El volcán español.

Uno de los grandes éxitos de régimen del 78 ha sido su maléfica habilidad para mantener durante cuatro décadas la sensación, que llegó a ser creencia, de que el volcán español estaba, más que dormido, al borde de su extinción.

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La situación actual de España puede muy bien compararse a la de un volcán. Durante varias décadas ha estado inactivo en su exterior, como dormido; bien que con un sueño no exento de pesadillas, unas veces más y otras menos, alguna terrible como fue la del terrorismo. Pero como todo volcán activo, y éste lo estaba, no exteriorizaba la enormidad del ardiente magma que latía en su interior. Por eso los españoles, como los pueblos que viven cerca de los volcanes, se acostumbraron a tales humos y alguna que otra explosión siguiendo con sus vidas sin tomarse en serio la potencial peligrosidad del volcán; y es que el hombre no deja de ser un animal de costumbres.

Uno de los grandes éxitos de régimen del 78 ha sido su maléfica habilidad para mantener durante cuatro décadas la sensación, que llegó a ser creencia, de que el volcán español estaba, más que dormido, al borde de su extinción. Que sus intermitentes fumarolas, por oscuras que fueran en algún momento, no eran más que eso, humo, escarceos sin peligro alguno que los «vulcanólogos» controlaban antes o después. Durante cuarenta años los partidos y profesionales de la política, los «vulcanólogos», consiguieron con mil y una artimañas hacer creer que todo iba bien, que nada había que temer.

El régimen del 78 ha sido capaz de engañar a casi todos durante cuatro décadas, pero ya no le es posible por más tiempo. Peor aún, pues durante cuarenta años consiguió ocultar que lo que en realidad estaba haciendo era atizar su caldera, remover las cenizas, tapar brechas abriendo otras nuevas mayores y peores. Durante ese largo periodo de tiempo ha conseguido esconder que era él el que, no sólo mantenía el volcán activo, sino que lo alimentaba para que entrara en actividad.

Pero de un tiempo a esta parte ya a nadie medianamente normal se le oculta que el volcán español ha entrado en erupción. Desde hace unos meses la maquiavélica habilidad de los «vulcanólogos» ha desaparecido destruida por la enorme potencia que durante tales años imprimieron en la caldera volcánica; y es que se puede engañar a todos mucho tiempo, a muchos bastante tiempo, pero no a todos siempre. Ha llegado el momento en el que el volcán español se ha descontrolado, ha cobrado vida dotado de fuerza hercúlea, ha entrado en erupción y ya no hay ni quien lo pueda ocultar ni quien lo pueda parar. Ya no se trata de fumarolas más o menos peligrosas, no, ya se trata de una terrible erupción en toda regla. Los españoles, como los habitantes cercanos a los volcanes, lo saben, se han dado cuenta y comienzan a mirar a su alrededor desencajados buscando la mejor forma de escapar.

La situación en Cataluña es kafkiana. Nadie normal, nadie en su sano juicio da crédito a lo que ocurre, a lo que vemos, a lo que se permite, a lo que se barrunta, a las «soluciones» que se esbozan. La de Vascongadas tres cuartos de lo mismo, aunque ahora parezca que no es así. En las islas Baleares igual. En las provincias valencianas otro tanto. En Galicia lo mismo. En el resto de provincias el mimetismo se extiende. Todos se preparan para un nuevo «para todos café».

El Estado ha desaparecido. El Gobierno, sea el actual o cualquier otro, no controla prácticamente nada, se puede decir que es un ente virtual dependiente de la buena o mala voluntad, normalmente mala, de «comunidades autónomas» y ayuntamientos. Falta absoluta de autoridad. Corrupción a todos los niveles y en todos los estamentos. Judicialización hasta el absurdo de todo; y aún así, debido a la politización del sistema judicial y a su descontrol de poco sirven las sentencias. La anarquía administrativa es completa; nadie obedece nada ni a nadie. Todos son apaños, mentiras, chalaneos, parches, «negociaciones», siempre a espaldas de las instituciones y, por supuesto, del pueblo. Discordias, enfrentamientos, crispación, desconfianza.

El régimen del 78 se encuentra en una difícil disyuntiva, llegado el momento cumbre tras cuatro décadas –y algo más– de preparar la dislocación «controlada» de España, resulta que lo es de tal calibre que, no sólo no la puede controlar, sino que nota que hasta él mismo corre peligro de ser arrastrado en tamaño maremágnum. Los partidos «habituales» nacidos con la Tra(ns)ición, PP y PSOE, están agotados, al borde de la disolución. Los malvados reemplazos que el propio régimen ha impulsado, conforme veía venir este momento para que tomaran el relevo de forma «natural» –C,s por parte del PP y Podemos por la del PSOE–, no sólo no dan la talla, sino que, como es lógico, debido a que nacieron con los defectos que han destruido a sus mentores, su desarrollo y futuro, a pesar de las apariencias sobre todo de C,s, nada promete y  nada permite esperar de ellos, sino todo lo contrario; entre otras cosas porque la situación de anarquía y disolución de España, del Estado y de los órganos administrativos es de tal envergadura que les impide adquirir la necesaria solidez.

Lo peor de todo, con todo, es la situación espiritual y moral de la inmensa mayoría del pueblo español que tras cuarenta años de ser sometido y de someterse a las manipulaciones, engaños y «habilidades» del régimen, se encuentra inmerso en la mayor de las crisis de identidad de toda su historia, perdida por completo sus esencias y ser, anulado, idiotizado, completamente desnortado, sin ilusión, sin ambición, creyendo que no hay solución o, peor aún, que el sistema, el régimen y los «vulcanólogos» de cualquier pelaje, lograrán tapar el cráter por el que España se desangra a marchas forzadas.

Si alguien confía en ello, está más que equivocado. Si alguien todavía cree que la crisis es sólo de Cataluña, no tiene ni idea. Si alguien piensa que los partidos y los profesionales de la política –de cualquier color– van a poder controlar la situación, no sabe nada de nada.

La crisis lo es España. La crisis es espiritual y moral, que son las más peligrosas y las más difíciles de remontar. La crisis es existencial. La mediocridad que se ha cultivado durante estos años es de tal profundidad y tiene tanta raíz, que impide por ella misma la aparición de personas de talla que lideren las únicas soluciones posibles e idóneas en estos casos.

Por todo lo cual la solución sólo puede provenir del propio pueblo español. La reacción tiene que ser nuestra. Y tiene que ser radical, como radicales son los múltiples males que nos aquejan. España está más en peligro que nunca. El tiempo se agota y con él se agotan las posibilidades. Es urgente que reaccionemos en todos los aspectos de nuestra vida, desde lo individual hasta lo colectivo. No hay margen para más vendas, pactos, negociaciones, chalaneos, miserias, estupideces. O reaccionamos con el coraje, el valor, el extremismo y la honradez de otros momentos difíciles –y eso que posiblemente nunca fueron tanto como el de ahora–, o España, y con ella todos nosotros, vamos a desaparecer de la faz de las naciones y de los pueblos, quién sabe si para siempre.

Hay muchos interesados en que eso ocurra. Hay muchos que pugnan por hacerse con nuestros despojos. Impidámoselo.

 

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