aquí el orden lógico de las ideas, he aquí el orden lógico de las cuestiones, he aquí la manera de ilustrarse sobre estas materias; lo demás es divagar, es exponerse a perder tiempo en disputas que a nada conducen.

Lo que enseña el dogma católico

Dice usted que «se le hace muy cuesta arriba el dar crédito a lo que nos están diciendo los predicadores sobre las penas del infierno, y que repetidas veces ha oído cosas que de puro horribles rayaban en ridículas». No sabiendo a punto fijo cuá­les son los motivos de queja que tiene usted sobre el particu­lar, me contentaré con advertir que nada tiene que ver el dog­ma católico con esta o aquella ocurrencia que haya podido venirle a un orador. Lo que enseña la Iglesia es, que los que mueren en mal estado de conciencia, es decir, en pecado grave, sufren un castigo que no tendrá fin. He aquí el dog­ma; lo demás que puede decirse sobre el lugar de este castigo, sobre el grado y la calidad de las penas, no es de fe: pertenece a aquellos puntos sobre los que es lícito opinar en diferentes sentidos, sin apartarse de la fe católica. Lo que sí sabemos, pues que la Escritura lo dice expresamente, es que estas pe­nas serán horrorosas; y bien, ¿para qué necesitamos saber lo demás? ¡Penas terribles, y sin fin!… ¿No basta esta sola idea para dejarnos con escasa curiosidad sobre el resto de las cues­tiones que aquí se pueden ofrecer?

Misericordia y castigo

«¿Cómo es posible, dice usted, que un Dios infinitamente misericordioso castigue con tanto rigor?» ¿Cómo es posible, contestaré yo, que un Dios infinitamente justo no castigue con tanto rigor, después de haber procurado llamarnos al ca­mino de la salvación por los muchos medios que nos propor­ciona durante el curso de nuestra vida? Cuando el hombre ofende a Dios, la criatura ultraja al Criador, el ser finito al ser infinito; esto reclama pues, un castigo en cierto modo in­finito. En el orden de la justicia humana es más o menos cri­minal el atentado según es la clase y la categoría de la perso­na ofendida. ¿Con qué horror no es mirado el hijo que maltra­ta a sus padres? ¿Qué circunstancia más agravante que la de ofender a una persona en el acto mismo en que nos está dis­pensando un beneficio? Pues bien, aplíquense estas ideas; adviértase que en la ofensa del hombre a Dios hay la rebelión de la nada contra un Ser infinito, hay la ingratitud de un hijo con el Padre, hay el desacato del súbdito contra su supremo Soberano de cielo y tierra.

¿Por qué, pues, el Juez supremo no podrá castigar al cul­pable con penas que duren para siempre? Y nótese bien, que la justicia humana no se satisface con el arrepentimiento; con­sumado el crimen lo sigue la pena, y no basta que el criminal haya mudado de vida; Dios pide un corazón contrito y humi­llado; no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva, y no se descarga sobre el delincuente el golpe fatal sin haberle puesto a la vista la vida y la muerte, sin haberle deja­do la elección, sin haberle ofrecido la mano con cuya ayuda pudiera apartarse del borde del precipicio. ¿A quién podrá culpar el hombre sino a sí mismo? ¿Qué tienen de repugnante y de cruel esas ideas? Fácil es alucinar a los incautos pronunciando enfáticamente los nombres de eternidad de penas y de misericordia infinita; pero examínese a fondo la materia, atiéndase a todas las circunstancias que la rodean, y se verán desaparecer como el humo las dificultades que a primera vis­ta se habían ofrecido. El secreto de los sofismas más engaño­sos consiste en el artificio de presentar los objetos no más que por un lado; de aproximar de golpe dos ideas que si parecen contradictorias es porque no se atiende a las intermedias que las enlazan y hermanan. Es fácil observar que los autores más célebres entre los enemigos de la religión resuelven a menudo las cuestiones más graves y complicadas, con una salida ingeniosa o una reflexión sentimental. Ya se ve, como todas las cosas presentan tan diferentes aspectos no es difícil a un ingenio perspicaz coger dos puntos cuyo contraste hiera vivamente el ánimo de los lectores, y si a esto se añade algo que pueda interesar el corazón no cuesta mucho trabajo dar al traste en el ánimo de los incautos con el sistema de doctri­nas más bien cimentado.

El sentimentalismo

Ya que acabo de mentar el sentimentalismo no puedo pa­sar por alto el abuso que se hace de este linaje de argumentos dirigiéndose al corazón en muchos casos en que sólo se debe hablar al entendimiento. Así, en el asunto que nos está ocu­pando, ¿cómo resiste un corazón sensible al horrendo espec­táculo de un infeliz condenado a padecer para siempre? Se ha dicho que los grandes pensamientos salen del corazón, y en esto, como en todas las proposiciones demasiado generales, hay una parte de verdad y otra de falsedad, porque si bien es indudable que en muchas cosas es el sentimiento un excelente auxiliar para comprender a fondo ciertas verdades, también lo es que no debe nunca tomársele por principal guía y que no se le ha de permitir jamás que llegue a dominar los eternos principios de la razón. Los derechos y deberes de los padres e hijos, de marido y mujer, y todas las relaciones de familia, no se comprenderán quizá tan perfectamente si, analizados a la sola luz de una filosofía disecante, no se escuchan al propio tiempo las inspiraciones del corazón, pero, en cambio, tam­bién se trastornarán los sanos principios de la moral y se introducirá el desorden en las familias si, prescindiendo de los severos dictámenes de la razón, sólo nos empeñamos en regir­nos por lo que nos sugiere la volubilidad de nuestros afectos.

Mucho me engaño si no se encuentra aquí uno de los más fecundos manantiales de los errores de nuestra época. Si bien se observa, el espíritu humano está atravesando un período que tiene por carácter distintivo el desarrollo simultáneo de todas las facultades. Éstas pierden quizá bajo ciertos aspec­tos, absorbiendo la una gran porción de las fuerzas y energía que en otra situación corresponderían a las otras; pero la que gana indudablemente es el sentimiento, no en la parte que tiene de desprendimiento y elevación, sino en cuanto es un placer, un goce del alma. Así notamos que no prevalece en la literatura la imaginación, ni tampoco el discurso, sino el sen­timiento en sus más raros y extravagantes matices, llamando en su auxilio la razón y la fantasía, no como amigos, sino como dependientes. De donde resulta que la filosofía se re­siente también del mismo defecto y que de su tribunal rara vez salen bien librados los austeros principios de la moral eterna. Este sentimiento muelle se esfuerza en divinizar el goce, busca una excusa a todas las acciones perversas, califica de deslices los delitos, de faltas las caídas más ignominiosas, de extravíos los crímenes, procura desterrar del mundo toda idea severa, ahoga los remordimientos y ofrece al corazón humano un solo ídolo, el placer; una sola regla, el egoísmo.

El error no destruye la realidad 

La existencia del infierno no se aviene con tanta indulgen­cia; pero el error de los hombres no destruye la realidad de las cosas; si el infierno existía en tiempo de nuestros padres, existe todavía en el nuestro, y en nada inmutan el hecho ni la austeridad de los pensamientos de los antepasados ni la in­dulgencia ni la molicie de los nuestros. Cuando el hombre se separe de esta carne mortal se encontrará en presencia del supremo Juez, y allí no llevará por defensor el mundo. Estará solo, con su conciencia desplegada, patente a los ojos de Aquel a cuya vista nada hay invisible, nada que pueda ocultarse.

Estas reflexiones sobre la relación entre el carácter del desarrollo del espíritu humano en este siglo y las ideas que han cundido en contra de la eternidad de las penas son sus­ceptibles de muchas aplicaciones a otras materias análogas. El hombre ha creído poder cambiar y modificar las leyes di­vinas del modo que lo hace con la legislación humana, y como que se ha propuesto introducir en los fallos del soberano Juez la misma suavidad que ha dado a los de los jueces terrenos. Todo el sistema de legislación criminal tiende claramente a disminuir las penas, haciéndolas menos aflictivas, despoján­dolas de todo lo que tienen de horroroso, y economizando al hombre padecimientos tanto como es posible. Más o menos, todos cuantos en esta época vivimos estamos afectados de esta suavidad: todo cuanto trae consigo una idea horrorosa o aflictiva es para nosotros insoportable, y se necesitan todos los esfuerzos de la filosofía y todos los consejos de la pruden­cia para que se conserven en los códigos criminales algunas penas rigurosas. Lejos de mí el oponerme a esta corriente, y ojalá fuera hoy el día en que la sociedad no hubiese menester para su buen orden y gobierno el hacer derramar sangre ni lágrimas; pero quisiera también que no se abusase de este exagerado sentimentalismo, que se notase que no es todo fi­lantropía lo que bajo este velo se oculta, y que no se perdiese de vista que la humanidad bien entendida es algo más noble y elevado que aquel sentimiento egoísta y débil que no nos per­mite ver sufrir a los otros, porque nuestra flaca organización nos hace partícipes de los sufrimientos ajenos. Tal persona se desmaya a la vista de un desvalido, y tiene las entrañas bas­tante duras para no alargarle una pequeña limosna. ¿Qué son en tal caso la sensibilidad y la humanidad? La primera, un efec­to de la organización; la segunda, puro egoísmo.

La justicia exige el castigo

Pero no mira Dios las cosas con los ojos del hombre, ni están sometidos sus inmutables decretos a los caprichos de nuestra enfermiza razón, y no cabe mayor olvido de la idea que debemos formamos de un Ser eterno e infinito que el empeñamos en que su voluntad se haya de acomodar a nues­tros insensatos deseos. Tan acostumbrado está el presente si­glo a excusar el crimen, a interesarse por el criminal, que se olvida de la compasión que con título sin duda más justo es debida a la víctima, y de buena gana dejaría a ésta sin repara­ción de ninguna clase, con el solo objeto de ahorrar a aquel los sufrimientos que tiene merecidos. Táchese cuanto se quiera de duro y cruel el dogma sobre la eternidad de las penas, dígase que no puede conciliarse con la misericordia divina tan tremendo castigo; nosotros responderemos que tampoco puede componerse con la divina Justicia ni con el buen orden del Universo la falta de ese castigo; diremos que el mundo estaría encomendado al acaso; que en gran parte de sus acon­tecimientos se descubriera la más repugnante injusticia si no hubiese un Dios terriblemente vengador, que está esperando al culpable más allá del sepulcro, para pedirle cuenta de su perversidad durante su peregrinación sobre.la tierra.

Fin parte 1 de 2


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