Visión del Infierno por el poeta (pagano) Virgilio

Virgilio

Virgilio describe el Infierno en el libro 6 de su Eneida. Es decir, que hasta un pagano sabía de su existencia. Si no creen a Nuestro Señor y a lo que dice de él, al menos cran a Virgilio y sálvense. 

En el mismo vestíbulo de tal mundo siniestro y

a la entrada de las augustas gargantas del Orco,

ven el lecho del Duelo y de los Remordimientos vengadores.

Allí viven las pálidas Enfermedades, la triste Vejez, y

el Miedo, el Hambre y la horrible Miseria,

apariciones funestas ambas; la Muerte y el sufrimiento;

y el Sueño, hermano de la Muerte y Todas las culpables

Alegrías del Alma.

Enfrente está la Guerra, asesina de hombres y la feroz

Discordia siempre en delirio con una cabellera

-de víboras que sujetan vendas empapadas en sangre.

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No tardan en presentarse a la vista fantasmas misteriosos y

diversos animales salvajes: los Centauros inmóviles delante

de las puertas; los biformes Escilas; los cien brazos de

Briareo; la hidra de Lema, con sus silbidos espantosos;

la Quimera, armada de llamas; y también las Gorgolas, las

Arpías y la Sombra de tres cuerpos.

Antes de llegar a la fatal mansión nos encontramos ya con las cabelleras de víboras, con hidras que rugen con horrible estridor, con monstruos armados de fuego, y junto con los gozos velados, el llanto y los remordimientos vengadores. Pero sigamos adelante y el horror se aumenta hasta el extremo.

Parte un camino desde aquí, ya en el Tártaro, a las aguas

del Aqueronte. En seguida se ven los torbellinos de barro, y

una ancha sima que hierve y vomita todo de su légamo

en el Cocito, y guarda estas aguas, de suciedad espantosa,

un horrible barquero que se llama Caronte.

Lleva barba blanca, larga y desaliñada; son sus ojos dos llamas

inmóviles; y cuelga de sus hombros una tela raída. 

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De Pronto Eneas mira hacia su izquierda, y ve al pie de

grandes rocas un largo recinto amurallado por triple muro,

y ceñido por el torrente de llamas de un río estruendoso.

 

Es el Flegetón del Tártaro. Una puerta enorme hay a su

frente, que tiene los batientes de hierro, los que no podría

violentar ferza humana, ni máquina alguna de guerra,

ni las manos siquiera de los habitantes del cielo.

En los aires se alza, además una torre que es también

de hierro, y cuya entrada guarda Tisifone noche y día, con

sus ropas empapadas en sangre, siempre sentada y alerta.

Salen de allí gemidos lúgubres, el acento desgarrado de las

vírgenes, y un ruido espantoso de arrastrar de cadenas. 

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En estos lugares ejerce el cretense Rodamanto un poder

sin límites. Interroga y pone en tortura a los autores de

crímenes ocultos, y les obliga a confesar los delitos

de que inútilmente se envanecieron haber disimulado entre

los hombres, y que no quisieron expiar hasta el momento,

demasiado tardío de su muerte.

También está ahí la vengadora Tisifone, armada de un látigo.

Salta sobre los culpables, los azota y, extendiendo la mano

izquierda hacia los feroces reptiles, llama a la tropa bárbara

de sus hermanas. Sólo entonces los batientes malditos claman

 y giran sobre sus goznes, con terrible estrépito.

¿Ves ese guardián sentado a la entrada, con una cara terrible

que ocupa la puerta entera? Pues le gana en fealdad una

Hidra monstruosa del interior, con sus cincuenta gargantas

abiertas y negras. 

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También puedes ver en ese lugar a Ticio, el hijo de la Tierra,

madre universal.

 

Su cuerpo cubre siete arpentas de tierra, y hay sobre él un

espantoso buitre que roe sin cesar, con el pico ganchudo,

su hígado inmortal y las entrañas fecundas en tormentos,

siempre buscando de dónde comer, para alojarlo en el

vientre sin fondo. No se da nunca descanso a sus carnes,

siempre renacientes.

 

¿A quién le hablaré de Lápitas, de Ixión y de Piritoo?

Un enorme peñasco les amenaza, próximo a caer sobre ellos.

Están allí, además los que odiaron a sus hermanos en vida;

los hijos que pegaron a sus padres; los que urdieron perfidias

contra los amigos; y la muchedumbre interminable de avaros

que amontonaron dinero sólo para ellos.

Como también aquellos a quienes se mató por adúlteros;

los sediciosos con armas impías; y los que no vacilaron en

traicionar la fe jurada a sus mayores. Todos se hallan

congregados en ese lugar, en espera de su castigo. Y

no trates de averiguar qué castigo es ése, ni qué forma

de crimen o qué destino les está reservado. A unos los

 despeñan de continuo en profundas simas, y a otros los

 descuartizan con grandes ruedas de dientes.

 

El infeliz Teseo está clavado a su asiento, y a él quedará

clavado toda la eternidad. Flegías es tan desventurado,

 que advierte a todos con bronca voz, poniendo su sufrimiento

por testigo: «Aprended en mi ejemplo a respetar la justicia

 y a no menospreciar a los dioses…»

Hay suplicios más crueles todavía. Se ven condenados

hambrientos sobre altos lechos de fiesta, teniendo enfrente

mesas de oro, llenas de suculentos manjares.

 

Aunque tuviese yo ahora cien bocas, cien lenguas y una voz

de hierro, no llegaría a expresar todas las formas de los crímenes,

ni a enumerarte todos los nombres de los suplicios.

 

Nota.- Según el poeta latino estos son algunos de los rasgos del infierno: Triples murallas bañadas con ríos de fuego, gemidos, ruido de azotes, estrépito de cadenas, serpientes y la hidra con cincuenta bocas, buitre que roe las entrañas, y otros objetos semejantes: he aquí lo que nos presenta el poeta en la mansión, según él mismo dice, de los defraudadores, adúlteros, crueles con sus padres, incestuosos, traidores a su patria, y culpables de otros crímenes. Mucho dudo que usted haya oído cosas más horribles.


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