«Zona Roja», José Menéndez-Manjón

Para sacudir al lector: «Luna de agosto en Madrid. cabe las sombras diociochescas y carolinas del Botánico, en el barrio más burgués y selecto de una ciudad regida por el proletariado militante, los prohombres del socialismo español seguían con su banquete. Al fondo, como un bordoneo revolucionario, el eco de los fusilamientos».

Zona Roja no es sólo una novela (con serlo, y extraordinaria); es, fundamentalmente, una respuesta al talento de la mendacidad. Del descomunal talento de José Menéndez-Manjón –autor de esta insolencia, de esta desfachatez– a la mentira entronizada de los comisarios «correcto-politiqueses».

Suele ser cierto que a través de la literatura, de la arquitectura o de la música, resulte más comprensible el espíritu del siglo que a través de los memoriales recopilatorios de estadísticas en que se han convertido los manuales de historia. Pues, en definitiva, de eso se trata: de comprender el espíritu de su tiempo, algo complicado en estos días en que embestimos con nuestras ideas, creencias y querencias a épocas en las que estas no significaban nada o, más sencillamente, ni siquiera existían. Por algo es la soberbia el pecado capital de nuestro tiempo.

Y por eso el historiador Hugh Trevor-Roper escribió que «cada época tiene su propio contexto social, su propio clima, y lo da por sentado… Desdeñarlo, empleando términos como «racional», «supersticioso», «progresista», «reaccionario», como si solo fuese racional lo que obedece a nuestras reglas de razonamiento y sólo fueses progresivo lo que apunta hacia nosotros, es peor que una equivocación; es una vulgaridad». Zona Roja, que es cualquier cosa antes que una vulgaridad, te va a sumergir en un preciso tiempo histórico, amable lector, del que vas a degustar su tuétano.

Lo que aquí vas a encontrar está a medio camino entre Baroja y Valle-Inclán, acompasado a esa España que, en los años 30 del siglo XX, hace ya casi un siglo, andaba por la misma encrucijada. De la mano de una literatura poderosamente evocadora, vas a emprender un alucinante viaje por las entrañas de nuestro pasado, con una nómina de personajes casi imposibles, pero que un día fueron tan reales como hoy lo somos nosotros; palanganeros, currinches, porteras, cabareteras y putas, barquilleros, policías y pistoleros, churreros, jaraneros, casaderas, siervos de la revolución, creyentes, estudiantes, asesinos, imbéciles sin remisión, militares… Los hombres y las mujeres de la España de ante ayer, de un país que se marchó –dígase lo que se quiera– felizmente.

El título es toda una declaración de intenciones. Zona Roja, porque lo era. Roja de ira y de odio, que eran el combustible revolucionario. Roja sangre, y roja como los incendios que jalonaron la vida de la República hasta desembocar en el Frente Popular. Zona Roja desgarra sin piedad el pudoroso velo con que se ha querido recubrir la costrosa realidad que fue aquel régimen, que ahora quieren democrática.

¿Democrática la zona roja? Y un cuerno. Las milicias –nada incontroladas y nada improvisadas– hicieron de Madrid, porque en Madrid sucede, un reino de terror que nadie de entre los que lo vivieron olvidará jamás. En esa «semana de julio en que desapareció todo un mundo», surgieron los controles, los saqueos, las requisas, los carnés, los pitolones, los monos proletarios, las visitas nocturnas, los paseos, los «besugos», que le decían a los cadáveres que se apilaban, democráticamente, en la praderas de la capital mientras las modistillas de los «chíviris» mojaban indiferentes picatostes. «Hacer la revolución significa matar, es inevitable», revela uno de los servidores de esa diosa que exige sacrificios humanos; y añade: «El arrepentimiento no es marxista». Basta escuchar a ciertos oradores de las Cortes para comprendr que algunos viven afilando los cuchillos.

Un Frente Popular, democrático hasta el punto de que un desesperado Stalin tuvo que pedirle al socialista Largo caballero que guardase, siquiera, una apariencia de vida parlamentaria. La antológica respuesta del presidente del Consejo de Ministros de España fue que no pensaba hacer tal cosa, dado el descrédito de la democracia entre los suyos. La democracia del Frente Popular, que perpetró el genocidio de varias decenas de miles de católicos y que no dejó iglesia en pie ni momia sin remover, no llega a la categoría de mito; se queda, más bien, en la de imbecilidad.

Ante Zona Roja, no queda sino quitarse el cráneo, impresionado y agradecido, como el don Latino de Luces de Bohemia.

Para Razón Española


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