ESCUCHAR NOTICIA:Alejandro Farnesio
El 26 de julio de 1586, el rey de España, Felipe II, envió por correo cifrado a Lisboa y a Bruselas, el plan definitivo de invasión de Inglaterra, dando órdenes para que el Almirante de la flota, Álvaro de Bazán y el Capitán General del ejército de Flandes, Alejandro Farnesio, iniciasen los preparativos y la acumulación de tropas para un ataque al régimen protestante de Isabel Tudor.
El texto que sigue es un extracto de un capítulo de mi libro “Grande y Felicísima Armada. Derribando la Leyenda Negra”, publicado en 2018, que versa sobre la Gran Armada de Felipe II, es decir, sobre la mal llamada Armada Invencible. Se trata de un riguroso análisis histórico sobre las circunstancias de aquella odisea, buscando impugnar la visión negativa esparcida por el viento de la propaganda, e intentando demostrar que, aunque resultó un fracaso, en absoluto se trató de una derrota. Para ello doy vida a la mayoría de los personajes históricos, amparándome en los textos, cartas, y escritos de la época y colocándoles en interacción narrativa.
Eran tiempos en los que los hombres de España, estaban hechos de otra pasta.
Lo que sigue es un ejemplo de ello.
**************
La mañana gris apagaba los vivos colores de las flores que salpicaban las ornamentadas fachadas de la Gran Plaza de Bruselas. En el interior de su edificio principal, el ayuntamiento, que ocupaba casi toda el ala sur, se acomodaban varios hombres con gesto circunspecto y actitud concentrada. Allí, una decoración inconfundiblemente flamenca era matizada con detalles que denotaban un añadido carácter militar.
Alejandro Farnesio, duque de Parma, gobernador de Flandes y Capitán General del ejército, se acercó con la carta de Felipe II recién recibida aún en la mano, a la ventana gótica que proyectaba su mirada sobre la incesante actividad comercial de la plaza, donde la prospera burguesía y los gremios organizados tenían su ubicación en la gran explanada porticada. Una multitud pululante culebreaba entre tenderetes que ofrecían su mercancía al mejor postor,
Para Farnesio, sin embargo, aquella variopinta humanidad le parecía tan lejana como su natal Parma, que permanecía en su mente como un recuerdo lejano e inaprensible, Siempre, por encima de todo, tenía presente el servicio a la Monarquía Hispánica, el servicio a su tío, el buen rey Felipe, y el servicio a los intereses del Imperio. O sea, las servidumbres de una guerra difícil, sucia, y encarnizada, sobre un territorio favorable para los rebeldes holandeses, un inmenso cenagal donde sus hombres avanzaban palmo a palmo a costa de enormes sacrificios y casi siempre con la hostilidad local.
Sin embargo, Alejandro Farnesio estaba ganando la guerra. Desde su nombramiento como gobernador tras la muerte en 1578 de su gran amigo de juventud, Juan de Austria, Farnesio inició un hábil proceso diplomático y ya había puesto los cimientos sobre los que construir su ofensiva militar, con las espaldas a cubierto, en aquel rompecabezas político,.
En una implacable progresión, el talento militar de Farnesio desplegó sus tercios que fueron tomando una a una las ciudades rebeldes del norte de los Países Bajos. A costa de paciencia, asedios prolongados y compra de voluntades, plazas consideradas inexpugnables, abrían sus puertas al Rayo de la Guerra, que prosiguió un avance victorioso durante dos años hasta 1884, cuando llegó a las puertas de Amberes, la principal ciudad flamenca por población, actividad comercial e importancia cultural. Allí, en Amberes, sus murallas y fortificaciones eran sin duda las construcciones defensivas más poderosas construidas hasta la época en toda Europa. Protegida por diez baluartes, un amplio foso inundado y el caudaloso rio Escalda, era un desafío cuya fortaleza haría desistir la ambición de cualquier general.
Pero Farnesio echó toda la carne en el asador e ideó un procedimiento para rendir la ciudad mediante un asedio impermeable que impidiese por completo la llegada de suministros a la población, para ello mandó construir un puente con barcazas sobre el rio Escalda de unos ochocientos metros de longitud que cerraba completamente el paso a la navegación, que era el principal medio de llegada de víveres y municiones a la ciudad. El puente, una magnífica obra de ingeniería militar, tardó en construirse siete meses. Dotado en sus extremos de barcas amarradas con cuerdas, maromas y cadenas y protegido en tierra por dos baluartes artillados, bloqueaba el paso hacia Amberes y fue estrangulando paulatinamente a la ciudad. A pesar de los múltiples intentos de destrucción por parte de los rebeldes holandeses el puente finalmente cumplió su función estratégica, y el 17 de agosto de 1585 la ciudad rendía sus armas a los tercios de Farnesio.
La toma de Amberes tuvo una enorme repercusión en toda Europa y provocó una especial alarma en Inglaterra, donde la reina Isabel intuyó el peligro que una posible derrota holandesa provocaría sobre sus intereses políticos y geoestratégicos. Así pues, envío a Robert Dudley, conde de Leicester, su amante circunstancial, partidario de la guerra con España, y furibundo anticatólico, al frente de 6.000 hombres, para animar a los rebeldes flamencos y colaborar en su lucha. Prácticamente una declaración de guerra contra España y la constatación de que aquellos vientos traerían posteriores tempestades.
Pero en ningún momento las tropas inglesas de Leicester fueron un rival a la altura de los tercios de Farnesio. Ni la inteligencia militar de Dudley era semejante a la brillante visión estratégica del duque de Parma, ni la disciplina y capacidad combativa de sus tropas eran comparables a las veteranas y aguerridas tropas españolas. Los ingleses fueron derrotados una y otra vez, sufrieron deserciones y se amotinaron, dejando una estela de incompetencia y fracaso militar. Pero cumplieron una labor sorda retardando el avance español, alimentaron la moral de las tropas rebeldes de Justino de Nassau… y sobre todo provocaron una decisión definitiva sobre un asunto largamente aplazado: la invasión de Inglaterra.
…Y precisamente ahora, a un paso de la victoria total sobre las provincias rebeldes, todas las operaciones militares deberían posponerse ante la imperiosa necesidad de destinar aquellas vigorosas tropas a la empresa de Inglaterra.
Farnesio se retiró de la ventana y avanzó hacia la penumbra de la estancia donde aquellos hombres sentados le observaban con interés. A sus cuarenta y dos años, con el cabello aún más negro que blanco, nariz aguileña sobre un poblado mostacho y espesa barba recortada, su mirada penetrante e inteligente de ojos oscuros que denotaban un origen meridional, poseía una autoridad tan incuestionable como la fidelidad a su tío, el rey Felipe II de España.
—Así pues, las órdenes del rey nuestro señor no admiten lugar a dudas. Los preparativos deben continuar y aumentar su ritmo. La armada de Lisboa sigue con su organización sin descanso y pronto todo deberá ponerse en marcha —dijo Farnesio ya calmado, y con el tono de mando que le era característico.
—Excelencia, desconozco los complicados caminos de la razón de estado, y a mi menguado seso de soldado se le escapan las razones de mayor enjundia, pero vive Dios que tengo por cierto que antes de dar un paso hay que afianzar el anterior. Solo así se puede avanzar con seguridad y sin riesgo de romperse la crisma. Y a lo que se ve, no parece este el mejor momento para negociar semejante empresa, con la victoria total sobre los herejes tan cercana. Darles la espalda para embarcarnos en asunto tan complicado, podría hacer que los rebeldes tomen el aire que les falta y vuelvan de nuevo a porfiar con el denuedo de siempre.
Francisco Verdugo
El que así habló era un hombre de recio aspecto militar ya entrado en la cincuentena, con barba entrecana, mirada sincera y a tenor de sus palabras, con la suficiente confianza para expresarse con aquella franqueza y sin temor a ser reconvenido por el gobernador. Se trataba del coronel Francisco Verdugo un veterano soldado, que seguía prestando valiosos servicios al duque de Parma en el control del territorio de Frisia, atenazando desde el norte a las provincias rebeldes de Holanda y Zelanda. Hombre aguerrido y poco amigo de componendas, su voz sin pelos en la lengua siempre se dejaba oír sin temor al enojo de oídos ajenos por mucha alcurnia que tuviesen. Experto conocedor de la situación en los Países Bajos, sus frecuentes diferencias de opinión con Farnesio eran moneda común que en ocasiones agriaba su relación pero sin perder nunca el principio de autoridad. Continuas peticiones de tropas y dinero eran escuchadas las menos de las veces por Parma, pero no por ello Verdugo silenciaba su palabra.
—Vos lo decís, Verdugo, el interés de estado, la política del rey, y la Santa Religión. Él ordena y nosotros obedecemos, así ha sido siempre y así deberá seguir siendo. Además, con la caída de Inglaterra los herejes holandeses quedaran sin su principal aliada. La guerra se puede hacer por diversos métodos y la victoria tiene varios caminos. Vuestra misión, coronel, será mantener nuestras espaldas seguras mientras el grueso del ejército visita los dominios de la pérfida Isabel. Confío en que como siempre lo cumpláis a la perfección —dijo Farnesio con entonación condescendiente. Luego continuó:
—Importa, no obstante que las tropas tengan seguridad en sus sueldos y no se desmanden en momento tan crítico. ¿Cómo está semejante asunto? —Preguntó dirigiéndose de nuevo a Verdugo.
—Doy fe, que las banderas viejas no se desvergonzaran a poco que cobren solo una pequeña parte de lo que se les adeuda. Solo con eso excelencia, tendremos garantía de un buen suceso. Pero si de los españoles puede esperarse algún disimulo, no podría decir lo mismo de borgoñones, italianos y menos aún de los tudescos que aseguran que no moverán un pie de Flandes si no reciben las pagas que se les adeudan.
—Atenderemos ese asunto con la diligencia que se merece. ¿No es así maese Strozzi?
El aludido, un hombre joven y esbelto, que vestía jubón aterciopelado granate y tenía aspecto de manejar más la pluma que la espada, asintió con mirada perspicaz. Luego disimuladamente se puso en pie con andares suaves dirigiéndose hacia un armario que abrió con parsimonia extrayendo un libro de cuentas y regresando a su anterior lugar sin decir una palabra. Una vez sentado procedió a una lectura concentrada del libro que tenía entre manos; solo al cabo de un rato de densa abstracción pareció convencerse de una verdad oculta, levantó la mirada con los ojos cerrados hacia el techo y luego de un vistazo hacia Farnesio hizo un gesto de afirmativa seguridad con su cabeza.
von Mansfeld
Mientras tanto, el otro hombre que había permanecido en silencio, se puso en pie dejando ver con claridad el porte aristocrático de su avejentada y severa figura, dirigiéndose hacia el ventanal sobre la plaza. Su gesto despreocupado ante la presencia del capitán general de Flandes, parecía querer transmitir una autoridad acaso equivalente. Era un hombre ya cercano a la ancianidad, con ojos de un azul profundo, barba y cabello blancos, pero cuyos movimientos transmitían la seguridad en sí mismo del que ha nacido en buena cuna. Se trataba de Peter Ernst von Mansfeld, un noble teutón, fiel sirviente de los intereses, antes del emperador Carlos y ahora de su hijo Felipe, como general de la artillería. Tras unos instantes de muda contemplación a través de los cristales, dándose la vuelta dejó oír su voz de fuerte acento germánico
—Importa también y sobre todo poner sobre el mar una armada en la que puedan caber esas tropas ya sosegadas de sus cuitas y dineros. Y eso lo veo más difícil que aplacar la justa reclamación por la soldada que se les debe. La tarea no es poca cosa. Hacen falta barcos, y marinos… y puertos protegidos de los que salir al mar con seguridad,… y caudales y más caudales. Y no sé yo muy bien si maese Strozzi, podrá encontrar solución mirando otra vez en sus libros.
—Excusáis decirme lo que ya tengo bien presente, desde que nuestro señor Felipe se empeñó en semejante empresa. Y descuidad señor de Mansfeld, los asuntos de dinero se atenderán a su debido tiempo. Más me preocupa el asunto de los puertos. Este mar está sujeto a horrendas tempestades, es insidioso por los bajíos arenosos, y será temeridad exponer a la armada que venga de España a los fracasos del mar sin un puerto seguro que pueda acogerla. ¡Un puerto de aguas profundas! —Replicó con suave firmeza el duque de Parma
—Solo hay un puerto que pueda servir a ese propósito con garantía suficiente: Flesinga,… y está en manos rebeldes y a disposición de la reina de Inglaterra. —dijo Mansfeld de inmediato
—Exacto, así es. Pero lamento deciros que Su Majestad, ha decidido no aceptar mi proposición de sitiar y tomar la ciudad. Alega la pérdida de tiempo que ello significaría y la demora consiguiente. No quiere más retrasos de la operación en marcha. Por lo tanto debemos arreglarnos con lo que tenemos.
—A lo que se ve, se sigue con error tras error. Primero con esta dilación que hace que toda Europa conozca el acaecimiento desde mucho tiempo antes, y lo que es peor, con Inglaterra bien prevenida, y después con una prisa innecesaria, dadas ya las circunstancias —comentó amargamente el teutón.
—Quizás tengáis razón Mansfeld, pero es el rey quien decide, y la importancia de sus razones están fuera de nuestro alcance. El turco presiona por el sur. Francia no deja de ser un continuo quebradero de cabeza, y los ingleses no paran de entorpecer el tráfico con las Indias. No seré yo quien reproche la decisión real, y mucho menos ninguno de mis subordinados. No hay más camino que el de la obediencia al rey nuestro señor, y por ese camino iremos todos sin vacilación.
“Grande y Felicisima Armada. Derribando la Leyenda Negra” puede adquirirse en Amazon.Pulse para escuchar el textoAlejandro Farnesio
El 26 de julio de 1586, el rey de España, Felipe II, envió por correo cifrado a Lisboa y a Bruselas, el plan definitivo de invasión de Inglaterra, dando órdenes para que el Almirante de la flota, Álvaro de Bazán y el Capitán General del ejército de Flandes, Alejandro Farnesio, iniciasen los preparativos y la acumulación de tropas para un ataque al régimen protestante de Isabel Tudor.
El texto que sigue es un extracto de un capítulo de mi libro “Grande y Felicísima Armada. Derribando la Leyenda Negra”, publicado en 2018, que versa sobre la Gran Armada de Felipe II, es decir, sobre la mal llamada Armada Invencible. Se trata de un riguroso análisis histórico sobre las circunstancias de aquella odisea, buscando impugnar la visión negativa esparcida por el viento de la propaganda, e intentando demostrar que, aunque resultó un fracaso, en absoluto se trató de una derrota. Para ello doy vida a la mayoría de los personajes históricos, amparándome en los textos, cartas, y escritos de la época y colocándoles en interacción narrativa.
Eran tiempos en los que los hombres de España, estaban hechos de otra pasta.
Lo que sigue es un ejemplo de ello.
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La mañana gris apagaba los vivos colores de las flores que salpicaban las ornamentadas fachadas de la Gran Plaza de Bruselas. En el interior de su edificio principal, el ayuntamiento, que ocupaba casi toda el ala sur, se acomodaban varios hombres con gesto circunspecto y actitud concentrada. Allí, una decoración inconfundiblemente flamenca era matizada con detalles que denotaban un añadido carácter militar.
Alejandro Farnesio, duque de Parma, gobernador de Flandes y Capitán General del ejército, se acercó con la carta de Felipe II recién recibida aún en la mano, a la ventana gótica que proyectaba su mirada sobre la incesante actividad comercial de la plaza, donde la prospera burguesía y los gremios organizados tenían su ubicación en la gran explanada porticada. Una multitud pululante culebreaba entre tenderetes que ofrecían su mercancía al mejor postor,
Para Farnesio, sin embargo, aquella variopinta humanidad le parecía tan lejana como su natal Parma, que permanecía en su mente como un recuerdo lejano e inaprensible, Siempre, por encima de todo, tenía presente el servicio a la Monarquía Hispánica, el servicio a su tío, el buen rey Felipe, y el servicio a los intereses del Imperio. O sea, las servidumbres de una guerra difícil, sucia, y encarnizada, sobre un territorio favorable para los rebeldes holandeses, un inmenso cenagal donde sus hombres avanzaban palmo a palmo a costa de enormes sacrificios y casi siempre con la hostilidad local.
Sin embargo, Alejandro Farnesio estaba ganando la guerra. Desde su nombramiento como gobernador tras la muerte en 1578 de su gran amigo de juventud, Juan de Austria, Farnesio inició un hábil proceso diplomático y ya había puesto los cimientos sobre los que construir su ofensiva militar, con las espaldas a cubierto, en aquel rompecabezas político,.
En una implacable progresión, el talento militar de Farnesio desplegó sus tercios que fueron tomando una a una las ciudades rebeldes del norte de los Países Bajos. A costa de paciencia, asedios prolongados y compra de voluntades, plazas consideradas inexpugnables, abrían sus puertas al Rayo de la Guerra, que prosiguió un avance victorioso durante dos años hasta 1884, cuando llegó a las puertas de Amberes, la principal ciudad flamenca por población, actividad comercial e importancia cultural. Allí, en Amberes, sus murallas y fortificaciones eran sin duda las construcciones defensivas más poderosas construidas hasta la época en toda Europa. Protegida por diez baluartes, un amplio foso inundado y el caudaloso rio Escalda, era un desafío cuya fortaleza haría desistir la ambición de cualquier general.
Pero Farnesio echó toda la carne en el asador e ideó un procedimiento para rendir la ciudad mediante un asedio impermeable que impidiese por completo la llegada de suministros a la población, para ello mandó construir un puente con barcazas sobre el rio Escalda de unos ochocientos metros de longitud que cerraba completamente el paso a la navegación, que era el principal medio de llegada de víveres y municiones a la ciudad. El puente, una magnífica obra de ingeniería militar, tardó en construirse siete meses. Dotado en sus extremos de barcas amarradas con cuerdas, maromas y cadenas y protegido en tierra por dos baluartes artillados, bloqueaba el paso hacia Amberes y fue estrangulando paulatinamente a la ciudad. A pesar de los múltiples intentos de destrucción por parte de los rebeldes holandeses el puente finalmente cumplió su función estratégica, y el 17 de agosto de 1585 la ciudad rendía sus armas a los tercios de Farnesio.
La toma de Amberes tuvo una enorme repercusión en toda Europa y provocó una especial alarma en Inglaterra, donde la reina Isabel intuyó el peligro que una posible derrota holandesa provocaría sobre sus intereses políticos y geoestratégicos. Así pues, envío a Robert Dudley, conde de Leicester, su amante circunstancial, partidario de la guerra con España, y furibundo anticatólico, al frente de 6.000 hombres, para animar a los rebeldes flamencos y colaborar en su lucha. Prácticamente una declaración de guerra contra España y la constatación de que aquellos vientos traerían posteriores tempestades.
Pero en ningún momento las tropas inglesas de Leicester fueron un rival a la altura de los tercios de Farnesio. Ni la inteligencia militar de Dudley era semejante a la brillante visión estratégica del duque de Parma, ni la disciplina y capacidad combativa de sus tropas eran comparables a las veteranas y aguerridas tropas españolas. Los ingleses fueron derrotados una y otra vez, sufrieron deserciones y se amotinaron, dejando una estela de incompetencia y fracaso militar. Pero cumplieron una labor sorda retardando el avance español, alimentaron la moral de las tropas rebeldes de Justino de Nassau… y sobre todo provocaron una decisión definitiva sobre un asunto largamente aplazado: la invasión de Inglaterra.
…Y precisamente ahora, a un paso de la victoria total sobre las provincias rebeldes, todas las operaciones militares deberían posponerse ante la imperiosa necesidad de destinar aquellas vigorosas tropas a la empresa de Inglaterra.
Farnesio se retiró de la ventana y avanzó hacia la penumbra de la estancia donde aquellos hombres sentados le observaban con interés. A sus cuarenta y dos años, con el cabello aún más negro que blanco, nariz aguileña sobre un poblado mostacho y espesa barba recortada, su mirada penetrante e inteligente de ojos oscuros que denotaban un origen meridional, poseía una autoridad tan incuestionable como la fidelidad a su tío, el rey Felipe II de España.
—Así pues, las órdenes del rey nuestro señor no admiten lugar a dudas. Los preparativos deben continuar y aumentar su ritmo. La armada de Lisboa sigue con su organización sin descanso y pronto todo deberá ponerse en marcha —dijo Farnesio ya calmado, y con el tono de mando que le era característico.
—Excelencia, desconozco los complicados caminos de la razón de estado, y a mi menguado seso de soldado se le escapan las razones de mayor enjundia, pero vive Dios que tengo por cierto que antes de dar un paso hay que afianzar el anterior. Solo así se puede avanzar con seguridad y sin riesgo de romperse la crisma. Y a lo que se ve, no parece este el mejor momento para negociar semejante empresa, con la victoria total sobre los herejes tan cercana. Darles la espalda para embarcarnos en asunto tan complicado, podría hacer que los rebeldes tomen el aire que les falta y vuelvan de nuevo a porfiar con el denuedo de siempre.
Francisco Verdugo
El que así habló era un hombre de recio aspecto militar ya entrado en la cincuentena, con barba entrecana, mirada sincera y a tenor de sus palabras, con la suficiente confianza para expresarse con aquella franqueza y sin temor a ser reconvenido por el gobernador. Se trataba del coronel Francisco Verdugo un veterano soldado, que seguía prestando valiosos servicios al duque de Parma en el control del territorio de Frisia, atenazando desde el norte a las provincias rebeldes de Holanda y Zelanda. Hombre aguerrido y poco amigo de componendas, su voz sin pelos en la lengua siempre se dejaba oír sin temor al enojo de oídos ajenos por mucha alcurnia que tuviesen. Experto conocedor de la situación en los Países Bajos, sus frecuentes diferencias de opinión con Farnesio eran moneda común que en ocasiones agriaba su relación pero sin perder nunca el principio de autoridad. Continuas peticiones de tropas y dinero eran escuchadas las menos de las veces por Parma, pero no por ello Verdugo silenciaba su palabra.
—Vos lo decís, Verdugo, el interés de estado, la política del rey, y la Santa Religión. Él ordena y nosotros obedecemos, así ha sido siempre y así deberá seguir siendo. Además, con la caída de Inglaterra los herejes holandeses quedaran sin su principal aliada. La guerra se puede hacer por diversos métodos y la victoria tiene varios caminos. Vuestra misión, coronel, será mantener nuestras espaldas seguras mientras el grueso del ejército visita los dominios de la pérfida Isabel. Confío en que como siempre lo cumpláis a la perfección —dijo Farnesio con entonación condescendiente. Luego continuó:
—Importa, no obstante que las tropas tengan seguridad en sus sueldos y no se desmanden en momento tan crítico. ¿Cómo está semejante asunto? —Preguntó dirigiéndose de nuevo a Verdugo.
—Doy fe, que las banderas viejas no se desvergonzaran a poco que cobren solo una pequeña parte de lo que se les adeuda. Solo con eso excelencia, tendremos garantía de un buen suceso. Pero si de los españoles puede esperarse algún disimulo, no podría decir lo mismo de borgoñones, italianos y menos aún de los tudescos que aseguran que no moverán un pie de Flandes si no reciben las pagas que se les adeudan.
—Atenderemos ese asunto con la diligencia que se merece. ¿No es así maese Strozzi?
El aludido, un hombre joven y esbelto, que vestía jubón aterciopelado granate y tenía aspecto de manejar más la pluma que la espada, asintió con mirada perspicaz. Luego disimuladamente se puso en pie con andares suaves dirigiéndose hacia un armario que abrió con parsimonia extrayendo un libro de cuentas y regresando a su anterior lugar sin decir una palabra. Una vez sentado procedió a una lectura concentrada del libro que tenía entre manos; solo al cabo de un rato de densa abstracción pareció convencerse de una verdad oculta, levantó la mirada con los ojos cerrados hacia el techo y luego de un vistazo hacia Farnesio hizo un gesto de afirmativa seguridad con su cabeza.
von Mansfeld
Mientras tanto, el otro hombre que había permanecido en silencio, se puso en pie dejando ver con claridad el porte aristocrático de su avejentada y severa figura, dirigiéndose hacia el ventanal sobre la plaza. Su gesto despreocupado ante la presencia del capitán general de Flandes, parecía querer transmitir una autoridad acaso equivalente. Era un hombre ya cercano a la ancianidad, con ojos de un azul profundo, barba y cabello blancos, pero cuyos movimientos transmitían la seguridad en sí mismo del que ha nacido en buena cuna. Se trataba de Peter Ernst von Mansfeld, un noble teutón, fiel sirviente de los intereses, antes del emperador Carlos y ahora de su hijo Felipe, como general de la artillería. Tras unos instantes de muda contemplación a través de los cristales, dándose la vuelta dejó oír su voz de fuerte acento germánico
—Importa también y sobre todo poner sobre el mar una armada en la que puedan caber esas tropas ya sosegadas de sus cuitas y dineros. Y eso lo veo más difícil que aplacar la justa reclamación por la soldada que se les debe. La tarea no es poca cosa. Hacen falta barcos, y marinos… y puertos protegidos de los que salir al mar con seguridad,… y caudales y más caudales. Y no sé yo muy bien si maese Strozzi, podrá encontrar solución mirando otra vez en sus libros.
—Excusáis decirme lo que ya tengo bien presente, desde que nuestro señor Felipe se empeñó en semejante empresa. Y descuidad señor de Mansfeld, los asuntos de dinero se atenderán a su debido tiempo. Más me preocupa el asunto de los puertos. Este mar está sujeto a horrendas tempestades, es insidioso por los bajíos arenosos, y será temeridad exponer a la armada que venga de España a los fracasos del mar sin un puerto seguro que pueda acogerla. ¡Un puerto de aguas profundas! —Replicó con suave firmeza el duque de Parma
—Solo hay un puerto que pueda servir a ese propósito con garantía suficiente: Flesinga,… y está en manos rebeldes y a disposición de la reina de Inglaterra. —dijo Mansfeld de inmediato
—Exacto, así es. Pero lamento deciros que Su Majestad, ha decidido no aceptar mi proposición de sitiar y tomar la ciudad. Alega la pérdida de tiempo que ello significaría y la demora consiguiente. No quiere más retrasos de la operación en marcha. Por lo tanto debemos arreglarnos con lo que tenemos.
—A lo que se ve, se sigue con error tras error. Primero con esta dilación que hace que toda Europa conozca el acaecimiento desde mucho tiempo antes, y lo que es peor, con Inglaterra bien prevenida, y después con una prisa innecesaria, dadas ya las circunstancias —comentó amargamente el teutón.
—Quizás tengáis razón Mansfeld, pero es el rey quien decide, y la importancia de sus razones están fuera de nuestro alcance. El turco presiona por el sur. Francia no deja de ser un continuo quebradero de cabeza, y los ingleses no paran de entorpecer el tráfico con las Indias. No seré yo quien reproche la decisión real, y mucho menos ninguno de mis subordinados. No hay más camino que el de la obediencia al rey nuestro señor, y por ese camino iremos todos sin vacilación.
“Grande y Felicisima Armada. Derribando la Leyenda Negra” puede adquirirse en Amazon.
Alejandro Farnesio
El 26 de julio de 1586, el rey de España, Felipe II, envió por correo cifrado a Lisboa y a Bruselas, el plan definitivo de invasión de Inglaterra, dando órdenes para que el Almirante de la flota, Álvaro de Bazán y el Capitán General del ejército de Flandes, Alejandro Farnesio, iniciasen los preparativos y la acumulación de tropas para un ataque al régimen protestante de Isabel Tudor.
El texto que sigue es un extracto de un capítulo de mi libro “Grande y Felicísima Armada. Derribando la Leyenda Negra”, publicado en 2018, que versa sobre la Gran Armada de Felipe II, es decir, sobre la mal llamada Armada Invencible. Se trata de un riguroso análisis histórico sobre las circunstancias de aquella odisea, buscando impugnar la visión negativa esparcida por el viento de la propaganda, e intentando demostrar que, aunque resultó un fracaso, en absoluto se trató de una derrota. Para ello doy vida a la mayoría de los personajes históricos, amparándome en los textos, cartas, y escritos de la época y colocándoles en interacción narrativa.
Eran tiempos en los que los hombres de España, estaban hechos de otra pasta.
Lo que sigue es un ejemplo de ello.
**************
La mañana gris apagaba los vivos colores de las flores que salpicaban las ornamentadas fachadas de la Gran Plaza de Bruselas. En el interior de su edificio principal, el ayuntamiento, que ocupaba casi toda el ala sur, se acomodaban varios hombres con gesto circunspecto y actitud concentrada. Allí, una decoración inconfundiblemente flamenca era matizada con detalles que denotaban un añadido carácter militar.
Alejandro Farnesio, duque de Parma, gobernador de Flandes y Capitán General del ejército, se acercó con la carta de Felipe II recién recibida aún en la mano, a la ventana gótica que proyectaba su mirada sobre la incesante actividad comercial de la plaza, donde la prospera burguesía y los gremios organizados tenían su ubicación en la gran explanada porticada. Una multitud pululante culebreaba entre tenderetes que ofrecían su mercancía al mejor postor,
Para Farnesio, sin embargo, aquella variopinta humanidad le parecía tan lejana como su natal Parma, que permanecía en su mente como un recuerdo lejano e inaprensible, Siempre, por encima de todo, tenía presente el servicio a la Monarquía Hispánica, el servicio a su tío, el buen rey Felipe, y el servicio a los intereses del Imperio. O sea, las servidumbres de una guerra difícil, sucia, y encarnizada, sobre un territorio favorable para los rebeldes holandeses, un inmenso cenagal donde sus hombres avanzaban palmo a palmo a costa de enormes sacrificios y casi siempre con la hostilidad local.
Sin embargo, Alejandro Farnesio estaba ganando la guerra. Desde su nombramiento como gobernador tras la muerte en 1578 de su gran amigo de juventud, Juan de Austria, Farnesio inició un hábil proceso diplomático y ya había puesto los cimientos sobre los que construir su ofensiva militar, con las espaldas a cubierto, en aquel rompecabezas político,.
En una implacable progresión, el talento militar de Farnesio desplegó sus tercios que fueron tomando una a una las ciudades rebeldes del norte de los Países Bajos. A costa de paciencia, asedios prolongados y compra de voluntades, plazas consideradas inexpugnables, abrían sus puertas al Rayo de la Guerra, que prosiguió un avance victorioso durante dos años hasta 1884, cuando llegó a las puertas de Amberes, la principal ciudad flamenca por población, actividad comercial e importancia cultural. Allí, en Amberes, sus murallas y fortificaciones eran sin duda las construcciones defensivas más poderosas construidas hasta la época en toda Europa. Protegida por diez baluartes, un amplio foso inundado y el caudaloso rio Escalda, era un desafío cuya fortaleza haría desistir la ambición de cualquier general.
Pero Farnesio echó toda la carne en el asador e ideó un procedimiento para rendir la ciudad mediante un asedio impermeable que impidiese por completo la llegada de suministros a la población, para ello mandó construir un puente con barcazas sobre el rio Escalda de unos ochocientos metros de longitud que cerraba completamente el paso a la navegación, que era el principal medio de llegada de víveres y municiones a la ciudad. El puente, una magnífica obra de ingeniería militar, tardó en construirse siete meses. Dotado en sus extremos de barcas amarradas con cuerdas, maromas y cadenas y protegido en tierra por dos baluartes artillados, bloqueaba el paso hacia Amberes y fue estrangulando paulatinamente a la ciudad. A pesar de los múltiples intentos de destrucción por parte de los rebeldes holandeses el puente finalmente cumplió su función estratégica, y el 17 de agosto de 1585 la ciudad rendía sus armas a los tercios de Farnesio.
La toma de Amberes tuvo una enorme repercusión en toda Europa y provocó una especial alarma en Inglaterra, donde la reina Isabel intuyó el peligro que una posible derrota holandesa provocaría sobre sus intereses políticos y geoestratégicos. Así pues, envío a Robert Dudley, conde de Leicester, su amante circunstancial, partidario de la guerra con España, y furibundo anticatólico, al frente de 6.000 hombres, para animar a los rebeldes flamencos y colaborar en su lucha. Prácticamente una declaración de guerra contra España y la constatación de que aquellos vientos traerían posteriores tempestades.
Pero en ningún momento las tropas inglesas de Leicester fueron un rival a la altura de los tercios de Farnesio. Ni la inteligencia militar de Dudley era semejante a la brillante visión estratégica del duque de Parma, ni la disciplina y capacidad combativa de sus tropas eran comparables a las veteranas y aguerridas tropas españolas. Los ingleses fueron derrotados una y otra vez, sufrieron deserciones y se amotinaron, dejando una estela de incompetencia y fracaso militar. Pero cumplieron una labor sorda retardando el avance español, alimentaron la moral de las tropas rebeldes de Justino de Nassau… y sobre todo provocaron una decisión definitiva sobre un asunto largamente aplazado: la invasión de Inglaterra.
…Y precisamente ahora, a un paso de la victoria total sobre las provincias rebeldes, todas las operaciones militares deberían posponerse ante la imperiosa necesidad de destinar aquellas vigorosas tropas a la empresa de Inglaterra.
Farnesio se retiró de la ventana y avanzó hacia la penumbra de la estancia donde aquellos hombres sentados le observaban con interés. A sus cuarenta y dos años, con el cabello aún más negro que blanco, nariz aguileña sobre un poblado mostacho y espesa barba recortada, su mirada penetrante e inteligente de ojos oscuros que denotaban un origen meridional, poseía una autoridad tan incuestionable como la fidelidad a su tío, el rey Felipe II de España.
—Así pues, las órdenes del rey nuestro señor no admiten lugar a dudas. Los preparativos deben continuar y aumentar su ritmo. La armada de Lisboa sigue con su organización sin descanso y pronto todo deberá ponerse en marcha —dijo Farnesio ya calmado, y con el tono de mando que le era característico.
—Excelencia, desconozco los complicados caminos de la razón de estado, y a mi menguado seso de soldado se le escapan las razones de mayor enjundia, pero vive Dios que tengo por cierto que antes de dar un paso hay que afianzar el anterior. Solo así se puede avanzar con seguridad y sin riesgo de romperse la crisma. Y a lo que se ve, no parece este el mejor momento para negociar semejante empresa, con la victoria total sobre los herejes tan cercana. Darles la espalda para embarcarnos en asunto tan complicado, podría hacer que los rebeldes tomen el aire que les falta y vuelvan de nuevo a porfiar con el denuedo de siempre.
Francisco Verdugo
El que así habló era un hombre de recio aspecto militar ya entrado en la cincuentena, con barba entrecana, mirada sincera y a tenor de sus palabras, con la suficiente confianza para expresarse con aquella franqueza y sin temor a ser reconvenido por el gobernador. Se trataba del coronel Francisco Verdugo un veterano soldado, que seguía prestando valiosos servicios al duque de Parma en el control del territorio de Frisia, atenazando desde el norte a las provincias rebeldes de Holanda y Zelanda. Hombre aguerrido y poco amigo de componendas, su voz sin pelos en la lengua siempre se dejaba oír sin temor al enojo de oídos ajenos por mucha alcurnia que tuviesen. Experto conocedor de la situación en los Países Bajos, sus frecuentes diferencias de opinión con Farnesio eran moneda común que en ocasiones agriaba su relación pero sin perder nunca el principio de autoridad. Continuas peticiones de tropas y dinero eran escuchadas las menos de las veces por Parma, pero no por ello Verdugo silenciaba su palabra.
—Vos lo decís, Verdugo, el interés de estado, la política del rey, y la Santa Religión. Él ordena y nosotros obedecemos, así ha sido siempre y así deberá seguir siendo. Además, con la caída de Inglaterra los herejes holandeses quedaran sin su principal aliada. La guerra se puede hacer por diversos métodos y la victoria tiene varios caminos. Vuestra misión, coronel, será mantener nuestras espaldas seguras mientras el grueso del ejército visita los dominios de la pérfida Isabel. Confío en que como siempre lo cumpláis a la perfección —dijo Farnesio con entonación condescendiente. Luego continuó:
—Importa, no obstante que las tropas tengan seguridad en sus sueldos y no se desmanden en momento tan crítico. ¿Cómo está semejante asunto? —Preguntó dirigiéndose de nuevo a Verdugo.
—Doy fe, que las banderas viejas no se desvergonzaran a poco que cobren solo una pequeña parte de lo que se les adeuda. Solo con eso excelencia, tendremos garantía de un buen suceso. Pero si de los españoles puede esperarse algún disimulo, no podría decir lo mismo de borgoñones, italianos y menos aún de los tudescos que aseguran que no moverán un pie de Flandes si no reciben las pagas que se les adeudan.
—Atenderemos ese asunto con la diligencia que se merece. ¿No es así maese Strozzi?
El aludido, un hombre joven y esbelto, que vestía jubón aterciopelado granate y tenía aspecto de manejar más la pluma que la espada, asintió con mirada perspicaz. Luego disimuladamente se puso en pie con andares suaves dirigiéndose hacia un armario que abrió con parsimonia extrayendo un libro de cuentas y regresando a su anterior lugar sin decir una palabra. Una vez sentado procedió a una lectura concentrada del libro que tenía entre manos; solo al cabo de un rato de densa abstracción pareció convencerse de una verdad oculta, levantó la mirada con los ojos cerrados hacia el techo y luego de un vistazo hacia Farnesio hizo un gesto de afirmativa seguridad con su cabeza.
von Mansfeld
Mientras tanto, el otro hombre que había permanecido en silencio, se puso en pie dejando ver con claridad el porte aristocrático de su avejentada y severa figura, dirigiéndose hacia el ventanal sobre la plaza. Su gesto despreocupado ante la presencia del capitán general de Flandes, parecía querer transmitir una autoridad acaso equivalente. Era un hombre ya cercano a la ancianidad, con ojos de un azul profundo, barba y cabello blancos, pero cuyos movimientos transmitían la seguridad en sí mismo del que ha nacido en buena cuna. Se trataba de Peter Ernst von Mansfeld, un noble teutón, fiel sirviente de los intereses, antes del emperador Carlos y ahora de su hijo Felipe, como general de la artillería. Tras unos instantes de muda contemplación a través de los cristales, dándose la vuelta dejó oír su voz de fuerte acento germánico
—Importa también y sobre todo poner sobre el mar una armada en la que puedan caber esas tropas ya sosegadas de sus cuitas y dineros. Y eso lo veo más difícil que aplacar la justa reclamación por la soldada que se les debe. La tarea no es poca cosa. Hacen falta barcos, y marinos… y puertos protegidos de los que salir al mar con seguridad,… y caudales y más caudales. Y no sé yo muy bien si maese Strozzi, podrá encontrar solución mirando otra vez en sus libros.
—Excusáis decirme lo que ya tengo bien presente, desde que nuestro señor Felipe se empeñó en semejante empresa. Y descuidad señor de Mansfeld, los asuntos de dinero se atenderán a su debido tiempo. Más me preocupa el asunto de los puertos. Este mar está sujeto a horrendas tempestades, es insidioso por los bajíos arenosos, y será temeridad exponer a la armada que venga de España a los fracasos del mar sin un puerto seguro que pueda acogerla. ¡Un puerto de aguas profundas! —Replicó con suave firmeza el duque de Parma
—Solo hay un puerto que pueda servir a ese propósito con garantía suficiente: Flesinga,… y está en manos rebeldes y a disposición de la reina de Inglaterra. —dijo Mansfeld de inmediato
—Exacto, así es. Pero lamento deciros que Su Majestad, ha decidido no aceptar mi proposición de sitiar y tomar la ciudad. Alega la pérdida de tiempo que ello significaría y la demora consiguiente. No quiere más retrasos de la operación en marcha. Por lo tanto debemos arreglarnos con lo que tenemos.
—A lo que se ve, se sigue con error tras error. Primero con esta dilación que hace que toda Europa conozca el acaecimiento desde mucho tiempo antes, y lo que es peor, con Inglaterra bien prevenida, y después con una prisa innecesaria, dadas ya las circunstancias —comentó amargamente el teutón.
—Quizás tengáis razón Mansfeld, pero es el rey quien decide, y la importancia de sus razones están fuera de nuestro alcance. El turco presiona por el sur. Francia no deja de ser un continuo quebradero de cabeza, y los ingleses no paran de entorpecer el tráfico con las Indias. No seré yo quien reproche la decisión real, y mucho menos ninguno de mis subordinados. No hay más camino que el de la obediencia al rey nuestro señor, y por ese camino iremos todos sin vacilación.
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2 respuestas a «Una pica en Flandes»
Una epoca brillante de la historia de España que choca frontalmente con este presente lleno de basura, gentuza y falta de patriotismo.
Hay que recordar las glorias españolas, pero tambien y sobre todo, hay que limpiar toda esa basura liberal que esta consumiendo España
A parte de creer en la Fe verdadera, hay otros tipos de fe; si bien mezclados entre si muchas veces. Así la confianza en la patria común, que no se ciñe a un territorio solamente, sino a la historia de los que abonan su tierra. Se fomenta incansable la renuncia a ambos fundamentos y se vende uno conveniente a los que pueden imponerlo consciente o inconscientemente, la granja global; pero por impostado, no penetra en lo profundo del sentimiento subyacente, y lo que deja en los pueblos y en los seres humanos es un profundo vacío y desarraigo; pozo sin fondo, que nunca alcanza a ver la luz. Y este estado es, precisamente, que buscado; cuando de lo que se trata es de convertir al hombre libre en esclavo; más aún; en borrego de granja, indigno de trascender.
Hubo un tiempo en que se creía profundamente en el verdadero Dios, en nuestro destino como pueblo y en el que estaba al mando de la nave; pero por causa de estos últimos, se fue perdiendo la fe en el anterior y hasta en el propio Padre Creador.
Una epoca brillante de la historia de España que choca frontalmente con este presente lleno de basura, gentuza y falta de patriotismo.
Hay que recordar las glorias españolas, pero tambien y sobre todo, hay que limpiar toda esa basura liberal que esta consumiendo España
A parte de creer en la Fe verdadera, hay otros tipos de fe; si bien mezclados entre si muchas veces. Así la confianza en la patria común, que no se ciñe a un territorio solamente, sino a la historia de los que abonan su tierra. Se fomenta incansable la renuncia a ambos fundamentos y se vende uno conveniente a los que pueden imponerlo consciente o inconscientemente, la granja global; pero por impostado, no penetra en lo profundo del sentimiento subyacente, y lo que deja en los pueblos y en los seres humanos es un profundo vacío y desarraigo; pozo sin fondo, que nunca alcanza a ver la luz. Y este estado es, precisamente, que buscado; cuando de lo que se trata es de convertir al hombre libre en esclavo; más aún; en borrego de granja, indigno de trascender.
Hubo un tiempo en que se creía profundamente en el verdadero Dios, en nuestro destino como pueblo y en el que estaba al mando de la nave; pero por causa de estos últimos, se fue perdiendo la fe en el anterior y hasta en el propio Padre Creador.