¡Vamos, vamos, ovejas! ¡Despertad, por fin!

 Tras ser anunciada solemnemente su presencia, aquel tribuno imaginario apareció en la pantalla de la televisión imaginaria y dijo:

«¡Vamos, vamos, ovejas! ¡Despertad, por fin! ¡Convertiros en lobos! ¡Vamos, vamos, también, prohombres del pueblo! ¡Alentad a las dormidas ovejas y discutir con madurez y prudencia sobre el futuro y bienestar del país! ¡Que los honrados ciudadanos escuchen vuestras discretas frases, vuestras inteligentes reflexiones, vuestros pensamientos y deseos de probidad!

»Es obligado encarcelar a estos dirigentes desleales que desprecian y hacen malas obras al pueblo esforzado, a esa parte del pueblo, trabajadora y abnegada, que es obstáculo a sus deseos. Resulta imperativo apresar a los que justifican su existencia husmeando como perros y meándose en vuestras barricas, a quienes desde lo alto de su inexpugnable impunidad se ríen de vuestro calvario.

»Es obligado apartar de vuestro camino a estas larvas funerarias, a todos estos tontos de alta gama que prosperan con el crimen; hacer que no puedan cagar más que a latigazos, ni calentarse más que a bastonazos. Es obligado inventar la medicina que borre toda clase de miseria nacida en España por putrefacción. Que acaben paciendo entre rejas en compañía de sus pústulas morales, llenos de traición y deshonor.

»Si os envidian la dicha de vivir como hombres libres, si miran con malos ojos y con alma emponzoñada la felicidad de las gentes de bien, ¿aguardaréis a que acaben de aniquilaros, cumpliendo así sus malvados designios? El hombre prudente esboza estrategias, toma sus precauciones cuando el peligro lo amenaza. Y vosotros estáis perdiendo un tiempo valioso que no podrá recuperarse.

»Apenas nace un día que no os traiga la noticia de una nueva desgracia, de un nuevo desafuero, de alguna violencia del Gobierno o de sus instituciones. Ahora, con la excusa del virus, además de robaros la poca libertad que os quedaba, también os han quitado la salud. ¿Y no sabéis que sin salud la vida no es vida, sólo simulacro de muerte? ¿Que privados de salud, también estáis privados de vida, muertos en vida?

»¿No sabéis que mientras ellos prosperan con el crimen, vosotros sois víctimas de la prudencia o de la apatía? ¿Que mientras ellos, que tienen todos los vicios, no responden de ninguno, vosotros sois condenados por una sola falta, o siquiera sin falta? Si escucháis cuánto se quejan de su rapacidad y de su malevolencia todos los hombres honrados, ¿seguiréis permitiendo este humillante escarnio, mezclados con sus votantes y aceptando ser la bandera que enarbolan los corruptos y miserables de la patria? ¡No, claro que no!

»Por eso convendría que algunos de vosotros, los más decididos y discretos os reunierais y organizarais la sociedad civil para hallar el medio de libertaros de semejante despotismo. ¿Acaso no tenéis amigos o colegas a quienes podáis abrir vuestro corazón? ¿Acaso no queda en España masa crítica? ¿No quedan gentes de bien, espíritus libres, buenos hombres? ¿No queda ciencia, conocimiento, saber, erudición, empuje? ¿Todo es ignorancia, incultura, indiferencia? ¿No hay empresarios ni propietarios ricos, respetados y animosos que financien, unidos, la empresa regeneradora de la mano del buen Dios? ¿No hay intelectuales selectos, ilustres y vigorosos?

»¿Seguiréis permitiendo que las izquierdas resentidas, como cizaña en el trigo, persistan en destruir impunemente con su infamia los frutos que legó el franquismo, que sigan derribando las efigies de quienes engrandecieron España? ¿Preferís que dure la farsa, hacer honor a la mentira, manteneros fieles, con cómica gravedad, al papel que os han asignado las sociedades secretas y sus lacayos para no perturbar la demente embriaguez de estos enfermos morales, de estos parásitos que buscan sus comidas gratis, a vuestra costa? ¿Quién se lo impide?

»¿O deseáis alzar en vuestro ánimo una tempestad de peligrosas ideas para la jactanciosa comodidad de su vientre? Ellos, los que os escarnecen diciendo: “gentes de bien, nosotros no podemos veros; odiamos la digna virtud de Dios”, ¿acabarán sus abusos sin ser encadenados?

»Ellos, las hordas de demontres, los que os coaccionan imponiendo su diálogo, los criminales que os acusan de querer traer a este pacífico valle la terrible discordia, los herederos del Gran Terror estalinista que con apariencias de demócratas os están aniquilando, los tarados éticos y estéticos que están transformando el fértil suelo de España en una tierra mísera para engordar a sus cédulas y oenegés parasitarias, los mierdecillas que os siembran los predios de cicuta, los saqueadores que reducirán a cenizas vuestras casas o dejarán que os las destrocen los okupas, los hampones que viendo al pueblo con sus bozales bien prietos, se estremecen de alegría como el zorro que encuentra gallinas extraviadas… Ellos, sí, ¿podrán vivir como juglares inocentes, repleto el vientre, en sus dachas el resto de sus vidas?

»¿No sois hombres también? ¿No sois más hombres que ellos? ¿No sabéis manejar, mejor que ellos, la pluma… y el hacha?»

Cerré los ojos y permanecí durante unos instantes dudando si era un sueño aquello que veía y escuchaba. Cuando los abrí de nuevo, llegué a tiempo de oír las últimas palabras del tribuno desconocido, en la televisión desconocida:

«Es imperativo que gritéis: “¡Atrás, mastines cerbéricos, antiespaña del demonio! ¡A vuestros votantes sectarios, mastines! ¡Fuera de aquí, hipócritas, comediantes de la oratoria!” Es imperativo que os batáis gozosos por vuestra libertad y vuestro hogar, por vuestras mujeres e hijos, por vuestros símbolos y tradiciones, sin temor a las villanías de los masticamierdas, después de discutir los medios de defenderos con valor contra los enemigos de la patria.

»Dios ayuda a los valientes. Y si bien es prudente aceptar con dignidad las penas que el Cielo nos envía, nunca los nobles corazones han soportado la injusticia. Para defender su libertad, los hombres con grandeza, cuando la mala fe de los malvados lo ha hecho irremediable, nunca han temido el estruendo de las armas».


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