Un Castelleno Leal: La razón de un seudónimo

UNAS CONSIDERACIONES GENÉTICAS

Escudo de la Casa de Borbón

Mucho antes de que Mendel formulara de forma científica las leyes de la herencia, el hombre, desde la más remota antigüedad, había comprobado de forma empírica que los rasgos, así físicos como de carácter, se transmitían a la descendencia.

El hecho resultaba evidente por la simple observación de la naturaleza, tanto en el reino animal como en el vegetal. Pero era precisamente en la especie humana, donde se hacía más evidente. Y no sólo por el parecido físico de los hijos con sus progenitores, es decir por la similar fisonomía. También por la transmisión de caracteres: físicos, morales e intelectuales. Evidencia que subyace en el conocido refrán: “De casta le viene al galgo, ser orejudo y rabilargo”.

Pero volviendo a la transmisión de caracteres por ley de herencia, en la especie humana la observación tenía lugar, fundamentalmente, en familias que por su arraigo e importancia social o económica, eran objeto de atención durante generaciones. Siendo el paradigma más notable de ello las familias reales.

Pero además, en el caso de las dinastías, ya se tuvo un primer indicio de lo que luego con el estudio científico de las leyes de la herencia, y a través de la genética, se ha corroborado. El hecho de que los caracteres genéticos pueden ser “dominantes” o “recesivos”. En el primer caso sus características se ponen de manifiesto generación tras generación, con independencia de los sucesivos “cruces” que se hayan producido. Los caracteres genéticos recesivos, por el contrario, van desapareciendo sin que ello sea obstáculo para que a veces puedan aparecer reflejados, tras varias generaciones, en lo que se llama un “salto genético”.

Escudo de armas del Rey de España

Pues bien, sirva este exordio como paso previo para analizar la continuidad de los caracteres genéticos de los Borbones, donde se evidencia que el “borbonismo” es un carácter genético dominante. Y con tanta fuerza hereditaria, que se pone de manifiesto, una generación tras otra, durante siglos.

En lo que podríamos llamar el genoma de la dinastía, toman especial relevancia, precisamente, los caracteres dominantes. Pues aparecen en todas las generaciones a pesar de los sucesivos enlaces o cruces de sangre. Este principio general de la genética, se hace todavía más evidente en la Casa de Borbón, debido a su brutal endogamia.

Un análisis histórico de los miembros de la dinastía durante varios siglos, pone en evidencia que algunos rasgos -con mayor persistencia los de carácter moral que los físicos pero sin que estos queden excluidos- se han transmitido indefectiblemente a lo largo de las generaciones

Los Borbones han sido primordialmente falsos y desleales. Han sido desleales con sus amigos, sus partidarios, sus cónyuges y entre padres e hijos. La felonía -el faltar al juramento o a la palabra empeñada- ha sido su norma a través de los siglos.

El conde Lequio y Alfonso XIII

Otra característica es su más que menguada inteligencia. Su prodigiosa memoria  (la llamada inteligencia de los burros) y el exacerbamiento sexual, hasta el punto de que la única cabeza que en justicia deberían llevar coronada es la prepucial. Esta característica no es solo privativa de los varones, también alcanza a las hembras de la dinastía, siendo Isabel II el ejemplo más notable y que se puso de manifiesto por su afición a los “cetros” con preferencia de tales atributos, al de la Corona. Y como “para muestra sirve un botón” es de resaltar el notable parecido físico, moral e intelectual del “Conde Lequio” con S.M. Juan Carlos I  a pesar del lejano parentesco puesto que es bisnieto, por línea materna, de S.M. Alfonso XIII. Igual sucede con el finalmente reconocido, como Alteza Real y Príncipe, D. Leandro Borbón Moragas hijo natural de Alfonso XIII

D. Leandro, el bastardo real

A los anteriores rasgos del fenotipo borbónico, podría añadirse la “campechanía” que si puede ser virtud cuando adorna a personas particulares, constituye un notable defecto en personas de pocas luces que deban asumir grandes responsabilidades. Pues bien, todas estas características,  en su conjunto, son caracteres genéticos dominantes de la dinastía. Esto no ha pasado desapercibido a los pocos españoles que se han preocupado de estudiar su historia, con especial atención desde la llegada en el año 1700 de la Casa de Borbón al Trono de España.

Y el más notable paradigma de ello es sin duda el de Ángel de Saavedra, Duque de Rivas como se pone de manifiesto en su famoso poema “UN CASTELLANO LEAL” una de las joyas de la poesía española, que junto a la “Canción del Pirata” de Espronceda y la “Oda al dos de Mayo” de Bernardo López García, constituyen la esencia de cualquier antología poética.

BREVE SEMBLANZA DEL DUQUE DE RIVAS

Ángel de Saavedra

Ángel de Saavedra fue vástago de nobilísima familia, Grande de España. Nació en Córdoba el 10 de marzo de 1791 y a pesar de su corta edad luchó bravamente en la Guerra de la Independencia pues al producirse el Alzamiento Nacional el Dos de Mayo de 1808 en Madrid, tenía recién cumplidos los diecisiete años. Tomó parte en las batallas de Uclés y Talavera de la Reina y el 19 de noviembre de 1809 en una escaramuza con un destacamento francés en las inmediaciones de Ontígola, en vísperas de la batalla de Ocaña, fue herido gravemente de dos sablazos en la cabeza, una estocada en el pecho y atravesado de un “bote de lanza” heridas a las que se sumaron las producidas “al pasar sobre su cuerpo desangrado el tropel de los combatientes”

Quedó por muerto en el campo entre españoles y franceses hasta que a media noche, recobrado el conocimiento y clamando débilmente socorro “fue auxiliado y evacuado a Ocaña de través sobre su propio caballo por un soldado del Regimiento del Príncipe de nombre Buendía que andaba por allí a la búsqueda de despojos”

Durante su larga convalecencia en el hospital de Baena compuso el conocido romance que inician estos versos:

Con once heridas mortales

Hecha pedazos la espada

El caballo sin aliento

Y perdida la batalla

 

Manchado de sangre y polvo

En noche oscura y nublada

En Ontígola vencido

Y deshecha mi esperanza

Finalizada la Guerra de la Independencia, y regresado al trono Fernando VI “El Deseado” pronto comprendieron quienes con su sangre y esfuerzo lo habían hecho posible, que al monarca le cuadraba mejor el apelativo de “El Indeseable”. Pues tras perjurar, persiguió con saña a quienes, como era el caso del Duque de Rivas, habían arriesgado su vida en la “Guerra a la Independencia” haciendo posible con la victoria que el Rey Felón recuperara el trono. Es preciso decir que Ángel de Saavedra heredó el título de Duque de Rivas, (que ostentaba su hermano mayor D. Juan Remigio) -también héroe de la Guerra de la Independencia- al morir este el 12 de mayo de 1834 sin descendencia legítima.

Fernando VII “El Rey Felón”

Ambos habían luchado bravamente contra Napoleón, el amo de Europa, para que la Corona de España, ceñida por José Bonaparte (a quien los españoles llamaron “el Rey Intruso”)  volviera a quien consideraban el legítimo soberano. Sin pararse a meditar que precisamente, por la mendacidad de Carlos IV “El Rey Cornudo” y su indeseable hijo Fernando VII “El Rey Felón” había tenido lugar la invasión francesa y la sangrienta Guerra de la Independencia.

Estas consideraciones, que el fragor de las batallas y la añoranza de sus reyes, no habían permitido que fueran tenidas en cuenta por los españoles, se hicieron patentes tan pronto como regresó el Rey Felón. Y con su doblez,  perjurio e ingratitud, mostró a los súbditos su verdadero talante. Entonces, Ángel de Saavedra, con el mismo ardor que antaño utilizara la espada para defender a Fernando VII, desengañado como tantos otros ante la felonía del Rey, utilizó su pluma y dotes de poeta para zaherirlo. Y lo hizo soberbiamente en un magistral poema histórico: “Un Castellano Leal”

Para quienes hicieron el “bachillerato de Franco” el más duradero, completo y magnífico plan de estudios de la historia de España, es una poesía conocida. Algo que seguramente no podrá decirse de quienes deben su formación moral e intelectual a los incontables planes de estudios de la “democracia” y que a la vista de los resultados pueden calificarse de nefastos, a no ser, claro está, que precisamente ese resultado de españoles ágrafos en lo intelectual, hueros en lo moral y muy insuficientes en lo cultural, fuera precisamente el objetivo buscado. En cuyo caso los planes de estudios de la “democracia” constituyen un rotundo éxito.

Ángel de Saavedra, duque de Rivas

Pero volviendo al poema “Un Castellano Leal” del Duque de Rivas, aunque para muchos, o la mayor parte de quienes hicieron el bachillerato de Franco no sea desconocido, lo que en cambio pocos saben es que el Duque de Rivas se lo dedicó a Fernando VII.  Al rey felón. No pasó en cambio desapercibido para el monarca que era a él, en enclave histórica, a quien dedicaba aquellos demoledores versos y por ello ordenó que se le prendiera y juzgara por delito de lesa majestad.

No pudo empero ver satisfecho el monarca su regio deseo, porque sabedor de ello, el Duque de Rivas escapó a tiempo a Gibraltar lo que sin duda impidió que terminara en el cadalso como otros muchos héroes de la Guerra de la Independencia que habían hecho posible que el Rey Felón recuperara el trono.

En efecto, con fecha 11 de junio de 1824 la Real Audiencia de Sevilla lo juzgó en rebeldía, dictando sentencia de muerte  y confiscación de bienes. Y Fernando VII, sin tener en cuenta el valor poético de la obra que le dedicaba, tuvo a bien añadir al pie de la sentencia de muerte y de su real mano: “Cúmplase donde se le halle”.

Afortunadamente para el Duque -y para la poesía española pues continuó su larga y fecunda vida- no fue “hallado” pues, como ya se ha dicho se acogió a Gibraltar desde donde escapó en un barco a Inglaterra.

Lo que verdaderamente es original, y constituye la esencia de estas líneas, es que para formular su diatriba en verso contra el Rey Felón, el Duque de Rivas utiliza, precisamente, un hecho histórico de España en el que ¡Oh casualidad! El actor de la felonía, de la traición, del perjurio… ¡es otro Borbón!

Carlos Iv de Borbón-Vendome, condestable de Borbón

Ángel de Saavedra, Duque de Rivas, materializa su invectiva contra Fernando VII dando un salto siglos atrás, concretamente a la batalla de Pavía, en donde la felonía del Condestable de Borbón traicionando a su “Rey y Señor” el rey de Francia, se pasa en plena batalla a las tropas imperiales de Carlos I teniendo con ello parte determinante en la derrota de las huestes francesas y en que las tropas imperiales hagan prisionero nada menos que al mismo Rey de Francia.[i]

El condestable de Borbón, es en el poema, “un fementido traidor que contra su rey combate y que a su patria vendió” “gozándose en ver prisionero a su natural señor” Algo que también es aplicable a Fernando VII, que traicionó primero a su padre Carlos IV -su rey y señor- conspirando contra él al frente del “partido fernandino” para destronarlo y luego vendió España a Napoleón. Y en cuanto a que “gozóse de ver prisionero a su natural señor” es igualmente aplicable, tanto al Condestable de Borbón en relación al rey francés preso en la  Torre de los Lujanes de Madrid, como a Fernando VII ante la prisión de su padre Carlos IV, confinado por Napoleón, primero en Bayona y luego en Marsella. Y al que su hijo no permitió nunca volver a España cuando recuperó el trono.

En el romance tercero, al hacer la descripción del conde de Benavente “el castellano leal” incide en su vestimenta representativa de las diferentes tierras de España lo que supone una crítica a los usos afrancesados de la corte española desde que llegaron los borbones.

Eran su traje unas calzas

de púrpura de Valencia

y de recamado ante

un coleto a la leonesa

 

De fino lienzo gallego

los puños y la gorguera

unos y otra guarnecidos

con randas barcelonesas

 Y concluye diciendo:

 Tan solo de Calatrava

                                        la insignia española lleva

                                        que el Toisón a despreciado

                                        por ser orden extranjera”[1]

En definitiva, a lo largo de todos los versos dedica “al Borbón” en clave histórica, las más crudas injurias y aunque es muy fácil identificarlas leyendo el poema, no está de más resaltar algunas.

“Llevándole de ventaja, que nunca jamás manchó, la traición mi noble sangre y haber nacido español”

Y puesto que Fernando VII había nacido en España (El Escorial 14 de octubre de 1784) se pone en evidencia que el Duque de Rivas quería reputarlo de no español, por pertenecer a la dinastía extranjera de los Borbones.

Y cuando el emperador manifiesta al Conde de Benavente, que el alojar al Borbón en su casa es “voluntad suya resuelta” este le responde “con respeto muy profundo pero con la voz entera”:

soy señor, vuestro vasallo

vos sois mi rey en la tierra

a vos ordenar os cumple

de mi vida y de mi hacienda

 

vuestro soy, vuestra mi casa

de mi disponed y de ella

pero no toquéis mi honra

y respetad mi conciencia

 

Mi casa Borbón ocupe

puesto que es voluntad vuestra

contamine sus paredes

sus blasones envilezca

 

Que a mí me sobra en Toledo

donde vivir, sin que tenga

que rozarme con traidores

cuyo solo aliento infesta

Y todas estas “florecillas” que el Duque de Rivas le dedicaba a Fernando VII -otro Borbón como el Condestable- no pasaron desapercibidas para el Rey Felón, que se sintió directamente aludido y obró en consecuencia.

Pues bien, si en lugar de retroceder doscientos noventa y nueve años en la historia de España como hizo D. Ángel de Saavedra, damos un salto hacia adelante ciento cincuenta y un años, también es posible encontrar el paralelismo entre dos Borbones.

En 1808, tras abandonar a los españoles a su suerte, dejan los Borbones al país sumido en una terrible guerra que es, a la vez, contra el invasor francés y también guerra civil entre los que se acomodan a la nueva situación -los “afrancesados”- y los que no están dispuestos a que España pierda su soberanía. Igual sucede en 1931 por la deserción de Alfonso XIII y su desenlace: otra terrible guerra civil. Es preciso consignar además que a ambos sangrientos desenlaces se llega, en buena medida, por el mal gobierno del que es responsable la Casa de Borbón.

En la Guerra de la Independencia los españoles en ausencia del rey, y en lucha titánica, consiguen expulsar a los franceses y se dan una organización política que, aunque como toda obra humana pueda ser perfectible y requerir de modificaciones, esperan que solucione sus grandes problemas seculares. Y esa nueva organización política que se dan, es la Constitución de 1812

Pero cuando regresa “el Deseado” aunque la jura (Marchemos todos juntos y yo el primero por la senda constitucional) perjura y la declara fuera de la ley. Y tras abolirla, persigue con saña a quienes le habían devuelto al trono con su esfuerzo y con su sangre. Como era el caso del Duque de Rivas.

Alfonso XIII al llegar a París

Pasado siglo y medio la historia de la felonía borbónica se repite.

La deserción de Alfonso XIII deja a España sumida en el caos de la Segunda República. A tal situación se había llegado también, en buena medida, -como a la invasión francesa de 1808- por los yerros de la dinastía borbónica, entre los que tienen especial importancia las guerras carlistas

Abandonados a su suerte, los españoles dirimen sus diferencias en una sangrienta guerra civil y durante esta -como también sucediera durante la guerra de la independencia- se dotan de un cuerpo legal con el que finalizada la contienda consiguen superar problemas seculares de convivencia además de remontar un atraso social y económico también de siglos.

Cuando el nuevo “Deseado” regresa al trono (gracias al sacrificio de quienes lo hicieron posible) y también tras el preceptivo y solemne juramento de cumplir y hacer cumplir las Leyes Fundamentales del Reino[2]  vuelve a perjurar como su antepasado el felón y desmonta, desde los cimientos, la organización política que se han dado los españoles durante la ausencia de la “Real Casa de Borbón” volviéndose con ello al desgobierno que condujera a los anteriores enfrentamientos.

En este incuestionable e inquietante paralelismo histórico, solo hay una diferencia sustancial,  y es que al regreso del “segundo deseado” hay una generación de por medio. Y aquí está la sustancial diferencia. Si terminada la guerra 1936-1939 hubiera regresado al trono como rey, el infante D. Juan, que nadie tenga la más mínima duda de que los artífices de la victoria -y con ella del regreso del rey a España- hubieran sido perseguidos con igual, o mayor saña, que lo fueran los vencedores de la Guerra de la Independencia. Y en lugar de gratitud hubieran encontrado la muerte como El Empecinado, Porlier y tantos otros. Y como también le hubiera sucedido al Duque de Rivas en el caso de “haber sido hallado”

Afortunadamente Franco conocía la historia de España, y siempre supo que no podía resignar el mando en D. Juan. Debía morir con las botas puestas. Le iba en ello su propia vida y la del Régimen. No le cabía la menor duda del inmediato perjurio de D. Juan tan pronto como regresara, al igual que hizo su indeseable antepasado.

Cabe preguntarse ¿si Franco conocía la historia de España, y de los borbones, como entregó la corona a D. Juan Carlos? La respuesta es sencilla: no tenía otra opción, debido a la tendencia cainita de los españoles en cuanto quedan huérfanos de autoridad. Un drama histórico que ha propiciado el hecho de que tras destronar a los borbones una y otra vez, se les haya llamado de nuevo. De todas formas Franco, en cuanto le fue humanamente posible, trató de conjurar el peligro que como una maldición bíblica se cierne tras cada regreso de los borbones al trono. Es evidente que al final de sus días comprendió que el puñal ya estaba levantado a sus espaldas pero, por ley de vida, era ya demasiado tarde para poner en marcha un “plan B” que bien pudo ser elevar al trono a Alfonso de Borbón, con la esperanza de que él encarnara esa nueva monarquía tradicional española –instaurada, no restaurada- que debería asentarse en la resucitada España Una, Grande y Libre que seguía la senda histórica de los Reyes Católicos.

Y es muy posible que no lo hiciera, no solamente por faltarle la necesaria energía de su salud ya quebrantada, sino también por el hecho de que precisamente Alfonso de Borbón estuviera casado con su nieta. Franco, que había rechazado la petición de encabezar una nueva dinastía -al finalizar la guerra sin duda hubiera sido alzado sobre el pavés- no quería que su ingente obra política, conseguida con el concurso de la sangre y el esfuerzo de tantos españoles, pudiera ser finalmente considerada hecha en interés familiar y no de España. Por eso encomendó el futuro al sentido común de los españoles. Sin tener en cuenta que, además de ser el menos común de los sentidos, su egregia e irrepetible figura había acostumbrado al pueblo español a confiar ciegamente en su jefatura. Y por ello no recelarían que el monarca instaurado resultaría ser un Caballo de Troya.

Es preciso repetir una vez más, que si D. Juan de Borbón y Battemberg hubiera accedido al trono de España, buena parte de los artífices de la victoria que posibilitaba su regreso habrían terminado en el paredón. Fusilados. Aunque ciertamente con S.M. El Rey Juan Carlos I en el trono también están siendo fusilados. Fusilados a salivazos, por mor de la infame ley 52/2007

Y puestos a ser fusilados, algunos pueden considerar como un mal menor las descargas de saliva. Pero los soldados prefieran las de plomo. Que permiten la lucha previa para evitarlo. Tratando de recuperar una victoria que se les arrebató por la traición del nuevo jefe. Y en cualquier caso, si fatalmente esa nueva victoria no fuera posible, al menos les permitiría morir con honor. Tal como preconiza el himno artillero: “Antes que rendidos muertos con honor”

Aquí se encuentra la razón de todo lo anteriormente expuesto. De igual forma que el Duque de Rivas encontró inspiración en el hecho histórico protagonizado por la felonía de otro Borbón, para reputar de perjuro y traidor a Fernando VII, el título de su poema y la dignidad del personaje central, (el Conde de Benavente como antítesis de la nobleza castellana frente a la doblez borbónica) ha servido de inspiración para adoptar, como seudónimo, “UN CASTELLANO LEAL”  

REFLEXIÓN FINAL

Quiere dejarse constancia del absoluto respeto que merece S.M el Rey Felipe VI Pues él no ha faltado a su juramento. No es reo de felonía, aunque sea Borbón. Y Dios quiera que en su genoma prevalezca la genética teutona de la Reina Doña Sofía… y que haya tomado buena nota de las consecuencias nefastas que para la Corona tiene la “ligereza de bragueta” consustancial con los Borbones. Por su bien, y sobre todo por el de España, que no siga los desleales pasos de su augusto padre… abuelo, bisabuelo, tatarabuelo. Porque la Reina Letizia no es “reina profesional” y sin duda no aguantaría lo que ha aguantado la hoy  reina emérita Doña Sofía. Una deslealtad de Felipe VI  sería la ruina final de la monarquía.

Cierto es que se ha criticado severamente a la actual Reina de España Doña Letizia. En algún caso por razones objetivas, debidas a su pasado. Pero no es lícito hacerlo por su origen, ya que han hecho mucho más daño a las casas reales la consanguinidad que los enlaces morganáticos. Es más, en muchas ocasiones las han salvado, precisamente, estas “renovaciones de sangre”. Imaginemos por un momento lo que hubiera supuesto para España la posibilidad de que Isabel II procreara con su consorte Francisco de Asís. Algo que vino a solucionar el capitán Puig Moltó, a quien Isabel II regaló, con una nota de puño y letra, -cuando fue destinado a ultramar para apartarlo del real tálamo- la cunita donde se había criado el hijo de ambos  -el que luego sería S.M. el Rey Alfonso XII- y que conservan los herederos del bizarro capitán.

Sabiendo ya que el poema “Un Castellano leal” está dedicado a Fernando VII, comprenderemos el “talante” que tras su lectura le llevó a consignar “de su real mano”  al pie de la sentencia a muerte del Duque de Rivas: “cúmplase donde se le halle”

Y para mejor entender el “real cabreo” de Fernando VII, es muy recomendable que quien no lo conozca lea los cuatro romances que conforman el célebre poema.

Un Castellano Leal

[1]Cuando Don Juan, para agradecer a Franco que el príncipe Juan Carlos fuera a estudiar a Madrid, (lo que evidenciaba su deseo de que la monarquía volviera a España) le ofrece el Toisón de Oro, Franco lo rechaza alegando que la potestad para conceder tal distinción es del Rey y D. Juan no lo es.
Otro motivo para no aceptar “tan alta condecoración” podría radicar en la idea que subyace en el verso citado:  “Que el Toisón ha despreciado por ser orden extranjera”  
[2] “Plenamente consciente de la responsabilidad que asumo, acabo de jurar como sucesor, a título de Rey, lealtad a su Excelencia el Jefe del Estado y fidelidad a los Principios del Movimiento Nacional y Leyes Fundamentales del Reino.
Recibo del Jefe del Estado la legitimidad surgida el 18 de Julio de 1936, en medio de tantos sacrificios, de tantos sufrimientos, tristes pero necesarios, para que la Patria encauzase de nuevo su destino. En mi familia, por designio de la Providencia, se han unido las dos ramas históricas de la realeza española. La Monarquía puede y debe ser un instrumento político eficaz si sabe mantener un justo u verdadero equilibrio de poderes y si arraiga en la vida auténtica del pueblo español.
Mi General: Desde que comencé mi aprendizaje de servicio a la Patria, me he comprometido a hacer del cumplimiento del deber una exigencia imperativa de conciencia.
A pesar de los grandes sacrificios que esta tarea pueda proporcionarme, estoy seguro que mi pulso no temblará para hacer cuanto fuere preciso en defensa de los Principios y leyes que acabo de jurar”

Romance Primero

‘Hola, hidalgos y escuderos de mi alcurnia y mi blasón, mirad como bien nacidos de mi sangre y casa en pro,

esas puertas se defiendan; que no ha de entrar, vive Dios, por ellas quien no estuviere más limpio que lo está el sol.

No profane mi palacio un fementido traidor que contra su rey combate y que a su patria vendió,

pues si él es de reyes primo, primo de reyes soy yo, y conde de Benavente si él es duque de Borbón,

llevándole de ventaja que nunca jamás manchó la traición mi noble sangre, y haber nacido español.’

Así atronaba la calle una ya cascada voz, que de un palacio salía, cuya puerta se cerró,

y a la que estaba a caballo sobre un negro pisador, siendo en su escudo las lises, más bien que timbre, baldón;

y de pajes y escuderos llevando un tropel en pos cubiertos de ricas galas, el gran duque de Borbón;

el que lidiando en Pavía, más que valiente, feroz, gozóse en ver prisionero a su natural señor,

y que a Toledo ha venido, ufano de su traición, para recibir mercedes y ver al emperador.

 

Romance Segundo

En una anchurosa cuadra del Alcázar de Toledo, cuyas paredes adornan ricos tapices flamencos, al lado de una gran mesa, que cubre de terciopelo, napolitano tapete con borlones de oro y flecos;

ante un sillón de respaldo que, entre bordado arabesco los timbres de España ostenta y el águila del imperio,

de pie estaba Carlos Quinto, que en España era primero, con gallardo y noble talle, con noble y tranquilo aspecto.

De brocado de oro y blanco viste tabardo tudesco, de rubias martas orlado; y desabrochado y suelto,

dejando ver un justillo de raso jalde, cubierto con primorosos bordados y costosos sobre puestos,

y la excelsa y noble insignia del Toisón de Oro, pendiendo de una preciosa cadena, en la mitad de su pecho.

Un birrete de velludo con un blanco airón, sujeto por un joyel de diamantes y un antiguo camafeo,

descubre por ambos lados, tanta majestad cubriendo, rubio, cual barba y bigote, bien atusado el cabello.

Apoyada en la cadera la potente diestra ha puesto, que aprieta dos guantes de ámbar y un primoroso mosquero,

y con la siniestra halaga de un mastín muy corpulento blanco y las orejas rubias, el ancho y carnoso cuello.

Con el Condestable insigne, apaciguador del reino, de los pasados disturbios acaso está discurriendo;

o del trato que dispone con el rey de Francia preso, o de asuntos de Alemania, agitada por Lutero,

cuando un tropel de caballos oye venir a lo lejos y ante el alcázar pararse, quedando todo en silencio.

En la antecámara suena rumor impensado luego, ábrase al fin la mampara y entra el de Borbón soberbio,

con el semblante de azufre y con los ojos de fuego, bramando de ira y de rabia que enfrena mal el respeto;

y con balbuciente lengua, y con mal borrado ceño, acusa al de Benavente un desagravio pidiendo.

Del español Condestable latió con orgullo el pecho, ufano de la entereza de su esclarecido deudo.

Y aunque, advertido, procura disimular cual discreto, a su noble rostro asoman la aprobación y el contento.

El Emperador un punto quedó indeciso y suspenso sin saber qué responder al francés de enojo ciego.

Y aunque en su interior se goza con el proceder violento del conde de Benavente, de altas esperanzas lleno,

por tener tales vasallos, de noble lealtad modelos, y con los que el ancho mundo será a sus glorias estrecho.

Mucho al de Borbón le debe y es fuerza satisfacerlo; le ofrece para calmarlo, un desagravio completo.

Y llamando a un gentilhombre, con el semblante severo, manda que el de Benavente venga a su presencia presto.

 

Romance Tercero

Sostenido por su pajes desciende de su litera el conde de Benavente del alcázar a la puerta.

Era un viejo respetable, cuerpo enjuto, cara seca, con dos ojos como chispas, cargados de largas cejas,

y con semblante muy noble, mas de gravedad tan seria, que veneración de lejos y miedo causa de cerca.

Eran su traje unas calzas de púrpura de Valencia, y de recamado ante un coleto a la leonesa.

De fino lienzo gallego los puños y la gorguera, unos y otra guarnecidos con randas barcelonesas.

Un birretón de velludo con su cintillo de perlas, y el gabán de paño verde con alamares de seda.

Tan sólo de Calatrava la insignia española lleva; que el Toisón ha despreciado por ser orden extranjera.

Con paso tardo, aunque firme, sube por las escaleras, y al verle, las alabardas un golpe dan en la tierra.

golpe de honor y de aviso de que en el alcázar entra un grande, a quien se le debe todo honor y reverencia.

Al llegar a la antesala, los pajes que están en ella con respeto le saludan abriendo las anchas puertas.

Con grave paso entra el conde sin que otro aviso preceda, salones atravesando hasta la cámara regia.

Pensativo está el monarca discurriendo cómo pueda componer aquel disturbio sin hacer a nadie ofensa.

Mucho al de Borbón le debe aún mucho más dél espera, y al de Benavente mucho considerar le interesa.

Dilación no admite el caso, no hay quien dar consejo pueda, y Villalar y Pavía a un tiempo se le recuerdan.

En el sillón asentado y el codo sobre la mesa, al personaje recibe, que comedido se acerca.

Grave el conde le saluda con una rodilla en tierra, mas como grande del reino sin descubrir la cabeza.

El Emperador, benigno, que alce del suelo le ordena, y la plática difícil con sagacidad empieza.

Y entre severo y afable al cabo le manifiesta que es el que a Borbón aloje voluntad suya resuelta.

Con respeto muy profundo, pero con la voz entera, respóndele Benavente, destocando la cabeza:

‘Soy, señor, vuestro vasallo; vos sois mi rey en la tierra; a vos ordenar os cumple de mi vida y de mi hacienda.

Vuestro soy, vuestra mi casa; de mí disponed y de ella; pero no toquéis mi honra y respetad mi conciencia.

Mi casa Borbón ocupe, puesto que es voluntad vuestra; contamine sus paredes, sus blasones envilezca;

que a mí me sobra en Toledo donde vivir, sin que tenga que rozarme con traidores, cuyo solo aliento infesta.

Y en cuanto él deje mi casa, antes de tornar yo a ella, purificaré con fuego, sus paredes y sus puertas.’

Dijo el conde, la real mano besó, cubrió su cabeza y retiróse bajando a do estaba su litera.

Y a casa de un su pariente mandó que lo condujeran, abandonando la suya con cuanto dentro se encierra.

Quedó absorto Carlos Quinto de ver tan noble firmeza estimando la de España más que la imperial diadema.

 

Romance Cuarto

Muy pocos días el duque hizo mansión en Toledo del noble conde ocupando los honrados aposentos.

Y la noche en que el palacio dejó vacío, partiendo con su séquito y sus pajes, orgulloso y satisfecho,

turbó la apacible luna un vapor blanco y espeso que de las altas techumbres se iba elevando y creciendo.

A poco rato tornóse en humo confuso y denso, que en nubarrones oscuros ofuscaba el claro cielo.

Después, en ardientes chispas y en un resplandor horrendo que iluminaba los valles, dando en el Tajo reflejos,

y al fin su furor mostrando en embravecido incendio que devoraba altas torres y derrumbaba altos techos.

Resonaron las campanas, conmovióse todo el pueblo, de Benavente el palacio presa de las llamas viendo.

El emperador, confuso, corre a procurar remedio, en atajar tanto daño mostrando tenaz empeño.

En vano todo; tragóse tantas riquezas el fuego a la lealtad castellana levantando un monumento.

Aún hoy unos viejos muros del humo y las llamas negros recuerdan acción tan grande en la famosa Toledo.

Un Castellano Leal

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2 thoughts on “Un Castelleno Leal: La razón de un seudónimo”

  1. Un magnífico “castellano leal”
    Empezando por el acertado exordio que evidencia que el “borbonismo”, es decir, la traición, el borboneo, es un carácter genético dominante, el artículo es, como su autor, magnífico.
    Puede que hubiera habido que añadir al elenco de genes dominantes los que Chateaubriand y Telleyrand mencionan, pero con lo relativo a borbonear es suficiente. No obstante, permítaseme ponerlo:
    Chateaubriand: “La ingratitud es oficio de reyes, y los borbones exageran” http://anotacionesconhistoria.blogspot.com/2011/09/ingratitud-real.html.
    Talleyrand: “Es costumbre real el robar, pero los Borbones exageran”» https://es.wikipedia.org/wiki/Charles_Maurice_de_Talleyrand.
    La similitud de las situaciones paralelas (Fernando VII y la Guerra de la Independencia, y Alfonso XIII y la Guerra de Liberación) muy acertadamente descubiertas. Únicamente hay que ampliar en la comparación el hecho de que los progenitores de ambos execrables reyes fueron también autores-cómplices de aquellas situaciones. Hoy, 2 de Mayo de 2019, día en que ElEspañolDigital publica el francamente revelador artículo del Coronel Diego Camacho https://www.elespañoldigital.com/el-2-de-mayo-honor-y-deshonor/ , se puede entender mucho mejor lo anterior: la VENTA de España a Napoleón por Carlos IV y Fernando VII, aunque está implícito en “luego vendió España a Napoleón” del autor. Respecto a Alfonso XIII, antes de morir en 1941, dedicó al salvador de aquella España que él había abandonado la siguiente frase desde el rencor de no haber sido repuesto en el trono: “Elegí a Franco cuando no era nadie; me ha traicionado y engañado a cada paso” https://xaviercasals.wordpress.com/2019/02/08/franco-y-los-borbones/. También “Juan III”, previos contactos con Alemania e Italia para ver de ser nombrado rey, estuvo de acuerdo en la prevista invasión de Canarias por los ingleses en 1942.
    Respecto a Franco, figura inigualable desde los Reyes Católicos y los grandes Austrias, muchos consideramos que se equivocó no solo en la dinastía, sino también en la monarquía. Hay que recordar lo que dijo el masón y revolucionario, pero gran patriota, General Prim: “No debe aplicarse la palabra jamás, pero es tal la convicción que tengo de que la dinastía de los borbones se ha hecho imposible para España, que no vacilo en decir que no volverá jamás, jamás, jamás”. Aquello le costó la vida tras varios intentos de magnicidio. Sin duda, la opción de un príncipe de la rama austríaca, como pensó Prim y fue causa de la Guerra Franco-Prusiana, hubiera sido la mejor opción. Incluso una República Presidencialista.
    Pero, siempre hay un pero, lo que no tiene reflejo en el trabajo, magnífico y valiente del Coronel Lorenzo Fernández Navarro , es la influencia dominante externa, tanto de poderes internacionales (España durante el siglo XIX y gran parte del XX ha sido un cuasi-protectorado anglo-francés) como de las sociedades secretas, especialmente una a la que han pertenecido la mayoría de los Borbornes.
    De nuevo: ¡Enhorabuena!

  2. Pido disculpas por la demora en la respuesta al comentario, motivada por asuntos personales.
    Muchas gracias por la enhorabuena… y sobre todo por sus acertadas aportaciones que abundan en lo que he expuesto.
    Efectivamente… Alfonso XIII abandona la nave -deserta- en las inmediaciones de una rompiente a la que se ha llegado, en buena medida, por su culpa y la de su dinastía.
    Y para mayor bochorno lo hace antes de poner a salvo a las mujeres y a los niños…. que muy bien hubieran podido acabar como la familia del Zar en 1917 mientras él se ponía a salvo en Marsella.
    En una proclama -que le escriben, no escribe él- justifica la deserción en que quiere evitar una lucha fratricida. Pero en cuanto se siente a salvo, comienza a conspirar contra la República (así lo admite Ansón en su panegírico a D. Juan)
    Luego se ofrece a Hitler para que España entre en Guerra a favor de Alemania si defenestra a Franco y lo repone en el trono.
    Cuando cambia el sentido de la guerra, su hijo D. Juan hace el mismo ofrecimiento a los Aliados, con igual petición, entregándoles a cambio las Canarias.
    Cuando Franco supo de esta «traición de lesa patria»
    en grado de tentativa dijo: Jamás será Rey de España. Y lo cumplió.
    Todos los Borbones han sido nefastos para España (incluído Carlos III sobre lo que ya escribiré) pero sin duda, la mayor responsabilidad histórica alcanza a Fernando VII y a Juan Carlos I al haber malogrado la infinita sangre y heroismo derrochado por los españoles. Que la felonía de ambos trocó en estéril.
    Un cordial saludo.

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