Tiempo de cosecha: el pueblo español está de suerte

Los frentepopulistas compensan toda su carencia de valor mediante su abundante capacidad para el abuso y el engaño. Les falta la virtud, luego les falta el valor. Por eso es justo que el que luche con la verdad y venza con la verdad, venza del mismo modo con las armas, como ocurrió con el Alzamiento Nacional. Es justo y muy justo que cuando la razón lucha con la fuerza, la victoria esté del lado de la razón. El día 1 de abril de 1939 debe quedar en los anales de nuestra Historia como una fecha indeleble por su feliz trascendencia, por su esclarecedor simbolismo.

Por el contrario, la fuerza que se aparta de la verdad y de la justicia no es digna de estimación y loa, sino de reprobación y de menosprecio; aspira al poder por medio de la trampa y de la violencia, y a la reputación valiéndose de la infamia y de la insidia: de ahí que deba ser apartada de la vida pública y condenada al silencio eterno. Y en España, hoy, ello es imperativo.

Las izquierdas resentidas y sus secuaces son hábiles para cargar sobre los demás la pena que sólo ellos merecen. Y repetirán una vez más tal estrategia aprovechando esta crisis del coronavirus.

Quien aún crea que con el socialcomunismo, que es sustancialmente expansivo, activista, intolerante y criminal, puede haber diálogo, o es un sandio o es un cofrade, salvo que sea un alma perdida de Dios, porque no hay prodigio capaz de ablandar sus corazones endurecidos por el diablo. La realidad, que debiera convencer a cualquier naturaleza normal, aumenta en ellos la pertinacia en la malevolencia, pues siempre los retrata y desenmascara.

Su aspiración prioritaria es adquirir poder, confiados en triunfar por la impostura o el desorden, para desde dicho poder encomendarse a la destrucción de su prójimo; y si no les es posible alcanzar el caos, hundirse para siempre sepultando al mundo en universal ruina; que no va con su índole agachar las orejas y retirarse llevando a cuestas su ignominia, sino provocar la catástrofe definitiva.

Siempre, a lo largo de la historia, los delirios de los iluminados y de los codiciosos los han pagado los pueblos, máxime si están constituidos por ignaros y cobardes.

A pesar de sus astucias, de sus pretendidos alardes progresistas y de las inverosímiles promesas hechas para vigilar las leyes a favor del pueblo, pronto amplían su jurisdicción al control de las ideas, de la comunicación, de las costumbres y, en definitiva, a todas las manifestaciones de la existencia -como tratan de hacer ahora-, hasta controlar cualquier detalle por nimio que éste sea y suprimir al discrepante si no se aviene a la ideología socialcomunista implantada.

A estos enemigos de la ley divina y humana, que pretenden anteponer sus intereses al bien común; a estos ambiciosos que aspiran a los más elevados cargos únicamente para satisfacer con mayor provecho y valiéndose de indecentes medios sus desmedidos vicios; a estos dementes cuya despótica voluntad se sobrepone a la verdad y a la justicia; a toda esta ralea que, impune, juega con el sufrimiento humano e instiga la barbarie, el desencadenamiento de atrocidades y catástrofes que sólo benefician a los opulentos… A estos engendros es a quienes los medios informativos al uso, la propaganda del sistema, ensalza y contribuye a hacer famosos y poner como modelos. En consecuencia, lo moralmente higiénico consiste en prevenirnos de la contaminación de tales medios, ignorándolos rigurosamente.

A lo anterior debe añadirse que en otros tiempos las cosas estaban claras; si querías emprender una revolución no se te ocurría ir a las casas de los grandes ni de los ricos, sino allí donde vivían aquellos cuyas copas de felicidad estaban vacías, es decir, a las de los pobres y los humildes. Pero ahora ya no hay pobres ni humildes, ni infelices por amor a la libertad o a la dignidad ultrajadas.

La infelicidad nace ahora por hedonismo insatisfecho, por codicia o envidia, por contemplar diariamente en el espejo la confusión o perversión anímica propia, la propia miseria moral. Por perseguir siempre los goces que no tenemos, aunque nos envilezcan. Y así, con esos mimbres carentes de la menor rebeldía, ¿cómo es posible intentar una revolución?

En estos tiempos es difícil encontrar a un hombre que prefiera la muerte antes que la esclavitud. De ahí que la necesaria regeneración no pueda instaurarse sólo desde abajo, que sea necesaria la implicación de las clases sociales moralmente superiores. Necesitamos espíritus libres, hombres de bien que articulen y den consistencia doctrinal y moral a tantas inquietudes y reivindicaciones pendientes.

El hedonismo de la sociedad del bienestar, ese falso mito de abundancia, de paz y de libertad diseñado por el nefando Nuevo Orden, se reduce a que sus supuestos beneficiarios devoren el engañoso fruto con ansioso afán, sin comprender que están engullendo su alma, comiendo su propia muerte.

Ésta es, en la actualidad, una sociedad mayoritariamente ruin, que durante años viene votando a los malvados, a los pendencieros y a los ladrones movida por la maldad, por la cobardía y por la esperanza de la subvención o de la rapiña.

Muchos de los que durante décadas vienen eligiendo, colaborando y bendiciendo a los incendiarios, salen ahora mostrando una falsa sorpresa por el incendio. «No sé qué está pasando», dicen. Pues lo que está pasando es muy sencillo: recogemos los frutos de las semillas que sembrasteis.

– El pueblo español está de suerte.

– ¿De suerte, dices, con la que está cayendo?

– Ha encontrado lo que llevaba años buscando, ¿no es eso suerte?


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