Ante el ocaso de Europa… Haced lo que Él os diga
ESCUCHAR NOTICIA: {gspeech language=es autoplay=0}En el contexto de la profunda mutación geopolítica que atraviesa el panorama mundial, donde los conflictos de seguridad, las migraciones y las tensiones bélicas impulsan una reconfiguración abrupta hacia un nuevo orden internacional, con el potencial peligro de una guerra mundial, todo ello capitaneado por personajes de tercera fila o sencillamente sátrapas. Y al más grave peligro al que se enfrenta la humanidad por el uso de la inteligencia artificial (IA) que incidiría en la pérdida de control sobre su autonomía, la delegación excesiva del pensamiento humano y su uso desregulado en manos de intereses corporativos y geopolíticos. Europa, abjurando de su cultura, ha perdido la brújula de su guía moral, y los retos a los que se enfrenta son de un enorme calado:
La guerra en Ucrania y la inestabilidad en las fronteras orientales por la amenaza de Rusia, que obliga a una costosa remilitarización y a un aumento del gasto en defensa; el envejecimiento demográfico determinado por la baja natalidad y el aumento de la población sénior que erosionan la sostenibilidad de las pensiones; la presión migratoria que puede transformar nuestra cultura; el débil crecimiento económico, perfectamente constatado en el bajo incremento del PIB y de la productividad que lastran el modelo del bienestar; el rezago tecnológico frente a Estados Unidos y China, especialmente en productividad industrial; y la rivalidad arancelaria y la dependencia exterior que restringe nuestra autonomía.
Ante esta situación, como aseguró el secretario general de la ONU, Antonio Guterres, que ya advirtió de que habíamos abierto “las puertas del infierno”: “Las grietas del mundo se han convertido en abismos”.
El panorama nos hace recordar, más que en ninguna otra etapa de la humanidad, lo que se nos dijo en el principio: «Si esto no es más que el comienzo de su actividad, nada de lo que decidan hacer les resultará imposible». (Gn 11, 6).
Por si fuera poco, a este panorama se añade la crisis de la Iglesia, que más allá de estar determinada por desafíos estructurales, es una crisis de fundamentos como señalan teólogos y apreciamos muchos fieles practicantes. Crisis de fundamentos por la erosión de lo sagrado devenida de intentar conciliar una fe inmutable con las exigencias de un tiempo secularizado que ya no entiende lo espiritual. Así, entonces, al diluirse lo sagrado, la Iglesia corre el riesgo de actuar como una simple ONG de valores éticos.
La causa no es otra que el afán de la Iglesia como institución por conciliarse con la modernidad desde la década de 1960 que, pese a vencer ciertas derivas, no ha logrado deshacerse del mal. Lo que choca frontalmente con la advertencia del Señor: «Si el mundo os aborrece, sabed que a mí me ha aborrecido antes que a vosotros. Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero porque no sois del mundo, antes yo os elegí del mundo, por eso el mundo os aborrece» (Juan 15:18-19).
De ahí la descomposición moral de las sociedades europeas, manifestada en la práctica del aborto, la ley de eutanasia, el matrimonio homosexual, el tedio entre los jóvenes, las depresiones y los suicidios —que ya son las patologías de nuestro tiempo—. Declive que nos pone frente a la inquietante pregunta evangélica: «Cuando el Hijo del Hombre venga, ¿hallará fe en la tierra?» (Lucas 18:8). Es natural que quienes consideramos a la Iglesia —cauce original de la gracia— como «Madre y Maestra», suframos una profunda inquietud espiritual.
El problema de nuestro tiempo no es otro que el de la verdad o, mejor dicho, de la falta de ella; lo que equivale fundamentalmente a la ausencia de Dios. Los desastres que esta superficialidad ha traído consigo son fáciles de constatar: la merma de los valores morales y la confusión sobre la finalidad misma de la existencia, hasta el punto de que hoy muchos —y sobre todo los jóvenes— se preguntan cuál es el sentido de la vida.
¿Estamos en la última etapa del final de los tiempos?
La crisis que hemos apuntado debería hacernos considerar las palabras de Jesús en el Evangelio (Mateo 24:34, Marcos 13:30 y Lucas 21:32): «De cierto os digo, que no pasará esta generación hasta que todo esto acontezca». Tiempo que se ha venido anunciando a través de signos (acontecimientos) que, como señales perceptibles, han venido sucediendo desde la irrupción de Cristo en la historia humana; signos (acontecimientos) que culminarán con su segunda venida gloriosa, que en el Nuevo Testamento se asocia con el fin del mundo, el juicio final y la victoria sobre el mal. Aunque este final no se quiera ver, incluso se rechace.
Ojalá que en la festividad de Nuestra Señora del Pilar la escucháramos más allá de los fastos que se organizan. La mayoría de las veces tan ajenos de la verdadera significación de su venida en carne mortal a nuestra patria, cuyo motivo no fue otro que dar ánimo y fortaleza al apóstol Santiago en su tarea de evangelizarnos.
Haced lo que él os diga. Estas son las últimas palabras de la Santísima Virgen recogidas en los evangelios, palabras que trascienden la escena de Caná (Juan 2,1-12) en cuanto que hacen referencia a la promesa de salvación que el Verbo de Dios anunció a los hombres: «Yo soy la vid, vosotros los pámpanos: el que está en mí, y yo en él, este lleva mucho fruto; porque sin mí nada podéis hacer» (Juan 15:5).{/gspeech}
En el contexto de la profunda mutación geopolítica que atraviesa el panorama mundial, donde los conflictos de seguridad, las migraciones y las tensiones bélicas impulsan una reconfiguración abrupta hacia un nuevo orden internacional, con el potencial peligro de una guerra mundial, todo ello capitaneado por personajes de tercera fila o sencillamente sátrapas. Y al más grave peligro al que se enfrenta la humanidad por el uso de la inteligencia artificial (IA) que incidiría en la pérdida de control sobre su
autonomía, la delegación excesiva del pensamiento humano y su uso desregulado en manos de intereses corporativos y geopolíticos. Europa, abjurando de su cultura, ha perdido la brújula de su guía moral, y los retos a los que se enfrenta son de un enorme calado:
La guerra en Ucrania y la inestabilidad en las fronteras orientales por la amenaza de Rusia, que obliga a una costosa remilitarización y a un aumento del gasto en defensa; el envejecimiento demográfico determinado por la baja natalidad y el aumento de la población sénior que erosionan la sostenibilidad de las pensiones; la presión migratoria que puede transformar nuestra cultura; el débil crecimiento económico, perfectamente constatado en el bajo incremento del PIB y de la productividad que lastran el modelo del bienestar; el rezago tecnológico frente a Estados Unidos y China, especialmente en productividad industrial; y la rivalidad arancelaria y la dependencia exterior que restringe nuestra autonomía.
Ante esta situación, como aseguró el secretario general de la ONU, Antonio Guterres, que ya advirtió de que habíamos abierto “las puertas del infierno”: “Las grietas del mundo se han convertido en abismos”.
El panorama nos hace recordar, más que en ninguna otra etapa de la humanidad, lo que se nos dijo en el principio: «Si esto no es más que el comienzo de su actividad, nada de lo que decidan hacer les resultará imposible». (Gn 11, 6).
Por si fuera poco, a este panorama se añade la crisis de la Iglesia, que más allá de estar determinada por desafíos estructurales, es una crisis de fundamentos como señalan teólogos y apreciamos muchos fieles
practicantes. Crisis de fundamentos por la erosión de lo sagrado devenida de intentar conciliar una fe inmutable con las exigencias de un tiempo secularizado que ya no entiende lo espiritual. Así, entonces, al diluirse lo sagrado, la Iglesia corre el riesgo de actuar como una simple ONG de valores éticos.
La causa no es otra que el afán de la Iglesia como institución por conciliarse con la modernidad desde la década de 1960 que, pese a vencer ciertas derivas, no ha logrado deshacerse del mal. Lo que choca frontalmente con la advertencia del Señor: «Si el mundo os aborrece, sabed que a mí me ha aborrecido antes que a vosotros. Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero porque no sois del mundo, antes yo os elegí del mundo, por eso el mundo os aborrece» (Juan 15:18-19).
De ahí la descomposición moral de las sociedades europeas, manifestada en la práctica del aborto, la ley de eutanasia, el matrimonio homosexual, el tedio entre los jóvenes, las depresiones y los suicidios —que ya son las patologías de nuestro tiempo—. Declive que nos pone frente a la inquietante pregunta evangélica: «Cuando el Hijo del Hombre venga, ¿hallará fe en la tierra?» (Lucas 18:8). Es natural que quienes consideramos a la Iglesia —cauce original de la gracia— como «Madre y Maestra», suframos una profunda inquietud espiritual.
El problema de nuestro tiempo no es otro que el de la verdad o, mejor dicho, de la falta de ella; lo que equivale fundamentalmente a la ausencia de Dios. Los desastres que esta superficialidad ha traído consigo son fáciles de constatar: la merma de los valores morales y la confusión sobre la finalidad misma de la existencia, hasta el punto de que hoy muchos —y sobre todo los jóvenes— se preguntan cuál es el sentido de la vida.
¿Estamos en la última etapa del final de los tiempos?
La crisis que hemos apuntado debería hacernos considerar las palabras de Jesús en el Evangelio (Mateo 24:34, Marcos 13:30 y Lucas 21:32): «De cierto os digo, que no pasará esta generación hasta que todo esto acontezca». Tiempo que se ha venido anunciando a través de signos (acontecimientos) que, como señales perceptibles, han venido sucediendo desde la irrupción de Cristo en la historia humana; signos
(acontecimientos) que culminarán con su segunda venida gloriosa, que en el Nuevo Testamento se asocia con el fin del mundo, el juicio final y la victoria sobre el mal. Aunque este final no se quiera ver, incluso se rechace.
Ojalá que en la festividad de Nuestra Señora del Pilar la escucháramos más allá de los fastos que se organizan. La mayoría de las veces tan ajenos de la verdadera significación de su venida en carne mortal a nuestra patria, cuyo motivo no fue otro que dar ánimo y fortaleza al apóstol Santiago en su tarea de evangelizarnos.
Haced lo que él os diga. Estas son las últimas palabras de la Santísima Virgen recogidas en los evangelios, palabras que trascienden la escena de Caná (Juan 2,1-12) en cuanto que hacen referencia a la promesa de salvación que el Verbo de Dios anunció a los hombres: «Yo soy la vid, vosotros los pámpanos: el que está en mí, y yo en él, este lleva mucho fruto; porque sin mí nada podéis hacer» (Juan 15:5).
Sr. Gasco, todo este panorama tan negro que tenemos en Europa y Occidente, va a peor desde 1945 y eso que ganaron los buenos en la IIGM.
Pregúntese que hubiese pasado si los ganadores hubiesen sido los malos ¡!
Hoy lo firmo con nombre y apellidos, que el otro dia me ofendió usted en una conversación similar refiendose a mi despectivamente como : Ese que se hace llamar Marco Antonio
Sólo un apunte: la Iglesia, o mejor dicho, quienes ahora la dirigen, no quiere ya aproximarse al mundo para hacerse más cercana a los que la habitan. A esos que llevan las riendas, no les importa la gente en absoluto y, claro está, menos las almas. Ellos tiene un proyecto secreto cada vez más visible, que es arrastrar a la apostasía a todos los creyentes. Esos hombres no son de Dios.
Lo de acercarse al mundo es sólo su parapeto, pues bien saben ellos que cuanto más se ha diluido la Verdad, menos alcance ha tenido esta.
El proyecto secreto es alcanzar el comunismo mundial bajo un mando unico.
Y ya sabra usted quien son los padres e ideologos del comunismo.
Quieren toda la propiedad del planeta( y más allá ); y les sobra todo el lastre existente. Dado que ya esperan sustituirnos por maquinas, de la misma forma que sustituyen cristianos por sarracenos; el lastre es el resto de la Humanidad( con los aliados incluidos; pues son usureros patológicos ). Así, se puede concluir que, en esta fase de esta Generación bíblica; de lo que se trata es de crear una gran granja comunistoide global donde ir exterminando, más pronto que tarde; a todo ese lastre. Esta vez con la ayuda de avances técnicos tan impresionantemente brutales, como indetectables. La mayor parte de las víctimas ni se va a enterar de que va.
En todo caso, probablemente aún han de pasar cosas y tiempo entre tanto.
A recordar que la Cábala quiere mediante el mal permitido a los elegidos, llegar al bien. Y el bien para los cabalistas es borrar del mapa a los impuros/ no goyim que estamos contaminados de origen por el pecado original/ versión marrana.
A recordar que la Cábala, el Talmud y el culto de los moabitas, es lo que condena el Padre/ Moisés/ Deuteronomio; ya que se trata ni más ni menos que el culto a Satanás.