Verdades olvidadas

El término virtud deriva del vocablo latino “vir”, varón, el cual a su vez viene de “vis”, fuerza. De esta manera la virtud, en un sentido originario, sería la fuerza propia del hombre. Y desde esta significación física el término fue adquiriendo una significación analógica más espiritual y finalmente moral. La virtud es un: “hábito operativo bueno”. Es una disposición permanente que inclina, de un modo fuerte y firme, a una potencia para actuar conforme a la recta razón. Por eso constituye una cierta perfección o complemento de la potencia. “El nombre de virtud denota una cierta perfección de la potencia. Ahora bien, la perfección de cada ser se considera principalmente por orden a su fin. Pero el fin de la potencia es el acto. Por consiguiente, se dice que una potencia es perfecta cuando está determinada a su acto”.

Las virtudes son una disposición habitual y firme a hacer el bien. Permite a la persona no sólo realizar actos buenos, sino dar lo mejor de sí misma. Con todas sus fuerzas sensibles y espirituales, la persona virtuosa tiende hacia el bien, lo busca y lo elige a través de acciones concretas.

El objetivo de una vida virtuosa, nos dice San Gregorio de Niza, consiste en llegar a ser semejantes a Dios “.

La teología cristiana, a partir del estudio de las escrituras, en comparación a las virtudes filosóficas, ha determinado los conceptos de llamar virtudes teologales o virtudes teológicas a los hábitos que Dios infunde en la inteligencia y en la voluntad del hombre para ordenar sus acciones a Dios mismo. Tradicionalmente se cuentan tres: la fe, la esperanza y la caridad. Junto a estas, suelen citarse como complemento en el ámbito de las llamadas virtudes infusas a las virtudes cardinales, sobre las que descansa y gira toda la moral humana y estas son: prudencia, justicia, fortaleza y templanza

Estas virtudes cristianas son las mismas para todas las épocas.

La fe (del latín fides) es la seguridad o confianza en una persona, cosa, deidad, opinión, doctrinas o enseñanzas de una religión, y, como tal, se manifiesta por encima de la necesidad de poseer evidencias que demuestren la verdad.​ También podemos definirla como la creencia que no está sustentada en pruebas, además de la seguridad, producto en algún grado de una promesa.

La esperanza es la virtud por la cual el hombre pasa de devenir a ser. Y es la virtud infusa que capacita al hombre para tener confianza y plena certeza de conseguir la vida eterna y los medios, tanto sobrenaturales como naturales, necesarios para alcanzarla, apoyado en el auxilio omnipotente de Dios. Es por consiente la virtud teologal por la que aspiramos al reino de los cielos y a la vida eterna como felicidad nuestra, poniendo nuestra confianza en las promesas de Cristo y apoyándonos no en nuestras fuerzas, sino en los auxilios de la gracia del Espíritu Santo.

La caridad ​ es la virtud teologal por la cual se ama a Dios sobre todas las cosas por Él mismo y al prójimo como a nosotros mismos por amor de Dios. ​La caridad tiene por frutos el gozo, la paz y la misericordia. Exige la práctica del bien y la corrección fraterna; es benevolencia; suscita la reciprocidad; es siempre desinteresada y generosa; es amistad y comunión

La prudencia es el comportamiento orientado hacia la felicidad, la virtud de actuar de forma justa, adecuada y con moderación. Entendida ésta, como la virtud de comunicarse con los demás por medio de un lenguaje claro, literal, cauteloso y adecuado, así como actuar respetando los sentimientos, la vida y las libertades de las demás personas. Actualmente se ha impuesto el significado de actuar con precaución para evitar posibles daños.

En la doctrina cristiana, justicia es una de las virtudes cardinales, cuya práctica establece que se ha de dar al prójimo lo que es debido, con equidad respecto a los individuos y al bien común. La justicia de los hombres con Dios es denominada “virtud de la religión”, correspondiendo a su debida adoración y culto, entendiéndose este deber como supremo acto de fe.

En la teología católica, la fortaleza es una de las virtudes cardinales que consiste en vencer el temor y huir de la temeridad.

La templanza es la virtud cardinal que recomienda moderación en la atracción de los placeres y procurar el equilibrio en el uso de los bienes creados. Asegura el dominio de la voluntad sobre los instintos y mantiene los deseos en los límites de la honestidad. En un sentido más amplio, los académicos la definen como sinónimo de “moderación, sobriedad y continencia”.

La verdad es una ayer, hoy y siempre. Hoy se pretende adaptar el Evangelio al mundo. San Pío X denuncia esta tentativa en la Exhortación Apostólica “Haerent animo” el 4 de agosto de 1908: “Sólo aquel que no se acuerde de las palabras del Apóstol: ‘Los que Él previó, también predestinó a ser conformes a la imagen de su Hijo’ [Romanos 8, 29], sólo aquél -digo- podrá pensar que las virtudes cristianas son acomodadas las unas a un tiempo y las otras a otro”.

Cristo es el Maestro y el ejemplo de toda santidad, a cuya norma se ajusten todos cuantos deseen ocupar un lugar entre los bienaventurados.

       Ahora bien: a medida que pasan los siglos, Cristo no cambia, sino que es el mismo ‘ayer y hoy, y será el mismo por todos los siglos’ [Hebreos 13, 8].

       Por lo tanto, a todos los hombres de todos los tiempos se dirige aquello: ‘Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón’ [Mateo 11, 20]: y en todo momento se nos muestra Cristo ‘hecho obediente hasta la muerte’ [Filipenses 2, 8].

       También aquellas palabras del Apóstol: ‘Los que son de Cristo han crucificado su carne con los vicios y las concupiscencias’ [Galatas 5, 24] valen igualmente para todos los tiempos”.

Por tanto concluimos, las virtudes cristianas son las mismas para todas las épocas.


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