Una prueba irrefutable de la existencia del pecado original

Más de una vez me he topado con el clásico personaje que, por descreído, no cree ni en el pecado original y, no contento con ello, se empecina en negarlo hasta el punto de considerarlo una tontería, una broma o algo peor.

Llegados a ese punto, y después de darle razones más o menos teológicas, además de por la veracidad incuestionable de la Biblia, me he armado de paciencia, le he dejado meterse en su propia trampa, la trampa de su incredulidad, y, cuando le he visto a punto de creerse vencedor, le he sacado mi arma favorita y definitiva que tantas veces me ha dado la victoria con un sólo golpe. Podría haberla utitlizado desde el principio de la discusión, pero es que uno es así de malo… a veces.

Así que voy y le digo que tengo la prueba irrefutable de la existencia del pecado original y de su mancha en todo ser humano desde el mismo instante de su concepción y de su nacimiento. El personaje se para en seco, mira entre burlón y asustado, y espera a que le suelte algo que considera, de nuevo, que va a poder rebatir sin problema alguno.

Y entonces es cuando desenfundo y le digo que no hay mayor prueba del pecado original que cualquier niño, pues siendo inocentes, puros, ingenuos y por ende buenos, basta que vean a su hermanito o amiguito con un juguete que le apetezca, aún teniendo él otro e incluso mejor o más bonito, para que enseguida lo ambicione y codicie, y vaya a él y se lo quite sin mediar palabra, o cuando el niño tira de las trenzas a la hermanita por el mero placer de ver cómo llora, o le quita las chuches al vecinito aún teniendo él las suyas.

Ahí está, en cada uno de esos gestos, de esos malos gestos y acciones de un ser ingenuo, inocente, puro, incontaminado, la prueba de la existencia del pecado original con que nacemos todos, pues si no fuera por esa mancha de nacimiento, por esa tendencia al mal innata, ningún niño puro, ingenuo, inocente e incontaminado actuaría así, y no una sola vez, pues aunque se le censure y castigue, volverá erre que erre a hacerlo.

Nadie ha podido resistirse a lo dicho. Todos los que tanto me discutían sobre la existencia del pecado original han callado sabiéndose derrotados.


7 respuestas a «Una prueba irrefutable de la existencia del pecado original»

  1. Y con el agravante de los habituales ejemplos paternos…, estimado Juan; porque los padres SUELEN DAR A SUS HIJOS TODO LO MEJOR QUE POSEEN en esta vida.

  2. Muy buen artículo. Y lo mejor de todo es que si el oponente o con quien se discute no acepta este argumento que mencionas, lo mejor es ¡huir de allí! Me explico:

    La realidad es que son muchos los que piensan como Rosseau, que la civilización contamina y desnaturaliza, que no hay pecado original, y que debemos aspirar a ser como el buen salvaje…. y aceptar este pensamiento hace que se cuele en lo más profundo de la concepción de uno mismo, y uno se acaba igualando a un animal, se hace vegano, acaba acostandose por instinto con quien le apetezca, no tiene ningún respeto por verdades eternas….. le quita su dignidad!!! Por eso, no debemos dejar avanzar ni un centímetro a todas esas ideologías que nos quieren arrebatar así por la cara nuestra dignidad de hijos de Dios, de saberse Hijos, herederos de un depósito de la fe, del regalo de la vida. Y así, acoger todo cuanto nos ocurra con una sonrisa, viviendo la filiación divina.

    1. Todos los seres vivos luchan,si puestos a prueba,por sobrevivir,por mucho que nos puedan querer. La llamada de atención del niño cuando estamos con otra persona. Del niño y del perro,que interrumpe aún de no necesitar nada. Se puede pensar que es maldad, egoísmo…bueno sí,cada ser lucha por sí mismo y eso es egoísmo.

      1. Muy buen argumento. Tiene lógica y es una buena defensa que haría el buen salvaje que no cree en el pecado original.

        Ahora, el ser humano anda erguido, sobre dos patas. Todo en su forma de ser le habla de que está hecho para estar por encima de la naturaleza, en desequilibrio, en contra de la gravedad. Y su estómago hace que sea el mayor omnívoro sobre el planeta Tierra: está llamado a transformalo. Por tanto, el ser humano tiene la capacidad y la necesidad de ser mucho más que un animal, está llamado a hacer literatura, filosofía, drama, teatro, teología!! Está llamado a crear catedrales que se elevan como la luz. Y eso no es por ser animal, eso es porque es imagen de Dios, tiene el sello de Dios impregnando en todo él. Y sin El, ¡le parece que algo le falta!

      2. Los animales no tienen envidia, ni actúan por maldad, sólo por instinto. Ni siquiera se puede llamar egoísmo, simplemente siguen su instinto, y el de conservación es parte de él. En cambio el ser humano tiene los siete pecados capitales, que no los marca el instinto sino el alma, la mente consciente. Tampoco los animales construyen rascacielos ni hacen poesías… no son libres y un perro dejado libre a las dos generaciones ya es un lobo ó un coyote, y actúan de manera natural según su instinto ancestral, como pasa con los cerdos salvajes que se asilvestran ó cualquier otro animal.

        En cambio el hombre abandonado a su libre albedrío construirá un reino, creará un lenguaje, inventará una religión, fabricará utensilios, formará familias, enterrará a sus seres queridos con la intuición de que existe otra vida del alma, y usará su creatividad para cosas de alta intelectualidad, digna del alma con que fue creado por Dios, un ser personal con libre albedrío, voluntad, intelecto y memoria autoconsciente, al igual que los ángeles en su ser personal y semejante en eso (voluntad, intelecto y memoria autoconsciente) a Su Creador, con la matización de que Dios que nos creó tiene una Voluntad, Intelecto y Autoconsciencia infinitos, como todo en Él, mientras que nosotros somos finitos y viles criaturas que le deben todo amor y obediencia a Dios, el único que en realidad existe.

  3. El pecado original es la inclinación humana a distinguir; en definitiva, consiste en pensar y distinguir. Primeramente en distinguirse uno mismo de todos los demás y luego en elegir lo que más le aprovecha a uno mismo, no ya a los demás. Cristo nos enseñó con su vida y sus palabras a no caer en este engaño, a amar a los demás y a sí mismo sin distinción e incluso a negarse a sí mismo por amor a Dios y a los demás.

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