El día de nuestra Raza

ESCUCHAR NOTICIA: {gspeech language=es autoplay=0}La impugnación de la “civilización moderna” debe ser total, absoluta, sin contemplaciones. Es evidente que, sin retornos, hemos llegado a un final de ciclo. El lodazal en el que chapoteamos y bajo el cual ya sentimos el ahogo, no puede ser más horrendo. Estoy llegando a la plena convicción de esto: no es un mero cambio económico el que se hace preciso y urgente. Nada va cambiar sustancialmente en este mundo -me refiero al llamado “Mundo Occidental”, si el llamado Capitalismo simplemente es corregido, frenado en su voracidad y dinámicas expansivas. Mientras los valores liberales e ilustrados persistan, los monstruos apenas frenados se desatarán de inmediato al poco de la reforma cataplasmática. Hubo un tiempo, el de la Monarquía Hispánica Tradicional, en que las gentes españolas de nuestro orbe, a ambos lados del Océano, no se movían a golpe de ideales nocivos como “progreso”, “derecho a la felicidad”, “derecho a autodeterminarse”. Las Españas no eran “Occidente”. La llegada de la familia Borbón, tras una Guerra de Sucesión que fue en cierto modo la I Guerra  Mundial, arrancó de cuajo los valores tradicionales hispánicos. Estos valores se pueden apreciar todavía hoy en la finísima filosofía escolástica del Renacimiento y del Barroco. Mucho más notoriamente, en el arte y en la literatura del Siglo de Oro están presentes los códigos civilizatorios de la Hispanidad: la fe o la espiritualidad trascendente católica, el honor, el servicio, la lealtad. La llegada de la dinastía extranjera de los borbones implicó ciertas reformas materiales, algunas necesarias, pero un coste espiritual enorme. En el XVIII se dio el advenimiento de un complejo de inferioridad y una endofobia nacional que aún hoy parecen afecciones incurables. En todo esto tuvo mucho que ver, a qué dudarlo, el influjo continuo de las masonerías extranjeras y extranjerizantes. Aunque la Monarquía de las Españas conservó, hasta Fernando VII, un Imperio territorial y demográficamente inmensos, ese Imperio fue un orden civilizatorio puesto de rodillas, un imperio subalterno de los imperios extranjeros. Tras la dominación espiritual francesa vino la inglesa, y con ambas la disolución de lo Hispánico. La endofobia española va pareja de una dominación cultural, un verdadero colonialismo. Es desolador escuchar a nuestros adolescentes: “bro”, “brother”, dicen cada dos por tres. España se ha convertido en un barrio “spanglish”. Van vestidos los mozos igual que “afroamericanos” de suburbio yanqui, con las gorras de beisbol hacia atrás, sudaderas enormes y encapuchadas, enormes y ridículos pantalones cortos y holgados, calzones numerados que apenas dejan ver media pantorrilla. Si otrora hizo falta un Esquilache para quitarnos antaño nuestras capas y embozados, en la actualidad bastó con la televisión, Hollywood y el móvil para adocenar a los nuestros. Pero no hay motín. La mente de nuestros niños es un grafiti. Su lengua, un emoticono. La endofobia española lleva muchos siglos de historia. Ya lo románticos y viajeros decimonónicos de allende los Pirineos quisieron ver rasgos morunos y gitanescos apenas al cruzar la frontera de nuestro país. El propio folclore andaluz se fue descastellizando más y más y el gitanismo lo inundó todo. Esto es lo que tiene ser colonia: desde el exterior te hacen bailar al son que le interesa al amo, y te imponen una identidad impostada. La España moruna, de gitanos y toreros llegó a existir sin haber existido nunca antes, porque era esa España falsa y exótica la que les gustaba a los extranjeros. Olvidada quedaba la elegante guitarra española, la elegante corrida a caballo de tiempos de los Austrias, el gracioso folclore regional de la muy variada y muy rica España auténtica. Este país, que en sórdidas décadas de “democracia” descendió desde el puesto noveno en potencia industrial mundial, allá cuando yo era niño, a la condición de puñetera colonia, país de “putas y camareros”, con perdón sea dicho, es un país no se quiere a sí mismo. Se odia. Escribo estas líneas el día de la Hispanidad, antaño llamado “Día de la Raza”. Y entre vergüenza y rabia observo cómo una potencia extranjera (el sultanato de Marruecos) mete de golpe su gente, entremezclada con africanos varios, y se apropia de toda una ciudad española. Los valores hispánicos del honor y la dignidad ¿dónde se han quedado? Un ejército que solo sirve para desfilar, y un capitán general que sólo sirve para llevar chatarra en el pecho no me sirven para nada. Tenemos al pueblo adocenado, hecho un puré con géneros fluidos, hablando un lenguaje inclusivo, viviendo en un trastero sostenible, repartiendo mierda en un patinete de mierda. Las muchachas, algunas con cuerpo de gimnasio, se han tomado la píldora del día después y la otra píldora la de una esterilidad y vacío perpetuos. Los mozos, algunos con afeites y tintes en el pelo de lo más diverso, también se han hecho una vasectomía cerebral y donde no es el cerebro. El gimnasio, el barbero y los tintes les han despojado de virilidad en un gran tanto por ciento. Cuando sean viejos, los invasores ya habrán sido mayoría. Y esos invasores, con su primitiva moralidad emanada de la selva y del desierto, no van a pararse en contemplaciones. El asilo del viejo español va a ser un foso, que es adonde los enviarán como desahuciados. No lo duden: si no lo paramos, toda España será Ceuta, y todo español sobreviviente será un desahuciado. No obstante, veo brillar un rayo de esperanza. De entre esa juventud hay un sector (exiguo, de momento) en el cual algo late con vida, un corazón grande muy dentro se remueve. Saben algunos jóvenes que hubo mucha estafa con ellos: profesores que se los llevan de crucero y de excursión, pero que nada enseñan. Títulos académicos con el valor de un papel higiénico. Ocio gratis que les roba datos. Golosinas gubernamentales que esconden una perspectiva de vida sin trabajo fijo, sin hijos, sin casa propia. Soledad, impotencia, confinamiento. Esa juventud lúcida aún tiene (todos tenemos) que formarse, y ha de hacerlo fuera de los circuitos oficiales. Los refritos ideológicos del instituto y la universidad acabarán cediendo el paso a más sabios discursos en estos autodidactas de quienes será el futuro. La Escuela de Salamanca, Cervantes, Suárez, Balmes, Vázquez de Mella,  serán sus luminarias, antes que las necedades de Hobbes, Locke y Rousseau. La admiración por la City, por París o Nueva York serán sustituidas por una pasión por Moscú, nuestra Tercera Roma. Entre el Kremlin y el Escorial deberá crearse un campo magnético que, de nuevo, salve a Europa del caos. Ese día llegará, no sé si lo verán mis ojos. Pero los Grandes Imperios aglutinantes, como el Español o el Ruso, son construcciones espirituales y, por ende, nunca mueren. Ya sé que los rusos también abortan, también se adocenan con móviles o pornografía. Pero su Imperio es el katechon de ese diabólico Occidente, como antaño lo fue la Hispanidad. Por el contrario, la infección ideológica de la masonería, del sionismo, del “progreso” puede ser combatida o erradicada si hay espíritu y si hay lucha. Una vez que hay gente con ganas de trabajar, luchar, rezar y procrear, toda esa basura mental de “Occidente” cae por sí sola. ¿Quiénes serán los nuevos héroes? Agustina se puso, literalmente, “al pie del cañon”. Su pecho fue muralla contra el invasor. Hoy debemos reclutar nuevos Pelayos y nuevas Agustinas. Y ¿con qué cañones o lanzas? El trabajo duro, no hay secretos; y la fecundidad, arar la tierra y frecuentar los libros, escuchar la Palabra y amar el Pasado tanto como el Destino.{/gspeech}

La impugnación de la “civilización moderna” debe ser total, absoluta, sin contemplaciones. Es evidente que, sin retornos, hemos llegado a un final de ciclo. El lodazal en el que chapoteamos y bajo el cual ya sentimos el ahogo, no puede ser más horrendo. Estoy llegando a la plena convicción de esto: no es un mero cambio económico el que se hace preciso y urgente. Nada va cambiar sustancialmente en este mundo -me refiero al llamado “Mundo Occidental”, si el llamado Capitalismo simplemente es corregido, frenado en su voracidad y dinámicas expansivas. Mientras los valores liberales e ilustrados persistan, los monstruos apenas frenados se desatarán de inmediato al poco de la reforma cataplasmática.

Hubo un tiempo, el de la Monarquía Hispánica Tradicional, en que las gentes españolas de nuestro orbe, a ambos lados del Océano, no se movían a golpe de ideales nocivos como “progreso”, “derecho a la felicidad”, “derecho a autodeterminarse”. Las Españas no eran “Occidente”. La llegada de la familia Borbón, tras una Guerra de Sucesión que fue en cierto modo la I Guerra  Mundial, arrancó de cuajo los valores tradicionales hispánicos. Estos valores se pueden apreciar todavía hoy en la finísima filosofía escolástica del Renacimiento y del Barroco. Mucho más notoriamente, en el arte y en la literatura del Siglo de Oro están presentes los códigos civilizatorios de la Hispanidad: la fe o la espiritualidad trascendente católica, el honor, el servicio, la lealtad.

La llegada de la dinastía extranjera de los borbones implicó ciertas reformas materiales, algunas necesarias, pero un coste espiritual enorme. En el XVIII se dio el advenimiento de un complejo de inferioridad y una endofobia nacional que aún hoy parecen afecciones incurables. En todo esto tuvo mucho que ver, a qué dudarlo, el influjo continuo de las masonerías extranjeras y extranjerizantes. Aunque la Monarquía de las Españas conservó, hasta Fernando VII, un Imperio territorial y demográficamente inmensos, ese Imperio fue un orden civilizatorio puesto de rodillas, un imperio subalterno de los imperios extranjeros. Tras la dominación espiritual francesa vino la inglesa, y con ambas la disolución de lo Hispánico.

La endofobia española va pareja de una dominación cultural, un verdadero colonialismo. Es desolador escuchar a nuestros adolescentes: “bro”, “brother”, dicen cada dos por tres. España se ha convertido en un barrio “spanglish”. Van vestidos los mozos igual que “afroamericanos” de suburbio yanqui, con las gorras de beisbol hacia atrás, sudaderas enormes y encapuchadas, enormes y ridículos pantalones cortos y holgados, calzones numerados que apenas dejan ver media pantorrilla. Si otrora hizo falta un Esquilache para quitarnos antaño nuestras capas y embozados, en la actualidad bastó con la televisión, Hollywood y el móvil para adocenar a los nuestros. Pero no hay motín. La mente de nuestros niños es un grafiti. Su lengua, un emoticono.

La endofobia española lleva muchos siglos de historia. Ya lo románticos y viajeros decimonónicos de allende los Pirineos quisieron ver rasgos morunos y gitanescos apenas al cruzar la frontera de nuestro país. El propio folclore andaluz se fue descastellizando más y más y el gitanismo lo inundó todo. Esto es lo que tiene ser colonia: desde el exterior te hacen bailar al son que le interesa al amo, y te imponen una identidad impostada. La España moruna, de gitanos y toreros llegó a existir sin haber existido nunca antes, porque era esa España falsa y exótica la que les gustaba a los extranjeros. Olvidada quedaba la elegante guitarra española, la elegante corrida a caballo de tiempos de los Austrias, el gracioso folclore regional de la muy variada y muy rica España auténtica.

Este país, que en sórdidas décadas de “democracia” descendió desde el puesto noveno en potencia industrial mundial, allá cuando yo era niño, a la condición de puñetera colonia, país de “putas y camareros”, con perdón sea dicho, es un país no se quiere a sí mismo. Se odia.

Escribo estas líneas el día de la Hispanidad, antaño llamado “Día de la Raza”. Y entre vergüenza y rabia observo cómo una potencia extranjera (el sultanato de Marruecos) mete de golpe su gente, entremezclada con africanos varios, y se apropia de toda una ciudad española. Los valores hispánicos del honor y la dignidad ¿dónde se han quedado? Un ejército que solo sirve para desfilar, y un capitán general que sólo sirve para llevar chatarra en el pecho no me sirven para nada.

Tenemos al pueblo adocenado, hecho un puré con géneros fluidos, hablando un lenguaje inclusivo, viviendo en un trastero sostenible, repartiendo mierda en un patinete de mierda. Las muchachas, algunas con cuerpo de gimnasio, se han tomado la píldora del día después y la otra píldora la de una esterilidad y vacío perpetuos. Los mozos, algunos con afeites y tintes en el pelo de lo más diverso, también se han hecho una vasectomía cerebral y donde no es el cerebro. El gimnasio, el barbero y los tintes les han despojado de virilidad en un gran tanto por ciento. Cuando sean viejos, los invasores ya habrán sido mayoría. Y esos invasores, con su primitiva moralidad emanada de la selva y del desierto, no van a pararse en contemplaciones. El asilo del viejo español va a ser un foso, que es adonde los enviarán como desahuciados. No lo duden: si no lo paramos, toda España será Ceuta, y todo español sobreviviente será un desahuciado.

No obstante, veo brillar un rayo de esperanza. De entre esa juventud hay un sector (exiguo, de momento) en el cual algo late con vida, un corazón grande muy dentro se remueve. Saben algunos jóvenes que hubo mucha estafa con ellos: profesores que se los llevan de crucero y de excursión, pero que nada enseñan. Títulos académicos con el valor de un papel higiénico. Ocio gratis que les roba datos. Golosinas gubernamentales que esconden una perspectiva de vida sin trabajo fijo, sin hijos, sin casa propia. Soledad, impotencia, confinamiento.

Esa juventud lúcida aún tiene (todos tenemos) que formarse, y ha de hacerlo fuera de los circuitos oficiales. Los refritos ideológicos del instituto y la universidad acabarán cediendo el paso a más sabios discursos en estos autodidactas de quienes será el futuro. La Escuela de Salamanca, Cervantes, Suárez, Balmes, Vázquez de Mella,  serán sus luminarias, antes que las necedades de Hobbes, Locke y Rousseau. La admiración por la City, por París o Nueva York serán sustituidas por una pasión por Moscú, nuestra Tercera Roma. Entre el Kremlin y el Escorial deberá crearse un campo magnético que, de nuevo, salve a Europa del caos.

Ese día llegará, no sé si lo verán mis ojos. Pero los Grandes Imperios aglutinantes, como el Español o el Ruso, son construcciones espirituales y, por ende, nunca mueren. Ya sé que los rusos también abortan, también se adocenan con móviles o pornografía. Pero su Imperio es el katechon de ese diabólico Occidente, como antaño lo fue la Hispanidad. Por el contrario, la infección ideológica de la masonería, del sionismo, del “progreso” puede ser combatida o erradicada si hay espíritu y si hay lucha. Una vez que hay gente con ganas de trabajar, luchar, rezar y procrear, toda esa basura mental de “Occidente” cae por sí sola.

¿Quiénes serán los nuevos héroes? Agustina se puso, literalmente, “al pie del cañon”. Su pecho fue muralla contra el invasor. Hoy debemos reclutar nuevos Pelayos y nuevas Agustinas. Y ¿con qué cañones o lanzas? El trabajo duro, no hay secretos; y la fecundidad, arar la tierra y frecuentar los libros, escuchar la Palabra y amar el Pasado tanto como el Destino.


9 respuestas a «El día de nuestra Raza»

  1. España forma parte del «mundo occidental», al igual que los restantes paises europeos; asímismo, todas las naciones hermanas de Iberoamérica (incluyendo a Brasil) forman parte del «mundo occidental», por su religión cristiana, por su alfabeto latino, y por los idiomas que recibieron de España y de Portugal.
    El único futuro posible para España es seguir integrado en Occidente (aunque el autor de este artículo no esté de acuerdo) no solo por razones de tipo económico sino por nuestra propia seguridad ante la amenaza que suponen los 1.500 millones de musulmanes que aspiran a reconquistar Al Andalus (es decir, la Península Ibérica).
    El mundo occidental tiene unas lacras morales evidentes que hay que erradicar y un sistema capitalista basado en la especulación financiera que hay que corregir pero toda la Historia del mundo occidental, desde la Grecia de Aristóteles y de Alejandro Magno hasta la expulsión de los musulmanes que invadieron la Península ibérica y la derrota del Imperio Otomano por los españoles y los venecianos en Lepanto, forman parte de nuestra civilización común, de la que todos los occidentales debemos sentirnos orgullosos. A este respecto recomiendo a los lectores que oigan el discurso que pronunció Marco Rubio, Secretario de Estado de EEUU, en la Acrópolis de Atenas reivindicando los valores de la Civiización Occidental.
    https://www.youtube.com/watch?v=LXIAbzGG2aQ

    1. Seguir unido al «occidente» de la UE, la ONU, la OTAN y demás, es pagar las balas de nuestro piquete de fusilamiento más que nuestra eutanasia.
      El «occidente» del NOM, incluido el actual Vaticano, es la contraCristiandad. Estar con él es estar con el Anticristo.

        1. ESPAÑA descubrió América con LA CRUZ Y LA ESPADA.
          Pero, sobre todo, con la Cruz, y solo hay que ver LAS LEYES DE INDIAS que promulgaron los Reyes Católicos, para proteger a los nativos, reconocer sus derechos, etc.
          Además, los españoles se casaron con las indígenas, sin problema alguno, a diferencia de los británicos y los franceses, que practicaron una política genocida, de exterminio de los indios, y sin mezclarse con ellos…
          LA OBRA SOCIAL DE ESPAÑA EN HISPANOAMÉRICA, ES DIGNA DE TODO ELOGIO, y debemos sentirnos orgullosos de ella.

  2. Si el mundo no fuera lo que realmente es; lo lógico sería que el segundo mundo tendiera al primero, y el tercero al segundo. Pero vemos palpablemente que lo que se pretende, y para colmo siguiendo un guion: el Plan Kalergi; es africanizar/disolver la cuna de la civilización cenit de la Humanidad que, no por casualidad; es la Cristiana. Se pretende reducir la población y seleccionar el resto; para ello, disolver las naciones y sacar a la luz el gobierno mundial que ya existe desde hace años; sino siglos. Y así, sin seguir fingiendo con la sucesión de teatrillos/ show de Truman; poder imponer su ideario crudo y duro: Los Protocolos, corregidos y aumentados/ China Global.
    A España le cabe el honor máximo, de haber sido el mayor freno a los que vienen implantado el nuevo orden anticristiano; y éste está basado en la Cábala, en el satanismo; por lo que estamos en el lado bueno( aún ); aunque no nos ha salido gratis.

  3. No creo que la nuestra sea una raza aparte; somos caucásicos. Lo que nos une tan firmemente a muchos; y siglos antes a muchos más; es un sentimiento vinculado a una Historia gloriosa; en lo material, y aún mucho más, en lo espiritual.
    De hecho, aquellos a los que acogimos en nuestra sociedad cristiana no eran de nuestra raza; y hoy son una mezcla de ambas. Los nativos del nuevo continente no eran de la misma raza que los españoles; y el mestizaje podría catalogarse como una nueva sub raza; progreces buenistas/ relativistas modernistas aparte. Según el concepto clásico, la raza de los nativos del nuevo continente; por sus ojos rasgados y otras características podría catalogarse de asiática, amarilla; aunque posteriormente algunos se sacaron de la manga la cobriza; seguramente pensando en los pieles rojas, aunque se aplicó a todos ellos.
    El profundo sentimiento de lo español( pues todas aquellas tierras eran España hasta que el marrano nos las robó por culpa de los lacayos masones de turno ); está íntimamente ligado a la defensa de la Cristiandad. El viejo orden que hoy se está acabando de destrozar. Y es que los que lo destrozan, odian al diferente, mientras que el cristiano viejo español ve al resto como prójimo, y a él mismo, como el más humilde servidor del mismo.

Deja una respuesta

Normas: los comentarios son responsabilidad única y exclusiva de quien los inserta. Esta web ni asume, ni alienta ninguno de ellos. Quien se sienta ofendido por alguno, deberá inexcusablemente dirigir su queja de inmediato (plazo máximo 7 días según Ley Orgánica 2/1984) a nuestro correo en "CONTACTO". De no hacerlo así se entenderá que no se siente ofendido, así como que renuncia a cualquier clase de reclamación a que pudiera tener derecho.

Los campos obligatorios están marcados con *