¿Una nueva Guerra Revolucionaria en Iberoamérica?

En apenas unas pocas semanas el panorama político de Sudamérica ha sufrido una transformación radical. De un cierto equilibrio inestable entre los gobiernos de la región de signos políticos opuestos hemos pasado a una situación de convulsión, inestabilidad y desestabilización del statu quo cuyo desarrollo está a la vista y cuyo desenlace al momento de redactar estas líneas permanece incierto.

La “rebelión indígena” en Ecuador, primero, la terrible y prolongada guerra social desatada en Chile con sus gravísimas secuelas de destrucción, incendios, saqueos y profanaciones de templos católicos y más de una veintena de muertos, el triunfo electoral del kirchnerismo en nuestro país, la inopinada e inesperada libertad del ex presidente de Brasil Lula da Silva, condenado por delitos de corrupción -inequívoca maniobra política contra el gobierno de Jair Bolsonaro perpetrada por vía judicial- son los hitos de una más que evidente escalada de violencia, de caos y de malos presagios para nuestra desdichada Iberoamérica.

Mención aparte merecen los gravísimos acontecimientos en Bolivia donde tras la renuncia de Evo Morales -quien intentó perpetuarse fraudulentamente en el poder- se ha desatado una virtual guerra civil de imprevisible desarrollo y desenlace.

No hace falta demasiada perspicacia para advertir que estos hechos, sucintamente enumerados, responden a un plan concertado y dirigido desde alguna central de operaciones. Por otra parte las declaraciones del líder venezolano Diosdado Cabello quien anunció, exultante, las “brisitas bolivarianas” que soplan en la llamada “Latinoamérica”, anuncio seguido de una no disimulada amenaza de que las “brisitas” podían convertirse en un verdadero huracán, dejan pocas dudas al respecto. Los comentaristas políticos al uso y los sesudos analistas que pululan por las redacciones de los periódicos y los canales televisivos han denunciado lo obvio: Cuba y Venezuela están detrás de los desmanes de Quito, Santiago y La Paz. Y hasta han descubierto el Foro de San Pablo, algo así como si alguien nos anunciara el descubrimiento del Mediterráneo.

El Foro de San Pablo y la Nueva Guerra Revolucionaria

Hace muchos años que venimos denunciando en soledad al Foro de San Pablo, una siniestra organización continental que desde 1990, año de su fundación en la ciudad brasileña que le da el nombre, viene actuando como una auténtica task force de las izquierdas iberoamericanas cuyo objetivo no es otro que prolongar, por medios distintos, en un escenario distinto, la Guerra Revolucionaria desatada por el Comunismo en nuestras naciones en las décadas de los años sesenta y setenta del pasado siglo.

La fundación de este Foro, el 3 de julio de 1990, fue iniciativa conjunta del Partido de los Trabajadores (PT) de Brasil liderado por Lula da Silva y el Partido Comunista Cubano por entonces al mando de Fidel Castro. La idea surgió en La Habana, en ocasión de una visita de Lula da Silva al difunto tirano caribeño, con la finalidad de redefinir los objetivos y la estrategia de las izquierdas revolucionarias en Iberoamérica tras el derrumbe del Muro de Berlín y la desaparición de la Unión Soviética que hasta ese momento oficiaba de centro operacional de la Guerra Revolucionaria con cabecera de playa en Cuba.

Aquella Guerra Revolucionaria que cubrió de sangre y de luto la mayoría de los países iberoamericanos con su estrategia de guerrilla armada como fase final del proceso de subversión ideológica, fracasó en su intento de toma del poder. Mal o bien, los Estados nacionales se defendieron y aniquilaron la acción de las guerrillas. Por otra parte la desaparición del principal centro operativo, la Unión Soviética, dejaba ya sin apoyo político y logístico cualquier intento de reanudar la ofensiva revolucionaria en los mismos términos en los que se había desarrollado hasta entonces. Que este fue el contexto internacional que dio origen al Foro de San Pablo lo han reconocido sus mismos fundadores. Así lo expresa, entre otros, Roberto Regalado en su libro Encuentros y desencuentros de la izquierda latinoamericana. Una mirada desde el Foro de São Paulo, donde claramente afirma que en el momento de la fundación del Foro, el escenario internacional estaba dominado por el desmoronamiento de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas por lo que desde finales de la década de 1980, la izquierda latinoamericana se vio obligada a replantear sus cursos de acción y descifrar qué impacto tendría la nueva situación en las condiciones y los sujetos de las luchas populares en la región1.

Es evidente, por tanto, que ante el nuevo escenario la Guerra Revolucionaria debía trazar nuevas estrategias sin abandonar nunca el objetivo fundamental: imponer el comunismo ateo y apátrida en toda la geografía de Iberoamérica. Aquel viejo y delirante sueño de Fidel Castro de hacer de la Cordillera de los Andes la Sierra Maestra de toda América venía, ahora, sustituido por una Nueva Guerra Revolucionaria, en apariencia incruenta y decidida a transitar, incluso, la vía de las democracias que tras la disolución de los gobiernos militares comenzaban a reinstaurarse en los países de la región.

Desde su fundación hasta la fecha el Foro de San Pablo viene realizando unos Encuentros anuales en distintas ciudades de Iberoamérica: en total son veinticinco los hasta ahora celebrados incluyendo el del presente año que tuvo lugar en Caracas en el mes de julio. Al final de cada Encuentro el Foro emite una Declaración. Nada de esto es secreto; por el contrario se encuentra profusamente difundido en internet. Pero, al parecer, pocos se toman el trabajo de leer los textos de esas Declaraciones.

No obstante, la lectura de estos textos es muy ilustrativa. En primer lugar, el tono y el lenguaje de estas Declaraciones es reiterativo en cuanto a su rechazo de la “derecha”, el “imperialismo”, su adhesión al indigenismo, al feminismo y a la ecología, sus constantes apelaciones a la liberación de los pueblos, en suma todos los tópicos de la izquierda latinoamericana preñados de un maniqueísmo político cuyo burdo simplismo asombra, por decir lo menos. En este sentido, salvo las ya mencionadas apelaciones al ecologismo y al feminismo, algunas alusiones a la ideología de género y el uso de las locuciones “inclusivas”, el tono no parece diferir demasiado de lo que la izquierda viene predicando desde los lejanos días setentistas aun cuando se presente como el socialismo del siglo XXI. Sin embargo, en el panorama ideológico de este siglo aparecen nuevos conceptos y criterios revolucionarios que expresan el paso de la “modernidad” a la “posmodernidad”; se hace preciso, por tanto, examinar siquiera someramente estos criterios revolucionarios posmodernos a fin de evaluar de qué modo y en qué medida están incidiendo en la configuración de la Nueva Guerra Revolucionaria en pleno desarrollo actualmente en Iberoamérica.

La multitud como nuevo sujeto revolucionario

El cambio de conceptos revolucionarios al que estamos aludiendo es la aparición de un nuevo sujeto revolucionario en la sempiterna dialéctica marxista que a lo largo de sus mutaciones históricas y doctrinales permanece idéntica en cuanto a su fondo que no es otro que la revolución permanente.

Este nuevo sujeto es la multitud tal como lo han propuesto Antonio Negri y Michael Hardt los teóricos del posmodernismo revolucionario.

Estos autores conciben los términos de la nueva dialéctica como Imperio y Multitud. Para ellos, el concepto de Imperio designa el “dispositivo global contemporáneo” y representa, ante todo, “la nueva forma de soberanía” que ha sucedido a la soberanía del Estado-Nación. Se trata de “una nueva forma de soberanía ilimitada”, que no conoce fronteras o más bien que se mueve dentro de “fronteras flexibles y móviles”. Este Imperio reúna en sí las tres formas de gobierno -monarquía, aristocracia y democracia- “combinándolas en una sola dirección soberana unificada”, aunque de hecho el Imperio contemporáneo es más bien monárquico como lo evidencian las fases de conflicto militar en las que es manifiesta la supremacía del Pentágono que merced a su arsenal atómico y su superioridad tecnológica, puede dominar el mundo2.

Ahora bien, en el marco de este Imperio -sostienen los mencionados autores- se ha producido una transformación radical no sólo en lo concerniente al traspaso de la soberanía del Estado-Nación al Imperio sino, además, en todo lo que se refiere a nuestras formas de pensamiento y el abanico de nuestras capacidades. Debemos entonces -concluyen- volver a considerar, a la luz de la realidad del Imperio, todos los conceptos fundamentales de la filosofía política; y el primer concepto que ha de ser reconsiderado es la democracia.

Hasta la aparición del Imperio la democracia y su ejercicio se dieron en el marco del Estado-Nación: el pueblo, entendido como “una representación que hace de la población una unidad”, era el depositario de la soberanía; esta soberanía popular se identificaba, a su vez, con la soberanía nacional; dicha soberanía se ejercía por vía de las instituciones que aseguraban la representatividad política, sobre todo, a través del sufragio universal cuya síntesis era: un hombre, un voto que constituyó uno de los grandes ideales en torno a los cuales se articularon distintos esquemas de poder y de representación. Pero con el advenimiento del Imperio esta democracia ya no fue posible. Llegamos así a la situación que los autores definen como “democracia incumplida” o “democracia inaccesible”.

Llegados a este punto, la conclusión es que hoy, en el contexto de la globalización impuesta por el Imperio, resulta imposible entender al pueblo como sujeto político y más imposible todavía representarlo institucionalmente. Es a partir de esta conclusión que aparece la idea de un contrapoder que enfrente al Imperio y haga posible la democracia incumplida o inaccesible.

Este contrapoder no es otro que la multitud, concepto que Hardt y Negri distinguen muy bien respecto de otros conceptos como pueblo, clase o masa.

En efecto, la multitud no es, a diferencia del pueblo, una unidad sino “una multiplicidad ilimitada e inconmensurable”, “una multiplicidad singular, un universal concreto”, que desafía la representación ya que la multitud no es representable “porque aparece como monstruosa a los ojos de los racionalismos teleológicos y trascendentales de la modernidad”3. El pueblo es un cuerpo social, la multitud no lo es; tampoco ella se identifica con la masa o la muchedumbre puesto que éstas son fuerzas sociales irracionales muy a menudo violentas, peligrosas y manipulables. La multitud es “un agente social activo”, “una multiplicidad actuante”, está organizada o, mejor dicho, autoorganizada. Esto conlleva una ventaja puesto que el concepto de multitud permite ahuyentar los temores a las masas (temores fundados, por otra parte) incluido el temor a la tiranía de las mayorías que, con harta frecuencia, han servido como un mecanismo de chantaje para obligar a aceptar o, incluso, a reclamar nuestra propia dominación4.

Ahora bien, desde una estricta óptica del poder nada puede hacerse con la multitud puesto que el vínculo entre la unidad del sujeto, el pueblo, la forma de su composición y el sistema de gobierno -democracia, aristocracia, monarquía o la combinación de los tres- se ha roto. A esto hay que sumar otra transformación no menos radical, a saber, la del modo de producción por la hegemonía creciente del trabajo inmaterial (lo que los autores llaman el “biotrabajo”) que ha destruido la idea moderna de una sociedad que funciona según los cánones de la acumulación capitalista.

Al final de todas estas consideraciones los autores arriban a una sola conclusión: no queda otro camino para llevar adelante la “democracia de la multitud” que la revolución5. Como se ve, la dialéctica marxista desemboca siempre en lo mismo: la revolución; sólo que los sujetos de esa revolución van mutando. Hoy el nuevo sujeto revolucionario es la multitud frente al Imperio con el fin de implantar la “democracia revolucionaria”. Esta democracia ya no se corresponde más con la idea de nación, por el contrario, ella se configura como “un combate contra la nación”, ni tampoco a la de pueblo, sino que se corresponde con el ya mencionado concepto de contrapoder que implica tres elementos: resistencia, insurrección y poder constituyente. Estos tres elementos han de ser considerados como un proceso y deberán ser fundidos en una única noción de contrapoder que conduzca, finalmente, a una nueva formación social alternativa.

Tal contrapoder es una fuerza excesiva, arrasadora que un día será liberada y que se manifestará como la plena aparición de un conjunto de “monstruos, resistentes, revoltosos, constituyentes”; mientras tanto, el Imperio, “forma contemporánea de represión de la voluntad de poder de la multitud” se encuentra alicaído y minado por la crisis. Las “débiles filosofías del margen, de la diferencia y de la desnudez” no son otra cosa que “las figuras mistificadas de la conciencia infeliz bajo la hegemonía imperial”6. Por nuestra parte añadimos la acción deletérea producida por la guerra cultural inspirada en Gramsci –predecesora inmediata de la revolución posmoderna-que ha terminado paralizando y desarmando espiritual y moralmente a los individuos y a las naciones.

Modernidad y posmodernidad en la Nueva Guerra Revolucionaria

A la luz de cuanto llevamos expuesto es posible advertir que en Iberoamérica el proceso revolucionario cabalga, por así decirlo, entre los cánones de la “modernidad” y los nuevos vientos del posmodernismo. Por un lado, en efecto, la idea de Estado-Nación en oposición al “imperialismo” (categoría que se aplica con exclusividad a Estados Unidos) sigue estando vigente en el lenguaje y en los planteos revolucionarios de las izquierdas. Hay una retórica nacionalista que responde al nacionalismo clasista, populista y socialista ya denunciado entre nosotros por Jordán B. Genta en la década del setenta del pasado siglo7. Este nacionalismo ideológico e ideologizado, al que habría que añadir un indigenismo radical, acusa una presencia nada despreciable en el panorama de las izquierdas iberoamericanas y su vigencia, al día de hoy, no puede ser dejada de lado a la hora de analizar los factores ideológicos en juego. Las movilizaciones de masas, casi siempre violentas, fundadas en reclamos y reivindicaciones clasistas y populistas, son el método habitual de este tipo de nacionalismo de izquierda que apela al legítimo sentimiento nacional y patriótico de los pueblos pero al que distorsiona gravemente merced a su seria contaminación marxista y socialista.

Sin embargo, no es menos cierto, que al lado de esta todavía fuerte vigencia del Estado-Nación -en el que la soberanía nacional se reduce a la soberanía popular y la democracia asume formas decididamente populistas de democracia directa y no representativa al estilo de las democracias liberales-van cobrando cuerpo y presencia algunos elementos que responden, más bien, a la noción de multitud de Hardt y Negri.

Lo hemos visto sobre todo en Chile. Las llamadas “movilizaciones pacíficas”, integradas en buena medida pero no exclusivamente, por personas de la emergente clase media chilena, inauguraron el clima de resistencia, insurrección y exigencia de un nuevo poder constituyente, clima en el que, de inmediato, hizo su aparición la violencia política armada que ha ido alcanzando con el correr de los días y las semanas cotas de intensidad pocas veces vistas.

Estas movilizaciones han puesto de manifiesto la presencia inequívoca de la multitud, carente de todo sentido de unidad, de identidad y de nación, y que configura con notable exactitud la categoría ya vista de contra poder que disputa abiertamente el poder constituido, poder dicho sea de paso, sujeto en todo –desde lo económico a lo cultural- a los mandatos del Nuevo Orden Mundial, el Imperio según la particular terminología de Hardt y Negri. También se ha visto el fuerte impacto de la crisis en el “poder imperial” que se presenta irresoluto, temeroso, pusilánime e incapaz de hacer frente a la auténtica guerra que hoy sacude al país trasandino.

Los casos de Ecuador y Bolivia son distintos. Al parecer estas dos naciones no han salido todavía de la “modernidad”. Sin duda, la ideología indigenista, junto con fuertes reclamos de clase y reivindicaciones antiimperialistas, tiene aún un peso decisivo. La Nueva Guerra Revolucionaria que vemos hoy configurarse en Iberoamérica tiene, por tanto, este doble componente lo que la torna aún más compleja y difícil a la hora de entenderla y, sobre todo, de enfrentarla.

Hay un elemento común a la Nueva y Vieja Guerra Revolucionaria: es la incapacidad de los Estados, vaciados en el molde del liberalismo político, de la democracia representativa y de la economía liberal, de enfrentar con eficacia la Guerra Revolucionaria. En el pasado ni siquiera los gobiernos militares entendieron la verdadera naturaleza de la guerra a la que se enfrentaban. Esta es la razón de que al éxito en lo militar siguiera una aplastante derrota en el plano político y cultural.

No podemos repetir los errores del pasado. Urge, por tanto, prepararse para enfrentar esta nueva guerra para lo cual es imprescindible conocer su naturaleza, sus causas, sus agentes y sus objetivos y elaborar una Doctrina Contrarrevolucionaria fundada en los principios perennes de la Civilización Cristiana. De lo contrario, nos encaminamos a una nueva derrota.

–oo–

  1. (ROBERTO REGALADO, Encuentros y desencuentros de la izquierda latinoamericana. Una visión desde el Foro de São Paulo, México, 2008, página 26.)
  2. Cfr. MICHAEL HARDT y TONI NEGRI, La multitud contra el Imperio, en OSAL, Observatorio Social de América Latina (no. 7 jun 2002).
3. Ibídem. 
4. Ibídem. 
5. Ibídem.
6. Ibídem. 
7. JORDÁN B. GENTA, El Nacionalismo Argentino, Buenos Aires, 1972.

6 respuestas a «¿Una nueva Guerra Revolucionaria en Iberoamérica?»

  1. “El trabajo os hará hombres”, …
    LETRERO DE ENTRADA en el campo de trabajos forzados en la península de Guanahacabibes, … (igual que los Nazis-Stalinistas-pseudoFascistas).
    Este centro estaba destinado a albergar homosexuales.
    De su boca:
    “aquellos casos dudosos de los que no estamos seguros de que deban estar encarcelados (…) los mandamos a Guanahacabibes, gente que no debería ir a la cárcel, gente que ha cometido crímenes contra la moral revolucionaria…”
    Che Guevara
    Allí se producían violaciones, mutilaciones y palizas continuamente. Brutalidades que se cometían, según declararon los supervivientes, con la intención de reconducir las conductas.

  2. satanás y sus huestes son maestros de los disfraces pero su soberbia les delata.Claros ejemplos sin ahondar en el texto y limitàndonos a los gràficos son el puño,la estrella invertida(otra vez la inversiòn osea la mentira)la mera palabra re-voluciòn por involuciòn(re de repetir) osea nada de evoluciòn…
    y ya que estamos…
    de la bandera de España quitaron el àguila sagrada de San Juan con su aureola simbolo de Espiritualidad,para ser sustituida por un escudo donde se resaltan las columnas de la secta masònica(en clara intenciòn de apropiaciòn indebida)eso si,disimuladas?? con el «non plus ultra»???
    Su soberbia su inhumanidad…
    Su Perdiciòn.-

    1. Si, y es el hierro el único lenguaje que la bestia entiende. El hierro, que ha de ser manejado contra ella usando de toda la inteligencia que Dios da al hombre para evitar que en ese ejercicio se vuelva contra los que lo emplean. En España, a la que nunca Dios Nuestro Señor ha dejado de su mano, tenemos maestros en ese arte de la guerra, y sobre todo el último, el más reciente, que nos marcan la senda a seguir.

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