ESCUCHAR NOTICIA: {gspeech language=es autoplay=0}obispo Johan Bonny
A finales del mes de septiembre aparece la noticia en los medios digitales de que el obispo Johan Bonny de Amberes desea ordenar hombres casados para 2028.
Un resumen de la entrevista realizada por el obispo a la revista, por subscripción, Herder Korrespondenz, donde da este anuncio, es publicada por katholisch. de.
Nuestro interés -siendo de máxima preocupación este propósito de ordenar hombres casados- es fijarnos en las razones en las que basa la razón de tales ordenaciones.
Dos frases del obispo Bonny han captado nuestra atención. La primera:
“Sería un golpe desastroso para la credibilidad y la implementación de todo el proceso sinodal si no se alcanzara una solución para entonces”.
En otras palabras, lo que viene a decir es: si la Iglesia ha escuchado sinodalmente y de esa escucha surge reiteradamente la petición de ordenar hombres casados, el proceso sinodal debe terminar produciendo alguna modificación disciplinar; de lo contrario, la propia sinodalidad perdería credibilidad.
Lo que conduce a que la sinodalidad comience a legitimarse por su capacidad de producir reformas.
Las consecuencias, a muestro parecer, son claras y peligrosas: la sinodalidad corre el riesgo de canonizar la realidad histórica como fuente normativa. Lo vivido por una comunidad -Iglesia local- sus necesidades, aspiraciones y consensos, dejan de ser simplemente materia de discernimiento y comienzan a presentarse como criterio capaz de exigir cambios en la disciplina eclesial. Ya no es sólo la fe recibida la que juzga la realidad, sino la realidad histórica concreta la que reclama una reinterpretación de la vida de la Iglesia.
Aquí está el núcleo esencial de la gravedad de este anuncio, con sus fatales consecuencias. El peligro está en el principio que así se introduce: si la realidad histórica adquiere capacidad normativa frente a una disciplina recibida, nada impide que esa misma lógica intente aplicarse después a cuestiones cada vez más próximas a la doctrina moral e incluso al depósito de la fe.
Para este obispo la sinodalidad debe dar cobertura a tales necesidades históricas y darles una solución, sin que tal solución quede determinada por el depósito de la fe; el cual, sin ser negado, pierde su eficacia en el caso concreto a dirimir.
La realidad terminaría siendo una Iglesia parcelada, con distintas realidades eclesiales según los lugares, donde ya la fe, la tradición y el magisterio no sean signo de unidad, sino conceptos sin eficacia real, subordinados a la realidad histórica de cada momento de la Iglesia.
Si la realidad histórica, ya sea personal o comunitaria, adquiere mediante la sinodalidad fuerza normativa, se abre un camino de profunda transformación eclesiológica. La comunidad concreta deja de recibir simplemente una disciplina común y comienza a reclamar el derecho a configurarse según su propia experiencia, sus necesidades y sus consensos. La verdad recibida ya no juzga únicamente la historia, sino que la historia empieza también a condicionar la forma concreta en que esa verdad debe vivirse.
El problema de fondo ya no es tanto el celibato, sino quién tiene la última palabra en la configuración de la vida eclesial, o la tradición recibida y la autoridad universal de la Iglesia, o la experiencia histórica de cada comunidad. Cuando esta segunda comienza a imponerse sobre la primera, el camino hacia una Iglesia de comunidades autónomas, diversificadas doctrinal y disciplinariamente, queda abierto. Y en este momento aparece el riego claro de protestantización por una progresiva autonomía normativa de las iglesias locales, que, teniendo una misma comunión meramente nominal, disfrutan de una distinta disciplina según sus propios consensos y circunstancias.
La segunda frase a tener muy en cuenta es en la que, el obispo de Amberes, hace referencia al Papa:
«Como un buen padre, él sabe lo que sus hijos necesitan, y eso no es lo mismo en todas partes ni para todos».
El lenguaje es pastoral y paternal, pero con unas consecuencias para la Iglesia muy profundas; pues no le pide sólo a León XIV que gobierne con prudencia, sino que reconozca con su autoridad universal, realidades distintas para iglesias locales distintas, por el hecho de que sus realidades son diferentes. Y entonces la figura del Papa corre el riesgo de desplazarse desde garante de una unidad recibida hacia árbitro de una pluralidad de soluciones eclesiales.
La frase del obispo Johan Bonny no es secundaria, y es un error dejarla pasar de largo. Pues lo que le está pidiendo al Papa es que sea un mismo padre, pero con hijos con necesidades distintas; lo que viene a significar, una misma Iglesia, pero disciplinas distintas según cada contexto.
Si León XIV aceptara esa lógica del obispo, podría establecerse de hecho este principio: una realidad pastoral de una iglesia local, discernida sinodalmente, puede reclamar una disciplina propia y Roma debe reconocerla para que la sinodalidad conserve credibilidad.
Amberes no plantea simplemente si la Iglesia latina puede ordenar hombres casados. Esa cuestión, considerada aisladamente, pertenece al ámbito disciplinar. Lo verdaderamente decisivo es otra cosa: si una realidad pastoral local, interpretada sinodalmente, puede adquirir tal fuerza normativa que Roma deba reconocerle una disciplina propia para no desacreditar el proceso sinodal. Si se acepta ese principio, lo que está en juego ya no es el celibato, sino la misma relación entre Iglesia universal, Iglesia particular, Tradición y realidad histórica.{/gspeech}
obispo Johan Bonny
A finales del mes de septiembre aparece la noticia en los medios digitales de que el obispo Johan Bonny de Amberes desea ordenar hombres casados para 2028.
Un resumen de la entrevista realizada por el obispo a la revista, por subscripción, Herder Korrespondenz, donde da este anuncio, es publicada por katholisch. de.
Nuestro interés -siendo de máxima preocupación este propósito de ordenar hombres casados- es fijarnos en las razones en las que basa la razón de tales ordenaciones.
Dos frases del obispo Bonny han captado nuestra atención. La primera:
“Sería un golpe desastroso para la credibilidad y la implementación de todo el proceso sinodal si no se alcanzara una solución para entonces”.
En otras palabras, lo que viene a decir es: si la Iglesia ha escuchado sinodalmente y de esa escucha surge reiteradamente la petición de ordenar hombres casados, el proceso sinodal debe terminar produciendo alguna modificación disciplinar; de lo contrario, la propia sinodalidad perdería credibilidad.
Lo que conduce a que la sinodalidad comience a legitimarse por su capacidad de producir reformas.
Las consecuencias, a muestro parecer, son claras y peligrosas: la sinodalidad corre el riesgo de canonizar la realidad histórica como fuente normativa. Lo vivido por una comunidad -Iglesia local- sus necesidades, aspiraciones y consensos, dejan de ser simplemente materia de discernimiento y comienzan a presentarse como criterio capaz de exigir cambios en la disciplina eclesial. Ya no es sólo la fe recibida la que juzga la realidad, sino la realidad histórica concreta la que reclama una reinterpretación de la vida de la Iglesia.
Aquí está el núcleo esencial de la gravedad de este anuncio, con sus fatales consecuencias. El peligro está en el principio que así se introduce: si la realidad histórica adquiere capacidad normativa frente a una disciplina recibida, nada impide que esa misma lógica intente aplicarse después a cuestiones cada vez más próximas a la doctrina moral e incluso al depósito de la fe.
Para este obispo la sinodalidad debe dar cobertura a tales necesidades históricas y darles una solución, sin que tal solución quede determinada por el depósito de la fe; el cual, sin ser negado, pierde su eficacia en el caso concreto a dirimir.
La realidad terminaría siendo una Iglesia parcelada, con distintas realidades eclesiales según los lugares, donde ya la fe, la tradición y el magisterio no sean signo de unidad, sino conceptos sin eficacia real, subordinados a la realidad histórica de cada momento de la Iglesia.
Si la realidad histórica, ya sea personal o comunitaria, adquiere mediante la sinodalidad fuerza normativa, se abre un camino de profunda transformación eclesiológica. La comunidad concreta deja de recibir simplemente una disciplina común y comienza a reclamar el derecho a configurarse según su propia experiencia, sus necesidades y sus consensos. La verdad recibida ya no juzga únicamente la historia, sino que la historia empieza también a condicionar la forma concreta en que esa verdad debe vivirse.
El problema de fondo ya no es tanto el celibato, sino quién tiene la última palabra en la configuración de la vida eclesial, o la tradición recibida y la autoridad universal de la Iglesia, o la experiencia histórica de cada comunidad. Cuando esta segunda comienza a imponerse sobre la primera, el camino hacia una Iglesia de comunidades autónomas, diversificadas doctrinal y disciplinariamente, queda abierto. Y en este momento aparece el riego claro de protestantización por una progresiva autonomía normativa de las iglesias locales, que, teniendo una misma comunión meramente nominal, disfrutan de una distinta disciplina según sus propios consensos y circunstancias.
La segunda frase a tener muy en cuenta es en la que, el obispo de Amberes, hace referencia al Papa:
«Como un buen padre, él sabe lo que sus hijos necesitan, y eso no es lo mismo en todas partes ni para todos».
El lenguaje es pastoral y paternal, pero con unas consecuencias para la Iglesia muy profundas; pues no le pide sólo a León XIV que gobierne con prudencia, sino que reconozca con su autoridad universal, realidades distintas para iglesias locales distintas, por el hecho de que sus realidades son diferentes. Y entonces la figura del Papa corre el riesgo de desplazarse desde garante de una unidad recibida hacia árbitro de una pluralidad de soluciones eclesiales.
La frase del obispo Johan Bonny no es secundaria, y es un error dejarla pasar de largo. Pues lo que le está pidiendo al Papa es que sea un mismo padre, pero con hijos con necesidades distintas; lo que viene a significar, una misma Iglesia, pero disciplinas distintas según cada contexto.
Si León XIV aceptara esa lógica del obispo, podría establecerse de hecho este principio: una realidad pastoral de una iglesia local, discernida sinodalmente, puede reclamar una disciplina propia y Roma debe reconocerla para que la sinodalidad conserve credibilidad.
Amberes no plantea simplemente si la Iglesia latina puede ordenar hombres casados. Esa cuestión, considerada aisladamente, pertenece al ámbito disciplinar. Lo verdaderamente decisivo es otra cosa: si una realidad pastoral local, interpretada sinodalmente, puede adquirir tal fuerza normativa que Roma deba reconocerle una disciplina propia para no desacreditar el proceso sinodal. Si se acepta ese principio, lo que está en juego ya no es el celibato, sino la misma relación entre Iglesia universal, Iglesia particular, Tradición y realidad histórica.
4 respuestas a «Amberes y el riesgo de una Iglesia a la carta»
LA IGLESIA CATÓLICA va camino de su autodestrucción…
¡Y EL VATICANO no hace nada para evitarlo, es más, parece que lo promueve…!
Como siempre los escritos y reflexiones de D. Carlos son excelentes.
La «iglesia belga» desde hace medio siglo se ha destacado por la omnipresencia de las sectas de masones de la que son exponentes los fallecidos y miserables cardenales Suennens y Danneels, este «artista» autor de habernos traido a Bergoglio después de amplias maniobras del grupo de Saint Gaal.
Es evidente que el «camino sinodal» es una maniobra de estos miserables con el objetivo de presentarnos una «iglesia» donde la democracia, es decir el pueblo, decide las actuaciones «paralelas» a la doctrina con un objetivo de transformarla en otra secta.
En cierto modo relacionado con este y anteriores escritos de D. Carlos hay en la WEB de la FSSPX un trabajo muy interesante del Padre Vincenzo Gubitosi que compara el texto famoso ya comentado en este el EED por D; Carlos, «El camino de esperanza» del 16 de septiembre pasado, donde el Padre Gubitosi extrae del documento nada menos que 150 veces el término «diálogo» y comparando con la doctrina milenaria de los 20 siglos anteriores de la Iglesia donde NO aparece una sola vez esa palabra, en documentos conciliares, enciclicas y bulas papales, ni una sola vez.
El mandato de CRISTO de «Id y predicar el evangelio» se ha transformado en una orden de «Id y dialogad con las otras religiones».
La «actual y falsa iglesia de Roma» transforma el catolicismo en un nuevo credo, primero que se acerca al protestantismo para luego converger con el credo de la ONU, de las logias, del judaismo de la JABAD, la oscuridad de Lucifer.
Es una tristeza pero ese es el objetivo de los miserables que controlan Roma y las conferencias episcolas, las peores la italiana y la de «estos lares», encabezadas por masones que no se cortan en su simbolismo.
Saludos desde Bélgica
VIVA CRISTO REY
Hay que ver el lado bueno. Nunca ha estado más claro quién es quién. Y qué es qué. La Vara de medir: el Evangelio( mejor de Mateo); que éste si que es la Palabra del Padre, el Verbo; sin ninguna duda.
LA IGLESIA CATÓLICA va camino de su autodestrucción…
¡Y EL VATICANO no hace nada para evitarlo, es más, parece que lo promueve…!
Como siempre los escritos y reflexiones de D. Carlos son excelentes.
La «iglesia belga» desde hace medio siglo se ha destacado por la omnipresencia de las sectas de masones de la que son exponentes los fallecidos y miserables cardenales Suennens y Danneels, este «artista» autor de habernos traido a Bergoglio después de amplias maniobras del grupo de Saint Gaal.
Es evidente que el «camino sinodal» es una maniobra de estos miserables con el objetivo de presentarnos una «iglesia» donde la democracia, es decir el pueblo, decide las actuaciones «paralelas» a la doctrina con un objetivo de transformarla en otra secta.
En cierto modo relacionado con este y anteriores escritos de D. Carlos hay en la WEB de la FSSPX un trabajo muy interesante del Padre Vincenzo Gubitosi que compara el texto famoso ya comentado en este el EED por D; Carlos, «El camino de esperanza» del 16 de septiembre pasado, donde el Padre Gubitosi extrae del documento nada menos que 150 veces el término «diálogo» y comparando con la doctrina milenaria de los 20 siglos anteriores de la Iglesia donde NO aparece una sola vez esa palabra, en documentos conciliares, enciclicas y bulas papales, ni una sola vez.
El mandato de CRISTO de «Id y predicar el evangelio» se ha transformado en una orden de «Id y dialogad con las otras religiones».
La «actual y falsa iglesia de Roma» transforma el catolicismo en un nuevo credo, primero que se acerca al protestantismo para luego converger con el credo de la ONU, de las logias, del judaismo de la JABAD, la oscuridad de Lucifer.
Es una tristeza pero ese es el objetivo de los miserables que controlan Roma y las conferencias episcolas, las peores la italiana y la de «estos lares», encabezadas por masones que no se cortan en su simbolismo.
Saludos desde Bélgica
VIVA CRISTO REY
Hay que ver el lado bueno. Nunca ha estado más claro quién es quién. Y qué es qué. La Vara de medir: el Evangelio( mejor de Mateo); que éste si que es la Palabra del Padre, el Verbo; sin ninguna duda.
En la democracia, el pueblo viene a ser lo que deciden los que detentan el poder mediático.