«Unidad» versus conversión.

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Pronto se volverá a rezar un año más el octavario dedicado a la oración por la «unidad» de los «cristianos». ¿Cuántas veces van ya?

En este proyecto que el Vaticano puso en marcha hace ya ni se sabe, hay tres cosas que siempre nos han llamado poderosamente la atención, que siempre nos hemos preguntado, que siempre nos han inquietado y que nunca nadie nos ha sabido explicar de forma contundente, definitiva.

La primera es saber si «los otros», es decir, luteranos, anglicanos, ortodoxos y algún «cristiano» más que se nos olvida, llegada esta época rezan también por esa «unidad» o sólo somos los católicos. Porque si sólo rezamos por ella nosotros es que «los otros» no la quieren. También saber si, en caso de que recen por ella, sus rezos, al estar en pecado mortal por permanecer en el error, en la herejía, valen para algo.

La segunda es el hecho en sí de rezar por la «unidad», es decir, por la «unión», porque nos «unamos» católicos, luteranos, anglicanos, ortodoxos y algún «cristiano» más que se nos olvida. Pero es que «unidad» es la que forman distintas partes cuando se «unen», lo que pueden hacer para siempre o sólo circunstancialmente, total o parcialmente, sin condiciones o con condiciones. Los términos «unión» y «unidad» resultan en el caso que nos ocupa sumamente etéreos, vagos, difusos… RELATIVOS.

Para los católicos, cuando nos unimos en santo matrimonio ya no somos dos, sino uno; esa sí que es una unión, una unidad perfecta, tanto, que al ser unión por Dios y ante Dios, el hombre ya no la puede separar, ya no la puede desunir. Pero es que para los «otros cristianos» no es así, para ellos el divorcio, o sea, la ruptura por el hombre de esa unidad es factible, habitual e incluso conveniente. El vocablo «unidad» empleado en el octavario resulta, por este y otros muchos ejemplos, como hemos dicho difuso… RELATIVO.

Además de lo anterior, y siempre dentro de esta segunda preocupación, muchos pueden pensar, y no estarían mal encaminados, que unir dos cosas es tan solo «juntarlas», sin que por ello tengan necesidad, ni sea condición sine qua non, que dichas partes tengan que cambiar, que transformarse, que perder su identidad, su forma, sus esencias. Dos personas pueden unirse para formar un club de caza o de futbol y pueden sentirse muy unidos, sin que para ello tengan que variar ni un ápice su forma de ser o de pensar. Hay naciones que se unen incluso para la guerra, para dar la vida por un mismo ideal, pero eso no significa que tengan que adjurar de sus otros ideales, que incluso a lo mejor son contrarios.

La tercera es el uso hoy por hoy del término «cristiano», no pocas veces tergiversado. Cristiano es quien sigue a Cristo, pero sólo sigue a Cristo quien lo sigue en Su totalidad, quien Lo asume en todo, quien cree en Su verdad y en toda ella; cristiano es quien cumple todos sus mandamientos. ¿Creen en Cristo, en Su totalidad, los luteranos? ¿Y los anglicanos y ortodoxos y algún «cristiano» más que se nos olvida? Porque dicen creer, pero hay cosas de lo que Cristo predicó en las que no creen, que rechazan de plano, de ahí el estar fuera de la Iglesia; lo cual apuntaría a que no son cristianos.

Por todo lo anterior, nuestra opinión, que hacemos práctica cuando llega esta época y nos anuncian el octavario de marras, es continuar haciendo lo que hacemos cada día en la Misa y cada día en el Rosario que es rezar por la conversión de los herejes –también de los pecadores habituales o esporádicos–, es decir, de los que un mal día dejaron de creer en TODO Jesucristo, en toda Su verdad, en todas Sus enseñanzas; de los que un mal día se desgajaron de Su Cuerpo Místico, de la Iglesia; de los que un mal día se echaron en brazos del Diablo y, contumaces, se niegan a abandonarlo y volver al seno de la Iglesia, al seno de Nuestro Señor, a ser una unidad, ahora sí, pero porque todos creamos lo mismo, sin diferencia alguna, sin matices, todos en TODO Jesucristo, sin resquicios. Que fue, además, lo que Jesucristo nos predicó y a lo que nos llama: a la conversión.

La «unión» de los cristianos, es decir, de la Iglesia con los herejes, sólo se podrá realizar sin ofender a Dios y de verdad cuando los herejes se retracten y asuman la doctrina de la Iglesia íntegramente. Es decir, se producirá cuando el hijo arrepentido, cansado de comer con los puercos, vuelva a la casa donde el Padre le espera (Cfr. Lc XV, 11-32). Ni el padre buscó la «unión» con el hijo pródigo, ni éste con aquél. Lo que hizo el hijo pródigo fue arrepentirse de corazón y volver a la casa de su padre, el cual, ya desde lejos, como le vio sinceramente arrepentido, salió a su encuentro.

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