Sobre «Una jornada particular», de Ettore Scola

Ettore Scola

La relación que sigue incluye todos los premios cinematográficos otorgados a Una jornada particular, de Ettore Scola. Incurro en el siguiente lugar común:  los premios no garantizan o aseguran al ciento por ciento la calidad de una película; a decir verdad, un título cinematográfico aun teniendo calidad artística puede estar laureado en exceso, o en defecto, si consideramos que su sobresaliente calidad bien la haría merecedora de más y notables premios.

Veamos:

1977: 2 nominaciones al Oscar: Mejor actor (Mastroianni) y película extranjera.

1977: Globos de oro: Mejor película extranjera. Nom. actor – Drama (Mastroianni).

1977: Festival de Cannes: Nominada a la Palma de Oro (mejor película).

1977: Premios David di Donatello: Mejor director y actriz (Sophia Loren).

1977: Premios César: Mejor Película extranjera.

Bueno: para mi gusto, que se erige también en mi juicio (en mi capacidad de juicio), Una jornada particular es, de las películas que he visto del maestro italiano Ettore Scola, la mejor: la más emotiva, intensa, la mejor narrada. Además, sinceramente, ¿cómo iba a ser mala una película que atesora los premios que atesora esta que nos ocupa? Non può essere.

Del maestro italiano, destacado representante de la comedia a la italiana, he visto Feos, sucios y malosUna mujer y tres hombres (C’eravamo tanto amati), La familia, y tengo idea de que también La terraza, título del año 1980. Y ciertamente, Una jornada particular es la que más me sigue gustando de las suyas. No ignoro que para algunos críticos Ettore Scola es más propiamente que un cineasta un escritor que crea películas para expresar las crisis y apostasías por lo que dice a sus ideales izquierdistas. Con todo, este aspecto ni añade ni quita sobre mi predilección ya expresada por Una jornada particular.

A continuación, ocupémonos de lo que podría considerarse lo más indigesto de la película, para mí que soy católico antes que cinéfilo (en este tiempo de cuarentena por la pandemia del coronavirus, cerradas las iglesias, suspendidas las misas, ¡cuánto añoramos la Eucaristía, que por lo general es alimento espiritual diario en nuestro caso!), solo que no querría dejar de ser cinéfilo a pesar de algunos contenidos diríamos que difíciles de asimilar para un católico. En efecto: desde una perspectiva estrictamente fiel o consecuente con la moral católica, Una jornada particular es la historia de un adulterio, consumado entre una mujer casada y madre y un hombre encima de tendencias abiertamente homosexuales. Nunca los justificara quien estas líneas escribe (el adulterio y la homosexualidad), pero a fuerza de ser sinceros tampoco abrigo la menor intención de rechazar la excelencia de este título a causa de ambas inmoralidades.

De modo que me propongo hacer justicia con esta cinta, y así responder a por qué siento que me gusta, interesa, emociona…

Iniciada con material documental ni que aclarar que en blanco y negro sobre la histórica visita de Adolf Hitler a la Italia de Benito Mussolini (6 de mayo de 1938), no me disgusta, ni modo, que Ettore Scola cargue las tintas (o por mejor decir, el metraje inicial de su cinta) contra uno de los totalitarismos que conoció Europa en su primera mitad: el nazismo-fascismo; el otro, el marxismo. Total, se nota que Scola profesó ideales izquierdistas, laicos o laicistas.

Hoy por hoy, me alineo en el bando de los que sostienen que el comunismo fue mucho más sanguinario y cruel (nunca por repetida, resulta cansina esta cifra: en apenas 100 años de implantación en dictaduras y guerrillas por todo el mundo, el comunismo ha causado más de 100.000.000 de muertos) que el totalitarismo nazi-fascista, sin que ello me lleve a aceptar como buenos ambos regímenes  también totalitarios, el nazi en Alemania y el fascista en Italia.

Asimismo, ya he dicho que me parecen bienvenidas esas imágenes documentales mediante las cuales Scola pretende criticar el totalitarismo nazi-fascista como fuente de opresión, de injusticias y de explotación del hombre por el hombre. Vale, admitido sin mayor problema. Pero sin que ello me lleve a la condena fácil del falangismo español -ojo, a pesar de personalidades tan atractivas como Ceferino Maestu Barrio, entre otros históricos del falangismo en España, nunca fui falangista- a base de lanzar contra el mismo las falsas acusaciones típicas de la progresía: la Falange de José Antonio fue un «movimiento criminal fascista, totalitario y vil». Estas no son sino injurias y son infundios que no merecen ningún detenimiento, por más que descerebrados como los del partido Podemos y similares los sigan tratando de poner en circulación, ¡para desgracia de nuestro país, ahora en manos de tales ineptos y desalmados, con el mentiroso compulsivo y fraudulento de Falconetti Sánchez a la cabeza!

Como tampoco habría necesidad de lanzar injustas e infundadas condenas al régimen de Franco al calor o a la luz de todo ese material documental que Ettore Scola incluye al inicio de su película: ni nazismo alemán ni fascismo italiano fueron exactamente el franquismo de Franco, por más que en sus lustros iniciales el franquismo sí exhibiera aspectos claramente fascistas, en todo caso mucho más humanos y amables que el terror ateizante y criminal del Frente Popular.

Porque además, repito, es que me gusta: estos primeros minutos documentales en la cinta de Scola me hacen conectar enseguida con el neorrealismo italiano (con el Rosellini de Roma, ciudad abierta, o Alemania, año cero), del cual procede el maestro Ettore, si bien lo supera, esto es, lo acabará abandonando en aras de la búsqueda de un estilo más personal. Vamos, ley de vida, esto es, ley del cine: lo propio hicieron Visconti, Fellini, Pasollini, el mismísimo Bertolucci, Michelangelo Antonioni…

Vamos con un segundo aspecto de esta película que me atrapa desde un primer momento. A saber: casi todo el metraje se lo chupan los personajes de Sofía Loren (ella es Antonietta, abnegada madre de seis hijos, tratada al trancazo y con un machismo superlativo por su marido, un fanático seguidor de Mussolini, además bebedor, putañero…) y Marcello Mastroianni (él es Gabriele, represaliado por el fascismo, es homosexual, periodista radiofónico, hombre de izquierdas…). Así la historia, estamos ante una película notablemente teatral. 

Cierto que los hijos y el marido de Antonietta son presentados con un ligero detalle justo en esa mañana de la primavera romana en que todos se preparan para el recibimiento del Führer. Y además la muy novelera o chismosa portera del edificio aparece en varias oportunidades, exhibiendo su juicio inmisericorde hacia Gabriele: para ella un «raro, un subversivo, un antifascista» (formas eufemísticas de enmascarar la acusación de homosexual). Sí: la muy chismosa portera, la metomentodo portera conoce que el fascismo italiano es hostil con Gabriele por la condición homosexual de este, por más que no llegue a confesarle directamente a Antonietta la palabra prohibida, la palabra tabú.

Una vez solos en el edificio aunque inicialmente desconocidos (en el bloque vecinal: parecen pisos de protección oficial, como los que poco después comenzarían a construirse en España durante el franquismo, las famosas casas baratas), ya todo el tiempo será para Gabriele y Antonietta.

Y claro, donde haya una buena película teatral… Me vienen a la mente ahora dos: Doce hombres sin piedad, de Sidney Lumet (de 1957, estrenada en España un 3 de febrero de 1957), y Saraband, el último título del maestro Bergman, ya iniciado el siglo XXI. Ciertamente, hay lo que se llama películas corales (películas en que aparecen muchos personajes) que son auténticas obras maestras, tal es el caso de la española Plácido, de Luis García Berlanga, pero es que en Una jornada particular despliegan un mano a mano nada menos que Marcello Mastroianni y Sofía Loren, dos de los indiscutibles de la cinematografía italiana y aun europea, por no decir mundial, que también.

Mastroianni y Sofía Loren también están sublimes en Los girasoles, de Vittorio De Sica, título de 1970 repudiado por cierta sensiblería romanticona que exhibe y que en todo caso, de ser cierta, desde luego no empaña la sensacional lección interpretativa de la pareja italiana. ¡La química que había entre ambos, en películas comúnmente adscritas a la llamada commedia all’italiana!

En Una jornada particular, Antonietta no acude al recibimiento de Adolf Hitler en Roma no porque ella descrea del fascismo impuesto por Benito Mussolini, el Duce, sino porque ha de quedarse en casa, como siempre, totalmente demandada por su condición de esposa y madre de familia numerosa. Y es entonces, tras el encuentro casual con el personaje Gabriele -quien sí es más antifascista por su condición de hombre de ideales izquierdistas, acaso democráticos, y por su abierta homosexualidad-, cuando comenzamos a conocer la amargura de su vida, ante la cual tal vez al espectador se le arranque el alma. Porque su marido, prácticamente desde una primera hora del matrimonio, no la ama, y ella conoce de las innúmeras infidelidades de él, tanto con prostitutas como con otras amantes. Verbigracia, una de sus últimas conquistas: una maestra, con lo cual ella se sentía aún más sorroballada, aún más degradada, a la altura del betún, infravalorada, desde  luego humillada al máximo. Vamos, como que sentía que su marido le espetaba con todas las letras: «Fíjate en mi nueva querida, es maestra, en tanto tú eres una zoqueta».

Es imposible no tomar partido por el sufrimiento y el desfondamiento existencial de Antonietta. Tratada por su marido con el máximo de los desprecios, acaba encontrando en Gabriele -hombre que titubea ante la opción del suicidio, de hecho lleva consigo una pistola, tales son sus angustias existenciales, su sufrimiento por su condición de homosexual…- la ternura, la delicadeza, el afecto, la fugaz pasión y la sensibilidad totalmente perdidas en su matrimonio o muy remotamente vividas.

Gracias al homosexual Gabriele ella vuelve a sentirse mujer, en verdad amada y deseada, como reconstituida en su centralidad de persona, en su dignidad perdida tras años y años de permanecer sepultada esa su dignidad en un matrimonio en el que a todas luces su marido ya no la ama, no la trata con respeto, no le es ni siquiera fiel…

El episodio del encuentro sexual y el ulterior abrirse cada uno al otro, están expresados con sobresaliente ternura, delicadeza, honestidad. Secuencias de sobrecogedora hondura emocional, a las que asiste el espectador, en tanto en Roma las masas enfervorizadas pero también despersonalizadas asisten al recibimiento del dictador nazi alemán.

Antonietta (una ya algo madura Sophia Loren a sus espléndidos 43 años, solo que aún con suficiente encanto erótico) y Gabriele (un maduro Mastroianni ya con 53 años) nos emocionan porque, al margen ambos de los fastos imperiales del fascismo italiano en jornada de «fraternidad» con el nazismo alemán, son en el fondo de sus vidas dos personajes desgraciados y llenos de frustraciones, de amarguras, de carencias afectivas. En el caso de Antonietta, no al margen del fascismo italiano -que ella es en buena medida una mujer producto del ideario fascista: mujer generosamente paridora, ama de casa, sufrida esposa del macho, ella misma ha sido educada en la admiración hacia la figura del Duce-, solo que su vida es una muestra de cómo en el interior de la Italia que en claves imperiales pretendiera organizar el antiguo militante socialista Mussolini, no todo era de color de rosas, ni modo. En el caso de Gabriele, un ejemplo vivo de lo que el fascismo debía expulsar de su seno, a fin de preservarse a sí mismo.

No diré el final. Para mi gusto, hay una hondísima emoción humana en toda la parte que precede y sucede al encuentro sexual entre Gabriele y Antonietta. Ambos personajes supuran tristeza, ¡la amargura en los ojos de Antonietta, humillada hasta lo indecible, hasta la náusea diríamos, por las innúmeras infidelidades de un marido que no parece entender más fidelidad que a la patria fascista italiana! ¡El sufrimiento de Gabriele provocado por su orientación homosexual!, ante el cual no debemos pasar de puntillas o insensibles, pues cierto que este sufrimiento ha existido, fruto de una marginación histórica, secular, por más que tampoco ello signifique aceptación-legitimación de la práctica homosexual.

Emoción in crescendo, esto es. Y esto es lo que muy probablemente me termina enganchando de esta película. Como que sería uno de sus principales atractivos. Otro -como ya se ha visto en párrafos anteriores-, la compasión, simpatía o empatía que despiertan en el espectador él y ella como «derrotados, víctimas, como perdedores en una sociedad a menudo cruel y deshumanizada». Compasión, simpatía o empatía por los perdedores de la sociedad que nos lleva a Jesucristo, en su condición de divino consolador de los que sufren: cfr. Mateo 11, 28-30: «Vengan a mí los que se sienten cansados y agobiados, porque yo los aliviaré. Carguen con mi yugo y aprendan de mí, que soy paciente de corazón y humilde, y sus almas encontrarán alivio. Pues mi yugo es bueno, y mi carga liviana.»

Emoción in crescendo, sí. Marca de la casa (ese saber conectar con las fibras más emocionales del espectador) de los grandes cineastas italianos. Hasta aquí.


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