Un mundo feliz
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Las redes sociales han vendido una peligrosa mentira, la idea de que el ser humano puede estar en contacto con el mundo entero, mientras se desconecta de su propia realidad. Que puede alcanzar el conocimiento con un mínimo esfuerzo, o que simplemente puede adaptar la realidad a su puro interés coyuntural. La explicación es que el algoritmo ha sido diseñado para ser más estimulante o más adictivo que la simple conversación o el prosaico contacto humano.
Una avalancha de videos personalizados creados para alimentar las afinidades aparentes, forman el escenario de un mundo virtual, que deja a la persona indefensa ante su propia satisfacción onanista. En realidad, se trata de la renuncia a entender, se trata del abandono del esfuerzo por alcanzar el conocimiento profundo y del simple placer por el puro entretenimiento constante.
La intimidad emocional ha sido sustituida por una sucesión continua de caritas sonrientes, corazones palpitantes y comentarios vacíos sin trascendencia, sobre la vida de personas ajenas o propias. Se trata de una paradoja existencial dolorosa, porque nunca el ser humano había estado tan conectado, ni tan emocionalmente ausente de lo realmente importante.
La existencia se convierte en un espectáculo permanente, cualquier acto conductual en una exhibición impúdica de nimiedades valoradas exclusivamente por su aprobación en las redes por personas anónimas. Lo personal se transforma en objeto público de cualquier mirada. Los valores atemporales brillan por su ausencia, y las leyes morales son impuestas por el consumismo que todo lo santifica. El viaje no produce transformación interior, ni desarrollo personal, sino simples fotos para un espectador virtual y para likes de asentimiento que fortalezcan una absurda satisfacción interior.
Siempre se ha repetido, pero ahora semejante afirmación se vuelve más firmemente evidente, que antes se enseñaba griego y latín no por la pura utilidad de los idiomas muertos, sino por la disciplina mental que implicaba, y por la posibilidad real de acceder a una lectura directa de los clásicos. Se estudiaba filosofía para amueblar mejor el pensamiento y se explicaban los clásicos para entender mejor lo que la humanidad había pensado, vivido y soñado. La llegada del pragmatismo postmoderno y su perversa influencia social ha transformado esa realidad en una sucesión tan útil como vacía, tan llena de habilidades supuestamente prácticas, o de opiniones relativizadas, como de perdida de sabiduría y abandono de convicciones.
El mundo demo-liberal moderno anclado conceptualmente en el utilitarismo puritano anglosajón, ha creado la religión de la productividad y el consumo a cuyo Dios supremo, el mercado, todo debe sacrificarse. Existir sin consumir parece convertirse en un fracaso moral. La persona es valida en tanto consuma aquello que el sistema capitalista considere rentable, para convalidar la existencia. Cada minuto debe optimizarse y hacerse lucrativo, generando resultados medibles. Han surgido los gurus del éxito social, los profetas del triunfo existencial. En España, las empresas, los medios de comunicación y cualquier indocumentado con un micrófono en la mano, crean una, cada vez mayor, incomprensible jerigonza anglofilica para uso común, mientras la personas asumen un sometimiento cultural al mundo anglosajón con la satisfacción del imbécil que va feliz camino del precipicio: coach, casting, CEO, burnout, brunch, check-in, crew, eco-friendly, fake news, final four… La casuística es inagotable, enorme, cuantiosa.
Pero el individuo lobotomizado por el influjo electrónico y su imposición cultural vive alienado y estúpidamente feliz, con muchas de estas palabras en la boca, creyendo ser participe de una realidad superior.
La realidad deriva hacia una transformación antropológica del ser humano, consecuencia de la manipulación algorítmica sistemática de creencias y conciencia. En esencia, se trata de una reprogramación cultural desarrollada por el poder omnímodo de las pantallas electrónicas y su terrible influjo psicológico. Mediante sutilezas calculadas, o grosero bombardeo constante de ideas, el mensaje atraviesa la mente del individuo para condicionarlo sin que este sea plenamente consciente. Series, películas, anuncios publicitarios o videoclips musicales, emiten ideas e inundan el espacio cognitivo con planteamientos diseñados al efecto, por programadores, creadores de opinión e ingenieros sociales.
Eso que se ha llamado el imaginario colectivo es transformado y redireccionado en un sentido concreto y predeterminado. En el mismo orden de cosas, la disciplina se presenta como abuso, la autoridad se ridiculiza como opresión irracional, la tradición cultural, social e histórica, se descarta como inútil y absurda, el orden queda convertido en un residuo extemporáneo sin sentido, y el respeto a la edad y a la experiencia, en algo directamente despreciable y anacrónico. Finalmente el resultado es devastador para el individuo y la sociedad.
¿Que futuro nos espera, con semejante material empaquetado electrónicamente en forma de felicidad obligatoria?
Que cada uno busque su respuesta.
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Las redes sociales han vendido una peligrosa mentira, la idea de que el ser humano puede estar en contacto con el mundo entero, mientras se desconecta de su propia realidad. Que puede alcanzar el conocimiento con un mínimo esfuerzo, o que simplemente puede adaptar la realidad a su puro interés coyuntural. La explicación es que el algoritmo ha sido diseñado para ser más estimulante o más adictivo que la simple conversación o el prosaico contacto humano.
Una avalancha de videos personalizados creados para alimentar las afinidades aparentes, forman el escenario de un mundo virtual, que deja a la persona indefensa ante su propia satisfacción onanista. En realidad, se trata de la renuncia a entender, se trata del abandono del esfuerzo por alcanzar el conocimiento profundo y del simple placer por el puro entretenimiento constante.
La intimidad emocional ha sido sustituida por una sucesión continua de caritas sonrientes, corazones palpitantes y comentarios vacíos sin trascendencia, sobre la vida de personas ajenas o propias. Se trata de una paradoja existencial dolorosa, porque nunca el ser humano había estado tan conectado, ni tan emocionalmente ausente de lo realmente importante.
La existencia se convierte en un espectáculo permanente, cualquier acto conductual en una exhibición impúdica de nimiedades valoradas exclusivamente por su aprobación en las redes por personas anónimas. Lo personal se transforma en objeto público de cualquier mirada. Los valores atemporales brillan por su ausencia, y las leyes morales son impuestas por el consumismo que todo lo santifica. El viaje no produce transformación interior, ni desarrollo personal, sino simples fotos para un espectador virtual y para likes de asentimiento que fortalezcan una absurda satisfacción interior.
Siempre se ha repetido, pero ahora semejante afirmación se vuelve más firmemente evidente, que antes se enseñaba griego y latín no por la pura utilidad de los idiomas muertos, sino por la disciplina mental que implicaba, y por la posibilidad real de acceder a una lectura directa de los clásicos. Se estudiaba filosofía para amueblar mejor el pensamiento y se explicaban los clásicos para entender mejor lo que la humanidad había pensado, vivido y soñado. La llegada del pragmatismo postmoderno y su perversa influencia social ha transformado esa realidad en una sucesión tan útil como vacía, tan llena de habilidades supuestamente prácticas, o de opiniones relativizadas, como de perdida de sabiduría y abandono de convicciones.
El mundo demo-liberal moderno anclado conceptualmente en el utilitarismo puritano anglosajón, ha creado la religión de la productividad y el consumo a cuyo Dios supremo, el mercado, todo debe sacrificarse. Existir sin consumir parece convertirse en un fracaso moral. La persona es valida en tanto consuma aquello que el sistema capitalista considere rentable, para convalidar la existencia. Cada minuto debe optimizarse y hacerse lucrativo, generando resultados medibles. Han surgido los gurus del éxito social, los profetas del triunfo existencial. En España, las empresas, los medios de comunicación y cualquier indocumentado con un micrófono en la mano, crean una, cada vez mayor, incomprensible jerigonza anglofilica para uso común, mientras la personas asumen un sometimiento cultural al mundo anglosajón con la satisfacción del imbécil que va feliz camino del precipicio: coach, casting, CEO, burnout, brunch, check-in, crew, eco-friendly, fake news, final four… La casuística es inagotable, enorme, cuantiosa.
Pero el individuo lobotomizado por el influjo electrónico y su imposición cultural vive alienado y estúpidamente feliz, con muchas de estas palabras en la boca, creyendo ser participe de una realidad superior.
La realidad deriva hacia una transformación antropológica del ser humano, consecuencia de la manipulación algorítmica sistemática de creencias y conciencia. En esencia, se trata de una reprogramación cultural desarrollada por el poder omnímodo de las pantallas electrónicas y su terrible influjo psicológico. Mediante sutilezas calculadas, o grosero bombardeo constante de ideas, el mensaje atraviesa la mente del individuo para condicionarlo sin que este sea plenamente consciente. Series, películas, anuncios publicitarios o videoclips musicales, emiten ideas e inundan el espacio cognitivo con planteamientos diseñados al efecto, por programadores, creadores de opinión e ingenieros sociales.
Eso que se ha llamado el imaginario colectivo es transformado y redireccionado en un sentido concreto y predeterminado. En el mismo orden de cosas, la disciplina se presenta como abuso, la autoridad se ridiculiza como opresión irracional, la tradición cultural, social e histórica, se descarta como inútil y absurda, el orden queda convertido en un residuo extemporáneo sin sentido, y el respeto a la edad y a la experiencia, en algo directamente despreciable y anacrónico. Finalmente el resultado es devastador para el individuo y la sociedad.
¿Que futuro nos espera, con semejante material empaquetado electrónicamente en forma de felicidad obligatoria?
Que cada uno busque su respuesta.
Las redes sociales han vendido una peligrosa mentira, la idea de que el ser humano puede estar en contacto con el mundo entero, mientras se desconecta de su propia realidad. Que puede alcanzar el conocimiento con un mínimo esfuerzo, o que simplemente puede adaptar la realidad a su puro interés coyuntural. La explicación es que el algoritmo ha sido diseñado para ser más estimulante o más adictivo que la simple conversación o el prosaico contacto humano.
Una avalancha de videos personalizados creados para alimentar las afinidades aparentes, forman el escenario de un mundo virtual, que deja a la persona indefensa ante su propia satisfacción onanista. En realidad, se trata de la renuncia a entender, se trata del abandono del esfuerzo por alcanzar el conocimiento profundo y del simple placer por el puro entretenimiento constante.

La intimidad emocional ha sido sustituida por una sucesión continua de caritas sonrientes, corazones palpitantes y comentarios vacíos sin trascendencia, sobre la vida de personas ajenas o propias. Se trata de una paradoja existencial dolorosa, porque nunca el ser humano había estado tan conectado, ni tan emocionalmente ausente de lo realmente importante.
La existencia se convierte en un espectáculo permanente, cualquier acto conductual en una exhibición impúdica de nimiedades valoradas exclusivamente por su aprobación en las redes por personas anónimas. Lo personal se transforma en objeto público de cualquier mirada. Los valores atemporales brillan por su ausencia, y las leyes morales son impuestas por el consumismo que todo lo santifica. El viaje no produce transformación interior, ni desarrollo personal, sino simples fotos para un espectador virtual y para likes de asentimiento que fortalezcan una absurda satisfacción interior.
Siempre se ha repetido, pero ahora semejante afirmación se vuelve más firmemente evidente, que antes se enseñaba griego y latín no por la pura utilidad de los idiomas muertos, sino por la disciplina mental que implicaba, y por la posibilidad real de acceder a una lectura directa de los clásicos. Se estudiaba filosofía para amueblar mejor el pensamiento y se explicaban los clásicos para entender mejor lo que la humanidad había pensado, vivido y soñado. La llegada del pragmatismo postmoderno y su perversa influencia social ha transformado esa realidad en una sucesión tan útil como vacía, tan llena de habilidades supuestamente prácticas, o de opiniones relativizadas, como de perdida de sabiduría y abandono de convicciones.
El mundo demo-liberal moderno anclado conceptualmente en el utilitarismo puritano anglosajón, ha creado la religión de la productividad y el consumo a cuyo Dios supremo, el mercado, todo debe sacrificarse. Existir sin consumir parece convertirse en un fracaso moral. La persona es valida en tanto consuma aquello que el sistema capitalista considere rentable, para convalidar la existencia. Cada minuto debe optimizarse y hacerse lucrativo, generando resultados medibles. Han surgido los gurus del éxito social, los profetas del triunfo existencial. En España, las empresas, los medios de comunicación y cualquier indocumentado con un micrófono en la mano, crean una, cada vez mayor, incomprensible jerigonza anglofilica para uso común, mientras la personas asumen un sometimiento cultural al mundo anglosajón con la satisfacción del imbécil que va feliz camino del precipicio: coach, casting, CEO, burnout, brunch, check-in, crew, eco-friendly, fake news, final four… La casuística es inagotable, enorme, cuantiosa.
Pero el individuo lobotomizado por el influjo electrónico y su imposición cultural vive alienado y estúpidamente feliz, con muchas de estas palabras en la boca, creyendo ser participe de una realidad superior.

La realidad deriva hacia una transformación antropológica del ser humano, consecuencia de la manipulación algorítmica sistemática de creencias y conciencia. En esencia, se trata de una reprogramación cultural desarrollada por el poder omnímodo de las pantallas electrónicas y su terrible influjo psicológico. Mediante sutilezas calculadas, o grosero bombardeo constante de ideas, el mensaje atraviesa la mente del individuo para condicionarlo sin que este sea plenamente consciente. Series, películas, anuncios publicitarios o videoclips musicales, emiten ideas e inundan el espacio cognitivo con planteamientos diseñados al efecto, por programadores, creadores de opinión e ingenieros sociales.
Eso que se ha llamado el imaginario colectivo es transformado y redireccionado en un sentido concreto y predeterminado. En el mismo orden de cosas, la disciplina se presenta como abuso, la autoridad se ridiculiza como opresión irracional, la tradición cultural, social e histórica, se descarta como inútil y absurda, el orden queda convertido en un residuo extemporáneo sin sentido, y el respeto a la edad y a la experiencia, en algo directamente despreciable y anacrónico. Finalmente el resultado es devastador para el individuo y la sociedad.
¿Que futuro nos espera, con semejante material empaquetado electrónicamente en forma de felicidad obligatoria?
Que cada uno busque su respuesta.
Quieren una especie de colmena u hormiguero donde todos cumplan su cometido de forma maquinal y que su pensamiento esté continuamente tutelado por un gran hermano que premiará o castigará en el acto, la mera duda. Y ya pueden. El comunismo perfecto; el humanoide robot conectado a la nube, a ellos.