Tengo que decirlo, y confío en no molestar

Como se trata de un escrito breve, informativo (no es precisamente el fragmento de un ensayo de sesuda teología), y de estilo periodístico ágil, pues no en balde su autor es periodista, esto es, conocedor de su oficio, me permito reproducirlo en esta reflexión mía. Como es fácil de localizar este escrito en Internet y al objeto de dificultar un poco el que se encuentre -porque habrá más de una persona a la que vayan a molestar algunos de mis comentarios-, voy a contravenir las elementales normas académicas de citar el título y el lugar de publicación de un texto. Así que veamos:

El Domingo de Resurrección o de Pascua es la fiesta más importante del año litúrgico, puesto que con la Resurrección de Jesús es cuando realmente adquiere sentido el catolicismo. Por eso afirma San Pablo que si Cristo no hubiese resucitado vana sería nuestra fe.

Cristo triunfó sobre el pecado y sobre la muerte y de esta manera nos abre las puertas del Paraíso y de la vida eterna. En la liturgia dominical participamos de un modo especial de esta gran alegría de la Pascua. Se enciende el Cirio Pascual, símbolo de la luz de Cristo resucitado y que permanecerá prendido hasta la Solemnidad de la Ascensión.

La Resurrección de Jesús es un hecho histórico, cuyas pruebas entre otras, son el sepulcro vacío y las numerosas apariciones de Jesucristo a sus apóstoles. Un hecho histórico que nadie ha podido ni osado refutar. Los recientes estudios de la Sábana Santa, con la más moderna tecnología, corroboran lo que creemos por la fe.

Al celebrar la Resurrección de Cristo, celebramos también nuestra futura resurrección. Celebramos, como hemos dicho, la derrota del pecado y de la muerte. En la resurrección encontramos la clave de la esperanza cristiana: si Jesús está vivo y está junto a nosotros a nada podemos temer. Él es el Camino, la Verdad y la Vida.

Todo sufrimiento recobra pleno sentido a la luz de la Resurrección, pues tenemos la certeza de que después de este valle de lágrimas, si hemos sido fieles, gozaremos de Dios para siempre en el Cielo.

Navascués

El artículo lo firma Javier Navascués, muy activo en las redes sociales, y en bitácoras de pensamiento católico como El Correo de España, El Español Digital, Infocatólica, entre otras. Católico militante, su presencia constante en los citados y en otros sitios de Internet es de celebrar y de agradecer: Dios te lo pague y de seguro que te lo pagará.

A mi juicio, nuestro periodista dice la verdad al afirmar que «el día más importante para los católicos es el Domingo de Resurrección», solo que igual de importante que ese día de nuestra Semana Santa (más concretamente, de su Triduo Pascual) es el Viernes Santo, en que celebramos la muerte redentora de Cristo. Hasta el extremo de que tradicionalmente para la Iglesia, Crucifixión y Resurrección pasan por ser los dos acontecimientos inseparables del misterio de Jesús nuestro Señor, el Cristo, el Salvador. Y así, no hay resurrección sin cruz: en este valle de lágrimas, en esta mala noche pasada en una mala posada, que decía santa Teresa de Ávila, transitamos por toda clase de mortificaciones, claroscuros, injusticias y cruces, porque es que vamos hacia nuestra redención, hacia la casa del Padre, peregrinos del Cielo, que lo será en verdad si resucitamos con Cristo para la vida eterna.

E incluso cabe que incluyamos un tercer día: el 25 de Diciembre, en que celebramos el Nacimiento de nuestro Señor. De modo que así tendríamos esta forma de triada, digámoslo así: nacimiento, muerte y resurrección de Jesús de Nazaret.

Hechas estas observaciones, adviértase que el apunte reflexivo de Javier Navascués igual no pone suficientemente de manifiesto que en efecto nacimiento, muerte y resurrección de Jesucristo (Encarnación, Crucifixión, Resurrección) son los tres momentos capitales e inseparables del misterio salvífico de Cristo.

De resultas de todo esto que nos permitimos comentar, un forista, sin duda algo contrariado con el apunte de Navascués, le responde con un escrito que me permito reproducir, aunque no así el nombre de su autor, al que yo al menos agradezco que dé la cara, cosa por cierto muy pero que muy poco frecuente en el mundillo de los católicos sedevacantistas o rigurosamente lefebvristas (honrosas excepciones aparte), en el que lo que predomina es el anónimo que condena a diestro y siniestro todo lo que tenga, remita, suponga o huela a Concilio Vaticano II. Y además no citaré su nombre porque estoy seguro de que él se sintiera muy molesto con mis comentarios. De manera que el escrito de marras es el que sigue (las cursivas son nuestras):

Por mucho que les moleste a los modernistas de la secta del Vaticano II, el día más grande de los católicos es el Viernes Santo, en el que se exalta el sacrificio de la cruz. Eso de elevar la resurrección a día «más grande» es un invento al estilo de lo que el masonazo de Machado decía con aquellos ripios de:

¡Oh, no eres tú mi cantar!

¡No puedo cantar, ni quiero,

a ese Jesús del madero,

sino al que anduvo en el mar!

Y san Pablo dice lo que dice de la Resurección es porque es lo que avala el sacrificio de la Cruz, no porque lo sustituya, supere o mejore. Y de hecho lo que San Pablo cree al respecto queda muy claro, por ejemplo, en la primera carta a los Corintios: «Pues me propuse no saber otra cosa entre vosotros, sino a Jesucristo, y a Éste crucificado.». Otra cosa es que para los modernistas la Cruz es solo locura y escándalo.

Créanme que me cuesta hilvanar el puñado de ideas de que quiero ocuparme en esta reflexión, entre otras causas o temores porque siento que yo mismo no me ando con chiquitas a la hora de usar expresiones fuertes con que rechazar tal o cual práctica, tal o cual idea o doctrina, tal o cual asunto; o bien la trayectoria de un político, un sindicalista, un hombre o una mujer de la farándula, el mundo de la cultura o el espectáculo, etcétera.

Y claro, uno sospecha, así las cosas, que pueda ser obligado a «tomar de su propia medicina», como suele decirse. Con un ejemplo. Como no tengo ninguna duda sobre la maldad moral, indigencia intelectual e impericia política de personajes como los miembros del actual Gobierno con Pedro Sánchez a la cabeza, o los cargos públicos de un partido como Podemos, pongamos, no ahorro, referidas a ellos, ciertas expresiones por más que puedan parecer fuertes, incisivas, o hirientes incluso para algunos lectores (como que a veces alguno que otro me lo ha hecho saber). Sin embargo, nunca se me ha ocurrido referirme con palabras de sumarísima condena a personas como la expolítica Rosa Díez, pongamos, por más que reconozca que ella es laicista en el fondo, partidaria de una ley del aborto, partidaria de medidas que chocan con mi ser de católico, solo que al parecerme que es mucho lo que ella aporta de bueno al debate político, a la defensa de la unidad de la patria, a la condena del terrorismo etarra, a la crítica a los separatismos…

Vamos, como que no es «que le perdone la vida a Rosa Díez», no creo que sea exactamente esto, Dios me libre, y sí más bien que entre Rosa Díez y Pablo Echenique, pongamos, las expresiones mías, escritas con poca o ninguna reserva y que se exhiben como caricaturescas, incisivas, duras, las reservo para el, a mi juicio, impresentable político argentino enrolado en Podemos, en tanto Rosa Díez me merece el máximo respeto, por más que yo no comparta del todo -insistamos-, ni mucho menos, sus convicciones ideológicas, su ideario político. Rosa Díez es una señora y casi siempre sabe de lo que habla, es decir, que acierta en sus análisis, porque cuenta con suficiente autoridad moral, ganada a pulso, en buena lid; en tanto Echeminga Dominga, también llamado Pablo Echenique, es un podemita bolivariano, valga el pleonasmo, un oportunista que no dice sino gansadas, mentiras, flatulencias ideológicas, demagogias. Es un simple vividor de la política que, por ende, está en su ejercicio partidista con el fin principal de subir de estatus social e incrementar su patrimonio y su cuenta corriente. Todo lo cual le permita residir en el exclusivo barrio de Salamanca en Madrid, mientras predica la revolución bolivariana para España y nos advierte de lo malos que son los de la extrema derecha de Vox. Menudo bocachancla, a la sazón portavoz parlamentario de Podemos.

Enrique de Diego Villagrán

Todo esto sin más tutía, sin más pena ni gloria. Otro ejemplo. En su momento, mientras fueron apareciendo en Rambla Libre los artículos del periodista Enrique de Diego invariablemente dirigidos al «chulo puta de Pedro Sánchez», el infausto presidente actual del Gobierno (vamos, que lo llamaba siempre así), en absoluto me sentía escandalizado por esa expresión tan fuerte, toda vez que siento por Pedro Sánchez un total desprecio, en términos estrictamente políticos, y mucho más ahora con la crisis del coronavirus, tan escandalosamente mal gestionada por este infame e infecto Gobierno. Desde luego, puede ser muy discutible, no lo niego, el que alguien, en este caso el periodista y ensayista Enrique de Diego Villagrán, le endilgue tales epítetos nada menos que al presidente del Gobierno de una nación: de entrada, lo más socorrido sería suponer que estamos ante una total falta de respeto a una autoridad de tal rango, por más que moralmente no tenga rango alguno (esto también a mi juicio). Toda vez además que en principio a nadie le gusta ser zaherido de esa manera. Vale, también admitido. Solo que tratándose de políticos como Pedro Sánchez, Pablo Iglesias, Pablo Echenique, Juan Carlos Monedero, Iñigo Errejón, Irene Montero, Carmen Calvo, Alberto Garzón, Ábalos, Iceta…

Por cierto, tales cartas de Enrique de Diego al Presidente de la nación han ido desapareciendo de Internet; será que su propio autor ha dado orden de retirarlas. Pero queda el dato o noticia de que existieron y de que fueron una vez publicadas, porque como mínimo aparecen los títulos de tales misivas, como si de huellas se tratase, por lo demás tan magistralmente escritas, y además hay foristas que las han comentado en sus sitios. Comoquiera que sea, igual hoy día su autor se siente arrepentido, en todo o en parte, de haberlas publicado en su momento provistas o pertrechadas de esos términos tan duros contra Pedro Sánchez, al que otros periodistas de cuerda ideológica parecida a la del segoviano Enrique se refieren como Falconetti.

Ciertamente, podrán replicarme con que todas las personas merecen un máximo respeto, incluso aquellas que nos parezcan muy culpables de ocasionar desmanes de toda índole o sean nuestras enemigas ideológicas, o se hayan llamado Lenin, Stalin, Hitler, Mao… De acuerdo, tal vez debiera entonces entonar el mea culpa y…

Dicho esto, a modo de preámbulo aclaratorio, analicemos el texto del forista de marras a través o a la luz de una serie de consideraciones. El susodicho escribe por mucho que les moleste a los modernistas de la secta del Vaticano II. A lo que yo replico sin más rodeos ni paños calientes: me parece que se pasa tres pueblos. Desde luego, el Concilio Vaticano Segundo alumbró documentos (pastorales) que bien exigirían una especie de syllabus de sus aparentes o reales ambigüedades, pero esa condena sumarísima y sin remisión que hace el forista, ¡uf!

Segunda consideración. Al escribir secta del Vaticano II se está situando por encima, lo pretenda él o no, de Juan XXIII, de Pablo VI, de Juan Pablo I, de Juan Pablo II, de Benedicto XVI; de todos los padres conciliares, teólogos y peritos de ese Concilio; de todos los movimientos apostólicos surgidos a la luz del Vaticano II; de los miles de mártires católicos que ha habido desde la época del Concilio hasta nuestros días; de todos los movimientos de renovación pastoral, litúrgica, apostólica, familiar  y teológica surgidos desde el año 1962 en que se da el pistoletazo de salida de ese acontecimiento eclesial, hasta nuestros días: millones de personas más o menos alejadas que se han encontrado con Cristo y su Iglesia gracias a esos nuevos movimientos eclesiales, de los que a su vez han surgido miles de vocaciones al ministerio ordenado y a la vida religiosa, como también han surgido docenas de miles de familias en todo el mundo generosamente abiertas a la vida (fecundas, artífices de familias numerosas, abiertas a la Providencia…).

Tercera. Sí, cómo negar o callar esta evidencia: es innegable que, en palabras del papa Benedicto XVI, «la barca de Pedro hace aguas por todas partes y amenaza con hundirse», en parte por culpa del mal ejemplo de quien estas líneas escribe, en parte por culpa del mal ejemplo del propio Benedicto XVI, en parte por culpa del mal ejemplo de millones y millones de católicos de toda edad, estado y condición. De acuerdo: esto también es innegable. Porque siempre será verdad que la Iglesia es santa por Cristo, su fundador, el solo santo, y pecadora por todos sus hijos e hijas, yo el primero. Pero qué quieren que les diga, me parece una pasada eso de por más que les moleste a los modernistas de la secta del Vaticano II.

Cuarta. Claro que la Iglesia -nunca se insistirá lo bastante en esto- está hecha unos zorros, sumida en la más espantosa y tétrica apostasía (como que profetizado está que así habría de ser), que afecta de manera especialmente escandalosa y trágica a sus pastores, incluida la cúspide eclesial: obispos, cardenales… Pero aun así, sigo sin poder con ese por más que les moleste a los modernistas de la secta del Vaticano II. 

Hans Kung

Quinta. Con tal expresión, nuestro forista mete en el mismo saco a Leonardo Boff, Benjamín Forcano, Teresa Forcades, Juan Masià, Lucía Caram y a tantos otros y otras que van de superprogres heterodoxos -quienes no dudo que también son trigo, no solo cizaña, en una proporción o mezcla que no me corresponde a mí juzgar- y a la madre Verónica Berzosa, fundadora de Iessu Communio, una de las comunidades de vida religiosa contemplativa más pujantes y fecundas de nuestro tiempo. Usando esa expresión -un segundo y último ejemplo- mete en el mismo saco a Juan Pablo II y a Hans Küng, quien pese a su heterodoxia y buena vida burguesa no dudo que haya intentado servir a Cristo y a su Iglesia, y que Dios juzgará cuando le toque. ¿De una manera harto secularista y equivocada esa reflexión sobre Cristo y la Iglesia? Muy probablemente, solo que sin condenas sumarísimas vamos a escuchar al muy erudito profesor suizo, vamos a leerlo y a debatir sus escritos.

Sexta. Me parece que hasta podría el forista haber escrito algo así como «por desgracia, los frutos del Vaticano II no han sido siempre frutos buenos, saludables para la vida de la Iglesia y la nueva evangelización; muy al contrario, se han manifestado como frutos pochos, podridos…» Vale. Pero el cargarse completamente todo este acontecimiento eclesial de un plumazo espetando el muy categórico por mucho que les moleste a los modernistas de la secta del Vaticano II… 

Séptima. ¿Por qué secta?, ¿cómo que secta? ¿Desde qué acepción de la palabra secta cabe enjuiciar a todo el Concilio Vaticano II como secta? Desde luego, más sectaria me parece la actitud del que critica el Concilio de esa manera, rompiendo así con la comunión eclesial. Esto es lo propio de los espíritus sectarios: creerse en posesión de la verdad absoluta, y así acabar resquebrajando la unidad, incapaces o incapacitados de ver todo lo bueno, verdadero, noble, loable, positivo, humano, espiritual, edificante, bello, respetable y evangélico que hay en los que sienten, creen, aman y piensan distinto.

Octava. Tampoco creo desconocer que el Concilio Vaticano II -aunque no deseo afirmar que así lo pretendiera-, en efecto es causante o culpable de algunos de los males que asolan a la Iglesia actualmente. Pero no de todos, ni mucho menos. Porque además algunos de esos males, hoy muy grotescos, gangrenados, exagerados y como locos en metástasis ad intra y ad extra de la Iglesia, proceden de antes del Vaticano Segundo. Solo que siempre nos quedará París: ese por mucho que les moleste a los modernistas de la secta del Vaticano II… 

Novena. Claro que hay sedevacantistas -quienes en el 99% de los casos nunca dan la cara, y así insultan, juzgan y condenan a troche y moche- que se refieren al Vaticano II con términos aún más duros, como Vaticueva, por ejemplo, término que así empleado o espetado me parece una falta de respeto tremenda, en verdad sí que propia de mentalidades sectarias. De manera que la expresión del forista que nos ocupa a mí particularmente -ya sobradamente lo sabemos; qué pesado puedo resultar, lo admito- me sigue pareciendo una falta de respeto.

Décima. A mí, sí, que sin embargo no me escandalizo cuando escucho a un comunicador, sobre todo desde Youtube, como el tinerfeño Pepe López, franquista confeso (ex de Fuerza Nueva) y hoy día entusiasta de Vox, referirse a los de Podemos como «mugre apestosa», a Pedro Sánchez como «sicópata, mentiroso e indigente mental»… No me escandalizan estos piropos; incluso, en mis escritos, los reproduzco a veces, o parecidos, pero el de nuestro forista referido a la Iglesia pasada a través del Concilio Vaticano II…

Undécima. Se me sigue indigestando. Cierto igualmente que no creo desconocer el daño demoledor a la fe católica, apostólica y romana que han hecho tantos curas, monjes, monjas, religiosos, religiosas y seglares de la órbita del progresismo. Hasta el extremo de que yo mismo en mis escritos más de una vez y de dos me he referido a todos ellos como «termitas, torpedos o caballos de Troya dentro de la Iglesia». Pero estos tíos y tías leen el Concilio a su manera, en clave rupturista, ultrasecularista, mundanizante, a mí ya no me dicen nada, o muy pero que muy poco, fieles a un supuesto espíritu conciliar que empero no se encuentra en la letra del citado acontecimiento eclesial. Para mí, sin ningún género de dudas no son voz autorizada para interpretar el Concilio.

Duodécima. También es posible que un cierto espíritu del mundo, un cierto pensamiento no católico, un ecumenismo mal entendido y un buenismo de corte masónico en lo tocante al diálogo interreligioso se colaran en las mentes más progresistas de entre los padres y peritos conciliares, quienes al parecer llevaron la batuta y la voz cantante. Y todo ello acabara impreso en algunas páginas de los documentos finales. Es muy probable todo esto. Pero ya saben, la famosa frasecita…

Decimotercera. Igualmente me desconcierta que de los seis papas que hasta ahora ha habido desde Juan XXIII hasta Francisco, la mitad ya sean santos (el inaugurador, Juan XXIII, el continuador-culminador de la obra, Pablo VI, y Juan Pablo II), y un cuarto esté en camino seguro de serlo (Juan Pablo I). Máxime considerando que al parecer el proceso de beatificación de Pío XII sigue medio parado, y que habría que retroceder hasta Pío X para encontrar al primer papa santo antes de los tres papas del Concilio ya canonizados (bueno, Pío Nono al menos es beato, y este papa antes de serlo fue un hombre bien liberal, de ideas masónicas o casi, y como vicario de Cristo ya devino hombre de rectísima doctrina, convocador del Concilio Vaticano I, promulgador del Syllabus contra los errores liberales de la modernidad…). Por no hablar de que de Pío X para atrás habría que retroceder varios siglos para encontrarnos con otro papa canonizado: nada menos que Pío V, el papa del Concilio de Trento. Y si consideramos además la cantidad de santos que han subido a los altares con Juan Pablo II e incluso con Francisco… Si bien, por otra parte, uno al acercarse un poco a la vida de personas canonizadas en las últimas décadas como los italianos Giuseppe Moscatti o Gianna Beretta Molla (ambos seglares, por cierto), fácilmente llega al convencimiento de que sí, en efecto, llevaron una vida ejemplar, heroica, santa. Aunque también le asalta a uno la sospecha de que igual no es oro todo lo que reluce cuando lee argumentos críticos -no de progres, los de progres no me interesan absolutamente nada- que hablan de que por qué tantos santos, cuando tradicionalmente la santidad en la Iglesia era reservada a muy pocos elegidos. Y por qué tantos papas del Concilio Vaticano II canonizados, ¿no será esta una forma de canonizar un Concilio, que en verdad ha traído más males que bienes?

Decimocuarta. Hace una partida de años escuché decir al ateo militante y, según sus admiradores, robustísimo intelectual Gonzalo Puente Ojea, que él conocía a más de un obispo católico que había perdido la fe. Entonces me pareció tal observación del ilustre diplomático y ensayista una bofetada en toda regla a la Iglesia, esto es, hecha pública con manifiesta intención de hacer daño. Y a mí me dolió como si me la hubieran dado a mí, la bofetada, pues no en balde he sido educado en la fe en grupos católicos para los cuales la amorosa fidelidad a los pastores de la Iglesia era (es) un deber incuestionable. Transcurridos algunos años, hasta nuestro tiempo histórico o rabiosa actualidad, escuchamos de voces tan lúcidas, bien informadas y fervientemente católicas como la del profesor Damián Galerón sentencias como esta: «La jerarquía de la Iglesia católica está hoy día, honrosas excepciones aparte, completamente infiltrada de pensamiento no católico, de marxismo cultural, de masonería y, en definitiva, de apostasía. Hasta el extremo de que hoy por hoy los jerarcas católicos parecen más esbirros de la agenda globalista del Nuevo Orden Mundial que pastores del rebaño según el corazón de Cristo. En ellos se cumple el Tercer Secreto de Fátima. En ellos y en el mismísimo Vaticano: Roma perderá la fe y será la sede del Anticristo (revelaciones de la Virgen en La Salette, etcétera).»

Decimoquinta. Ahora bien, lo que en sus clases, escritos y conferencias anuncia y denuncia el profesor Galerón, ¿viene a ser todo fruto podrido del Concilio Vaticano II? ¿Los pastores y jerarcas de la Iglesia sufren en nuestros días una tenebrosa crisis de fe causada por los desmanes del Concilio? Comoquiera que sea o por mucha verdad que haya en las opiniones del profesor Galerón, en este tiempo que nos toca vivir dramáticamente apocalíptico o a todas luces mucho lo parece, a mí me consuela la certeza de que sigue habiendo pastores buenos, celosos de sus ovejas, pastores según el corazón de Cristo.

Decimosexta consideración. La indiferencia religiosa imperante en la sociedad actual, sobre todo en Occidente, en efecto fruto de la radical apostasía reinante, lleva a riadas sin número de personas a un vivir tan alejadas de Dios, tan vacías, tan cerradas a la acción de la gracia santificante del Espíritu Santo, que fácilmente caen presas de las seducciones del Maligno. Personas tan muertas, espiritualmente hablando, que ante ellas acaso lo primero que quepa sentir es esto: “Perdónalos, Padre, porque no saben lo que hacen” (cfr. Lucas 23, 34a). Personas que exhiben una conciencia y un ordenamiento moral completamente desajustados, carentes de la más elemental sintonía con lo que tradicionalmente se ha llamado las cosas de Dios, con el cumplir su voluntad, viviendo en gracia santificante. Solo que esta dramática realidad existencial de muchos, de las mayorías, ¿tiene como única o siquiera principal causa directa e inmediata el Concilio Vaticano II?

Decimoséptima y última consideración. Leemos en Mateo 12, 30-37:

<<El que no está conmigo, está contra mí, y el que no recoge conmigo, desparrama.

Por eso yo les digo: «Se perdonará a los hombres cualquier pecado y cualquier palabra escandalosa que hayan dicho contra Dios. Pero las calumnias contra el Espíritu Santo no tendrán perdón.

El que insulte al Hijo del Hombre podrá ser perdonado; en cambio, el que insulte al Espíritu Santo no será perdonado, ni en este mundo, ni en el otro.

Si se planta un árbol bueno, su fruto será bueno; si se planta un árbol malo, su fruto será malo, pues el árbol se conoce por sus frutos.

Raza de víboras, ¿cómo pueden hablar cosas buenas, siendo malos? Puesto que la boca habla de lo que está lleno el corazón.

El hombre bueno saca cosas buenas del tesoro que tiene adentro, y el que es malo, de su fondo malo saca cosas malas.

Yo les digo que en el día del juicio los hombres tendrán que dar cuenta hasta de las palabras ociosas que hayan dicho. Por tus palabras serás declarado justo, y por lo que diga vendrá tu condenación» >>

Como si Jesús nuestro Señor estuviese radiografiando a la perfección lo que acontece en nuestro tiempo histórico, 2.000 años transcurridos luego de pronunciadas y escritas estas palabras. En efecto: la abundancia de maldad, egoísmo, desamor, odios, envidias, ruindad, blasfemia, indiferencia religiosa y sistemático desprecio al prójimo es toda frutos podridos de un mundo que ha dado la espalda a Dios, que vive como si Dios no existiera. O con Dios o con el Maligno. Y es evidente que hoy en día muchas personas, de tan alejadas de Dios como viven, de tan mundanizadas, han devenido presas fáciles en las garras del Maligno, dominadas por Satanás. Esta es una trágica evidencia: muchedumbres de personas en nuestra actualidad viven totalmente al margen de Dios, cada vez más insensibles a la santidad de vida, la piedad, el orden moral… Solo que -siempre nuestra pregunta, nuestra alarma, nuestra perplejidad-, ¿tal estado de cosas es consecuencia del según ciertos analistas desastre del Concilio Vaticano II?

Y por último vamos con lo que nuestro forista escribe sobre el poeta Antonio Machado, uno de los maestros indiscutibles de la poesía española contemporánea. El primero que en vida se proclamó como no católico fue el propio poeta de la Generación del 98. Y sin duda debió ser en alguna medida anticlerical, ¿cómo iba a ser que no entre los grupos intelectuales orientados más bien al pensamiento y el ideario progresistas de entonces? De ideales reformistas, a la par masónicos que librepensadores, según el modelo y la inspiración doctrinal de la Institución Libre de Enseñanza, no obstante la calidad literaria de Antonio Machado -y también el relieve de su calidad humana- son tales que lo hacen merecedor de que no se le endilguen ligerísimos comentarios tan despectivos como el del forista. Me parece a mí; y considero que no me rasgo las vestiduras aquí y ahora por expresar mi disconformidad con tales comentarios, ni es que de repente deje de reconocer que yo mismo con alguna frecuencia me uno a las voces que llaman a sujetos como Pablo Echenique, Echeminga Dominga, pongamos, o maldicen el día en que sujetos como Pedro Sánchez, alias Falconetti, o Pablo Iglesias el Coletas firmaron un pacto de gobierno que amenaza con traer a nuestra España la más espantosa de las ruinas económicas y morales.

Desde luego si lo hago, si me hago eco de alguna suerte de expresiones ridiculizantes espetadas contra tales sujetos, ¿hace falta volver a aclarar por qué es? La rabia que me producen individuos como los antementados, y otros tantos que se imagina el atento lector, es tal, es tal que «uno o habla así o revienta». Y sí, ya han visto: no me desdigo de llamar Echeminga Dominga a Pablo Echenique, deleznable como político, mas las breves palabras de nuestro forista referidas a D. Antonio Machado: «El masonazo de Machado decía con aquellos ripios de… 

Hasta aquí.


8 respuestas a «Tengo que decirlo, y confío en no molestar»

  1. El autor de este artículo, aunque intente disimularlo o no sea consciente de ello, pertenece al grupo de los TIBIOS que refiere el Apocalipsis. Por otra parte, la porción mayoritaria entre los seres humanos.

    Y, resumidamente, emplea toda su melosa palabrería de neoconverso montiniano en procurar convencernos de que las verdades a medias (Concilio Vaticano II y su «descendencia») no tienen por qué ser forzosamente malas, no son mentiras completas.

    Pues con tu pan te lo comas, ¿vale?.

  2. Cardenal Koch: «No se puede ser católico y no aceptar el Concilio Vaticano II ni el Magisterio posterior».

    No pensaba contestarte, «incógnito» Jesús, pero ya ves… No pensaba hacerlo porque de los 47.000.000 de españoles que actualmente somos en España, que venga un anónimo y , de muy malos modos y, desde el anonimato, juzgue a quien no conoce…

    ¿Quién te crees que eres para juzgarme de ese modo? ¿De qué vas?

    Solo esto. Para que quede constancia. Una cosa es aceptar que los demás tengan opiniones disconformes con las tuyas, faltaría más. Y otra tener que aguantar a malcriados que, desde el anonimato, desprecian, insultan, juzgan… No. Esto, por dignidad, no.

    Firmado, Luis (yo doy la cara, aguanto la intemperie de mis opiniones, ¿tú quién eres?)

    1. Gracias, Luis, por bajar de tu pedestal para darle una respuesta a mi comentario. Más, especialmente, cuando el tono de tu «anticomentario» me informa de que la humildad no es tu característica principal.

      Siento decírtelo, pero, la molestia que te has tomado, solo ha servido para afianzarme en la primera impresión que me causó tu artículo. Que te haya provocado tanto malestar, como parece, es indicio de que no he debido andar muy errado en mi apreciación. Allá tú con tu conciencia, Luis.

      ¡Ah!, y Jesús (a quien tú persigues…) es mi verdadero nombre. Perdón por la broma, no podía desaprovechar la oportunidad, tratándose de un «católico» montiniano.

      Un saludo.

  3. Menudo fanático, señor Jesús. No me conoces y me sigues juzgando. Esto no es ni siquiera honesto. Qué es ser montiniano? Pablo VI es papa de la Iglesia. Uno más. Presumo que tú lo rechazas, ya sea cono lefebriano o como sedevacantista. O sea tú eres un cismático. Y tienes la poca vergüenza de venir aquí de incógnito a despreciarme, juzgarme. Menudo elemento..Aunque tonto debo ser yo que contesto a un muro que no tiene ni identidad.

    1. «Aunque tonto debo ser yo…» dices (juzga tú mismo) y, además, poco educado. ¿Confiabas en no molestar…?, ¡caramba!.

      Querido Luis, serénate, sospecho que me has confundido con algún otro conocido tuyo. Por favor, leete de cabo a rabo «8 grandes mensajes» de La Editorial ‘Católica’ y te sentirás como en el nirvana.

      Adieu, addio, bye…

  4. «Aunque tonto debo ser yo…» (tú lo dices) y, además, maleducado. ¡Caramba! y eso que confiabas en no molestar.

    Luis, tengo la sospecha de que me has confundido con algún otro «amigo» tuyo.

    Un saludo.

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