Un amor que permanece

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En un pasaje especialmente lúcido de Tenga éxito en su muerte, el filósofo francés Fabrice Hadjadj plantea una sugerente – por obvia – dicotomía. Sólo hay dos opciones, nos dice: o bien los seres que habitan la Tierra son seres necesarios, como sostiene Spinoza, o bien son seres contingentes, como defienden tanto el nihilismo como la teología católica.

Tal y como lo hemos expresado, podría parecer que Sartre y Santo Tomás están hermanados por un acuerdo inicial. Y lo están, en cierto modo. Ambos coinciden, en fin, en que nuestra existencia y la de la realidad que nos rodea no es necesaria, en que nuestra presencia aquí y ahora tiene algo de gratuita o de enigmática. No obstante, el sendero se bifurca apenas hemos dado un puñado de pasos: mientras que para el nihilista la existencia es fruto de un luctuoso cúmulo de casualidades, para el católico tiene un porqué.

De esta forma, la teología católica se distancia tanto de la teoría spinozista, que priva de misterio y de gratuidad lo real, como de la náusea nihilista, que lo despoja de sentido. Como en todo, el catolicismo descubre en la cuestión del origen del mundo un justo medio cuyo valor no estriba tanto en ser medio como en ser verdadero: la realidad no es casual, sino creada. Y no es creada por necesidad, sino libremente.

La creación amorosa

De esta forma, el acto creador se nos presenta como desinteresado y libre. Aun bastándose a sí mismo, aun siendo omnipotente, Dios echa los cimientos de la Tierra. Contemplamos, así, la más sublime expresión de amor. La de dar sin ninguna necesidad de hacerlo y sin esperar nada a cambio; la de dar sin detenerte a valorar las consecuencias de tu don. La existencia es un regalo que nos brinda Alguien cuyo amor es eterno.

Al que hizo los cielos con sabiduría,

porque es eterno su amor.

Al que asentó sobre las aguas la tierra,

porque es eterno su amor.

Al que hizo las grandes lumbreras,

porque es eterno su amor.

El salmo 136 expresa vigorosamente la esencia de la intuición judía: la realidad es demasiado rica y bella como para considerarla fruto de una sucesión de casualidades y, a la vez, demasiado insignificante como para considerar necesaria su existencia. Dios creó sin que nada le obligase a hacerlo, esto es, libremente. El esplendor que nos rodea procede, en último término, de la libérrima fuerza del amor; fuimos creados desde el amor para el amor.

Un amor que acompaña

Ese mismo salmo, en sintonía con el conjunto de relatos bíblicos, nos indica que el amor no se extingue con la creación, que Dios no crea al hombre para después desentenderse de él, como haría el arquitecto de un edificio cualquiera. Él no es, en definitiva, un arquitecto, sino un amor que perdura y acompaña. Un amor eterno:

Estábamos humillados, se acordó de nosotros,

porque es eterno su amor;

nos libró de nuestros opresores,

porque es eterno su amor.

Él da alimento a todos los vivientes,

porque es eterno su amor.

Es por eso que el Dios de judíos y cristianos tampoco tiene nada que ver con la deidad de la masonería. Al contrario que ésta, de naturaleza fría, calculadora, impersonal, mecánica, a Aquél lo define un amor que no desfallece, un amor dispuesto a perdonar todas las afrentas de su criatura más querida. Dios creó por amor, y también por amor permanece a nuestro lado.

En este sentido, descubrimos que Dios no sólo es el que es (Yo soy el que soy, Ex 3,14), sino también el que estará. El que estará con su pueblo en la esclavitud de Egipto – consolándolo y luego liberándolo – y el que estará con cada uno de nosotros en la hora de la tribulación y la zozobra.

Con Él a nuestro lado, ningún mal hemos de temer. Al fin y al cabo, ¡es eterno su amor!

Para El Debate

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