Valores y autoridad (I/II)

Amaya Guerra

Damos la bienvenida a nuestra nueva colaboradora, Amaya Guerra, que se estrena con este trabajo en dos partes. Amaya Guerra es «Aprendiz de todo y maestra de nada. Ferviente creyente en las Humanidades, en las posibilidades del ser humano de superar la crueldad, la estupidez y la ineficiencia, de lograr el avance de la civilización, mediante el cultivo del intelecto y la sensibilidad, mediante el reconocimiento de la experiencia, y la transmisión de valores morales (esfuerzo, seriedad, exigencia y disciplina). En España la izquierda representa el neofranquismo, en la actualidad sufrimos la misma falta de libertad de expresión y respeto a la diversidad que en 1950: se ataca a la disidencia por el hecho de ser (aunque su comportamiento sea pacífico y legal). Hace décadas se fusilaba en el paredón, hoy se aniquila en internet. Existen pocas verdades universales, la visión propia suele depender de la perspectiva desde la que se mira; ésta es la mía. No necesito seguidores ni palmadas en el hombro, sólo argumentos y contraargumentos. Aquellos que no nos doblegamos ante el totalitarismo del siglo XXI (fin de las libertades individuales, verdad oficial, vigilancia y control absolutos del individuo a través de la tecnología), aquellos que no cedemos ante la deshumanización, encarnamos la Resistencia. Por lo tanto, unámonos… y ejerzamos.», publicando regularmente en Las Voces del Pueblo, La Tribuna del País Vasco y Defensa Nacional, además dirige el  canal «Pomponazo» sobre Humanidades prestando su maravillosa voz, junto con sus agudos análisis y trabajos, persiguiendo remover esta sociedad que se nos ha ido de las manos y que nos amenaza con su vulgaridad. Lo dicho: ¡bienvenida Amaya!

–oo–

Retrocedemos, a la Prehistoria y la Edad Media. España se desintegra, nos convertimos en reinos de taifas, pequeños y vulnerables, al tiempo que las fronteras son cada vez más inseguras y existe un escaso control sobre la población extranjera en territorio nacional. Si los foráneos cometen delitos, no se les expulsa, e incluso se paga su estancia en prisión, piscina incluida. Existen pueblos que pagan impuestos y no cuentan con médico, pero «todo preso tiene derecho a atención sanitaria».

En el extranjero, una española tiene que cubrirse el cabello para entrar en una mezquita. En España se puede llevar burka, al tiempo que los políticos nos instan a tatuarnos «mujer liberada». Se imponen todas las culturas excepto la española, se defienden todas las lenguas excepto la española. Sacamos la bandera rojigualda cuando veinte hombres patean una pelota, pero si la ocasión es otra, uno es tildado de franquista. Nadie desprecia más a España que los españoles.

Los españoles trabajamos para mantener a todo aquel al que apetece cruzar la frontera y que tiene la picaresca de vivir del Estado. Somos la única nación del mundo a la que importa más el extranjero que el nacional, que lleva 400 años en suelo patrio siendo sangrado con impuestos. Somos la única nación que siempre tiene los ojos girados hacia el terrorista, el delincuente, el okupa y el ilegal, mientras da la espalda a la persona honrada.

Como inmigrante, tras un año de estancia en España tienes derecho a recibir ayuda para el alquiler, el comedor de los hijos y libros escolares. Si eres gitano, vives de parir, por cada hijo recibes una paga mensual. Un español, además payo, ha de trabajar 60 horas semanales o no puede permitirse tener hijos. ¿Cómo va a mantener a su prole cuando el salario mínimo es de 900 € y el alquiler de un apartamento de 40 m2 son 500 €? Cuentes o no con descendencia, optar a una vivienda de protección oficial siendo español y payo, es casi imposible. O trabajas 60 horas semanales, o vives con tu madre.

Las minorías viven de ser minorías, en conjunto no se observa un esfuerzo por integrarse, actitud que empieza en el parvulario y la vida cotidiana en el barrio. Por ejemplo, ¿cuántas mujeres gitanas estudian bachillerato? ¿Cuántas personas de su raza ocupan puestos laborales comunes? Es comprensible y respetable que un individuo no quiera vivir dentro de la sociedad, que desee formar una propia y trasladarse a las montañas o los bosques. Si decides vivir fuera de la sociedad, si te niegas a cumplir normas legales y de convivencia, no deberías tener la posibilidad de pedir dinero al Estado.

La salida al grave problema de baja natalidad de españoles payos en España, no está en obligar a parir a quien no quiere, esa política siempre ha tenido resultados catastróficos: pueden obligarte a vivir con otro, pero no a amarlo o educarlo. La solución al problema está en ayudar a los españoles que tengan la determinación de pasar veinte años formando a una persona. De lo contrario, nos extinguimos.

Hablemos de lingüismo: se llama lengua española. Así se designa en todo el planeta, excepto en su lugar de origen. Curioso, cosas de España. Tampoco es común denominar una zona de un país “país”, o escuchar la palabra española para nombrar una lengua regional, como el vascuence.

Con pavor se presencia la plaga de profesionales con titulación superior, conferenciantes, presentadores de televisión y locutores de radio que no saben comunicarse con propiedad. Periodistillas que tienen uniforme único (como su pensamiento) de camiseta-trapo, vaquero y deportiva, que se dirigen a un político, un banquero y un escritor con las mismas formas con las que tratan a su compañero de borrachera, porque todos somos iguales. Dada la exposición con que cuentan esas personas, causan un deterioro del uso de la lengua por parte de millones de personas en todo el planeta, lo cual acarrea consecuencias catastróficas: con palabras pensamos, aprendemos, escribimos cartas de amor y declaramos la guerra.

La lengua nacional de España es una de las más ricas del mundo, y cada día escupimos sobre ella. Mientras, somos los primeros en defender Plataforma por el quechua. Nos herimos de muerte desde las aulas y los puestos de trabajo, donde cada vez con mayor frecuencia se maneja un léxico extranjero: al parecer el argumentario de una empresa, la forma de comunicación que sus empleados deben utilizar con los clientes, se llama speech y script, porque usar español en España es de paletos. Lo verdaderamente pueblerino es creer que aumenta la modernidad cuando disminuye el uso de la lengua materna.

La tendencia a lo americano queda en las palabras, como llevar escrito en la espalda de la chaqueta “California” en lugar de “Teruel”. Es extraño que algunos comunistas españoles luzcan ropa con tales señas colonialistas. También gusta el sur de Canadá cuando se trata de comer basura, ver pornografía, o cultivar el consumismo, pero no para lucir la bandera de la nación propia.

En junio de 2019, una niña de 10 años del colegio Fuente del Alba en Tarrasa fue gritada, agredida físicamente, y expulsada de clase por su “profesora” por dibujar una bandera española. Como consecuencia, la niña y sus hermanas abandonaron el colegio. ¿Cuál es el siguiente paso, ser denunciado a la KGB?

Volvamos al tema del lingüismo: en la comunidad autónoma de Cataluña sólo el 8% de los centros escolares ofrecen materias en español aparte de la asignatura de lengua castellana. El centro-este de la nación íbera no se queda atrás: en Tavernes de la Valldigna (Valencia), en enero de 2020, una plataforma progre ha pedido que dos agentes de la guardia civil sean expedientados por exigir a dos españoles a los que se estaba realizando un control de alcoholemia, que hablaran en español. Los recién destetados también se quejaron de que hacía frío y no les dejaron ponerse la chaqueta. Ay, mis niños.

La Real Academia Española de la Lengua también agacha la cabeza ante el mal: desde hace dos décadas, la opinión de los académicos (porque ellos sí cuentan con opinión) no parece tener autoridad, quien toma las decisiones sobre la norma son los millones de ignorantes, porque “la lengua les pertenece”. La lengua no es una propiedad, y los hablantes tienen el deber de utilizarla con corrección.

Las palabras no parecen poseer valor, puedes dedicar un epíteto hiriente e injurioso a otra persona, de manera privada o pública, y no ocurre nada. En España nunca pasa nada. Mañana borrón y cuenta nueva, porque hoy todos somos amigos. Para las palabras y la dignidad no existe memoria histórica.

Escribimos y hablamos más que nunca, lo hacemos peor que nunca, y leemos y escuchamos menos que nunca.

La ley en España se aplica de forma selectiva: Cuando el sujeto Iglesias perdió las elecciones en Andalucía en diciembre de 2018, anunció que el resultado “no podía consentirse”. También que los grupos que (en su opinión) no habían votado al partido ganador, debían «tomar las calles». Me permito ilustrarle en contenido de primer año de Derecho: alentar la violencia es ilegal. Aunque quién dice que en España no puedes pasarte la ley por el arco del triunfo si eres progre, Echenique ha llamado al desorden social en varias ocasiones a través de redes sociales, y no ha recibido ni un azote en el culo por parte de un solo tribunal. Pero uno es inmediatamente expulsado de una radio por estar en desacuerdo con el gobierno, con el consiguiente intento de aniquilación en internet y el inicio de una campaña de desprestigio e insultos.

En cuanto a «no poder consentir» el resultado de esas elecciones: ¿no son los izquierdistas los que desgastan los términos democracia y tolerancia? Cuanto más se abusa de esas palabras, mayor censura se aplica: los progres son lobos con piel de cordero, siempre victimizándose, siempre montando escenas y melodramas, y listos para el ataque mortal cada vez que escuchan algo que no sea una felación verbal. Echan espuma por la boca ante la diversidad, e imponen la homogeneidad como buenos totalitarios. Los roedores del gobierno actual son el neofranquismo.

En diciembre de 2018, Iglesias debió ser aleccionado por el señor Albert Rivera en materia de perder con dignidad. También debe instruirse en congruencia, y mudarse a Vallecas o Tetuán, a un apartamento de 40 m2, para vivir rodeado de los suyos, los pobres de la tierra, la gente auténticaLo mismo debería hacer la familia de ultramar Castro, que posee una de las mayores fortunas de la historia del dinero, en un país donde el 60% de los edificios sufren daños estructurales. Viva el repartir.

Ante la desaparición de los valores y la autoridad, la anarquía avanza como los bárbaros: en mayo de 2007, dos jóvenes españoles arrancaron la bandera nacional letona cuando se encontraban en dicho país. Un diplomático español hubo de viajar a Riga para explicar al brazo ejecutor de la ley nacional, que en España no se enseña a respetar nada, y que aquí el amor a la patria es un concepto demodé, que viola los derechos de los apátridas y antiespañoles.

Las pantallas y el discurso progre, que son el Hitler del siglo XXI, han lavado el cerebro para hacer creer que no existen límites, responsabilidades ni obligaciones, sólo derechos (como vivir levantando la voz a quien apetezca); que las normas son para los demás; que uno es Dios por el hecho de respirar; que merece un premio hasta por mear dentro de la taza; que una persona culta, educada y trabajadora, es “igual” que una analfabeta, grosera, y vaga.

Mientras tengas pose y juguete tecnológico en la mano, el planeta deja de rotar si mañana no despiertas, tal es el egocentrismo y la soberbia actuales. El artilugio genera a menudo una sensación de conocimiento absoluto, de que no se tiene nada que aprender. Aquellos animales-niño a quienes no se ha educado en límites, normas, y respeto, cuya identidad desaparecería si lo hiciese internet, acuden con aires de grandeza y desprecio a la consulta del médico para aleccionarle, con la inseparable pantallita. ¡Ojo, con mil monos habiendo apretado el lapidario botón «me gusta» al lado de su nombre! Es oficial, ha sentado cátedra. El colmo de la locura es el cartel en la sala de espera que informa de que, si agreden al facultativo, pueden ir a la cárcel.

El sentido común indica que el galeno expulse a las reses y les dedique un escueto «que te ayude a recuperar la salud la madre que te parió». Pero las bestias tienen derechos. El médico tiene derecho a denunciar si le escupen. Uno no se siente animado a estudiar Medicina, sí a encaminarse a la fauna de Telecinco, a vivir de generar basura, de ser basura. Por cierto: el médico debe ser la autoridad en el edificio de salud, sea público o privado, y como tal todas las personas en él, plantilla y pacientes, deben tratarle de usted, aunque tantos seres sufran atragantamiento cuando se trata de mostrar deferencia.

Otro valor caído en desuso es el del aprecio, de materiales y personas. No se valora nada, ni la comida, ni la calefacción, ni los útiles de escritura, tampoco las distintas personas de la vida cotidiana que nos ayudan, como aquel que abre la puerta si llevas los brazos ocupados. Sólo se despegan los labios para atacar, hacer daño, exigir, quejarse o despreciar. Pocas veces para reconocer o dar las gracias. Tampoco se cuidan los objetos, privados o públicos, compras otro. Cuando la Tierra se agote, no podrás adquirir una nueva.

Ha desaparecido el valor del ahorro de dinero, se vive con irresponsabilidad, incautamente. No se piensa en el mañana, que indefectiblemente llega. Cuando el invierno se presenta, la cigarra pide con descaro a la laboriosa hormiga que comparta. Ésta, justamente, ha de dejar que la primera muera de frío o hambre. Porque hacer las cosas bien no debe tener la misma consecuencia que hacer las cosas mal.

La crisis económica de 2008 se produjo a causa de decisiones erróneas por parte de altos políticos y economistas (no del empleado de la oficina bancaria de barrio), y de la masa de personas que vivieron peligrosamente y se quemaron. No ahorraron, no fueron precavidas, vivieron por encima de sus posibilidades, y se arrastraron a sí mismas y a sus hijos a la pobreza. Entonces… que papá Estado nos salve de nuestra negligencia. Estas personas se colocaron al borde del precipicio, y cuando el viento les empujó al vacío… la culpa es del viento. En España no existe la responsabilidad.

El consumismo nos destroza el alma, los pulmones (contamina) y la cartera. Se regala a los niños sin mesura, su cerebro está colapsado y como consecuencia no valoran sus posesiones, siete regalos y diecisiete tienen el mismo efecto sobre ellos. No se les enseña a ser cuidadosos, ni se les conciencia de la pérdida de salud y el esfuerzo que supone conseguir el dinero que ha adquirido esos bienes. Tampoco se enseña a compartirlos. Desde casa se les instruye en la idea de que todo es gratis, de que no existe relación entre su buen comportamiento y calificaciones escolares (esfuerzo) y premios obtenidos. Uno tiene que recibir porque sí.

Tampoco existe la memoria, a menos que se trate de desenterrar una parte selectiva del pasado, y con el fin de que los resentidos sientan que la venganza al fin se consuma, que ellos eran los buenos, los santos. Y los otros, malos malísimos. Parece que estas personas no van a quedar a gusto hasta que, por cada estatua fascista que se derribe, se levante otra republicana. Mientras, el problema de las pensiones y la cola del hambre continúan avanzando, pero es más importante dedicar dinero, tiempo y energía en dejar claro en los libros escolares que un gallego era Satanás, y los del equipo contrario, la Virgen María.

Tal vez sería más sensato y responsable dejar de contar cadáveres y comparar atrocidades. Porque en el catálogo salimos todos, en cada maldita guerra no queda casa sin motivos para agachar la cabeza de vergüenza, en caso de que un español sea capaz de tal cosa. No podemos cambiar el pasado, sólo tratar de hacerlo mejor en el futuro, aunque no parece que llevemos ese camino: durante cuarenta años de dictadura se contó una parte de la verdad, y tergiversada. En el siglo XXI se cuenta sólo la otra parte, y manipulada. 

Debemos recordar la amistad entre Federico García Lorca y José Antonio Primo de Rivera y Sáenz de Heredia, así como la nota que éste envió al primero en un restaurante, sentados en distintas mesas: “¿no crees que con vuestros monos azules y nuestras camisas azules podríamos hacer una España mejor?”.

*Los monos que vestían los miembros de La barraca, la compañía teatral de Lorca, eran azules. Las camisas de los uniformes de Falange, eran también azules. 

Ya no se educa, porque ambos padres deben pasar doce horas fuera de casa trabajando para poder poner comida sobre la mesa, y porque en buena parte ha desaparecido la voluntad de educar, es mejor ser progre y dejar que los niños hagan lo que les dé gana, y poner una pantalla delante de su cara con el mayor bombardeo de estímulos posible, para que estén inmóviles y silenciosos, para que nos dejen en paz. Aunque ello les cause miopía, aniquile su capacidad de atención, y anestesie su cerebro. Y desde una edad temprana, esas pantallas les nutren de mensajes esperpénticos, hipersexuales, y epítome de la banalidad. Esas pantallas transmiten la idea de que todo ha de ser circense, fácil, rápido y divertido.

Los ministros españoles socialistas, eternos defensores de la educación pública, invariablemente han enviado a sus vástagos a centros educativos no sólo privados, sino a los más elitistas de España. Viva el izquierdismo, la igualdad.

Fin parte primera


Una respuesta a «Valores y autoridad (I/II)»

  1. Gracias Amaya por este «repaso» y BIENVENIDA a estas páginas de HONOR.
    Los nacionalistas a nuestro ESPAÑOL le denominan CASTELLANO para ponerse en plan de igualdad. Las lenguas «regionales» no pueden considerarse, primero, al mismo nivel que nuestro ESPAÑOL por su reducido número de hablantes y, segundo, por ser el euskera y el catalán comunes con Francia, luego no son «lenguas españolas».
    La única lengua que pudiera aceptarse como española, es el gallego que se diferencia enormemente del portugués y, en mi humilde opinión NO tiene el mismo origen.
    Y NUESTROS VALORES son DIOS y PATRIA, entendiéndose como DIOS, nuestra FE en Cristo y nuestra PATRIA, ESPAÑA.
    Y como ESPAÑOL, donostiarra, guipuzcoano y vasco-navarro mi cariño y aprecio a la lengua de mi familia, el euskera tradicional.
    Íñigo Caballero
    Donostiarra, carlista y orgullosísimo de ser ESPAÑOL, mi mejor título

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