SPAGUETI WESTER o fascinación por el paté

Qué español, incluso decente, no ha concluido alguna vez que otro gallo (ese veleta de corral que constituye el pájaro nacional de nuestros vecinos septentriones), cantaría a nuestra patria si sus paisanos se entregaran unánimemente a alguna marsellesa, líricamente se entiende, en toda ocasión señalada.

Que exaltar la historia nacional, aunque fuera como la gabacha, tan perlada de fracasos, miserias y ogros reciclados cual logros, llenaría nuestros pulmones más que un respirador covid o la varsavianka en labios de los coros del ejército rojo

¿No sería una pasada hacer apología de los patrios colores, como hacen las naciones más henchidas de sí mismas de nuestro entorno con sus tonos rojo, blanco y azul comunes a todas ellas, en sus ricas gamas de quesos de postre, en sus protuberancias automovilísticas o hasta en sus braguetas?

Y es que esa capacidad ultrapirinaica de convertir una geografía polifónica llena de retazos y expolios al vecino cercano, y al no tan cercano, en un bloque megalítico y uniforme de voluptuosa naturaleza y esplendor, tan asombrosamente armónicos con todo lo que huele a francés, a inglés y hasta a italiano, eso, eso… no está al alcance de nuestra pobluna mentalidad española tan humilde, tan apegada al villorrio.

La France c’est tout magnífique!

Lástima que la misma red eléctrica tan en boga, por cuya misteriosa hilambre «Pagídelafrans» nos vende a precio de amigo napoleónico (por lo de napia, digo), la luz que decidimos un día no generar aquí, no nos enchufe por el mismo cauce ese patriotismo de cuño francés que tanto daño ha hecho…

¿Daño? ¡Pero si ellos no tienen complejo como nosotros, pobres periféricos siempre a su sombra!

¡Si ellos llevan siglos juntando al jacobino y al girondino sin problemas, mientras nosotros recién hacemos documentales donde sociatas y tradis (Guerra y Gullo, dixit) apologetan la gesta evangélica española cual globalización precursora de la entrañable realidad actual!

¡Cuánto nos queda por aprender para ser patriotas y no nacionalistas que diría le grand De Gaulle! Ese, ese, que al poco de detectar lo viejo que estaba Franco, la palmó.

Bien; para usted la perra gorda, caballero, la grosse chiene que las hay muchas allá en la Picardia: especulemos pues qué país, qué paisaje, qué paisanaje seríamos si la revolución hubiera vencido en España de forma similar al modo en que se ganó un día a Francia para la modernidad patriótica, y al siguiente al resto de la Europa, continental o no, que siempre tendió peligrosamente a imitar mal que bien sus mismos usos jacobinos (desde Albión al Ural, aunque a rachas se escapara la Pérfida de tal fascinación por el paté).

Empezando por cual fue, de todas las revoluciones que han germinado en España, y tema aparte sería quién sembrara la semilla, la más parecida a la bastilla de 1789 (bastorra diría aquel), 1931 tiene todas las papeletas. Y no sólo porque ambas comenzaran un catorce: con sus distintas fases de antidiosismo entusiasta, moderación meliflua, centralismo exacerbado, regionalismo nacionalista, separatismo al servicio del radicalismo homicida, teñidos todos de terror y reacción alternantes, la abrileña iba camino de haberse convertido en nuestro glorioso pistoletazo patriotil.

Alguno puede argumentar que fue la pepa de 1812, tan moderadita, tan nominalmente catolicona… Pero allí no hubo paseos ni guillotinas. No fusilaron a Dios ni le cambiaron por la razón. ¡Si ni siquiera depusieron y expulsaron al borbón, no digamos ajusticiarlo! Es más, ¡todavía le añoraban!

Animalitos…

Ya, ya, en el 31 tampoco le pegaron patada alguna… pero al menos nuestro borbón de turno sintió entonces el miedo suficiente para hacer las maletas, aunque tuviera tiempo sobrado para pertrecharlas como se merece todo yayo de emérito. Y es cierto, también, que tampoco hace falta presionar mucho a un borbón para asustarlo, al menos cuando mora al sur de la isla de los Faisanes; mientras permanece al otro lado de tan evocador linde, mantiene el mínimo coraje para jugárselo todo a una misa, o, mucho más dignamente, para subir al cadalso manteniendo la compostura de la que careció en vida.

En definitiva, creo haber argumentado que 1931 se parece bastante a 1789. Le faltó método: en eso los revos ibéricos nunca superaron a sus colegas robes sans culottes o a sus contemporáneos soviets; los 7.000 religiosos y 100.000 desaparecidos en zona republicana en 3 años son pocos frente a los millones exterminados por los patriotas franceses y rusos en menos plazo.

Nuestros chicos se les acercaron, pero, hasta en eso, somos inferiores… nos falta vena, no sé si patriótica en este caso.

Por supuesto que al año bastillero también se le asemejan 1918, que acabó con tres emperadores o 1945, que liquidó al viejo Saboya descendiente del que un día, olvidándose que custodiaba la Túnica Santa, le quitó túnica, casa y condumio al mismo Papa. ¡Cuál Carlos V, pero sin ese genio español al que ya se había entregado cuando le encadenó y al tiempo ordenó a la Cristiandad que rezara por el preso y vicario de Cristo!

Y es que en 1879 ya no había Cristiandad, como no la hay en el cambalache emPapado y tunicado de ahora… ni rey que le destunique.

Y menciono todos esos años teñidos de derrotas y miserias nacionales porque son exaltados anualmente por nuestros mismos envidiados naturales, esos tan patriotas, descendientes de los que fueron derrotados entonces. No tienen reparo en enarbolar trapitos nacionales para la ocasión, ni en cantar a pleno pulmón cancioncillas de dudoso gusto y peor métrica, nacidas muchas en las luctuosas riadas que trajeron tales desastres, o, al menos, elocuentemente incapaces de evitarlas: a los soviéticos no les ayudó vencer a Hitler recurrir a katiuska sino a los iconos que aún no había quemado Pepestalin.

En Alemania, en Italia, hasta en Polonia, celebran cantando sus derrotas, activas o pasivas: nosotros, al menos, salvo en la querida Cataluña, aún no celebramos el fracaso. Como diría Chesterton del buen católico: aún bebemos para celebrar.

Lo que no implica, desde luego, que 1812, 1931, 1918, 1945 y hasta 1975 no fueran bastardos de la misma y exaltada meretriz de 1789, y que solo se tomaran su tiempo para crecer y condimentarse al punto de cada geografía.

De hecho, si me apuran, deberíamos remontarnos a 1517 para buscar al padre putativo… O al año 33, para liar más la cosa.

Pues bien: estoy convencido. Si el espíritu de 1931 no hubiera sido destruido por malvados antipatriotas fachitas, los españoles seríamos ahora más patriotas si cabe que los franceses. Tan patriotas como esos españoles que llenan de babas su mascarilla pintada de rojo y amarillo.

Casi cien años después de 1931 estaríamos cantando el himno de Riego, obviando que el tipo fuera uno de los mayores traidores a España (pero no más de lo que fue a Francia el autor de la Marsellesa, o a su nación corsa el prisionero de Santa Elena). Mientras, enarbolaríamos la tricolor con la alegría con la que hasta hace nada aplaudíamos a las ocho (a la misma hora que gabachos, teutones o eslavos).

Mezclaríamos a Santa Isabel I con José I y Abderramán, todos en igualdad de condiciones, valorando su similar contribución a la historia patria, despojados, como no, de toda trascendencia sobrenatural. Nuestro lavado de cerebro no habría sido el autodestructivo que vivimos hoy, fruto de 300 machacantes años de afrancesamiento, sino el aún más simplón, súbito y tragacionista del tipo Reverte. Sería esa papilla autocomplaciente que suministraron a los franceses desde 1789, antes a los ingleses de 1649, después de 1870 a teutones e italianos…

¿Qué ellos no han sido aleccionados, dicen? ¿Qué respetan su historia, insisten?

¿Qué no les han comido el coco, protestan?

Bueno, bueno… ¿Se imaginan la reacción de los vendeanos víctimas del Terror si les dicen que sus herederos legitimistas iban acabar enarbolando los colores que exhibían las escarapelas de sus exterminadores?

¿Puede alguien suponer que Luis XVI, frente al cadalso, creería al mensajero del futuro que le contara que los ciudadanos de la V república admirarían a su abuelo Luis XIV como gran hombre de estado, a pesar de que, siendo como era un pedazo pecador de la pradera, machacara a los hugonotes aún más que su vecina Majestad Católica?

¿Qué dirían los napolitanos del Novecento si vieran la bandera garibaldina que acabó con el  floreciente reino aún hispano, bandera tan tricolor como la mejicana por cierto, siendo celebrada por los admiradores de Maradona y víctimas de la Camorra instituida – qué casualidad – en 1861?

Lo único que pasa es que en otros lares tardaron una generación en convencerles de que la piel desollada de los vendeanos se la quitaron los nazis a lo vivo después de regresar del futuro, mientras que aquí han sido doce las generaciones necesarias para que acabáramos de digerir por unanimidad democrática que Felipe II vestía con el negro de la piel que le arrancaba a los esclavos de sus colonias.

La única diferencia sensible es que los medios, esos medios que crean opinión, no nacieron en España, pero encontraron en ella ese caldo propicio de intelectualidad miserable tan característica de aquí, capaz de venderse por mucho menos de 30 monedas. Esa casta nuestra que lleva bebiendo de manantiales extraños desde hace tres siglos, a la que ni le gustó nunca España, ni su paisaje ni su paisanaje, ni hacer el mínimo esfuerzo por cambiarlos cuando fue menester. Esa casta castiza y casposa que nunca perdió ocasión de buscar fuera lo que aquí no encontraba.

Pero el español alejado de esa costra, de esos medios que sólo hace poco se hicieron aquí masivos, resistió bien y secularmente ese simplismo transpirinaico que se tragaron los europeos igual que asumieron el pinchazo covidiota.

No dudo que nuestra resistencia se forjara a costa de complicar nuestra psique hasta el paroxismo, de hacernos toscos y huraños, pero fue larga y tenaz, lo que ya es mucho. Nos llevó a desentendernos de himnos, documentales y colores que ahora – en cruel ironía -, añoran y propugnan los progres, y no fue sino hasta los albores de 1975, cuando los medios ya lo eran todo, promovidos por gobiernos que sólo por eso ya dejaron de ser buenos, cuando empezamos a acoger las formas paganas y menganas de ese «franco» entusiasmo patriotero digno de mejores causas.

Pero hasta entonces, si es verdad que el español era crítico consigo mismo, pues nada es impermeable a la molicie intelectual nativa, también era auténtico, quizás porque captaba que la verdadera esencia espiritual de España, idéntica a la que mueve a la Iglesia, sólo se manifiesta adecuadamente en la adversidad, en la Reconquista; no en glorificar inanemente el pasado.

España lleva 50 años entregada al mundo: Francia 250; eso es lo único que nos diferencia. Nosotros vamos para 50 años de caída y miramos con envidia lo que ellos llevan mamando cinco veces más: quizás por eso ya han tocado fondo y sus supervivientes empiezan a reaccionar en su fosa de forma ostensible. Eso sí es enviable…

Y por todo eso, hasta que no vuelva esa liza trascendente que antes mencionaba, prefiero discutir con el paisano que me larga que Hernán Cortés era un bárbaro sanguinario, a soportarle expresar, henchido de ese orgullo patrio tan parecido a la vanidad pura y dura, que el metelinense forma parte, junto a Godoy y Largo Caballero, de una misma y gloriosa hermenéutica de continuidad. Esa continuidad con el que nuestro caduco entorno pretende unir Trento con el CVII, San Luis con Napoleón y Chirat, San Eduardo Confesor con las reinas virgen y victoria o, quizás en oscuro, diabólico y mercantilista reverso, a Friedrich Barbarroja, Adenauer y Merkel; a la liga hanseática báltica con la bayern y wolkswagen, o al espagueti con el western.


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