¿Sobrevivirá España a la Coronacrisis?

La Comisión Europea ha advertido de que la economía comunitaria “caerá o se volverá negativa” de forma muy probable a causa del coronavirus. La expresión “muy probable” hemos de tomarla como un mero eufemismo, porque todos los indicadores anticipan de una profunda recesión en Europa que se materializará en el segundo semestre del año.

Lo peor es la incertidumbre que esta crisis lleva aparejada: la incertidumbre médica. Los científicos no saben realmente cómo va evolucionando la enfermedad, y precisamente de esta evolución dependen los plazos de la recuperación. Esto significa que, a efectos prácticos, no existen dos crisis diferentes, la sanitaria y la económica, sino que ambas son una única crisis.

El hecho de que casi con toda seguridad no habrá una vacuna hasta 2021 (si es que al final tal vacuna es posible) y el desconocimiento de si el COVID-19 es un virus estacional o no, generan gran incertidumbre sobre cómo evolucionarán las restricciones impuestas y sobre cómo y cuándo será la recuperación. Por lo tanto, es muy difícil adelantar la profundidad de esta recesión porque todavía estamos a expensas de regresar a una relativa normalidad y comprobar si ésta no se verá truncada, en parte o completamente, por posibles rebrotes de la epidemia.

No habrá eurobonos; tampoco barra libre de crédito en condiciones blandas. Los países que necesiten dinero a espuertas van a tener que acudir al mercado ordinario y pagar los correspondientes intereses 

Nos enfrentamos, por lo tanto, a dos líneas temporales distintas: la diaria, con el aislamiento social, y el “qué vendrá después”. Pero hay, además, una variable que complica aún más las conjeturas sobre el hipotético fin de la crisis: ¿cómo reaccionarán los consumidores?, ¿regresará el consumo masivo o el duro impacto de esta pandemia incitará al público a comportarse de manera mucho más prudente? Para Julien Pouget, jefe del departamento francés de coyuntura del INSEE, la recuperación de las costumbres de consumo no serán instantáneas, además, el fuerte aumento del desempleo sin duda lastrará la recuperación.

Así pues, todo son incógnitas. Lo que sí sabemos ya es que sólo durante el segundo trimestre Alemania perderá el 9,8 por ciento del PIB. Y que China, a la que se considera la primera economía mundial, pasó de crecer un 6,4 por ciento a caer un 6 por ciento durante el primer trimestre. Todos los sectores han sufrido un durísimo castigo. El consumo alimentario, por ejemplo, pese a que antes del confinamiento tuvo un alza importante, cuando la gente se apresuró a aprovisionarse, ahora ha perdido el 35 por ciento de su actividad. El transporte terrestre se ha reducido un 64 por ciento; el movimiento de vehículos ligeros, un 90 por ciento; y el aéreo, un 94 por ciento. En España, además, el sector del turismo, cuyo peso en el PIB es del 15 por ciento y que representa el 12,7 por ciento del empleo total, sufrirá una caída de al menos el 40 por ciento, pero podría ser mayor si las restricciones, no ya nacionales, sino también internacionales, se prolongan más allá de primavera, lo cual parece bastante probable.

Para todos estos datos no existen precedentes, ni siquiera en la Gran recesión de 2008. Hay que remontarse a tiempos de guerra.

El daño ya está hecho… pero no se puede decir

Hasta hace poco los análisis estimaban que la caída del PIB español en 2020 podría alcanzar el 4 por ciento (servicios de estudios de BBVA, Fundación Rafael del Pino y Fedea) y que el número de parados aumentaría en un millón. Ese era el escenario probable… si el estado de alarma no se prolongaba más allá de la primera quincena de abril. Ahora que se ha prorrogado hasta el 11 de mayo los pronósticos son mucho más negativos: la caída del PIB podría alcanzar los dos dígitos y el desempleo pasar del 13,8 por ciento al 22 por ciento o incluso más.

Aún peores son los pronósticos del informe de este mes de abril de Unicredit, del que curiosamente no hay rastro en los medios españoles. Según esta entidad, todas las economías de los países de la zona euro van a encajar un durísimo golpe, pero lo relevante es que, al margen de cómo haya gestionado cada gobierno la emergencia sanitaria, ningún país va a salir de igual manera: dependerá de la capacidad de cada cual para afrontar la crisis.

Así, mientras Unicredit prevé un desplome del PIB alemán del 10 por ciento en 2020, anticipa también una recuperación casi completa a finales de 2021. Lamentablemente, éste no será el caso de España, cuyo PIB caerá un 15,5 por ciento en 2020, mientras que para 2021 se prevé un crecimiento del 9,5 por ciento, lo que supone una diferencia negativa del 6 por ciento entre ambos ejercicios.

A esto hay que sumar otro dato muy preocupante: el peso de la deuda pública pasará del 95,5 por ciento del PIB en 2019 (1.188.862 millones de euros) al 126,2 por ciento en 2020 (1.571.040 millones de euros): 33.427 euros de deuda per cápita, es decir, 33.427 euros que cada español, sea adulto o menor, deberá a los prestamistas del Estado. Así, una familia de cuatro miembros deberá sumar a sus deudas privadas una cantidad adicional de 133.708 euros a cuenta de las Administraciones Públicas.

Peor que en la Gran recesión

Todo esto significa que España deberá afrontar la crisis económica en unas condiciones muy diferentes a la crisis de 2008, puesto que, al cierre de 2008, la deuda sobre el PIB representaba el 39,7 por ciento y ahora prácticamente se sitúa en el cien por cien. De ahí las escasas medidas que el Gobierno está tomando ante al coronavirus: mientras Alemania puede inyectar dinero público a las empresas, nosotros a lo sumo podemos optar al aplazamiento de pagos. Y si analizamos la letra pequeña de los boletines oficiales, diríase que ni siquiera eso es posible, porque, como apunta Leopoldo Gandarias, experto en Derecho financiero y tributario: “el problema son las telas de araña que pueblan la caja común”.

Sin embargo, los españoles no nos damos por enterados. Las peticiones de ayudas se multiplican, no ya para aplazar pagos sino para que nos sean condonados, lo cual es completamente imposible. Quizá sea porque, acostumbrados como estamos a la presunta prodigalidad de los políticos, nos hemos vuelto incapaces de distinguir los deseos de la realidad. Los milagros no existen. Tarde o temprano las facturas hay que pagarlas y ese momento parece que, por fin, ha llegado.

Estamos solos 

Pero el gobierno, lejos de contar la verdad a los españoles, opta por comprar a los medios de información y finge exigir mutualizar la deuda entre los estados miembros de la UE, lo que, en teoría, le permitiría endeudarnos todavía más sin tener que asumir reformas estructurales y ajustes del Estado de bienestar. Pero no habrá eurobonos; tampoco barra libre de crédito en condiciones blandas. Los países que necesiten dinero a espuertas van a tener que acudir al mercado ordinario y pagar los correspondientes intereses.

Así, el anuncio de que los ministros de Economía y Finanzas de la Unión Europea han alcanzado un acuerdo por el que se pone a disposición de los Estados miembros un crédito de hasta un máximo global de 500.000 millones de euros, esconde una condición: cada Estado miembro podrá disponer a lo sumo de una cantidad de hasta el 2 por ciento del Producto Interior Bruto Interno. Esto significa que podremos recibir por esta vía un máximo de 25.000 millones de euros, muy lejos de las necesidades que tendremos que afrontar en los próximos meses como consecuencia del desplome de la economía y del brutal incremento del paro. Lo cierto es que vamos a necesitar al menos 10 veces esa cantidad.

Cambiar el gobierno, cambiar el país

Que el coronavirus ha dejado en evidencia la catastrófica impericia del actual gobierno no hay ya duda. Lamentablemente, los efectos destructivos de esta incapacidad no se atenuarán con el fin de la crisis sanitaria, al contrario: se exacerbarán con la llegada de la crisis económica. Sin embargo, la solución no va a consistir simplemente en cambiar a un gobierno por otro. Olvídense. Nuestros males son profundos y vamos a tener que bregar con ellos… si queremos sobrevivir.

Desde el verano de 2007 hasta el día en que el COVID-19 se propagó entre nosotros, los españoles hemos vivido con el tiempo prestado. Y ese tiempo, como todo préstamo, tenía un precio: 800.000 millones de euros. Cuando finalice 2020, esta factura habrá ascendido a 1.180.000 millones de euros. Queramos o no, vamos a tener que elegir entre seguir comprando tiempo a precios cada vez más disparatados o exigir a nuestros políticos y a nosotros mismos, primero, un cambio de mentalidad y, después, constituir una nueva mayoría para afrontar la transformación del país. No será fácil ni agradable, pero se puede hacer. Sólo hace falta voluntad política y, por supuesto, que los partidos den entrada a personas de valía que —como esta crisis ha demostrado— sí existen en la sociedad civil… pero no en los propios partidos.

La pregunta es: ¿se abrirán los partidos a la sociedad o sus cúpulas preferirán, como hasta ahora, conservar sus privilegios? Si deciden lo segundo, cualquier cosa, y no precisamente buena, puede suceder.

Para Disidentia


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