Un Gobierno pestilente y letal para una sociedad sin alma

Subvenciones a la farmacología y a la bioquímica para hallar y producir comercialmente la droga perfecta: eufórica, narcótica, dulcemente alucinante… Hipnopedia, propaganda intensiva contra la reproducción vivípara, campañas contra el Pasado, voladura de estatuas de celebridades o de monumentos históricos… La comunidad sexual de los cuerpos, la destrucción de la familia, la conquista de la vejez: acabar con las peculiaridades mentales del anciano, no aboliendo sus estigmas fisiológicos mediante hormonas gonadales, transfusión de sangre joven, sales de magnesio, etc., que son procedimientos costosos y engorrosos, sino legalizando la eutanasia…

Éstas -y, por supuesto, el chip de Bill Gates- serán algunas de las tareas asignadas a los Servicios de Solidaridad del Estado Mundial en cierne, o de las taifas nacionalistas totalitarias hasta que acaben centralizándose en él.

Unas pocas decenas de intelectuales genuinos, es decir, independientes y críticos, se han hartado de advertir -enfrentándose a los voceros del Sistema– que los datos que en todos los sentidos nos iban llegando día tras día eran nefastos, no ya para la supuesta democracia, ni siquiera para la continuidad de España como nación de ciudadanos libres, sino sobre todo para el individuo como ente dotado de libre albedrío, es decir, de dignidad.

Sin embargo, la sociedad española ha venido ignorando, por complicidad o por indiferencia, los permanentes atentados constitucionales acaecidos desde hace más de cuatro décadas, llegando en los últimos tiempos a aceptar las más inconcebibles arbitrariedades, la última de ellas que Sánchez y su neofrentepopulismo accedieran al poder, previa misteriosa espantada de Rajoy, y a base incluso de pucherazos electorales, a pesar de lo cual, recordemos, fue luego, inexplicablemente, propuesto por el Rey para formar Gobierno.

Con este paso suicida, absolutamente crucial, añadido a todos los movimientos similares que le precedieron, se ha acreditado la agonía de nuestra sociedad. Peor aún, lo que se ha testimoniado es su espíritu servil, su amor por las cadenas, porque Sánchez y su cohorte de mentirosos patológicos no han podido ser más claros forjando, a la vista de todos, un pacto para arrebatarnos la libertad, sin que la mayoría social quisiera o fuera capaz de comprender las consecuencias de ello.

Si los que no han dejado de manifestar su odio a la reconciliación nacional, propugnando de paso la destrucción patria y no cesando de dar golpes de estado mediante procesos constituyentes encubiertos, eran tolerados por el pueblo, por la Monarquía, por la Iglesia, por el Ejército, por la Justicia, por la Educación, etc., ello significaba la certeza de que el pueblo se había convertido en una masa amorfa, irrecuperable a efectos cívicos.

La sociedad española no ha sabido o querido ver que la solidez social y la libertad heredadas del franquismo, han sido disueltas paulatinamente durante cuarenta años de trampas y de hipocresías. Incapaz de elegir a unos gobernantes honrados, y de imponer la democracia a unos políticos que son sus enemigos, sin carácter para exigir la depuración del Estado de todos los elementos hispanófobos, la sociedad española es una sociedad en descomposición. Y lo descompuesto tiene un final lógico: la muerte.

La masa social se ha mostrado incapaz de encarcelar a unos políticos pletóricos de malevolencia, de espíritu liberticida y de odio, y ansiosos de poder a cualquier precio. Incapaz de preguntarse cómo es posible que esta casta de aprovechados y dementes insista en mostrarse hacedora de la felicidad humana, cuando en realidad no cesa en su obsesión victimaria o en su empeño por corromper a la justicia y en conducir al rebaño hacia la miseria y el suplicio.

Una muchedumbre, digo, incapaz de comprender la esencia criminal de estos comediantes que, mientras sacrifican fetos, promueven la perversión sexual y moral de nuestra naturaleza, y cortan el cuello a sus disidentes, se jactan de su impunidad y sonríen prometiendo una «nueva normalidad», un mundo mejor, consistente en una tenebrosa penitenciaria perdurable y sangrienta.

El caso es que las izquierdas resentidas, bajo el paraguas del estáblismen y amparadas o integradas por lóbis de distinto signo, se muestran cada vez más arrogantes y no dejan de golpear. Saben que en la defensa de sus chiringuitos sus jueces les van a proteger y que las leyes no se cumplen, y como la experiencia les dice que a la plebe es fácil mantenerla dormida, se hallan convencidas de que pueden y deben seguir cometiendo atropellos en el escenario.

Así les es posible desactivar cualquier promisorio espíritu de las banderas que pueda despertarse en exiguos sectores sociales e irlos agostando ante la fatalista indiferencia histórica de parte de sus seguidores. De ahí que, con la inestimable colaboración del estáblismen y de esos lóbis enemigos de España y de la civilización occidental, e impulsados por su revanchismo y su odio, estén empeñados en destruir democracia, patria, convivencia y persona.

Para eternizarse en el poder es preciso ocupar la Administración del Estado, y las autonomías y las municipalidades en la mayor medida posible, y utilizar sus poderosos recursos, arruinando todo lo productivo. Y eso es lo que llevan haciendo las izquierdas resentidas desde los tiempos del felipismo. Y algo antes, incluso, con la ayuda de los colaboracionistas de derechas.

Para conseguirlo, previamente tuvieron que tranquilizar a los poderes fácticos, demostrándoles con hechos la buena voluntad que los impulsa, es decir, cumpliendo promesas y consensuando a base de desafueros y amiguismos. Algo que sólo puede hacerse impidiendo el crecimiento de la clase media -al contrario que durante el franquismo- y dificultando la participación política de los ciudadanos, o lo que es lo mismo, cargándose la democracia, que con nuestra casta política queda reducida al señuelo del voto cuatrienal.

Es obvio que en esta atmósfera sólo pueden florecer las corrupciones, los desencantos y el asco por la política y sus profesionales. Máxime si éstos se hallan empeñados en rompernos la memoria de nuestros antepasados, el hilo que nos une a la tradición, porque la falta de memoria es un signo de decrepitud, tanto para los individuos como para las colectividades. Y esas izquierdas saben que una vez privadas las personas de tradiciones, de familia y de cosas que les pertenezcan, no van a tener motivos ni deseos para defender su ciudad ni su patria ni su alma.

En realidad, con estos objetivos frentepopulistas lo que se pretende es la corrupción de todos, pues viciada la ciudadanía por una corrompida democracia, nuestra nación tiene escasas posibilidades de sobrevivir. El ser humano, al dejarse envilecer, envilece su razón de ser y su existencia, es decir, envilece la armonía universal, envilece a Dios.

Si a VOX -que junto a las eventualidades del azar histórico, es la única esperanza- le mueve de veras un afán regenerador, debiera expresar este objetivo denunciando no sólo el embrutecimiento al que gobiernos sectarios, clientelistas e hispanófobos, están sometiendo a los españoles, sino también señalando a éstos su ignorancia culpable y anunciándoles, para lo sucesivo, que si quieren subsistir, es obligado el uso de otras actitudes, de otros códigos de moral, de otras leyes.

Alabar a un pueblo y a unas instituciones pancistas u ocultar su corrupción y su culpa, sólo añade más oscuridad a la confusión, más desorden al caos.


Una respuesta a «Un Gobierno pestilente y letal para una sociedad sin alma»

  1. Un retrato perfecto de la sociedad española de nuestros días. Resulta evidente que la «modelo» no sale nada favorecida.

    En España, ya padecemos un régimen falsamente democrático y vamos camino de alcanzar nuestro propio estado fallido también (más vale que sobre…, dirán algunos socios del actual Gobierno).

    Soy pesimista, no lo puedo remediar, esto tiene muy difícil solución por la vía pacífica. No he dicho imposible, pero se le va pareciendo bastante. Y ahora, para mayor abundamiento de males, estamos entrando en una impresionante crisis económica de duración y consecuencias impredecibles.

    En fin, que Dios nos ayude, porque lo necesitamos de verdad y urgentemente.

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