Una losa de acero sepulta España

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La vil y cobarde profanación de la sepultura y restos del Caudillo, hecho miserable donde los haya, que no tiene parangón ni precedente en la historia de la Humanidad y que repugnaría hasta a la más primitiva de las culturas y civilizaciones, no es un hecho baladí y que sólo, que también, mancha para siempre la historia de nuestra patria, sino que tiene una trascendencia esencial porque es la pieza clave y última del proceso de imposición a nuestra nación de un despotismo degenerado, de un totalitarismo brutal que, aunque pueda disfrazarse por algún tiempo con supuestos tintes “democráticos”, no ha de tardar en mostrar su verdadero ser y proceder. Que los españoles de hoy, los que la permiten con su cómplice pasividad o absurdo concepto de la obediencia, no lo quieran ver, no impedirá que caiga sobre ellos la losa de acero que los sepultará.

España escapó de esa misma tiranía por la victoria de 1939; por cierto, contra todo pronóstico. La etapa de gobierno de Francisco Franco consiguió, aún mejor, la victoria en la paz y el mayor desarrollo en todos los aspectos que jamás viera nuestra patria; ni que en proporción puede que vea jamás. Pero sus enemigos de entonces, que son los de ahora, ni perdonaron ni olvidaron, pues no va en sus esencias tal cosa que sólo están en la de quien profesa nuestra Santa Fe. Por ello, y porque no pudieron con él en vida, se confabularon para destruirlo tras su muerte; tanto a él como a su obra, es decir, para llevar a cabo la Revolución que él impidió.

De su obra permanecerá siempre buena parte porque es indestructible. En cambio, sobre él se ha logrado, de forma increíble, consolidar la más grande y absoluta de las mentiras que jamás vieron los siglos, imponiendo creer que fue lo que ni por asomo, aún a despecho de las pruebas documentales irrefutables; pero es que embrutecer al pueblo es condición sine qua non para el triunfo de la Revolución, cuyos instigadores y seguidores aprendieron de sus errores, lo que ha supuesto su mayor logro; todo hay que decirlo.

Primero supieron esperar a la muerte de Franco; bien que no les quedó más remedio. Luego supieron vestirse de piel de cordero vendiendo una “reconciliación” –falsa, claro, porque la verdadera la hizo él también– que compraron, con el apelativo de “Transición”, los otros, los cobardes, egoístas, tontos útiles, es decir, los traidores a Dios, a España y a Franco de toda clase y condición. Y es que el Caudillo, en realidad, murió rodeado de ellos, comenzando por el entonces Príncipe; salvo honrosas excepciones, más aún por lo escasas.

Después, supieron tomarse esta vez la cosa, la Revolución, la venganza, con paciencia y parsimonia, pues sabían que intentar transformar la II República liberal y “democrática” en “socialista, soviética y revolucionaria” y destruir España de golpe fue lo que alertó a sus contrarios y los puso en guardia. Felipe González fue el maestro de aquella etapa, sin duda difícil y delicada para ellos, pues aún el recuerdo y los hechos de Franco estaban muy cercanos, pero lo consiguió. Tras él llegaron los peores, tanto los unos como los otros, los de siempre como, aún peor, los que se habían vendido, los que, traidores declarados, renegaron públicamente sin pudor de Franco creyendo que así se hacían perdonar no se sabe bien qué; ilusos, lo que hicieron fue quedarse sin raíces, expuestos sin remedio, indefensos, y, con ellos, que es lo peor, España.

Unos por acción, los marxistas revolucionarios –en España la izquierda siempre lo es y será–, con sus aliados seculares, los secesionistas de todo pelaje, y otros por cobarde, egoísta y ciega complicidad –la “derecha” de toda ralea–, han conseguido que España, o sea, los españoles de ahora, estén preparados para admitir sin rechistar el triunfo de ese proceso revolucionario que desde incluso antes de la muerte de Franco está en marcha para someter a nuestra patria a la tiranía más brutal que nunca le cayó encima.

Porque la profanación de la sepultura de Franco era la última prueba a superar para ver si la Revolución puede avanzar ya sin freno hacia su objetivo final: imponer en España una tiranía marxista camuflada de democracia con las características que hoy presenta tal  ideología, tras su mutación, como son la ideología de género, el multiculturalismo, el ecologismo, el feminismo, la sodomía, la eutanasia, etc., etc.; y siempre, pieza esencial, la persecución anticatólica, por ahora moderada en sus formas, pero en breve tan brutal como siempre. Claro que este clero, que tanto ha contribuido a todo lo dicho bien se merece lo que le va a venir encima, porque esa revolución no paga traidores; otrosí militares y fuerzas policiales.

Que un pueblo permita indiferente, pasivo, distante, como si tal cosa, la profanación de la sepultura de uno de sus antepasados, máxime del posiblemente más insigne, y ello sin rechistar, da la medida de en que pozo moral, ideológico y espiritual ha caído. Es la prueba de que está totalmente destruido, inerme, indefenso y que es incapaz. Que sus instituciones estén tan infiltradas, tan corrompidas, que no sólo no impiden tan execrable acto, sino que lo amparan, es también prueba de que nada, por ahora y durante mucho tiempo, se puede hacer. Porque cuando esa losa de acero sepulte a España será imposible quitársela de encima. Ha ocurrido con otras naciones en otros momentos, algunos no muy lejanos, y sólo el paso del tiempo que poco a poco la carcomerá porque lleva en ella el germen de su propia destrucción, ofrecerá bazas para acelerar su desintegración.

Mientras tanto, eso sí, la persecución, los daños y quebrantos serán inevitables, dolorosos y terribles. Aprestémonos a soportarlos con paciencia, tesón, esperanza y fe, y a combatirlos dentro de las pocas oportunidades que habrá.

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2 thoughts on “Una losa de acero sepulta España”

  1. «… pues los hijos de este mundo son más astutos con los de su generación que los hijos de la luz.» (Lucas 16, 8)

    Aunque la mayoría de la población no acepte verlo así o no sea capaz de comprenderlo, porque de todo hay, ese aquelarre masónico que tienen previsto hacer mañana, simboliza el inicio de una nueva etapa en la historia de España que no presagia nada bueno.

    Si los planes de los enemigos de nuestra Patria no llegan a consumarse, será porque Nuestro Señor Jesucristo y Su Bendita Madre no lo permitan (como aconteció en aquellos penosos años treinta…); no porque los «hijos de este mundo» dejen de hacer cuidadosamente, paso a paso, su destructiva labor. Sin embargo, ahora y tomados en conjunto, pienso que somos menos merecedores de cualquier ayuda sobrenatural que en la tercera década del siglo XX. Ya veremos.

    De todos modos, esta generación de españoles está sumida en una degradación mental y espiritual tan evidente, que puede que se haya hecho acreedora de cualquier castigo que venga sobre ella . Eso es lo que más me preocupa, y lo que temo que podría suceder, si Dios no lo impide.

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